A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

No me ha costado nada conseguir esto. Conozco al que lleva las gestiones, al pez gordo de verdad, salvé a su sobrino favorito de una cojera severa hace meses.

No es que haya utilizado mi trabajo como moneda de cambio, es solo que cuando contacté con él con la intención de pagar por la noche aquí —algo que sé que no es tan imposible de conseguir con él, pues le gusta el dinero fácil—, simplemente me reconoció y me ofreció la noche, con la condición de irnos temprano por la mañana.

La abrazo con fuerza cuando dejo la bolsa con lo que hemos traído en el suelo. Nos quedamos así un buen rato y aspiro el aroma de su pelo, ese que siempre me hace cosquillas.

—Oye… —Ava coge mi cara para que la mire, pero no es necesario, siempre lo estoy haciendo— voy a echarte tanto de menos…

—Se me encoge el pecho de dolor, no me gusta lo que parece esto—.

Hemos pasado por mucho, pero mi vida solo cobró sentido cuando te conocí.

Has estado ahí apoyándome constantemente, me has hecho sentir amada como siempre he deseado y yo…

Se le rompe la voz, así que la envuelvo con mi cuerpo.

Sentir sus lágrimas atravesar mi camiseta me mata por dentro, es como si me desgarrasen la piel.

No sé qué decirle; bueno, más bien no quiero decirle nada.

No quiero despedirme, no quiero agradecerle, no quiero recordarle que pensaré en ella cada segundo, porque no quiero irme.

¡Maldita sea! Así que me limito a susurrarle que la quiero, que la adoro y que no puedo vivir sin ella.

En silencio, decidimos no despedirnos todavía.

Cuando levanta la cabeza de mi pecho, intenta sonreír mientras observa a su alrededor.

Se escapa de mis brazos y disfruto de lo preciosa que está, bañada por las luces de mi ciudad.

Se acerca a los ventanales —que van del suelo al techo— y, aunque sé que le da miedo acercarse demasiado, no me muevo.

La dejo divagar sola, contemplando lo que ella no sabe que es la remodelación reciente de esta última planta, realizada hace un par de años.

Grabo en mis pupilas cada uno de los detalles de mi preciosa chica hasta que intenta acercarse de nuevo a la cristalera y, entonces, decido hacer algo.

Camino despacio hacia ella. Se ha girado para mirarme, pero, sin decir nada, la hago volver a darse la vuelta y apoyo mi pecho contra su espalda.

Cojo sus muñecas con cariño y la guío con calma hasta los ventanales.

Solo me detengo cuando sus palmas se apoyan contra el cristal; escucho cómo ahoga un jadeo de sorpresa y le beso la cabeza.

Poco a poco, consigo que se recueste contra el ventanal, rodeo su cintura con un brazo y reposo la barbilla en su hombro.

Es una auténtica maravilla estar con ella aquí otra vez, y más aún sabiendo que esta vez estaremos solos toda la noche. Hemos traído mantas y algo para picar y beber. Aunque no tengo intención de dormir, ni de probar bocado… salvo a ella.

—Las vistas son preciosas —susurra con la mirada puesta a lo lejos.

Asiento, pero no me importa la ciudad porque no puedo apartar los ojos de su bonito rostro. Ella sí que es una preciosidad.

—Ya lo creo que sí, vida mía.

Se gira entre mis brazos y apoya la cabeza en el cristal.

Sus músculos se han relajado, ya no teme a esta altura porque sabe que jamás la pondría en peligro.

Por eso, cuando regrese, me atreveré a contarle por qué me voy.

Sé que si lo hago ahora, se culpará, y no pienso permitirlo, y menos aún en mi ausencia, sin que pueda recordarle que no es responsable de absolutamente nada, salvo de haberme robado mi maldito corazón. Así que tendrá que esperar.

Le quito el pelo de la cara. Hoy lo lleva suelto, brillante y negro como el cielo que cubre esta ciudad.

Recorro con los nudillos su pómulo marcado, desciendo con suavidad por su mandíbula hasta que me detengo en su boca.

Al rozar esos labios carnosos, que me hacen perder el juicio, ella los abre y suspira.

Un gruñido primitivo se escapa de mi garganta. Me acerco y la beso con devoción.

No tarda en rodearme el cuello con los brazos, demandando mi cuerpo y pegándose a mí mientras tira de mi pelo al cerrar los dedos.

Paso las manos por su cintura y las deslizo por las costillas hasta deshacerme de su camiseta.

No me detengo a mirar su ropa interior, pues no me importa, nada me interesa más que ella.

Es el centro de mi universo, mi tesoro más preciado.

No sé cómo cojones voy a vivir sin ella este año.

El deseo, el amor, la pasión y esa necesidad feroz que compartimos son tan intensos que me deja sin aliento, sin alma.

La desnudo en segundos y Ava se deshace también de mi ropa con la misma urgencia.

No me molesto en apartarla del cristal hasta que arquea la espalda y su vientre roza mi erección.

Me muevo rápido, cojo la manta gruesa que hemos traído y la dejo caer al suelo.

Entrelazo mis dedos con los suyos y la guío hasta allí.

Se tumba y me tomo un segundo para grabarme esta jodida imagen en el cerebro.

Después, echo un vistazo a las cámaras: las luces están apagadas y mi contacto se ha asegurado de desactivarlas en esta planta hasta las ocho.

Me acomodo sobre su cuerpo, entre sus piernas, y la beso de nuevo.

Beso su cuello, sus hombros, sus clavículas —cuánto me gustan, tan marcadas—, y me adueño de sus pechos al llegar a su altura.

Tiene los pezones duros, preparados para que los muerda, y lo hago.

Dios, cómo no hacerlo. Y Ava se estremece contra la suavidad de la manta.

Con la mano libre, agarro mi erección y la guío hasta su entrada húmeda, caliente y deslizante.

Me abro paso en ella poco a poco. No quiero preliminares ahora, tendremos toda la noche para eso; en este preciso momento, lo único que necesito es estar dentro de ella.

Apoyo mi frente sobre la suya al sentir el placer recorrerme como una descarga.

Da igual cuántas veces lo hayamos hecho, nunca es suficiente, siempre me sacude con la misma intensidad.

Ava jadea, se mueve entre mi cuerpo y la manta, me araña cada vez que la embisto.

Lleva un buen rato aferrándose a mi piel, marcándome con intención.

Sé que lo hace a conciencia, como si quisiera dejar constancia de este momento.

Hundo mi cara en su cuello y la penetro de nuevo, esta vez con brusquedad, y llegamos a ese punto de lujuria que tanto nos arrastra, donde ya no existe nada más que nosotros.

—Prométeme que no te olvidarás de mí.

—Nunca —dice en un suspiro.

Salgo despacio, sintiendo cómo toco su interior, cómo se contrae a mi alrededor, y me hundo con fuerza, haciendo chocar nuestros cuerpos.

Ava grita y se me acelera tanto el corazón que temo un puto infarto.

Pongo una mano en su mandíbula y ella me clava su mirada gris, atormentada en la misma intensidad que excitada.

Es mi mujer. La beso, entrando y saliendo de ella, moviéndome mientras sus piernas se aferran a mí.

—Dime que eres mía —gruño mordiéndole un pecho, agarrándola por el culo y levantándole el cuerpo.

—Soy tuya, Zeus. —Señala su tatuaje—. Solo tuya.

—Eso es —siseo viendo cómo abre las piernas todo lo que puede, agarrándose a la manta cuando golpeo contra su pelvis—, eres mía, nena.

—Le muerdo los labios en un beso demandante y salvaje—.

Te pertenezco desde que me miraste en aquel aeropuerto y me salvaste la vida sin tener ni idea de que lo estabas haciendo.

Abre la boca al notar cómo entro en ella de nuevo y unas lágrimas silenciosas se le escapan, perdiéndose en su pelo.

—¿Volverás a mí? —pregunta con la voz ahogada y entro más hondo, acercándome a su cara.

—Mi corazón solo late por ti, vida mía. Volveré contigo, nos compraremos nuestra casa, nos casaremos y formaremos una familia.

—Asiente mientras llora, sin dejar de entregarse a mí en cuerpo y alma.

Siento el placer bajarme por los brazos y la columna mientras la miro—. Dime que jamás habrá nadie más.

—Jamás lo habrá. Nunca querré a nadie más.

La cojo entre mis brazos y me siento en la manta, haciendo que ella se coloque sobre mí.

Mi erección se hunde en su interior mientras ella empieza a moverse, sin apartar sus ojos de los míos.

La abrazo con fuerza, conteniendo las ganas de llorar por el dolor que me provoca saber que no volveré a tocarla en un año, que no podré olerla, tenerla, sentirla…

Somos un torbellino de sentimientos, de caricias y de ritmo compartido que nos arranca gemidos, suspiros y confesiones.

—Dime que me amas, honey —pido con la voz entrecortada. Después, le sujeto la cabeza por la nuca, sintiendo su pelo entre mis dedos.

—Te amo, Zeus.

Sigo moviéndome, la beso y me empapo de sus hermosos rasgos.

Las sombras bailan sobre su cuerpo desnudo, perlado de sudor y brillante bajo la tenue luz.

Mi preciosa, fuerte e increíble Ava. Le sujeto las rodillas y un latigazo de placer me atraviesa.

Suelto un gruñido al notar cómo se tensa a mi alrededor, entregándose a un orgasmo que la hace temblar, gemir y gritar. Me abandono a su placer.

Dejo que el instante me lleve a ese lugar donde solo ella sabe tenerme.

Recuerdo todos nuestros momentos, desde el primero hasta el último: aquella mirada en el aeropuerto, nuestro encuentro en el club de Dan, la primera vez que vinimos aquí, ese beso en mi cafetería…

Pienso en todas las veces que la he venerado haciéndole el amor, en la ocasión en que le confesé cuánto la quería y en lo que sentí cuando fui correspondido por ella.

Siempre ha sido ella, mi chica, mi chica perfecta.

—Siempre has sido tú, Zeus —dice bajo mi cuerpo, cuando tiene la respiración algo más calmada, mientras me acaricia el pelo de la nuca—. A pesar de todo, solo tú.

***

Ava va a tomarse el fin de semana libre, aplazó para el martes los trabajos que tenía previstos para el sábado, ya que el lunes me voy.

Nos hemos dado un larguísimo baño de espuma después de un largo día sin salir del ático, y ahora vamos a cenar para volver a tumbarnos en el sofá, en los brazos del otro.

La observo preparar algo en la cocina y se gira al notar que la miro; me sonríe por un momento, como si se le hubiese olvidado lo que va a ser este puto fin de semana de mierda.

Pero sé que no, sé que su cabeza no deja de recordarle que son nuestros últimos días. Porque es lo que hace también la mía.

—Estoy bien.

Pero es mentira, no lo está. Yo tampoco lo estoy.

Y no tarda nada en soltar el cuchillo que está utilizando sobre la encimera y apoya su espalda contra mi pecho.

Su cuerpo tiembla, apoya las manos sobre el mármol y deja caer la cabeza mientras llora.

El pelo le tapa parte de su cara y el corazón se me rompe en mil pedazos.

Se me destroza como un espejo hecho añicos.

Poso los labios en su cuello, notando cómo se me humedecen las mejillas sin poder controlarlo.

No estoy preparado para dejarla, maldita sea.