Capítulo 41
No me he parado a pensar si es una buena elección, pero cuando me informaron hace unos días de que podría llevar dos acompañantes al trabajo de la revista, pensé en William.
Tenía claro que Zeus sería uno, pero quería que el otro fuera para él.
Nos estamos conociendo poco a poco, más vía telefónica que en carne y hueso —sobre todo ahora que no tengo ganas más que de cerrar los ojos hasta que pase un año entero—, pero conociéndonos, al fin y al cabo.
—Caray, este sitio es muy grande.
Observo a William, que tiene la barba y el pelo arreglados —cortesía del peluquero de Zeus—, también ropa nueva y otro color en la piel desde que conseguí que le hiciera unos apaños a su horrible casa como arreglar la puerta, las ventanas, el baño, la cocina y, como no, ponerle una cama.
No es gran cosa, pero tampoco quiere ir a un hotel, así que, al menos, me dejó ayudarle de esa forma hasta que el edificio pase a ser mío.
Está mirando el sitio de punta a punta, y no es para menos.
Es un almacén industrial adaptado para el trabajo, hay unas escaleras de hierro que suben a unas oficinas, también se ve una zona de descanso y unos servicios.
Cruzo el amplio lugar con Zeus a un lado y William al otro, hasta que llegamos donde se encuentra el organizador del evento.
—¡Ava Ferrer! —exclama un tipo con la ropa de colorines y unas gafas con cristales celestes.
Camina hacia nosotros y me planta dos besos.
Hay un montón de ojos pendientes de mí—.
¡Qué alegría conocerte al fin! Soy Stefano, amigo íntimo de Carl y dueño de todo esto, encanto. Oh, ¿quién son tus acompañantes?
—Este es mi novio, Zeus, y…
— Oh, my God . —Le da la mano a Zeus para que se la estreche—. El nombre te viene de perlas.
Suelto una risita ante el rostro estupefacto de Zeus, pero me esfuerzo por disimular y me giro hacia William, procurando que nadie me vea.
—Y este es William, mi… —Me quedo sin saber qué decir. ¿Mi qué? ¿Qué es para mí? Mierda, no puedo tener este colapso ahora, delante del divino de Stefano y, más aún, con su mirada clavada a la espera de que termine la frase.
—Su abuelo —aclara Zeus.
Levanto la cabeza hacia él y me mira. William ha tardado en darle la mano, pero ha reaccionado rápido y ahora están hablando sobre las instalaciones eléctricas.
Al parecer, tuvieron una gravísima avería hace meses y, aunque está solucionada, a veces sigue dando fallos.
Gracias a eso, me entero de que mi abuelo fue electricista. Eso no me lo había contado Marga.
Mi abuelo. ¿De verdad lo es? Quiero decir, parece que fue ayer cuando no tenía familia materna y ahora tengo a mis abuelos.
Estoy sonriendo interiormente cuando nos situamos detrás del torbellino de colores que nos está guiando por todas las zonas del almacén.
Después nos presenta al equipo y me sube la autoestima alabando mi trabajo, que ha visto en mis redes y oído en boca de Carl.
Algunos están riendo por una broma suya cuando mira su reloj, cambia el semblante y da unas palmadas que hacen vibrar sus gafas de diseño.
—¡Empezamos!
Dicho eso, todo el mundo empieza a moverse.
Guiados por una azafata que va de punta en blanco, Zeus y mi abuelo se quedan en la zona de descanso, donde toman asiento en unas sillas que parecen muy cómodas.
La mirada ardiente de mi flamante novio me acompaña en todo momento y William me sonríe a veces, aunque está demasiado sorprendido y cohibido por estar aquí tras años de soledad en una especie de chabola.
Stefano me asigna al equipo de fotografía, compuesto por tres personas más: dos chicos y una chica, todos muy simpáticos y agradables.
Me enseñan el material que utilizan, dónde está todo lo que voy a necesitar y cómo se organizan.
Es como si estuviesen dándome la bienvenida al equipo, a la empresa; sin embargo, yo ya dejé claro a la jefa de Recursos Humanos que colaboraría como profesional independiente.
Una vez todo está en marcha —los modelos cambiándose, desfilando, posando; la música sonando por los altavoces; las modistas retocando prendas y el equipo de maquillaje preparando al siguiente para las cámaras—, me olvido un poquito de la angustia que supone cruzarme con esa mirada cálida y apasionada que me observa con orgullo desde su silla y que tanto voy a añorar.
Intento no pensar demasiado y me entrego a lo que significa para mí estar aquí.
Permito que la sensación se apodere de mí y que fluya hasta mis dedos cada vez que disparo la cámara.
Dejo que el ruido de fondo me inunde los oídos, que las risas y las voces me retumben en la mente y ahuyente estos pensamientos que no me dejan en paz desde hace cuatro días.
Que callen las voces que me gritan, una y otra vez, que el año va a ser lento, agotador y solitario sin él; y que cabe la posibilidad —la espeluznante posibilidad— de que cuando vuelva, ya no sea lo mismo.
***
Unas horas después, cuando Stefano me ha repetido mil veces que ha sido un placer y que me espera para el próximo evento en cuatro meses, siento un pellizco en el estómago.
Zeus no estará para entonces. Sé que, por su expresión al oírlo, está pensando lo mismo que yo, pero se esfuerza mucho en ocultarlo.
Como está anocheciendo, Zeus pone rumbo a Brooklyn para dejar a William en su casa.
Al despedirnos de él, volvemos a Manhattan.
El coche está en completo silencio, ahora solo quiero oír su respiración para asegurarme de que está aquí todavía.
Ya la pondré cuando no esté, cuando necesite llenar el vacío que también dejará en mis paseos en coche de vuelta a casa del trabajo, o cuando vaya a ver a nuestros amigos o su familia.
— Honey , por favor, no llores. —Me limpio deprisa las lágrimas y dejo de mirar por la ventanilla, ni siquiera he sido consciente de que estaba llorando. Lo miro y sonríe al percatarse, aunque no quita la vista de la carretera—. Te he preparado una sorpresa.
De repente, el corazón se me alborota en el pecho, me enderezo en el asiento y lo estudio fijamente. ¿Va a quedarse? ¿Va a pedirme que me vaya con él? Bien sabe Dios que lo dejaría todo sin miramientos y me iría con él sin hacer una mísera maleta.
—¿El qué? —pregunto esperanzada.
—Vamos a pasar la noche en el Empire State. —En cuanto lo escucho, se me escapa un sollozo. Cierro los ojos un segundo y respiro con tranquilidad, hasta que su mano se coloca sobre mi pierna—. Sé que no tiene sentido, pero quería que estos últimos días fueran especiales .
«Últimos días». Las palabras se me clavan como puñales envenenados.
Tengo que espabilar, es una realidad. Se marcha, va a irse un año entero para salvar el hospital de su familia, es así.
Nada hará que cambie de opinión, ni siquiera ver cómo lloro desconsoladamente por las esquinas todo el día va a hacerle cambiar de opinión.
Por lo tanto, solo me queda aceptar el destino que él ha decidido para nosotros.
—Es perfecto —murmuro.
Lo es, ¿no? En otras circunstancias estaría como loca, pero saber que me dirijo al lugar donde voy a pasar la mejor noche de la semana con el hombre al que amo, justo antes de decirle adiós, no es que me haga muy feliz.
Intento olvidar la frustración de antes; imagino que, cuando se marche, tendré que pasar por varias fases.
No es tan raro que la rabia empiece ya a dar señales.
Me recuesto sobre el hombro de Zeus mientras conduce y observo los edificios iluminados, llenos de vida por la gente que hay dentro.
Esta ciudad, que me ha regalado a este ser maravilloso, se desliza a toda velocidad por las ventanillas del coche.
En el trayecto, Zeus me cuenta que esto es un favor que le han hecho. Podremos estar ahí hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Madre mía, voy a pasar toda la noche con él, en lo alto de Nueva York.