Capítulo 40
Me habría encantado que la cena de anoche terminara justo después de que Dan le pidiese matrimonio a Jessica.
Llevaba semanas planeándolo; visitamos tantas joyerías en busca del anillo perfecto que, en un momento dado, estuve a punto de comprar toda la colección solo para dejar de oír, aunque fuera un segundo, las dudas de mi amigo sobre si el oro blanco era lo más adecuado para Jess.
Claro que, si en aquel entonces hubiera sabido que iba a pasar un año alejado de él, habría soportado un día entero escuchando sus miedos acerca de si estaba a la altura de su gatita .
Es una jodida pena que el ser humano solo sea consciente de lo que tiene cuando está a punto de perderlo.
Así que sí, me hubiera gustado irme a casa con Ava tras la pedida de mano, pero sabía que no habría sido justo para nuestros amigos.
Nos quedamos tanto tiempo que, tras darle muchas vueltas —y odiarme por ello—, me acerqué a Jayden cuando Ava estaba lo bastante entretenida como para no darse cuenta.
Lo saqué a la calle y le pedí lo último que habría imaginado pedirle en toda mi vida.
—Tengo que estar fuera un tiempo. Cuida de ella, por favor.
—Me maldije al ver cómo, por culpa de mis palabras, se giraba para mirar a mi mujer a través del cristal de la puerta.
Tenía ganas de destruirlo todo, pero me limité a respirar y a seguir hablando—: Sé que te aprecia, que eres su amigo y que todos van a estar a su lado…
pero lo va a pasar muy mal. No quiero que te alejes de ella hasta que yo regrese, no provoques que su sufrimiento sea aún mayor .
Me preguntó a qué venía eso y vi en su mirada una verdadera preocupación.
Fue extraño sentir alivio al comprobar que, esta vez, estaba preocupado por mí.
No le dije nada, solo le palmeé la espalda y volví al interior del restaurante con la mujer a la que amo.
Fingí estar muy feliz cuando, por dentro, algo me carcomía.
Tenía planes para nosotros: quería visitar casas con ella e iba a pedirle que se casara conmigo cuando, por fin, estuviéramos viviendo donde comprásemos nuestro primer hogar.
Ahora tengo que esperar un año para hacer todo eso.
Ahora estoy obligado a desaparecer, a dejarla, a arriesgarme a que todo se vaya a la mierda si las cosas siguen torciéndose incluso después de haberme ido para protegerla.
La miro desde el otro extremo del sofá, está tumbada con los pies sobre mis piernas y sus ojos se clavan en los míos.
No hemos dejado de tenernos, de vernos .
Apenas me quedan unos pocos días, lo último que haré con ella será acompañarla mañana a la revista.
Me ha costado muchísimo convencerla de que no deje pasar la oportunidad; no podría soportar arrebatarle también la posibilidad de seguir creciendo como profesional.
—Odio ser yo quien nos haga movernos —dice de repente, y levanto la mirada de sus pies con calcetines de flores—, pero hemos quedado con tu familia para contarles lo que pasa.
Lo sé, no se me olvida. ¿Cómo hacerlo cuando tengo que despedirme?
Es solo que no quiero ir. No deseo que esto suceda ni dejar este sofá en el que, a pesar de la desesperación que me invade desde que le leí aquel documento, me siento feliz.
Al ver que no me muevo, Ava se incorpora y, gateando, se acerca hasta tumbarse sobre mí.
—Te amo, nena. —La sujeto con suavidad del cuello y hundo los dedos en su pelo negro.
Noto lo tibia que es su boca y lo aterciopelada que siento su lengua contra la mía, hasta que se aparta, dejándome un vacío doloroso.
Se me mueve la entrepierna en cuanto la veo bajar por mi cuerpo, con los ojos brillantes.
No han dejado de estar así desde ayer y temo que sigan tristes todo el tiempo que estemos separados .
Ava se deshace de mi pantalón deportivo.
Llevo tres días sin ir a trabajar y, aunque es la primera vez en toda mi carrera que me quedo en casa, nada en este mundo me haría moverme de aquí.
Me besa el abdomen mientras, con sus finos dedos, me baja la ropa interior, sonriendo con malicia al verme tan entregado.
Sin dejar de mirarme, recorre con la lengua toda la anchura y longitud de mi deseo, hasta que lo coge con una mano y se lo mete en la boca.
Por instinto, quiero echar la cabeza hacia atrás, cerrar los ojos y dejarme llevar por el placer que me consume siempre que ella está cerca.
Ni siquiera necesita tocarme; una sola mirada suya, sin importar la distancia, me enciende como la pólvora.
Mantengo la posición firme, sin cerrar los ojos, observando cómo la mujer que adoro —y que ya anhelo, aun teniéndola entre mis brazos— me degusta con ganas.
Como sigue vestida, consigo quitarle la ropa.
Cuando tiene que apartarse para deshacerse de la camiseta, me parece oír un gruñido de frustración y, acto seguido, se lanza a mi erección como si su vida dependiera de ello.
Me inclino hacia ella, casi sentándome, pero manteniendo el contacto.
Paso una mano por su espalda, la bajo por sus nalgas hasta tocar su entrada, ya empapada.
Me estremezco en su boca, hundo dos dedos entre sus pliegues y muevo la mano con urgencia.
Mi otra mano ya está en su cabeza, dirigiendo los movimientos, haciendo que se arquee de gusto por lo que le hago y por lo que me hace.
Ava succiona y el orgasmo me pilla por sorpresa.
Sin darme cuenta, empujo su cabeza hacia abajo, pero no se queja; al contrario, arquea la espalda para que pueda presionarle también el clítoris.
La toco llevándola al límite y siento la vibración de sus gemidos en todo mi miembro hambriento de ella.
Me corro enseguida llenándole la boca, mientras no dejo de mover la mano hasta que sus dedos se clavan en mis muslos y sus paredes internas me aprietan con fuerza.
Le tiembla el cuerpo cuando alcanza el clímax sin apartarse de mí y, por un instante, creo estar en la mismísima gloria .
Cuando ambos terminamos, retiro los dedos, ella se incorpora y se limpia la boca.
La cojo en brazos y la coloco sobre mí. Apoyo la punta de mi miembro, aún medio erecto, en su entrada y, al deslizarse sobre él, vuelve a endurecerse.
Ava jadea al sentirme crecer en su interior y yo la observo mientras el deseo me consume poco a poco.
Va a ser una tortura separarme de ella.
***
Mientras veníamos de camino, decidimos llamar también a nuestros amigos para que se reunieran con nosotros; no creo poder pasar por este momento muchas veces.
Por eso, el salón del ático de mi padre está a rebosar.
No quería hacer esto en un restaurante, solo deseaba que estuviéramos mi familia y yo.
Para que nadie se ponga histérico desde el principio, hemos decidido almorzar en paz y armonía, con los niños gritando y jugando mientras los adultos hablamos.
En cuanto terminamos, me pongo en pie para dar la noticia. La cara que va poniendo mi padre según me escucha perdurará en mi memoria para siempre.
—¡¿Cómo?! Tenemos que evitarlo.
—No, no podemos. Lucas y varios abogados más han estado revisando. Hay demasiado en juego.
Miro de manera fugaz a Ava, ella no sabe que me voy porque Donald la ha amenazado.
Solo le he contado que ha conseguido endeudar el hospital y que necesito marcharme para salvarlo.
Sé que debe pensar que, para mí, el Vitality es lo más importante, pero nada más lejos de la realidad.
Aparto mis ojos de ella, pasando la mirada por cada uno de los que se acaban de quedar en silencio al oírme.
Dan, Jessica, mi hermana, Marc, Maddison; incluso Marga ha venido.
Puede que no haya sabido manejar la situación con Ava, pero siempre se ha portado muy bien con nosotros y está corrigiendo cualquier error que cometió.
Me alivia saber que ella también está con Ava.
Amber me abraza, diciéndome cuánto me echará de menos, Maddison también se acerca. Jess todavía está con Ava, que por fin permite mostrarse tal y como se siente. Rota. Yo la he roto, otra vez.
—¿Por qué lo haces? —Dan me mira como siempre lo ha hecho, como mi hermano, como si quisiera enseñarme que hay otras opciones. Pero esta vez no—. Sé que nada te separaría de Ava. A no ser…
Abre los ojos por lo que sea que ha cuadrado en su cabeza, así que no me queda otra que sacarlo del comedor. Cierro la puerta de una de las habitaciones y me paso la mano por el pelo.
—¿Entonces? —insiste Dan cuando no hablo.
—Si no voy, va a arruinarla. Tiene gente que puede conseguir el edificio, quitar de en medio a William y, además, parece que Ana come de la palma de su mano…
—Así que te largas y la dejas sola.
Me vuelvo hacia él, sintiendo el veneno correrme por la sangre. Doy un paso amenazante, hasta quedarme a un palmo de su cara.
—¡¿Qué quieres, Dan?! —exclamo y, al momento, bajo el tono—.
¿Qué cojones quieres que haga? ¿Quieres que llamemos a uno de tus contactos y que lo maten en su celda?
¡Bien! Maldita sea, pero luego ¿qué, eh?
No habrá nadie que ponga en peligro a Ava, pero entonces la mierda volverá a cubrirnos.
Siempre habrá un modo que la hará sufrir si esto no se termina.
La deuda es de millones de dólares, ¿sabes lo que eso significa?
No quiero que mi padre pase por eso, no quiero que lo señalen con el dedo, no… ¡Joder! No puedo más.
Se hace un silencio en el que solo escucho mis latidos, fuertes y severos, en mis oídos.
—Joder, tío. —Dan me abraza con fuerza—. Voy a echarte de menos. No voy a casarme hasta que vuelvas y no me despegaré de Ava.
Suelto una risa sincera después de unos días de mierda.
No me cabe duda de que me va a esperar, y me gustaría decirle que, si su deseo es casarse mañana mismo, que lo haga; pero recuerdo que, cuando Dan toma una decisión, no hay quien lo haga cambiar de parecer.
Y, con respecto a lo de Ava, sé que mi chica está en buenas manos.