Capítulo 43
¿Cómo debería expresar lo que siento mientras voy de camino a nuestro adiós?
Observo al hombre de mis sueños bajarse del coche tras un fin de semana amargo, pero increíblemente bonito —a pesar de no habernos movido del sofá—. Saca su equipaje del maletero y camina a mi lado hasta la zona donde esperaremos el vuelo que nos separará durante un año.
Me fijo en cómo intenta sonreír cuando agarra mi mano con tanta fuerza que casi la hace hervir.
Cómo finge que está bien al coger a sus sobrinos, que llegan corriendo y gritando sin ser conscientes de lo que pasa en realidad.
Cómo abraza a su hermana, que aparenta entereza.
Cómo le da la mano a Malcolm, con el que solo hemos podido coincidir un par de veces en estos días.
Cómo le repite a su padre que todo irá bien.
Abrazos, promesas y palabras de consuelo son lo único que hay a mi alrededor por parte de todos. Pero intento no pensar, ni oír, ni sentir nada más que lo que tenga que ver con Zeus.
Daniel lo abraza y, aunque intenta decírselo solo a él, escucho cómo le asegura que cuidará de mí.
Jessica, que consigue que llore con ella de nuevo, lo abraza también y lo besuquea.
Maddie le hace reír con una de sus ocurrencias y Marc le sonríe de esa forma suya con la que se dicen tantas cosas sin pronunciar ni una sola palabra.
Incluso Jayden aparece un rato después. A pesar de lo que haya podido pasar, se conocen de casi toda la vida, Zeus me ha contado más de una vez que siempre se han llevado bien, así que no veo mal que haya decidido pasar a despedirse de un viejo amigo.
Pero, cuando se estrechan la mano, hay algo en la mirada que comparten en silencio.
Sin embargo, estoy demasiado cansada y triste para descifrarlo.
Mucho más tarde, Crystal aparece acompañada por un hombre con traje.
Fue terrible cuando Zeus me confesó que tenían que irse juntos, pero no por celos ni porque desconfíe de que pueda pasar algo entre ellos.
Fue un golpe muy duro porque lo tomé como si el destino hubiera encontrado la forma de castigarme: separándome de él y uniéndolo a ella por un año entero.
Llegué a sentir pena —todavía la siento—, pero en este momento me consume verla aquí, sabiendo que estará con él tanto tiempo.
Veo cómo se coloca a unos metros de nosotros.
Nadie más viene con ella, sé lo que se siente.
Aun así, ya no tengo ganas de redimir a nadie, ni fuerzas para seguir sacándole el lado bueno a las cosas y a las personas, cuando lo único que quiero ahora es esconderme en nuestra cama, bajo las sábanas que aun huelen a él, y hacerme un ovillo para llorar hasta que no pueda más.
—¿Y cuándo vuelves? —pregunta Seth de repente, que no se baja de los brazos de su tío por nada del mundo.
Zeus pasa una mano por mis hombros, pegándome a su cuerpo con firmeza.
—Tiene que pasar el invierno, la primavera… —Intenta hacerle cosquillas cuando el niño hace un puchero—. También el verano y, entonces, cuando vuelva a ser otoño estaré aquí.
Dios, cómo duele. Esta maldita fecha me está arañando el corazón con uñas afiladas.
—Pero eso parece mucho, ¿no, mami? —El niño mira a Amber y esta lo coge.
—No, cariño, no es tanto, ya lo verás. No te va a dar tiempo a echarle de menos.
Todos miran al pequeño.
—¿Y por qué tía Ava no va contigo? —pregunta de nuevo, dejándome helada.
Agarro la chaqueta de Zeus por la espalda, aferrándome a él. Sus músculos se han encogido, pero se acerca a su sobrino con una sonrisa.
—Porque me voy por trabajo y no puede acompañarme. ¿Tú vas con mamá al trabajo?
Seth niega con la cabeza.
—¿Y por qué Crystal sí que te acompaña? —pregunta ahora Samantha.
—Porque es mi compañera de trabajo —responde, apartando la mirada cuando noto que los ojos de Zeus se posan en los míos. Al instante, se endereza y me estrecha contra su costado—. Se acabaron las preguntas por hoy.
—Jo, pero tengo un montón —se queja Seth.
—Lo sé, pero hay cosas que no se pueden explicar.
Cuando Samantha va a decir algo más, James lo impide, coge a su nieto y les anuncia que irán a comprar algo.
Los niños, dando saltitos, se marchan a la tienda, donde lo más seguro es que estén entretenidos un rato.
Meto las manos en los bolsillos de mi chaqueta y me pego al pecho de Zeus, aprovechando la media hora que nos queda juntos.
—¿Estás cansada? —me susurra al oído, provocándome escalofríos y ganas de llorar al mismo tiempo. Niego con la cabeza.
—Estoy aterrada.
Aunque le doy la espalda, lleva una mano a mi cara y me acaricia la mejilla con los nudillos. Luego me da la vuelta, despacio, y se inclina para quedar a la altura de mis ojos. Su sonrisa es sincera, pero tan débil y triste que me duele en el alma.
—Yo también, hone y . —Pega su frente a la mía—. No quiero dejarte aquí, no quiero marcharme. No pienses que te abandono.
Sabe lo que significa eso para mí. Cuando llegué a Nueva York, no quería enamorarme ni siquiera conocer a nadie; solo trabajar, descubrir la ciudad y pasar el duelo de mi tía.
Pero entonces él apareció para arrancarme ese miedo de cuajo y traer a mi vida la felicidad que, muy en el fondo, deseaba conocer algún día.
Pero no siento que Zeus me esté abandonando, es imposible cuando ha pasado días y días demostrándome que jamás me dejará sola y que haría lo que fuese por mí.
Zeus me ama, y las personas que nos aman de verdad jamás nos abandonan.
Sean cuales sean las circunstancias, siempre permanecen.
Y sé que él lo hará, aunque nos separe un océano, siempre estará junto a mí.
Cuando James vuelve con los niños, se acerca a su hijo y le pregunta varias cosas sobre el viaje.
Les doy espacio, no puedo —ni quiero— escuchar nada más sobre esto, por lo que intento entablar conversación con mis amigos.
Jayden quiere acercarse, lo noto por cómo me mira, pero sé que está manteniendo las distancias por Zeus.
Se lo agradezco, no tengo ánimo para lidiar también con él.
Al darme cuenta de que la conversación sigue sin importarme, a pesar de que me esfuerzo por participar porque solo puedo pensar en los minutos que nos quedan juntos, echo un vistazo a mi alrededor.
Mis ojos se detienen en Crystal, que charla con el tipo que viene con ella.
Él le pasa un brazo por los hombros, Zeus me contó que había conocido a alguien, pero no podía creérmelo hasta verlo.
El delicado beso que ella recibe de su amante basta para confirmarlo.
Me gustaría gritarle a la cara, pero Zeus también me explicó lo que hablaron en la sala de reuniones y cómo Donald ha estado manipulando a su propia hija.
Parece que a ambas nos ha tocado un progenitor de mierda.
Sin poder reprimir lo penoso que me parece lo que también le está pasando, me acerco despacio a ellos y me detengo a un lado para observar a su pareja.
La rabia contenida y la venganza pintada en sus ojos claros han desaparecido.
La Crystal que tuve el mal gusto de conocer no está, se ha esfumado ahora que su villano está entre rejas.
Tampoco puedo evitar, en el fondo, sentirme bien por ella, pues nadie se merece estar solo por culpa de otras personas.
Primero hay un silencio, durante el cual recorro con la mirada al hombre de rasgos latinos que no aparta el brazo de su cintura.
Se le ve protector y un poco desafiante.
Por fin alguien que la cuida y la defiende.
Crystal me mira. Me fijo en cómo aguanta con fuerza el asa de su maleta y se mueve inquieta, hasta que decide hablar.
—Esto no es cosa mía, aunque creas lo contrario. Quiero cambiar, me estoy esforzando. Ya le expliqué a Zeus que he intentado impedirlo, pero mi padre se ha encargado de que sea inevitable.
El corazón me bombea con fuerza, la respiración se me vuelve descompensada y no puedo, no puedo seguir conteniendo mis ganas de llorar. Las lágrimas caen como si mis ojos sangraran, pero me las aparto rápidamente.
—Lo sé. Es una pena que hayas decidido cambiar cuando ya no se podía hacer nada para frenar que todo se desmoronara. —El cuerpo del tipo se tensa. Cojo aire, mirándola a los ojos porque me duele lo que voy a decir—. Esta vez tenéis que apoyaros. Sois lo único que conocéis en ese sitio.
Crystal se queda sin aire, noto lo poquito que se apoya en el cuerpo firme que tiene a su lado, pero hace todo lo posible para no derrumbarse ante mí.
Asiento y me marcho con Zeus antes de que ninguno diga nada.
Me meto debajo del brazo de mi hombre, del único hombre que me conoce de verdad, y me quedo ahí, sintiendo su calor hasta que llega el momento.
—Creo que es la hora —anuncia James; sin embargo, todos hemos oído el aviso .
Aunque llevo días preparándome, ahora no sé cómo gestionarlo.
Observo a Zeus, que no deja de mirarme mientras Marc y Dan cogen sus cosas.
Una ansiedad terrible se apodera de todo mi ser y no me deja pensar ni respirar.
Los ojos negros de Zeus me escrutan, me abrazan y me vuelven a sumir en esa oscuridad del principio de nuestra historia.
Y me hundo en ella, donde siempre estamos los dos, besándonos, abrazándonos, queriéndonos.
Ahí permaneceré todo el año, imaginando que Dandelions , de Ruth B.
, suena a nuestro alrededor mientras nos mecemos al compás de esa letra que tanto nos representa.
Solo cuando consigo decirle que estoy bien, se gira para recibir los abrazos y los besos que le dan nuestros amigos y familiares.
Me deja para la última porque sé que necesita, al igual que yo, irse con el recuerdo de nuestro beso, con el sabor de mis labios y con mi perfume en su piel.
Necesito ser la última a la que abrace y la primera a la que bese cuando regrese.
Nos miramos de una manera tan intensa… Zeus es esa canción favorita que no dejas de escuchar; es ese color que siempre usas en la ropa, el olor del mar, el frío de la nieve, el calor del sol de primavera.
Zeus es mi amor y siempre lo será.
—Maldita sea, honey —masculla junto a mi oído, y me derrumbo contra su pecho, incapaz de aguantar el llanto.
Me reparte besos por toda la cara hasta centrarse en mis labios, donde me da un beso largo y profundo, cargado de promesas.
Cuando se separa, su mirada arde sobre la mía y le brilla por las lágrimas que sé que está conteniendo—.
Cuida de Cronos. —Asiento entre sollozos—.
Conviértete en la mejor fotógrafa que sé que puedes ser.
Haz todo lo que tengas que hacer porque, cuando regrese, voy a casarme contigo y nos esperan varios meses de luna de miel.
Río y lloro al mismo tiempo, con el corazón encogido por el amor y la tristeza.
Amo a este hombre con cada célula de mi cuerpo, y nada hará que deje de hacerlo.
Su beso consigue que varias personas nos silben y aplaudan, pero el verdadero alboroto comienza cuando me hace separarme unos centímetros y se lleva la mano al bolsillo de su chaqueta.
De él saca una cajita pequeña. Al arrodillarse, el bullicio se desvanece y todos enmudecen, pendientes del momento en el que saca un anillo precioso que brilla y tiembla en sus manos.
—Amor de mi vida. Mi hermosa chica del aeropuerto, ¿me harías el honor de casarte conmigo?
Escucho los sollozos contenidos y las exclamaciones a nuestro alrededor, mientras él comienza a levantarse y me coge la mano. Espera un momento hasta que empiezo asentir y lo abrazo con fuerza.
—Es precioso —susurro cuando lo coloca en mi dedo—. Por su puesto que quiero ser tu mujer, Zeus O’Donnell.
Tras unos cuantos vítores, pues esto nos ha emocionado y alegrado a todos, tenemos que dejar que se marche. Todos vuelven a abrazarlo y, después, se apartan para dejarnos espacio para una última vez.
—Cuando me haya ido —dice, besando el anillo en mi dedo—, quítatelo, he grabado algo que nos representa a la perfección. Te amo, honey . Hasta el último de mis días.
—Estaré esperándote —aseguro y dejo que se aleje. Cuando el miedo me oprime el pecho grito—: ¡Te quiero, Zeus!
Se gira sonriendo de medio lado, pero no vuelve a besarme. Es otra promesa que debemos cumplir cuando regrese.
Sin quitar los ojos de la pista, veo cómo su avión despega, llevándose mi corazón con él. Al cabo de un rato, siento unos brazos a mi alrededor, levanto la mirada y veo la figura empañada de Dan. Salimos del aeropuerto en silencio, nadie tiene nada que decir.
Cuando subo al Porsche de Zeus, no puedo creer que sea en esta circunstancia cuando vaya a conducirlo por primera vez.
Jess sube al asiento del copiloto, pero no dice nada.
Solo está ahí mientras lloro y me encojo de dolor.
Entre lágrimas, recuerdo lo que me ha dicho Zeus sobre el anillo.
Entonces, me seco quito la alianza y leo el interior.
—Ava & Zeus. —Sonrío y un poco más separado hay otra palabra—. Sempiterno .
«Que durará para siempre y que, aun habiendo tenido principio, nunca tendrá final».