Capítulo 39
Observo a Zeus desde el sofá mientras organizo las vacaciones de Navidad, apenas queda un mes y quiero que mis padres las pasen con nosotros.
He imaginado este momento muchas veces porque pienso aprovechar su visita para ponernos al día, cara a cara, sobre todo lo que ha pasado en estos últimos meses.
Frunzo el ceño cuando Zeus vuelve a salir del despacho con el pelo revuelto y resoplando.
Lleva dos días muy raro, ni siquiera presta atención al pequeño Cronos, que corre tras él cada vez que aparece tras pasarse horas encerrado en ese maldito cuarto.
Cuando lo pierdo de vista por el pasillo, la ansiedad me acelera el corazón. Algo está pasando.
—Papá, mamá, tengo que colgar. Os llamaré más tarde, os quiero.
Cuelgo antes de que me digan nada más y tiro el teléfono al sofá para ir a nuestro dormitorio. En cuanto llego, cierro la puerta para que Cronos no entre, pero no está en la cama; lo encuentro en el baño, parece que va a darse una ducha.
—Mi amor, ¿qué te pasa?
A través del cristal, veo que le han salido ojeras.
Sé que se ha pedido unos días de asuntos propios en el hospital, pero no tengo ni idea de por qué.
Apenas me habla, solo un par de conversaciones al día antes de acostarse bien temprano.
Me acerco a él por detrás, rodeando su cuerpo con mis brazos y hundo la cara en su espalda.
Sus manos acarician las mías y se me eriza el vello de la piel .
Lo echo de menos. Es como si, aun teniéndolo aquí, pegado a mi cuerpo, estuviese a miles de kilómetros.
No me toca, no me besa, no me mira como antes.
¿Es que ha dejado de quererme? De repente, tengo ganas de llorar.
No sé qué está pasando, pero me rompe el alma ver que algo se está apagando entre nosotros y temo no poder hacer nada para evitarlo.
A duras penas consigo que se gire. Tiene los ojos rojos, pero no me importa.
Cojo su cara entre las manos y le obligo a besarme.
Lo necesito. Pego nuestras bocas y, al instante, noto el sabor del brandy en su lengua; sin embargo, continúo.
Lo guío fuera del baño y lo tumbo en la cama. Sus ojos, negros como la noche y brillantes por el tormento que arrastran, se clavan en los míos con agonía. Noto que se me escapan unas lágrimas. Quiero que mi Zeus vuelva.
—Hazme el amor —suplico sentada sobre su regazo.
Su mirada vacía me consume, me oprime el pecho y ya no puedo aguantarlo más.
Las lágrimas caen sin que pueda evitarlo.
El dolor que he soportado todo este tiempo, y que pensaba haber dejado atrás, ha resurgido desde lo más profundo y me está destrozando por dentro.
Me abrazo a mí misma, buscando consuelo, y noto cómo los músculos de Zeus se tensan debajo de mí.
Sus manos acarician mi cuello y me arrastran hacia él hasta que nuestros labios se rozan.
Me echa el pelo hacia atrás y me besa como si nunca lo hubiera hecho.
Como si algo no le hubiese permitido besarme estos dos días como lo está haciendo ahora.
Siento enseguida la presión entre mis piernas y no puedo evitar rozarme.
Zeus gruñe, colando la lengua en mi boca, girándose sobre nosotros y acorralándome contra el colchón y su duro cuerpo.
Se detiene un momento a mirarme otra vez, sin prisas.
Me recorre el contorno de la mandíbula, el nacimiento del pelo hasta bajar a mis cejas.
Después, con la yema de los dedos, rodea mis ojos, el puente de la nariz y el perfil de mis labios.
Bordea mi boca, húmeda por los besos y las lágrimas, sin cansarse, y deposita un beso delicado y doloroso en mis labios.
En silencio nos desvestimos, tirando la ropa por el suelo de la habitación, donde solo se escuchan nuestras respiraciones descontroladas y ansiosas.
Sus manos recorren cada rincón de mi cuerpo, descienden por mi estómago y se detienen en mi sexo, presionando contra mi clítoris sensible.
El tiempo que lo hemos echado de menos...
Mi espalda se arquea cuando me besa el vientre y continúa bajando con delicadeza hasta el monte de Venus, deteniéndose en mis pliegues húmedos.
Sin dejar de mirarme, Zeus desliza su lengua como si saboreara un manjar exquisito, como si adorase cada centímetro de mi ser.
Y sé que es así, desde el primer día me ha hecho sentir amada, deseada, fuerte.
Pero ahora… ahora está distante y eso me está matando poco a poco.
Cuando siento que mordisquea el centro de mi deseo, pierdo el hilo de todos mis pensamientos y me concentro en sus labios, en su lengua sobre mi piel, en sus dedos que me ensanchan para el momento que deseo.
Un calambre de placer me recorre la columna cuando añade otro dedo, embistiéndome con fuerza mientras absorbe con su boca.
En el momento en que siento que mi cuerpo está a punto de estallar, agarro su pelo y lo atraigo hacia mí, abriendo las piernas con urgencia para que se acomode entre ellas.
Las enrosco en su cintura, hundo los talones en su espalda y él se adentra en mí con un gruñido grave que me estremece los huesos.
Recibo sus embestidas con gusto, relajo el cuerpo sobre la cama, mientras me aferro a sus hombros y levanto la pelvis para encontrar la postura perfecta.
Me entrego a sus besos, a sus mordiscos y a sus manos agarrándose a mis caderas con una urgencia casi violenta, como si quisiera fundirse conmigo con esa furia contenida de la que tanto deseo que se libere .
—Mírame —le pido mientras lo recibo una y otra y otra vez.
Su mirada cae sobre la mía, pesada, dolorida.
Agarro su cara mientras hago presión hacia arriba con mi cuerpo, hasta que conseguimos girarnos y quedo sentada sobre él.
Muevo las caderas, desesperada, sin dejar de tocarle la cara—. Te quiero, te quiero muchísimo, Zeus.
Siento cómo otra lágrima resbala, esta vez sobre su pecho, y mi hombre perfecto gruñe de placer sin apartar los ojos de mí.
Sigo moviéndome, consciente ya de la intensidad del momento, de la agonía que me atenaza el corazón, de esa sensación vertiginosa de su cuerpo fundiéndose con el mío.
Entonces, justo cuando estoy a punto de alcanzar el clímax, Zeus se incorpora en el colchón, me rodea con un brazo y me estrecha contra su cuerpo mientras apoya la otra mano sobre la cama y comienza a poseerme.
—Te amo, vida mía —me susurra al oído y me besa el hombro, la clavícula y el cuello. La piel se me eriza y el orgasmo me atraviesa. Grito de deseo, grito su nombre, grito el dolor que siento y me deshago cuando su placer sacude mi cuerpo y me llena—. No puedes olvidarlo jamás.
***
A unas horas de la cena que Daniel y Jess han organizado por el fin de las obras de su restaurante, Zeus y yo seguimos tumbados en la cama, desnudos y abrazados.
Sus dedos se pasean por mis brazos, de arriba abajo, mientras respiramos con tranquilidad, con el cielo negro de Manhattan rodeando nuestra habitación.
Aunque no quiero estropear este momento, sus palabras no abandonan mi mente, necesito saber qué lo tiene así.
Me giro, apoyo la barbilla en sus pectorales cincelados, le paso la mano por la mejilla y él baja la mirada hacia mí.
—¿Puedes, por favor, contarme qué te pasa ?
Durante unos segundos no dice nada, solo me estudia a conciencia, como si quisiera memorizar cada uno de mis perfiles, cada detalle de mi rostro y de mis gestos. Sus nudillos rozan mi pómulo antes de sentarse y apoyar la espalda en el cabecero de diseño. Me coge de las manos y me acerca a él.
—¿Cuáles son tus límites con respecto a lo que sientes por mí?
Parpadeo, sin comprender del todo lo que intenta decir.
Es obvio que no se refiere a si me molestaría que una mujer le enviara un mensaje subido de tono ni a si ha dado like a una foto en redes sociales.
Sé que su pregunta va mucho más allá; es más profunda, más oscura y encierra un significado que no puedo ignorar.
—No te entiendo. —Trago saliva, un poco asustada por el final que pueda tener esta conversación—. No lo sé… creo… creo que no tengo límites contigo.
Sus ojos, cargados de algo que no consigo descifrar, se clavan con intensidad en los míos. Respira hondo, parece tranquilo, pero sé que algo dentro de él está luchando por salir. Me incorporo y me cubro con las sábanas, pero Zeus me las arranca sin decir una palabra.
—No te escondas de mí. —Se acerca y me besa en la garganta, haciéndome estremecer.
Cierro los ojos—. Nena, quiero que me escuches con atención.
—Al abrirlos, me encuentro con los suyos y asiento, presa de la angustia—.
Siempre haré todo lo que esté en mi mano por hacerte feliz, honey .
No me importa qué tenga que arriesgar ni a qué tenga que enfrentarme, si con ello voy a asegurar tu felicidad. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad?
Asiento de nuevo, pues él tampoco conoce límites cuando se trata de lo nuestro.
Tengo la boca muy seca y el corazón acelerado, asustado, porque, en el fondo, no sé a qué se refiere.
De repente, se levanta, coge una de sus camisetas de deporte del vestidor y me la pone; luego se coloca unos bóxeres.
Vuelve a la cama, me rodea con sus brazos y me acomoda sobre él, sentándome a horcajadas.
—Tengo algo importante que contarte, pero necesito que no te asustes. —Ahogo una exhalación al oírle, pero enseguida pega nuestras frentes—. No, no, no, tranquila. Solo tienes que confiar en mí, cariño.
Lo miro sin inmutarme, con miedo a no saber qué decir o cómo reaccionar. Noto el corazón en la boca y me retumban los latidos en los oídos.
—Dime de una vez qué está pasando —exijo, ahora sumida en el miedo.
Coloca una mano en mi cintura para mantenerme sobre él, como si temiera que fuera a saltar de sus brazos en cualquier momento. Con la otra, me sujeta por la nuca, manteniendo mi cara muy cerca de la suya.
—Tengo que irme del país durante un año.