Capítulo 38
Lo que William me soltó en su casa no tenía nada que ver con querer disculparse por su comportamiento inicial, ni muchísimo menos.
Hace ya más de dos semanas que estuvimos allí con ese hombre y todavía no le he contado a Ava lo que me dijo.
¿Cómo hacerlo? Nadie puede hacerse una idea de qué pudo decirme, de la gravedad de su petición.
Ella está ahora distinta, William la ha llamado un par de veces en este tiempo para charlar, y está volcada en prepararse para el trabajo que le ofreció Carl en la revista de moda, que comienza a principios de noviembre.
También está abordando los temas legales y notariales con Marga y Lucas para convertirse en la propietaria del edificio, pues Marga ha decidido dejárselo como herencia, sorprendiéndonos a todos, y hemos acelerado el proceso…
Ava está en su mejor momento y no puedo joderlo.
Pero las cosas van a cambiar. Como que me llamo Zeus O’Donnell que van a cambiar.
—¡Cronos! —grito—. ¡Cronos! —repito y lo busco en el sofá, ese mismo que he tenido que mandar a arreglar más de una vez porque no deja de mordisquear las patas de madera y arañar el cojín, pero no está aquí. Ni en la cocina ni en el despacho… ¿Dónde está?—. Cronos, vamos. ¡Toma!
Empiezo a escuchar sus gimoteos y sigo el leve sonido hasta que me lo encuentro en la cama, con la cabeza asomando por la parte de los pies.
Ava ni siquiera lo escucha llorar, porque está encogida en un lateral del colchón, tapada hasta las orejas.
Lo cojo en brazos, porque le da miedo bajar a pesar de su tamaño —quién lo diría— y lo pongo en el suelo.
No soy partidario de que se meta en nuestra cama, pero, como todavía no sale a la calle y está limpio, permito que Ava lo suba y finjo que no me doy cuenta.
Lo guío a su comedero, donde le echo un poco de su pienso.
Después, vuelvo al dormitorio, cojo el abrigo y me acerco a ella.
Le acaricio la cara, cálida por el calor de las sábanas y la colcha; tiene las mejillas sonrosadas y los labios entreabiertos.
Sin poder evitarlo, como si de respirar se tratase, me acerco a ellos y los beso con delicadeza para despedirme antes de irme a trabajar. Ni se inmuta.
Cojo el maletín con la intención de salir, pero veo que Cronos corre al dormitorio y, como sé qué pasará, voy tras él y lo subo a la cama.
Enseguida se acerca a Ava para acurrucarse junto a ella.
Lo envidio, ojalá pudiera no ir a trabajar y quedarme con ella en la cama.
Le doy un último beso y salgo del ático.
He pensado en despedir a Marc más de una vez, en calidad de amigos, claro. Gracias a Ava he conocido a mi chófer como nunca me había planteado y, a veces, sigo requiriendo sus servicios por cortesía, pero creo que esto va llegando a su fin.
—Buenos días, ¿qué tal?
—Buenos días, Marc. Podría estar mejor, créeme. —En cuanto sonríe, decido abordar el tema—. Oye, ¿qué me dirías si te comunico que quiero prescindir de tus servicios?
Sus ojos se clavan, una milésima de segundo, en los míos por el espejo retrovisor mientras se incorpora a la carretera. Se toma un momento para pensar, supongo, hasta que vuelve a mirarme.
—No me vendría nada mal; llevo tiempo queriendo comentarte esto, pero no quería dejarte cuando estabais buscando a William. —Asiento, esperando a que siga hablando—. Creo que es hora de que me dedique a la empresa familiar.
Suelto una risa.
—Bueno, si a uno de los grandes almacenes más famosos de la ciudad quieres llamarlo de esa forma tan modesta, no voy a juzgarte.
Pero ya sabes que creo que no deberías estar llevando de aquí para allá a un tío con dinero cuando podrían estar llevándote a ti.
—Mi teléfono empieza a sonar justo en el momento en que Marc deja de reír y va a hablar, pero me disculpo antes de atender la llamada al ver que se trata de Dan—. Hola, ¿qué pasa?
—Buenos días, tío. ¿Cómo tienes el fin de semana?
—Libre —contesto, no recuerdo que Ava y yo hayamos planeado nada.
—Perfecto, porque hemos terminado la puta obra en el restaurante.
—Me alegro, ya era hora.
—Me he quitado un peso de los hombros, mi gatita está de un humor de perros con tanto estrés. —Sonrío; conociendo a Jessica, me espero que le haya tirado un ladrillo a alguien en cualquier momento—. Antes de inaugurarlo, queremos hacer una cena íntima este fin de semana.
—Claro, estaremos allí. Dime qué necesitas y te ayudamos.
—Lo sé, siempre puedo contar con la familia. —Un ruido interfiere en la línea—. Lo siento, tío, tengo que colgar. Hablamos más tarde.
La llamada se corta sin darme tiempo a responder. Guardo el teléfono en el bolsillo interior de mi americana y me fijo en que el coche se ha parado en un semáforo.
—¿Por dónde íbamos?
Marc y yo hablamos del negocio de su familia, propietaria de los grandes almacenes Anderson Store, los más conocidos del país.
Sin embargo, él siempre ha sido un tío al que no le gustan las complicaciones; por eso, cuando sus padres decidieron ceder la dirección a su hermano menor, optó por mantenerse al margen.
Pero ahora, al parecer, Mason está teniendo problemas y lo necesitan.
Cuando miro por la ventanilla y veo el hospital justo enfrente, algo se remueve en mí.
Al observar que Crystal entra por la puerta y echa un vistazo a su alrededor antes de desaparecer de mi vista, un mal presentimiento se instala en mi cuerpo.
Cojo mis cosas sin prestar atención, me despido de Marc sin mirarlo y salgo del coche de un salto.
—Buenos días —dice Arizona cuando me cruzo con ella, haciendo que me detenga y pierda a Crystal de vista.
—Buenos días.
—¿Con ganas de empezar el día?
—Algo me dice que no va a ser un buen día, Ari.
—Recuerda que no es cómo se empieza, sino cómo se acaba. —Me guiña un ojo y sonríe.
Está a punto de decirme algo más, pero Norris nos saluda al pasar por nuestro lado. Ella lo sigue con la mirada y, de pronto, se da cuenta de que la observo con atención.
—¿Por qué no podías dejar de mirar a Norris?
—¿Qué? —Cambia la cara y se sonroja—. No digas tonterías, solo es un compañero más. —Estoy a punto de seguir con el tema cuando mira el reloj en su muñeca, tratando de ocultar el nerviosismo que empieza a delatarla—. Vamos, o llegaremos tarde a la operación.
Abro más los ojos, joder, lo había olvidado. Venía tan ciego en busca de Crystal para hablar con ella que se me había pasado por completo. Bufo y me voy a la sala de preparación después de dejar mis cosas en la consulta.
En el quirófano, el paciente al que vamos a operar de una fractura en el fémur ya está anestesiado, así que miro a mis compañeros y, tras un gesto, empezamos a trabajar.
***
Cuando por fin tengo un momento de descanso, decido ir a buscar a Crystal para hablar con ella. Pero, antes de que pueda cerrar la puerta de mi consulta, suena el teléfono. Doy media vuelta para cogerlo y me lo llevo a la oreja.
—Señor O’ Donnell, la señorita Lewis quiere verlo en la sala de reuniones.
Dejo el teléfono en su soporte y salgo de la consulta con la incertidumbre en el pecho.
Llevo observándola desde que se quedó, he rechazado muchas veces esta petición, creyendo que me acusaría de lo ocurrido con Donald.
Pero ahora, que también necesito decirle un par de cosas, no quiero dejarlo pasar más.
Cuando llego a la sala, el olor a limpio se cuela en mis fosas nasales. Está todo ordenado, la luz solar que entra por los ventanales baña la estancia y veo a Crystal al otro lado de la larga mesa, con el pelo recogido en un moño estirado y la placa de su nombre brillando en su bata.
Espero un momento a que decida hablar, pero, al ver que no lo hace, lo hago yo.
—Deja ya a William, ha rechazado todos tus cheques.
Me dijiste que aceptó el dinero, pero era mentira.
Me ha contado que, como no aceptó vuestro soborno, lo enviasteis fuera de la ciudad, haciéndole creer que habían encontrado muerta a su hija allí.
No ha podido regresar en más de mes y medio porque no tenía dinero para hacerlo.
—Empiezo a rodear la mesa, alargando el momento de acercarme a ella, y la miro muy enfadado—.
Déjalo ya, tu padre va a pudrirse en la cárcel.
No sigas arruinándote la vida y da las gracias por no estar en la puta calle por todo esto.
Cuando creo que va a gritar o a romper algo, empieza a llorar desconsoladamente. ¿Qué cojones? La miro, atónito, sin comprender qué está pasando. Después intenta secarse las lágrimas y se sienta con rabia en una de las sillas de la sala, hundiendo la cabeza en sus brazos apoyados sobre la mesa.
—Yo… Dios mío… —Comienza a levantar la cabeza y lleva sus ojos hacia mí—. No hay vuelta atrás, Zeus. He intentado avisarte todo este tiempo.
Me quedo estático.
—¿De qué estás hablando?
Crystal suelta un hipido que casi me hace estremecer, pero el terror que siento no deja que ninguna otra sensación recorra mi cuerpo.
—Ahora te entiendo… —dice, pero sigo sin moverme, solo la miro—.
He conocido a alguien. Le gusto, ¿sabes?
A pesar de lo que mi padre ha conseguido que sea, él se ha fijado en mí y ha estado ayudándome.
—Absorbe por la nariz, levantándose despacio y cogiendo de otra silla unos papeles.
Los tira sobre la mesa y estos se deslizan hasta que quedan entre mis manos—.
Es abogado, lo conocí cuando enviaste la información de mi padre a los medios y tuve que buscarme abogados nuevos.
—Sonríe desganada—. Te conozco muy bien, pero no pasa nada, es lo que se merece.
—Señala los papeles con la mano—. Gregor y yo hemos hecho todo lo que hemos podido, pero no nos conviene cancelar ese maldito contrato.
Agarro los papeles sin ningún cuidado, intentando —sin éxito— que no me tiemble el pulso.
Están grapados, pero estoy tan confuso al empezar a leerlos que no hago más que tratar de ponerlos derechos; incluso noto que el pecho se me comprime hasta casi tocar mi espalda y tengo que dejarlos un momento en la mesa.
No puede ser. Crystal sigue llorando y su sonido me retumba en los oídos igual de fuerte que los latidos de mi corazón.
Donald ha firmado un contrato en nombre de su parte del hospital, autorizando que su hija y yo pasemos un año fuera del país prestando servicios médicos, sin ánimo de lucro, en nombre del Vitality.
Más abajo, donde aparece su firma, se aclara que, al ser copropietario del hospital, no es necesario que la otra parte firme, siempre que cuente con el consentimiento de los médicos que se ofrezcan voluntarios para dicha actividad.
Pero yo no me he ofrecido voluntario. ¿Qué cojones es esto? No pienso firmar nada.
—¿¡De qué coño va esto!? —Tiro los papeles sobre la mesa y camino a toda prisa hasta quedar a centímetros de Crystal— . ¿Has firmado? ¿¡Te has vuelto loca!?
—¡Me ha amenazado con quitármelo todo si no voy, Zeus!
¡Mi padre no es el tuyo! ¡Todo lo que tengo lleva su nombre!
Desde que mi madre se divorció, él lo ha controlado todo, no ha dejado nada a mi elección.
¡No puedo permitir que me arrebate todos mis años de estudios y trabajo!
Cuando vuelva, pondrá todo a mi nombre. —Con los ojos rojos por el llanto y la ira contenida, se golpea el pecho con un puño—.
¡Me dará todo lo que me he ganado por méritos propios y que él ya me ha quitado!
La mente me va a toda velocidad. Puede que tenga a su hija atrapada, pero a mí no puede obligarme. Sigo pensando en mi siguiente paso cuando Crystal se acerca y me pone un mensaje de voz en el que su padre habla sobre nosotros.
—Y dile a Zeus que más le vale firmar y desaparecer un año o todo lo que cree que ha conseguido se esfumará.
Ese hijo de puta cree que me ha ganado metiéndome en la cárcel, pero sigo teniendo contactos.
Sé que su puta está a punto de heredar el edificio de su abuelita, ¿cree que voy a permitir que eso pase?
¿Cree que no soy capaz de cancelar el trabajo que tiene pendiente en una semana?
¿Cree que su madre no será capaz de atraparla en la calle por una buena suma de dinero?
No voy a dejarla si Zeus sigue en la ciudad.
No permitiré que Zeus sea feliz. ¡Nunca! ¡Que se marche si…
No quiero escuchar más y empujo la mano de Crystal cuando la ira me consume. Un fuego abrasante se apodera mí, tengo la vista nublada y no puedo pensar con coherencia. ¡Tiene que haber una solución! No puede obligarnos a… Miro a Crystal.
—Está en la cárcel y eso mismo es lo que ha hecho que podamos quitarle su parte del hospital. Su firma en ese contrato ya no vale nada.
Ella niega con la cabeza, tirando el teléfono contra la pared tras soltar un grito desgarrador. Cojo aire con la respiración descontrolada.
—Eso mismo pensábamos nosotros y Gregor llamó a la empresa con la que tiene firmado el contrato.
El muy cabrón no se ha puesto en contacto con una organización sin ánimo de lucro normal, sino con la empresa secundaria que trabaja para ella, la cual financia proyectos en países sin recursos a cambio del servicio de los mejores médicos que debe proporcionar la organización.
Si no cumple con lo acordado, mi padre tendrá que devolver todo el dinero invertido.
La empresa acepta los contratos a cambio de un aval, son unos corruptos hijos de puta.
—Crystal me coge las manos, hace años que no compartíamos un gesto tan natural, que no surgiera solo del apoyo mutuo.
La miro—. Si no vamos y la deuda no se paga…
El corazón me da un vuelco.
—Ha puesto de aval su parte del hospital antes de que dejara de ser suyo —concluyo, llegando al centro de todo esto—. A esa empresa le importa una mierda lo que le haya pasado a tu padre, si no se salda la cuenta, intentará quedarse con el hospital.
Me aprieta las manos entre las suyas.
—Y otra vez volveremos al principio de todo —susurra Crystal, alejándose para dejarse caer sobre una de las sillas.
Lo voy a matar. Esperaré a que salga de la cárcel y entonces lo haré con mis propias manos.
Me quedo paralizado, clavado en el suelo, pensando en cómo he podido llegar a este punto y en cómo se han torcido tanto las cosas.
No puedo permitir que el apellido de mi familia se vea mancillado por una deuda como esta.
No puedo consentir que el esfuerzo de mis padres por levantar este hospital acabe en manos de una especie de empresa prestamista.
¿Cómo se supone que voy a afrontar esto?
¿Cómo voy a abandonarla? Le prometí que no lo haría, le juré que siempre estaría a su lado.
Íbamos a comprarnos una casa, a formar una familia.
¿Cómo vamos a estar un año separados cuando ni siquiera hemos empezado nuestra vida juntos?
Se me escapa un sollozo que no me molesto en ocultar. Estoy jodido, maldita sea.
¿Cómo he podido ser tan egoísta y arrastrar a la mujer que amo a esta miseria?