A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

—No creo que pueda.

Es lo único que consigo decir cuando el brazo se me paraliza a medio camino.

Joder, odio estar aquí otra vez a pesar de las veces fallidas.

Miro a mi alrededor, asustada por si Ana aparece, como siempre temo cada vez que vengo, y, al mismo tiempo, por si no lo hace nadie otra vez.

Estoy aterrada por volver a ser rechazada, avergonzada por haber arrastrado a Zeus conmigo de nuevo y por buscar respuestas en una familia que nunca me ha buscado cuando en Madrid tengo a quien siempre ha estado conmigo.

En mi pecho ya no caben más decepciones.

—Mi amor —me llama Zeus—, puedes. Has podido todas las veces anteriores, podrás esta también. Estoy a tu lado, no tienes que temerle a nada.

Intento tranquilizarme, con sus dedos haciéndome un masaje en la mano y sus ojos en los míos, transmitiéndome su seguridad.

Cuando siento que el corazón ha dejado de latirme desbocado, asiento, ya sea para hacerle saber que estoy lista o para creérmelo yo misma.

El caso es que volvemos a estar a un paso de la puerta, que acabo de dar varios toques en ella, por fin, y que se ha abierto poco después.

Espera… ¿Se ha abierto? ¿¡Qué!? ¿¡Se ha abierto!? ¿¡La puerta está abierta!? Joder, joder, joder.

—Hola, señor Graham. —escucho que empieza a decir Zeus por mí, porque estoy aún paralizada—. Soy Zeus y ella es Ava, nos gustaría hablar con usted.

—No necesito nada y tampoco quiero dinero. ¡Dejadme en paz de una maldita vez! —escupe alterado.

En cuanto veo que va a cerrarnos la puerta en nuestras narices, reacciono.

No puedo permitirlo, así que meto el pie entre la puerta y el marco, impidiendo que se cierre.

Me escanea con unos ojos marrones muy amenazantes; es medio calvo y tiene una barba blanca muy descuidada. De la ropa, mejor no digo nada.

—Solo queremos hablar —insisto, y el hombre no deja de empujar la puerta.

—Dos personas tan bien vestidas como vosotros solo queréis hacer el mal. Ya han estado aquí antes otros así. No quiero vuestro dinero.

Presiona aún más la puerta contra mi pie, sin importarle lo más mínimo si me lo parte.

Por un instante, sus palabras me hacen aflojar la tensión de mi movimiento.

Miro a Zeus y él dirige la vista hacia mi zapatilla.

Cuando se da cuenta de lo que pasa, golpea la puerta con la mano y la abre casi por completo.

Le lanzo una mirada asustada y observo a William, que se ha tambaleado.

Por el rabillo del ojo, percibo que Marc se ha bajado del coche.

—¡Le está haciendo daño! —brama Zeus fuera de sí a William, y no puedo evitar sentir que su acusación no solo se refiere a mi pie.

Me aferro a su mano para volver a tomar cartas en el asunto. Doy un paso hacia William, entrando un poco en la casa sin prestar atención a los intentos de Zeus por mantenerme fuera, y suavizo el tono al hablar.

—William. —La sorpresa tiñe su rostro al darse cuenta de que conozco su nombre—, usted estuvo casado con Marga y tuvieron dos hijas: Ana y Sandra.

Durante unos segundos, se queda callado y nos observa. Está asustado y creo que no es por lo que acabo de decirle. ¿Quién más ha estado aquí ?

—¡Eso es mentira! —exclama dando un paso atrás—. Yo no tengo familia.

Es obvio lo que eso me hace sentir, pues sí tiene familia y podría formar parte de la mía si así lo quisiera.

—Sí que la tiene —afirmo, notando que el corazón me late muy fuerte—. Incluso me atrevería a decir que sigue en contacto con su hija Ana.

Otro silencio, otra mirada acusatoria.

—¡Si no se van de mi puerta, llamaré a la policía!

William empieza a gritarnos y a amenazarnos, lo que provoca que varias personas se giren hacia nosotros.

Marc se acerca y Zeus aprieta la mandíbula, conteniéndose para no soltarle cualquier burrada.

Lo más sensato en estos momentos sería conformarme con haberlo visto en persona e irme antes de formar un espectáculo aún mayor, pero no puedo; ahora que lo tengo delante, no pienso irme.

—William, escúcheme. —Vuelvo a intentarlo, soltando la mano de Zeus para levantarla y mostrarle que no pretendo hacerle daño—.

No quiero discutir. Llevo meses buscándole, he venido aquí muchas veces.

Ahora que, por fin, ha abierto su puerta, déjeme decirle lo que llevo tiempo tratando de comunicarle, y si tras escucharlo no le conviene, nos vamos y no volverá a vernos.

Parece que doy en el clavo con mis palabras porque sus manos dejan de agarrar el borde de la puerta y nos mira de verdad.

La ira y el miedo se van de sus ojos, aunque sigue a la defensiva, pero lo entiendo.

Sus facciones se relajan un poco, ya no parece tan alterado, y se separa de la puerta y de nosotros.

—Pasa —dice, pero me detiene cuando vamos a hacerlo y clava los ojos en Zeus—. Solo tú, chica.

Zeus me agarra con fuerza y tira de mí, colocándose delante.

—Si yo no entro, ella tampoco.

—Zeus…

—Lo siento, honey , pero no pienso discutirlo. O vamos los dos o ninguno.

Odio cuando se pone frío como el hielo, aunque en el fondo sé que está actuando igual que lo haría yo. Solo espero que esto no eche todo a perder.

—Está bien —acepta William tras señalarlo con un dedo—, pero no me gustas un pelo.

—Usted a mí tampoco.

Los dos se miran, y yo tengo los nervios a flor de piel mientras entro en lo que se supone que es una casa, pero que más bien es un espacio casi inhabitable.

El techo está agrietado, las paredes tienen humedad y huele a animal muerto.

La casa se compone de una sola sala con cocina, baño y un sofá que sirve de cama.

No puedo evitar sentir un pellizco en la boca del estómago al ver las condiciones en las que vive.

—¿Queréis sentaros?

Señala el sucio sofá, y voy a responder con educación cuando Zeus se adelanta.

—No, no estaremos mucho tiempo.

—El que sea necesario —añado, y veo cómo observa a su alrededor, nada contento. Ignoro su mirada y me dirijo al anciano—. Perdónelo, es muy protector.

William lo escanea otra vez, buscando algo que no sé muy bien qué puede ser. Cuando se cansa, se sienta en el mugriento sofá y cruza los brazos por encima de la barriga, medio tapada por un fino jersey. ¿Estará enfermo? No lo parece, desde luego, pero me aterra que pueda estarlo.

—¿De qué quieres hablar? —pregunta en tono despectivo.

—Controle su tono al hablarle. Sea educado como lo está siendo ella con usted —sisea Zeus.

Suelto un suspiro, esto va a ser muy difícil. Miro a ambos, pienso en mis palabras y me cojo las manos, apretándolas para darme fuerzas.

—Bueno… eh… —Me quedo en blanco. Zeus coloca una mano en mi espalda y parece que consigo respirar de nuevo—. Quería hablar de su hija Ana.

—¿Te debe dinero? Esa insensata siempre igual, es una drogadicta enferma que solo trae problemas. Algún día le darán su mere…

—¡No, no, no! —Mi voz es un quejido lastimero y Zeus me pasa un brazo por los hombros para protegerme de lo que estaba a punto de decir—. No es eso. No nos debe nada.

—Entonces, ¿qué demonios pueden querer de mí dos personas tan bien vestidas?

—Amigo, tranquilícese… —Zeus está cada vez más tenso.

William se levanta enfadado de un salto y se encara con él, aunque le saca dos cabezas.

Después, me mira con un odio atroz que me consume por segundos.

Está a punto de venir hacia mí, pero Zeus le echa mano al cuello de su jersey—.

No se acerque a ella a menos que se lo pida, ¿de acuerdo?

Siéntese de una puta vez y escuche lo que tiene que decirle.

Tiemblo como un fino papel sacudido por una ráfaga de viento.

Todo mi cuerpo se estremece y estoy muy asustada, pero no quiero irme y dejar las cosas así.

Estoy convencida de que William solo necesita la atención que sus hijas se han negado a darle.

¿Sabrá que Marga está viva? Al darme cuenta de que todo esto se me escapa de las manos, actúo.

—Soy su nieta.

Un silencio sepulcral cubre la pequeñísima estancia, sin una foto, sin un adorno, ni una manta en el sofá, ni una mesa para comer. La mirada de William hace que me sienta muy incómoda.

—No te creo. Iros de aquí —suelta sin más.

—¿Qué? —Cuando veo que vuelve a levantarse con intenciones de echarnos, me pongo histérica y lo detengo dando un paso al frente—. Es verdad, soy hija de Ana. Ella nos abandonó a mi padre y a mí cuando yo apenas tenía cuatro años. También he encontrado a Marga, su… su mujer.

William traga saliva, pero la forma en la que le ha cambiado el rostro cuando he nombrado a su esposa no tiene precio. Algo parecido a la nostalgia y al amor ha teñido su mirada, aunque se esmera en ocultarlo.

—Yo no sé nada de una nieta y mi mujer murió hace mucho.

—Está mintiendo, maldita sea, me lo dicen sus ojos.

No sé qué más hacer ni qué decir. Pensaba que las cosas irían de otra forma.

He sido una niñata al creer que vendría aquí, soltaría la bomba y nos iríamos cogidos de la mano—. ¿Por qué lloras?

Hasta que no lo escucho decir eso, no soy consciente de que lo estoy haciendo. Zeus me coge la cara y me limpia las lágrimas, después se vuelve para fulminar al anciano con la mirada.

—Lleva meses buscándole, ya se lo ha dicho antes.

Ahora solo se escucha cómo absorbo por la nariz.

Por encima del hombro de Zeus, veo a William caminar despacio hacia mí; me observa de arriba abajo y lleva una mano a las puntas de mi pelo suelto.

Zeus va a intervenir, pero se lo impido.

Si necesita tocar mi pelo o mirarme de cerca, puede hacerlo.

Aprovecho su silencio para seguir explicándome.

—Yo tampoco sabía nada de ti —explico, tuteándole por primera vez—.

Incluso Ana ha estado usando su apellido materno, se cambió el orden al mudarse a España y me puso Novoa en vez de Graham.

Allí se casó con mi padre y me tuvieron.

Supe que estabas vivo por Marga, la madre de tus hijas y hermana de mi tía María. Es la dueña de un …