Capítulo 36
Estamos a mediados de octubre. Hace unas semanas que Donald está siendo procesado y Crystal trabaja sin ocasionar problemas.
Tuve que dejarla cuando el colega de Dan me informó de que ella no había tenido nada que ver con el tráfico ilegal de su padre.
De todas formas, ha estado comportándose de forma rara y, en numerosas ocasiones, ha intentado hablar conmigo a solas.
Hace más de un mes que fuimos por última vez a buscar al tal William. En aquel instante, llegué a creer que Ava lo dejaría pasar, pero no, por eso vuelvo a estar delante de la maldita puerta que nunca se abre.
—¿Estás segura? —pregunto a Ava, que está a mi lado mirando la madera desvencijada como si eso hiciera que se abriera—. Honey , has pasado un calvario, me ha costado mucho que no estuvieras deprimida. No quiero que vuelvas a sufrir.
Me he tirado semanas viendo cómo perdía fuerzas, solo tenía las necesarias para ir al estudio y trabajar, y ha estado desmotivada desde la última vez que estuvimos aquí.
Incluso fui a una protectora de animales para adoptar un perro y me presenté en nuestro ático con lo que parece ser una mezcla entre dóberman y rottweiler, que ahora tiene dos meses y se está comiendo todo lo que pilla a su alcance.
Ava decidió ponerle de nombre Cronos, porque yo me llamo Zeus, y a ella y a Jess les hizo mucha gracia la broma.
Y, aunque el cachorrillo hizo que mi chica se animara un poco, sabía que seguía deprimida porque ese tal William seguía rechazándola.
Hubo un momento en el que estuve a punto de insinuar la posibilidad de que no estuviese vivo, se hubiera mudado o cualquier otra circunstancia.
Sin embargo, el mismo contacto de Dan —el que me ayudó con lo de Donald— me aseguró que sigue por la zona y que, de hecho, lo vieron merodeando por allí hace un par de semanas.
—Sí —asiente al cabo de un rato, pero sigue sin mirarme—. Todo está bien, me siento con fuerzas.
Entonces no hay nada más que decirle y me pego más a su lado. Ava se detiene a medio camino de llamar y, al ver su expresión, me doy cuenta de que se está saturando, le cojo la barbilla para que me mire y le beso la frente.
—¿Estás lista? —le pregunto para que deje de pensar y asiente despacio.
—Creo que sí.
Entrelazamos nuestros dedos y me aprieta la mano.
—Todo irá bien —susurro antes de besarla y volver a observar la casa.
Con esas últimas palabras, nos acercamos a la puerta, sobre la cual hay una chapa oxidada que, imagino, en su día marcó un número.
Ava abre y cierra la mano derecha, preparándose para llamar.
¿Y si se abre? ¿Y si aparece William? ¿Y si no quiere saber nada de ella?
¿Y si le dice que ha cobrado un dinero y no quiere saber nada de ella?
Me recorre un escalofrío solo de pensar en cuál podría ser la reacción de Ava.
Pero entonces me asalta una idea aún peor… ¿Y si Ana está dentro?
Doy un paso al frente, dispuesto a enfrentar lo que sea que pueda pasar. «Que se abra la puerta esta vez, por favor», es lo único que puedo pensar mientras veo cómo Ava se decide a llamar.