Capítulo 34 #2
Jess me abraza, superemocionada, y saludo a los demás, aunque sigo algo perdida .
—Hace unas semanas, Carl me contó que varias veces al año una organización celebra eventos a los que puede apuntarse cualquiera que tenga un negocio que aporte valor cultural a la sociedad.
—Sus labios se ensanchan en una sonrisa tan grande que se me estruja el corazón en el pecho por lo que significa esto—.
Y quién mejor para venir aquí que tú. Quería que fuese una sorpresa, porque sé que no estás en tu mejor momento emocional y temía que, si te lo contaba, no vendrías. Así que…
No la dejo terminar y la abrazo con fuerza.
Se me escapa alguna lágrima, pero me la limpio en cuanto me separo de ella.
Maddison y Amber cogen mis fotos de la carpeta y las colocan sobre una mesa que hay en el estand donde yo estaré, mientras Jess sigue explicándome el funcionamiento de este evento.
Al parecer, viene mucha gente adinerada y puede comprar lo que les guste de cada espacio cultural.
Me ha reservado el sitio para tres horas, ellos estarán conmigo hasta que termine y, después, cenaremos algo aquí.
—Hemos puesto algunos trabajos en las paredes, para que se vea —comenta Maddie.
—Gracias.
Sigo conmocionada; esto es un detallazo por parte de Jess, pues puede venirle muy bien a mi estudio.
Ellas van a echar un vistazo por el lugar y Zeus se queda conmigo, apoyado a un lado.
Enseguida, una mujer accede para ver mi trabajo; detrás de ella entra otra más y, cuando empiezan a preguntarme cosas, Zeus me avisa de que va a por unas botellas de agua.
Al rato, las dos mujeres se llevan unas tarjetas que Dan ha impreso estos días —sin que yo lo supiera tampoco—, y miro con una sonrisa al ver que Amber y Maddie han colgado las fotos de la Estatua de la Libertad, el East River, el Empire State y varios lugares más que me parecen preciosos, para que queden a la vista de todo el mundo.
***
Una hora más tarde, un hombre se acerca a mi espacio. Aparenta unos sesenta largos años, lleva un traje claro de cuadros diminutos y se ha posicionado delante de mí con las manos en los bolsillos. Emocionada porque otra persona quiera ver mi trabajo, le tiendo la mano, que él coge encantado.
—Buenas noches, jovencita.
—Soy Ava Ferrer, fotógrafa y autora de estas imágenes.
—Encantado, preciosa.
Me incomodo en cuanto me recorre con la mirada y, como acto reflejo, busco a Zeus entre la gente, porque no puedo abandonar mi lugar.
En el tiempo que llevo aquí he conocido a mucha gente interesada en mi trabajo o meros espectadores, pero con nadie me he sentido tan incómoda como con este señor.
Cuando mis ojos conectan con los de Zeus, que está a unos metros de distancia charlando con Dan y Marc, debe notarme la angustia porque, sin despedirse de ellos, sortea a la gente y se coloca a mi lado en décimas de segundo.
En cuanto tiene al hombre delante, su semblante cambia de manera notoria y me pega a su cuerpo con posesión.
—¿Qué coño estás haciendo aquí? —El desprecio y la frialdad en su tono de voz me alertan, e intento calmarlo por si es algún posible comprador. Tiene pinta de ser rico y eso sería genial para la causa.
—Esto está abierto a los empresarios de Manhattan, he querido venir a comprar y a colaborar. Y si con ello conozco a tu bonita novia, mejor que mejor.
Zeus da un paso hacia él, amenazante como un león defendiendo su manada, y aprieta los dientes con rabia. Pero tiene que contenerse cuando dos señoras entran para ver las fotos .
—Donald, como te atrevas a acercarte a ella de nuevo vas a buscarte serios problemas.
Este mira por encima del hombro de Zeus y, al girarme, me encuentro con Dan y Marc detrás de nosotros con la misma severidad en la mirada que Zeus.
—Será mejor que te largues, Lewis —le advierte Dan, jugando con el sello de su meñique. A veces, parece terrorífico.
El hombre, con el ceño fruncido y la ira hinchándole la vena de la frente, pasa entre nosotros y empuja a Marc con el hombro.
Con el corazón alterado por la situación, voy a preguntar qué ocurre, cuando otra persona requiere mi atención.
Sin poder desatender mi puesto, decido dejarlo para otro momento.
***
Me paso las dos horas restantes dándole vueltas a lo que ha ocurrido.
Ni haber vendido más de la mitad de mis imágenes, ni haber encontrado varios clientes a los que debo llamar en los próximos días, ni siquiera haber hablado con el dueño de una revista que se ha mostrado muy interesado en mi trabajo —y que, además, se ha llevado una de mis tarjetas porque dice que quiere llamarme pronto— consiguen disipar el mal presentimiento que ese tipo ha dejado en mí con su sola presencia.
Zeus no se ha movido de la puerta, acompañado todo el tiempo por Daniel y Marc, y las chicas han estado conmigo, aunque no les he querido contar nada para que no se preocupen. Cuando llega el momento de irnos, Zeus me ayuda a recoger mientras los demás se van a sus coches.
—¿Quién era ese hombre? —me atrevo a preguntar cuando no puedo más con este silencio.
Zeus no se mueve ni me mira, está con la vista fija en la fotografía que ha quedado colgada en la pared. Hay una puja celebrándose en alguna parte del evento, algo que hacen para recaudar dinero, y escucho la voz del hombre que pregona a toda velocidad por el micrófono.
—Zeus, ¿estás bien? —Me acerco a él y le pongo una mano en el hombro para que se gire, está demasiado tenso.
—No voy a dejar que te haga daño, ¿lo entiendes? —El desespero y la rabia en su tono de voz me alertan de algo, ¿qué le pasa?
—¿Quién? —pregunto, empezando a asustarme un poco.
—Nadie —bufa, mirándome a los ojos con una intensidad que me deja sin aliento—. No me importa quien intente hacerlo, no voy a permitirlo.
El aire se condensa en mi garganta mientras el bullicio de la noche sigue rodeándonos.
—¿Por ese hombre has hecho que Marc me acompañe a todas partes? —consigo preguntar, lleva meses muy exigente con el tema y nunca me explica nada.
Zeus resopla, parece que no quiere decírmelo. De hecho, se lo piensa unos minutos largos en los que me parece que voy a perder la paciencia. Entonces, sorprendiéndome, agarra una de mis manos y las coloca sobre su pecho con nuestros dedos entrelazados.
—Ese hombre es el padre de Crystal, Ava. No quiero que esté cerca de ti, solo trae problemas.
Asiento, comprendiéndolo. Cierro los ojos un momento, intentando que el miedo que se me ha instalado en los huesos se desprenda de mí. Cuando los abro, solo veo al hombre del que estoy enamorada. Una sensación nueva para mí me recorre la piel mientras me pego a él y le pongo una mano en la mejilla.
—¿Cuándo vas a dar el paso para que desaparezca de nuestras vidas ?
Por su rostro, Zeus no esperaba que le dijera algo así, pero es que estoy agotada. Ya no me quedan energías para seguir escondiéndome, temiendo, llorando y buscando respuestas. Solo deseo ser feliz con Zeus y las personas que me quieren.
Por eso cuando sus ojos negros me miran con fijeza y asiente lentamente con la cabeza, sé que el caos va a desatarse. Y no tengo miedo.