Capítulo 34
Queda muy poco para que Jess regrese de sus prácticas en Los Ángeles.
La echo mucho de menos y las videollamadas no son suficiente.
Quiero contarle en persona cómo va todo, celebrar con ella la noticia de Carl y contarle que voy a mudarme con Zeus.
Un tema que, por desgracia, no hemos podido volver a tocar, porque, aunque se emocionó muchísimo, no es igual a través de una pantalla.
Han pasado varios días desde la noche en que Zeus llegó destrozado y, aunque me explicó lo que pasó en el hospital, sé que nuestra situación lo sobrepasa y temo por él. Por eso, después de intentarlo otra vez esta semana, hoy será la última que toque la puerta podrida que tengo delante.
— Honey , está bien, volveremos en unos días.
Aprieto los dientes, enfadada, desilusionada y muy dolida con William.
—No —niego con la cabeza—. Se acabó.
Zeus me mira un momento, pero espera en silencio, dejando que dé media vuelta y suba al coche. En cuanto se pone a mi lado, me apoyo en él, como siempre que salimos de este asqueroso lugar.
—Todo irá bien.
Sin embargo, ya no lo creo, aunque tampoco lo contradigo.
Vamos en silencio todo el camino, hasta que Marc detiene el todoterreno delante de la cafetería donde he quedado.
Me separo del pecho de Zeus, sin ganas de estar con nadie que no sea él.
Pero no puedo dejar que esto me consuma.
Me despido de los dos y me encamino a la cafetería después de ver cómo el vehículo se pierde entre el tráfico.
—¡Hola!
Las chicas me saludan, están sentadas en una de las mesas de la terraza junto a Jayden.
Sí, a veces viene con nosotras. Les cae bien a todas, a mí también, y debo decir que, desde lo del calendario —fue la segunda vez que le advertí que no habría nada entre nosotros—, ha dejado de insistir.
No obstante, en ocasiones, como en este mismo momento, me clava la mirada durante demasiado tiempo.
—¿Qué tal? —pregunta cuando estoy sentada.
—Bueno… hoy hemos vuelvo a buscar a William, pero nada.
Todos saben mi situación, Jayden pasa tanto tiempo con nosotras y, aunque a veces me desespere, siempre lo he considerado un amigo. Amber me coge la mano que tengo sobre la mesa.
—¿Vas a volver?
—Tu hermano así lo quiere, pero cuando nos encontramos con la puerta cerrada parece que desee tirar la casa abajo.
Resoplo, viendo cómo una camarera se acerca a nuestra mesa para tomar nota. Cuando lo hace, se marcha por donde ha venido. Echo de menos a Jess y, ahora que estamos en una reunión de amigos, todavía más.
—¿Y ya estáis mirando casas? —pregunta Amber.
—¿Casas? —interviene Jayden. Lo miro y asiento.
—Zeus quiere que compremos una más grande y que dejemos su ático.
Un comentario nada bueno debe de estar formándosele en la garganta, porque me mira con intención, más de lo normal, pero Maddison lo interrumpe y creo que lo hace a conciencia. Gracias, peque.
—Por favor, cuéntanos más sobre tu trabajo con la revista de la que te habló Carl. ¡Estoy ansiosa de que llegue noviembre!
***
Hace dos días llegó Jess y fue como un huracán.
Estaba bronceada, feliz y emocionadísima.
Ya podemos presumir de que es toda una chef tras aprobar su curso.
En cuanto nos reunimos, no dejamos de contarnos cosas, me enseñó fotos, me dio algunos regalitos y me repitió infinidad de veces lo mucho que me había echado de menos.
Cuando conseguimos, entre Dan, Zeus y yo, que se calmara antes de salir del aeropuerto, se volvió loca programando una reunión con todos.
Ninguno de los tres tuvimos intención de quitarle la idea de la cabeza y, por eso, ahora estoy comprándome algo para esta noche.
Al parecer, me ha preparado una sorpresa, aunque no sé cómo, si acaba de llegar.
«Coge tus mejores trabajos y no hagas más preguntas.
Cómprate algo elegante, pero no muy extravagante», me dijo por teléfono hace unas horas.
Por un momento, temí lo que fuera que estuviese organizando, pero cuando vi la sonrisa en la cara de Zeus, supe que él estaba al tanto. O, al menos, eso quise creer para no volverme loca de los nervios.
— Honey , ¿cuánta ropa más vas a probarte? —pregunta Zeus desde el otro lado del probador.
—Si me dijeras donde vamos, podría hacerme una idea de qué comprar —me quejo descorriendo la cortina para que me vea.
Está sentado en un sillón de terciopelo, diminuto bajo su ancho cuerpo y sus largas piernas, con un ventanal detrás, mojado por una de las típicas lluvias de esta época.
—Me quedan varios, necesito encontrar algo que me quede bien.
—Todos te quedan perfectos, eres preciosa, honey.
Bufo mientras toco la tela del pantalón negro de pinzas, ceñido a mi cintura y que realza mis curvas.
Es de corte de pata de elefante y cubre por completo las sandalias.
Al mismo tiempo, contemplo el bodi plateado que me he probado, con un escote sugerente, pero no demasiado, y mangas de gasa.
En realidad, es el conjunto que más me ha gustado, me queda genial.
Pero no saber dónde vamos me hace dudar todo el tiempo.
Me meto en el probador de nuevo y cierro la cortina.
Puede que esto esté bien. Me quito el pantalón, dejándolo sobre una silla que hay a mi lado, y al sujetar la cremallera del bodi, la cortina se descorre y aparece Zeus.
Me observa a través del espejo. Su mirada se desliza por mi escote, baja por mi estómago cubierto por la tela, recorre mis piernas desnudas y se detiene en los tacones que aún llevo puestos. Luego, sus ojos regresan a los míos.
—Deja que te ayude —dice, pega nuestros cuerpos y comienza a bajar la cremallera.
En silencio, apoya mis manos sobre el espejo, a ambos lados de mi cabeza.
Cuando sus dedos rozan mis muslos, intento advertirle de que aquí no podemos hacer nada, pero no me sale la voz.
Tenerlo pegado a mi espalda, contemplando con tanta fijación cada centímetro de mi desnudez mientras me va desvistiendo, me seca la boca, la garganta y el cerebro.
Me regala besos por los hombros y la nuca, y estos me erizan la piel y me lanzan calambres al estómago.
—Siempre consigues que deje de pensar —dice, moviendo las manos por todo mi cuerpo.
Desabrocha los corchetes del bodi, haciendo presión a conciencia sobre mi sexo, y se agacha, sujetándome por las caderas para darme la vuelta.
Su boca desciende por mi cuerpo a base de besos, hasta que alcanza mi humedad, que reclama de golpe, arrancándome un respingo ante el contacto.
Después, la tela se rompe y ahogo un grito.
Su lengua, apoderándose de todo mi ser, es lo único que necesito ahora.
Murmura algo que no comprendo, porque estoy demasiado concentrada en el placer que me está dando también con los labios, mordiéndome a veces y soplando otras.
Pero entiendo por qué se quejaba antes cuando, al levantarse de un salto, veo la enorme erección que presiona en sus pantalones.
—Necesito estar dentro de ti.
Estoy a punto de responderle que es imposible, por si viene alguien —aunque en esta boutique los probadores son salas privadas y nadie entra a menos que lo llames—, pero no me da tiempo a hablar, pues me silencia con un beso profundo.
Dejo que me mueva a su antojo. Me levanta, me apoya la espalda contra el espejo y me llena por completo con su miembro firme.
Cuando está excitado, Zeus se vuelve salvaje, posesivo y exigente, y no se detiene hasta hacerme alcanzar un orgasmo devastador.
Y me encanta. Sin dejar de embestirme, besa el tatuaje entre mis pechos, muerde mis pezones y se apodera de mi boca, hasta dejarla tan sensible como todas las partes de mi cuerpo que ha tocado.
—Zeus, voy… —Me succiona los labios y mete la lengua en la boca.
—¿Vas a qué? —pregunta, juguetón, con la cara brillante por el sudor.
Asiento con su frente apoyada en la mía, las piernas enroscadas a su cintura y las manos aferradas con fuerza a su camisa, a la altura de los hombros, mientras soporto sus intensas embestidas. Mi interior palpita con un placer casi doloroso al notar cómo alcanza puntos que me vuelven loca.
—Córrete para mí, nena. —Suspiro al oírlo, dejándome llevar sin ninguna necesidad de esforzarme y él sonríe—. Así, preciosa, así.
—Ah… Zeus…
—Shhh. —Su boca contra la mía ahoga sus gruñidos de placer y mis jadeos ensordecedores.
Cuando ambos hemos llegado a la cima del éxtasis, decidimos separarnos.
En realidad, se nos ha ido un poco la cabeza, todo esto ha sido muy irresponsable, teniendo en cuenta que debo prepararme para estar lista en tres horas, que es justo cuando hemos quedado con Jess.
Recojo todo y salgo de la boutique con Zeus de la mano. Solo espero que no lleguemos tarde.
***
Marc detiene el coche en la Quinta Avenida, frente a la entrada de lo que parece un lugar para eventos.
Zeus está guapísimo, con un pantalón de pinzas claro y una camisa oscura.
La calle está atestada de gente y vehículos, mucho más de lo normal.
Miro a Zeus sin entender, pero él solo se dedica a bajarse del coche, ayudarme a que yo lo haga y sacar las cosas del maletero, que llevamos repleto de mis mejores trabajos.
Con las carpetas donde van mis fotografías en una mano, agarro el brazo de Zeus con la que tengo libre y dejo que me guíe hacia una puerta enorme.
Aunque hay muchas personas, puedo ver los focos que alumbran el salón, las alfombras rojas en medio de los pasillos y los estands que hay por todas partes.
—¡Ava!
Miro a mi alrededor y me encuentro con Jess, guapísima, levantando la mano para que la vea.
Los demás están con ella. Algo desconcertada, porque no sé de qué va esto, camino con Zeus hasta aproximarnos, pero me detengo en cuanto veo un cartel de metro y medio con una foto mía. Abro los ojos, alucinada.
—Estoy muy orgulloso de ti —afirma Zeus, besándome la frente, con una sonrisa en los labios.
—¿Qué es esto?