Capítulo 33
Varios días después, Ava quiso repetir, así que nos plantamos allí y volvió a ocurrir lo mismo. Esa segunda vez, Ava cuadró la espalda y, enfadada, miró la puerta; después, se marchó al coche sin decir nada. Espero que esto no cambie a mi chica.
Esta mañana, antes de irnos al trabajo, me ha dicho que va a dejar que pasen unos días antes de regresar.
Sé que no quiere pensarlo mucho, pero debe entender que puede que ahí ya no viva nadie, que ese hombre haya muerto o que solo esté ignorándola.
Solo espero que no sea eso, porque, como me entere que ese viejo la está rechazando por el dinero de los Lewis, no sabré razonar si algún día lo encuentro.
Porque lo haré: vivo o muerto daré con él.
Por ella. No se merece este dolor, joder.
Intento mantener la mente en blanco por un momento antes de ponerme a escribir el correo que voy a enviarle a Lucas, para que le eche un vistazo antes de que llegue a los medios.
Quiero que esté por todas partes: The New Yorker , New York Magazine , Fox News , en redes sociales, periódicos digitales…
Quiero que la gente que quiere acabar con él lo encuentre.
Una vez envío el mensaje, decido bajar al área de descanso y, justo cuando voy a salir, me doy de bruces con un tío más joven que yo.
—Buenos días, ¿eres Zeus?
—Sí —respondo intranquilo, imaginando que será Crystal o Donald quien viene a tocarme las narices.
—Soy Norris Johnson, el nuevo cirujano traumatólogo. Arizona me ha dicho que podría encontrarte aquí. —Alarga la mano hacia la mía y, por inercia, se la estrecho.
—Encantado, Norris. Tenía ganas de tenerte ya en plantilla.
—El placer es mío, desde que terminé la carrera, mi sueño ha sido trabajar en el Vitality.
Sonríe y, a primera vista, tengo la sensación de que nos vamos a llevar bien.
Charlamos un par de minutos y se despide de mí porque tiene cosas que hacer, y yo continúo hasta la sala de descanso.
Por desgracia, allí me encuentro a Crystal tomando algo con una compañera.
Paso de largo, saludando a una enfermera, y voy directo a por algo de fruta.
—¿Cómo te está yendo la mañana?
Me giro, iracundo. No sé cómo cojones se atreve a hablarme siquiera. No le respondo, intento pasar de ella y me concentro en mi manzana, pero no es suficiente.
—Solo quiero hablar. —Eso sí que no me lo esperaba. Aunque sigo sin decir nada, pues no voy a entrar en lo que sea esto, hago un movimiento con la cabeza para que continúe—. Esa… —asevero la mirada, dejándole claro que por ahí no vaya, y aprieta los labios—. Ava habló conmigo hace unos días.
Sí, lo sé, aunque no lo digo en voz alta.
Ava no entró en detalles al respecto porque estoy seguro de que quiso hacerse cargo ella sola y, viendo que no sufrió ningún daño, no veo cuál es el problema.
Dejo la pieza de fruta en la encimera, esperando a que continúe.
Casi puedo ver cómo los engranajes de su cerebro trabajan.
¿Me dirá que se terminó? ¿Que a la mierda lo de jodernos? ¿Desaparecerá con su maldito padre?
—No voy a repetirlo, así que…
Su padre aparece, de pronto, con la cara roja y lleno de ira. Me pongo rígido al instante y, para mi sorpresa, ella también se tensa, como si le tuviese miedo. Nunca había reparado en eso.
—¡Crystal!
—¿Qué pasa? —pregunta ella .
—Estoy buscándote para la reunión, ¿qué coño estás haciendo aquí?
Espera… doy un paso adelante.
—¿Qué reunión?
Donald me mira y sé que le encantaría poder estrangularme.
—No tienes que saberlo todo. —Doy un paso más al frente, acercándome, y no me pasa desapercibida la mirada de Crystal, pero la ignoro.
Estoy a punto de enfrentarme a él cuando se dirige de nuevo a su hija—.
Vete de una puta vez arriba, Crystal. Y tú —suelta clavando los ojos en mí, pero, no sé por qué, solo me fijo en cómo Crystal acata la orden y se marcha sin rechistar—, entérate de que no eres más que un cirujano de prestigio aquí.
Algo confundido por lo sucedido, no soy capaz de decir nada y Lewis se va de la sala. ¿Por qué ha actuado Crystal así? ¿De qué va esa reunión? ¿Qué iba ella a decirme antes de que llegara Donald? Pero no tengo tiempo de pensar mucho más porque Arizona entra a toda prisa.
—¡Zeus! Te necesitamos.
Salgo corriendo detrás de ella y subimos a la recepción, donde me detengo al ver el caos. Algunos enfermeros atienden a una familia, otros vienen con camillas, y Arizona, pálida, me habla de forma atropellada.
—¿Qué ha pasado, Ari?
—Un accidente. Un coche se desvió al carril contrario y ha hecho que el otro se saliera.
—Traga saliva—. El padre ha muerto y la madre está siendo atendida, pero había un niño, Zeus.
—Se me acelera el corazón, esta parte es la que odio de mi trabajo.
Arizona vacila un momento—. Una pierna se le quedó atrapada cuando la rama de un arbusto le atravesó la rodilla, están quitándole la rama, pero… he visto la pierna y no pinta bien.
Miro el caos a mi alrededor y proceso la situación.
Sé lo que significan sus palabras, sé lo que quieren decir porque hemos utilizado esa expresión en momentos horribles, en los que solo deseo que el día termine de una puta vez.
Pero no hay tiempo para compadecerme, ni siquiera para sufrir por ese niño; ahora mismo debo intentar salvarle la pierna. Maldita sea.
Me muevo con rapidez por la zona, coordinándome con los médicos que atienden al pequeño y ordenando que preparen el quirófano, pues ese niño necesita intervención de urgencia.
Con el corazón en la garganta, mientras pienso en todas las mierdas por las que me quejo, me maldigo en silencio; un pequeño de apenas seis años espera a que lo operen por culpa de alguien que no ha pensado en las consecuencias de sus actos.
***
Cuando entro en el ático, varias horas después, sigo en estado de shock .
Ava lo nota al instante y no tarda en acercarse, quitarme las cosas de las manos y llevarme al sofá.
Me sienta, se acomoda sobre mis piernas y me abraza sin preguntar nada.
Ni siquiera ha querido saber qué ha ocurrido, si es del trabajo o no; simplemente se ha quedado ahí, a mi lado, tocándome el pelo y enviándome el latido de su corazón a mi pecho.
Aspiro su perfume y, entonces, reacciono y la estrecho contra mí.
—¿Qué ha pasado? —escucho que me pregunta muy bajito y la abrazo más fuerte.
—No he podido hacer nada…
Se le tensa el cuerpo, quizá por mi sollozo inesperado. Siento tanta presión... Los ojos de esa mujer que llora la muerte de su marido, de esa madre a quien he tenido que comunicar que le amputarán la pierna a su hijo de seis años. Esa mirada está clavada en mi cabeza.
—Cuéntamelo. Suéltalo todo, Zeus, estoy aquí, mi amor.
Por una vez en mi vida permito que alguien escuche mis terrores, puede que ahora Ava y yo no tengamos secretos, pero una parte de nosotros mismos siempre nos pertenece.
Solo a nosotros. Lidiamos con nuestros miedos, fantasías y pensamientos —a veces buenos, otras no tanto— a solas.
Porque no siempre es bueno entregar todo de uno mismo. Pero con ella es diferente.
Así que dejo que me consuele toda la noche y quizá no solo sea por lo que ha pasado en el quirófano, tal vez incluso, sin siquiera ella saberlo —y probablemente yo tampoco soy demasiado consciente de ello—, su consuelo me sirve para todo lo jodido que estoy.