A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Para celebrar que he aceptado su propuesta de mudarnos a una casa más grande y con espacio para nuestros planes de futuro, Zeus ha organizado otro fin de semana en los Hamptons.

Hemos paseado, comido y bebido. También hemos hecho el amor en la playa, en una lanchita preciosa que formaba parte de la sorpresa, y en la piscina redonda de la casita.

Hoy domingo, para despedirnos, lo hemos pasado en la playa tomando el sol, riendo, jugando en la orilla y tomando fotos como recuerdo.

No regresaremos muy tarde, ya que Zeus tiene turno de noche otra vez.

Cada vez que le toca, se queja, y yo tengo que tranquilizarlo, asegurándole que no va a pasar nada.

Me seco el cuerpo tras la ducha que nos acabamos de dar mientras veo cómo abre la mampara empañada para salir, y sus ojos me queman como fuego sobre mi piel desnuda.

Finjo no darme cuenta de cómo su cuerpo empieza a notar mi desnudez y le entrego un aftersun que hay sobre la mesita de noche.

—Tienes que echarte en la cara y el pecho, te has puesto muy rojo.

Se acerca a mí, me quita el bote y se deshace de mi toalla.

Enseguida, se pone crema en las manos y me embadurna los pechos con ella.

Ahogo un gritito cuando me los masajea despacio, en círculos, y luego los aprieta.

Sus dedos resbalan por mi piel, los pezones se me ponen durísimos y presionan contra sus palmas.

Suelto un suspiro cuando los atrapa y deja que se deslicen.

A continuación, sigue con su labor, enviándome descargas de placer por cada centímetro de mi piel.

Se me acumula la humedad entre las piernas y solo quiero que se meta entre ellas.

Extasiada, echo la cabeza hacia atrás, dejándome llevar por todo lo que me hace sentir, hasta que noto que mi piel ha absorbido toda la crema.

Lo siguiente es un mordisco en mis protuberancias sensibilísimas y excitadas.

Su erección me presiona en el hueso de la cadera y me gira un poco para bajar la mano a mi sexo y acariciarlo hasta llevarme a otra dimensión.

Me agarro a sus bíceps mientras introduce su índice y masajea mi clítoris con el pulgar, hasta que añade otro dedo.

Pero nada se compara con él y lo necesito con urgencia, por lo que consigo que me suelte, lo siento en el borde de la cama y apoyo las rodillas en el colchón para quedar encima de su regazo.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, empiezo a descender poco a poco sobre su miembro erecto y palpitante.

Cuando estoy sentada por completo, noto una presión deliciosa en el estómago.

—Joder… —sisea Zeus, asiéndome por las caderas.

Me mueve a su antojo y hace que mis pechos reboten con cada embestida, provocándome los gritos que tanto lo encienden. Le encanta que exclame su nombre, así que lo hago, volviéndome loca.

—Ah… sí… Zeus.

Se apodera de mi boca con su lengua, gruesa y cálida, arrancándome un jadeo cuando me falta el aire.

Enreda los dedos en mi pelo y presiona nuestros labios.

A cada embestida, rozo el clítoris con frenesí contra su piel, logrando sentir un placer extraordinario.

Un cosquilleo en los pies me avisa del orgasmo que comienza a deshacerse por mi cuerpo.

—Nena, más fuerte. Sé que te gusta hacerlo fuerte.

—¿Así…?

Se muerde el labio, maldiciendo cuando se le contraen los músculos. Pega su frente a la mía, abrazándome para que esté más cerca de su cuerpo. Ojalá pudiéramos fusionarnos. Después, arremete desde abajo, consiguiendo que nuestros cuerpos choquen y se me tensa la vagina a su alrededor.

—Nena, voy a correrme, joder.

Sube las caderas con una fuerza bestial y creo que ha llegado a un punto desconocido que descontrola todo mi cuerpo.

Me encojo con un cosquilleo abrasador que recorre mi espina dorsal, llevándome al séptimo cielo.

Oh, Dios mío, el orgasmo arrasa con la poca cordura que me queda y se lleva a Zeus con él.

Se sacude con un gruñido sin dejar de abrazarme la espalda ni soltarme el pelo, a la vez que intento abarcarlo todo lo posible.

Hasta que lo bueno se vuelve mejor y lo mejor, insuperable.

Hasta que el sonido de mi corazón me retumba en los oídos.

Hasta que nuestras respiraciones se hacen una, nuestras manos se unen por fin y nuestros ojos se dicen cuánto nos amamos.

Al final, sí que nos hemos fusionado.

***

Horas más tarde, mientras tengo una conversación con mis padres por videollamada, veo cómo Zeus recoge sus cosas y prepara todo para esta noche. Escucho cómo les van las cosas a mis padres durante un rato más, hasta que nos despedimos y dejo el teléfono sobre el sofá.

—¿De verdad quieres que vayamos mañana a comprobar si William vive en esa dirección que me dio Marga ?

Todavía no me creo que el fin de semana en la playa haya servido para que acabemos acordando un día —y unas reglas— para empezar a buscar al padre de Ana.

—Sí —afirma, atrayéndome hacia él—. Antes debo descansar un poco y me gustaría hablar con mis abogados sobre el progreso con los medios para lo de Donald.

—Apoyo la barbilla en su pecho. Sí, Zeus también me contó, mientras veíamos el atardecer, algo respecto a ese tema y lo que Donald hizo con varios fármacos.

Suspiro, algo nerviosa—. No te preocupes, todo va a salir bien.

Aunque me cuesta, asiento y acepto su beso de despedida. Cuando las puertas del ascensor se cierran, miro a mi alrededor. Son las siete; ya he hablado con mis padres, con los chicos, con Jess… Pero entonces se me ocurre algo.

—¡Hola! —saluda Maddie al otro lado de la línea.

—Hola, guapa, ¿estás ocupada?

—No, hoy he tenido la tarde libre. ¿Por qué?

—Zeus se ha ido a trabajar y me aburro como una ostra. ¿Vienes a cenar conmigo?

No se lo piensa.

—Claro, voy a pedir un Uber.

—Venga, Maddison, Marc está de servicio hasta las once. Ya no trabaja todos los días como antes, pero cuando Zeus tiene el turno de noche, se queda hasta tarde.

—No creo que sea buena idea.

Bueno, quizá no… o tal vez sea lo que necesiten. Sé que las cosas están tensas porque ella está estudiando, cambiando, y Marc la ve muy niña. Un grave error que todavía no le he reprochado, pues no conozco a nadie tan trabajadora y responsable como nuestra peque.

—Venga, me quedo mucho más tranquila si es uno de nuestros amigos quien te recoge. —Maddie resopla, pero acepta—. ¡Genial! ¿Estás en tu casa?

En cuanto me dice que sí, me despido y le explico a Marc lo que ocurre. A pesar de ser él quien pone impedimentos, esta vez ha aceptado sin pensárselo ni un segundo.

***

Cuando Maddie llama a la puerta y se la abro, tiene una sonrisa en los labios. Va muy informal, con unas mallas y una sudadera enorme para su talla, pero aun así está guapísima. La invito a pasar, cogemos un par de refrescos y nos ponemos cómodas.

—Me han llamado por una vacante libre en Golden Petals, una empresa de arreglos florales.

—¡Eso es genial! —Me tiro sobre ella para abrazarla—. ¿Qué les has dicho? ¿Que sí, no?

—Sí, claro. Y, además, les he explicado que todavía no he terminado la formación, que me quedan unos meses, y me han ofrecido flexibilizar los horarios para que pueda estudiar y trabajar sin problemas.

—No sabes cuánto me alegro, Maddie —aseguro, quitándome de encima.

—Yo también. —Sonríe, coge su bebida y me mira con aire soñador—. Algún día yo tendré una de esas empresas y llenaré de color y vida los eventos más importantes.

—No lo dudo, peque.

Hablamos sobre sus sueños hasta que el repartidor del restaurante, al que he llamado mientras esperaba a que llegara mi amiga, nos trae la cena.

Dejamos sobre la mesa las patatas fritas, las salsas, dos hamburguesas y algo para picotear; mientras comemos, volvemos a meternos en otra conversación interesante que acaba desviándose a Marc.

—Bah, olvídate, Ava —me dice llevándose una patata a la boca—. Soy una cría a su lado, don perfecto y maduro cree que es todo un hombre ya. No sé qué pasará cuando se mire al espejo y se dé cuenta de que se equivoca.

Me quedo perpleja, mirándola, y empezamos a recoger como si nada. No es habitual este sarcasmo en ella, pero me encanta. Me emociona muchísimo que se esté espabilando, algo me dice que eso va a darnos muchas situaciones divertidas entre Marc y ella.

—Así que don perfecto y maduro, ¿eh?

Maddie me mira y estallamos en risas. Sí, lo que yo decía, vamos a reírnos mucho.

—Oye, ¿y cómo llevas lo de quedarte sola aquí por la noche? —pregunta al cabo de un rato, cuando ya volvemos a estar en el sofá, con un programa basura de fondo en la tele.

—Bien —respondo con sinceridad—. Aunque a Zeus no le hace mucha gracia.

—Ese Zeus es toda una fachada seria… pero no es más que un amor de hombre.

Asiento, totalmente de acuerdo. Estoy a punto de decir algo cuando una notificación suena en el móvil y veo que es un correo electrónico de Carl.

Lo abro, curiosa, ¿qué será? Espero a que la pantalla cargue y leo.

Conforme avanzo en el escrito, la emoción se va apoderando de mí y me incorporo en el sofá para asimilar lo que pone.

Maddison, al ver que no me muevo —y bien podría haber dejado de respirar—, se acerca para leer también y se queda en el mismo estado de shock que yo.

No es hasta pasados unos segundos que gritamos como locas al ser conscientes de lo que dice.

Mi amiga ríe y me abraza con más fuerza, quitándome las lágrimas de alegría que se me escapan sin querer.

***

Tras la noticia, Maddie ha tenido que irse para aprovechar que Marc la dejara en casa.

Después de eso, apenas he podido dormir y estoy esperando en el sofá a que Zeus llegue del trabajo.

Cuando las puertas del ascensor se abren e iluminan el salón, me levanto a toda prisa, cruzo el ático y me tiro a sus brazos.

—¿Qué pasa, honey ?

Levanto la cabeza al notar su preocupación, pobrecito, lo he asustado. Mira a mi alrededor, buscando qué sé yo, pero cuando ve mi enorme sonrisa, noto cómo se le destensan los músculos. Me sostiene la cara con ambas manos.

—Carl me ha ofrecido trabajar como fotógrafa para una revista de moda de la ciudad con algunas firmas importantes.

Grito bajito entre sus brazos, levanto de nuevo la mirada y su sonrisa me llena de amor. Tiene una expresión de ternura y un brillo al mirarme que me hace ver que está muy orgulloso de mí. Y no necesito nada más en este momento.

Unas horas más tarde, cuando consigo descansar porque Zeus está conmigo en la cama, nos vestimos para ir a Brooklyn. Estoy atacada de los nervios, ahora que se acerca el momento.

—Relájate, cielo —dice, me besa el cuello y salimos del ático.

Esta vez hemos decidido que venga Marc. Creo que Zeus no está muy tranquilo, parece que esta situación no me afecta solo a mí. Además de chófer, Marc está como personal de seguridad y podría derribar a quien quisiera de un solo golpe.

Cuando el todoterreno cruza el puente que conecta Manhattan con Brooklyn, se detiene en una calle descuidada, con gente de malas pintas y casas que espero hayan tenido una época mejor. Cojo aire con fuerza, tanto, que se me hunden las clavículas y Zeus hace que lo mire .

—Estoy aquí. Todo va a ir bien.

Asiento y salgo con él del coche. Marc nos espera cerca, con la ventanilla del conductor bajada.

Siento sus ojos analíticos detrás de mí, estudiándolo todo, pendientes de cualquier cosa que pueda surgir.

Leo el papel que me dio Marga con esta dirección y debo reconocer que se me cae el alma a los pies cuando me lleva a una casa pequeñísima, con ventanas tapiadas y una puerta de madera hinchada y rota por abajo, lo suficiente para que se cuelen animales.

Las paredes exteriores están mohosas, desconchadas e incluso rajadas por aquí y por allá.

Zeus me coge la mano con fuerza y escucho cómo sisea, molesto, aunque sé que ha intentado disimular su cabreo ante la situación tan desastrosa. Aun así, se gira y me mira tranquilo; sin embargo, veo el mismísimo infierno en sus ojos negros.

—Llamamos, esperamos, quizás llamamos una segunda vez y nos largamos. ¿De acuerdo?

Asiento; sin soltar su mano, seguimos caminando y hacemos justo eso.

Golpeamos la resquebrajada madera y la puerta se mueve como si estuviese agarrada a la pared con plastilina, a punto de caerse, aunque no se abre.

El corazón me ataca desde dentro con fuerza, pero trago saliva y llamo de nuevo tras echar un vistazo a mi alrededor.

Nada. La puerta vuelve a amenazar con caerse, pero sigue sin abrirse.

Me muerdo el labio, tratando de calmar la decepción que me invade, y escucho de nuevo las maldiciones de Zeus, aunque esta vez estoy segura de que no se ha esforzado para que no lo escuche.

—Mírame, honey . Oye, cariño, mírame. —Termino por hacerlo y su mirada me deja sin aire. Ahora es cálida, rebosante de amor—. No pasa nada, a lo mejor no está. Regresaremos cuando te tomes unos días para pensar.

No esperaba en absoluto su reacción, incluso pensaba que me diría que se acabó.

Asiento varias veces sin decir nada, observando por encima de su hombro que la puerta continúa cerrada, y dejo que me conduzca al coche.

Marc arranca sin mediar palabra y Zeus me abraza en silencio.

Me duele que esta situación consiga que el corazón no me lata; en cambio, me tiembla en el pecho, amenazando con romperse un poquito.

Tomo aire y dejo que los brazos de Zeus me calmen, como siempre hace.