A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

—¡No me puedo creer que haya llegado el día! —exclama Jessica, emocionada, pensando en las prácticas que va a hacer del curso de chef.

No deja de dar vueltas y puedo ver desde mi posición el miedo que tiene, no importa que viaje con Dan, está igual de asustada. Han decidido que mi amigo irá a Los Ángeles con ella para que no se sienta sola, pero en unos días tiene que volver para seguir con los negocios y la reforma.

—Tío, he dejado al mando a uno de los chicos, pero también les he dado a los encargados tu número por si ocurre algo en estos dos días —comenta mi amigo, sin dejar de seguir a Jess con la mirada.

—Por supuesto, si hay algún problema, me ocuparé de ello —aseguro dándole unas palmadas en la espalda.

Nos despedimos de él y, luego, hacemos lo propio con Jessica. Ellas se funden en un abrazo emotivo hasta que Dan nos avisa que tienen que irse. Los vemos subir al jet y, después, nos marchamos. Al notar que Ava está algo decaída, me acerco a ella.

—He quedado con mi padre para almorzar, también estarán Amber y los niños. ¿Te apetece?

Una sonrisa preciosa le curva los labios. Joder, me podría tirar toda la vida mirando cómo sonríe. Estoy ansioso por contarle lo de mudarnos a otro sitio.

—Sí, hace días que no los veo.

Sabía que le gustaría la idea. Le agarro fuerte la mano mientras caminamos hasta el Panamera. No tardo en arrancar y salir del aeropuerto.

***

Al llegar frente al restaurante, Ava pone esa cara de siempre cuando ve algo nuevo.

Me encanta. Le abro la puerta antes de darle las llaves al aparcacoches y ella se agarra a mi brazo para entrar.

Observo su ropa: nada de prendas extravagantes, ni caras, ni mucho maquillaje.

No le importa lo que puedan pensar los demás.

Jamás la he visto sentirse insegura cuando está rodeada de mi entorno, y esa es otra de sus muchas cualidades que me tienen enamorado.

—Ava, cielo. Cuánto me alegro de verte.

Mi padre y ella se saludan, y yo me acerco a mi hermana y a los niños.

Después, nos sentamos a la mesa y nos toman nota de las bebidas, mientras mis sobrinos ríen entre ellos y Amber y Ava charlan.

Mi padre me pregunta sobre el trabajo y yo me intereso por su estado físico, aunque leo sus informes médicos siempre que tiene alguna revisión.

A veces pillo a Ava mirándome, me encanta la sensación que me produce darme cuenta de que ella también necesita, tanto como yo, tenerme ubicado.

Al cabo de un rato pedimos la comida y, cuando los camareros se alejan, mi padre le pregunta a Amber por ese hombre que está conociendo, y yo me meto en la conversación, interesado.

Ava se entretiene un momento con los niños, pero cuando la miro para comprobar que no se quede muy al margen, nos está observando con una sonrisa.

—¿Qué piensas? —pregunto, quitándole un mechón del hombro.

—En mis padres. Aunque no son perfectos, esto me recuerda a cuando los chicos y mi familia nos reuníamos en casa de ellos. —Se encoge de hombros. A Ava se le da muy bien camuflar sus emociones, pero no conmigo. Cojo su barbilla para que me mire y respira profundamente—. Los echo de menos.

Le acaricio el pómulo con los nudillos y le pregunto algo que nunca le había preguntado porque no sabía cómo.

—¿Cuánto hace que conoces a Sonia? —Sus ojos se abren más de la cuenta, aunque solo son una milésima de segundo. Niego con la cabeza—. Lo siento, no es lugar.

—No, no. Solo me ha sorprendido. —Hace una pausa y continúa—: Sonia llegó cuando cumplí seis años.

Fue como un regalo de cumpleaños. —Sonríe—.

Recuerdo que mi padre me preguntó si me importaba que invitase a una amiga y le dije que no, pensé que cuánta más gente, mejor.

Así que apareció con una bolsa de regalos y unas ganas increíbles de llevarse bien conmigo.

Tuve mucha suerte, ¿sabes? Supo arreglar lo que Ana rompió y nos hizo felices a todos.

Sin importarme que mi padre y mi hermana estén hablando del lío de Amber a unos centímetros de nosotros, me acerco un poco más a ella.

Quiero que sienta que estoy aquí. Me da mucha pena que esté pasando por esto, que alguien tan fuerte y cariñosa como ella haya tenido que sufrir tanto.

Solo merece que la gente la adore, así que espero no estar equivocándome con el viejo al dejarme llevar por este impulso…

—Conoceremos a tu abuelo —digo al fin. Ella ahoga una expresión y me mira sin creérselo. Antes de que diga nada, me adelanto a aclararle—. Pero no voy a permitir que te hagas daño con esto, ¿de acuerdo?

Solo tomo esta decisión porque no quiero que esté alejada de alguien más por culpa de su madre biológica.

Pero no puedo quitarme de la cabeza lo que Crystal y su padre están tramando con ese tal William.

Tendré que hablar con él y advertirle que no se atreva a hacerla derramar ni una lágrima.

Si me entero de que la utiliza para pasarle información a uno de los Lewis, yo…

—Te quiero, te quiero, te quiero.

Me roba un beso que disfruto muchísimo. Unos segundos después, escuchamos a mi padre decir algo, así que Ava estira el cuello para mirarlo por encima de mi hombro.

Estoy tan absorto en ella que no me giro para responder, solo la miro.

No importa lo frío que quieran mantener el restaurante para que el calor de este mes no agobie a los comensales, mi piel siempre está a la máxima temperatura por ella.

—Entonces, Ava, ¿no quieres casarte?

Me giro hacia mi padre, alucinado, y la miro a ella de nuevo. ¿Casarse? Estaba tan absorto en mis pensamientos que no sé de qué hablaban, pero… ¿bodas?

—Nunca lo he pensado.

Iba a preguntar cómo ha salido el tema, pero la respuesta de Ava me toma por sorpresa.

Empieza a contar lo que opina sobre el matrimonio.

«¿Me diría que sí si se lo pido?», pienso de pronto.

Después, doy un sorbo más largo de la cuenta al agua sin gas que ha pedido Amber, y mi hermana me echa una mirada mientras intenta ocultar la gracia que le causa esto.

Entrecierro los ojos en su dirección y otro pensamiento me cruza la mente: «¿Quiero que me diga que sí?

». La veo reír mientras pincha algo con su tenedor, sin dejar de hablar con mi familia como si fuese la suya propia.

Como si llevase toda la vida con ellos, como si los conociera de mucho más que unos meses.

Quizás este era el destino de todos nosotros: tenerla.

El corazón me bombea en los oídos. «¿Cómo no voy a querer que sea mi mujer? ».

***

Me paso todo el camino de vuelta a casa pensando en muchas cosas, pero, por primera vez en meses, ninguna es mala.

De repente, parece como si todo se hubiese intensificado, incluso mis pensamientos y su presencia mientras canta bajito, envolviendo el coche.

Ava está por todas partes, todo el tiempo, y no quiero otra cosa.

— Honey , ¿crees que vamos demasiado rápido? —Mis palabras salen casi sin pensarlo y me sorprendo tanto como ella. La miro un momento y no me gusta nada su expresión—. Deja que me explique.

—Más te vale, porque no vas a deshacerte de mí tan fácilmente.

Reprimo una carcajada al cruzar un semáforo que acaba de ponerse en verde.

—¿Crees que podría dejarte marchar? —Le lanzo una mirada fugaz, suficiente para ver cómo niega con la cabeza—.

Bien, porque no voy a hacerlo. —Respiro—.

Te lo pregunto porque llevo semanas dándole vueltas a algo y quiero asegurarme de que tú también te sientes segura con lo nuestro. No quiero presionarte y…

«Pero ¿qué cojones me ocurre?», me digo en silencio, nervioso.

—Zeus, basta. ¿Qué te pasa?

«Sí, maldita sea, ¿qué me pasa?», me recrimino. De pronto, todo va muy lento y yo quiero que vaya muy rápido. Quiero una casa familiar de los dos, que se case conmigo, que tengamos hijos…

—Solo me preguntaba si querrías vivir conmigo —suelto, algo agobiado o, quizás, demasiado ansioso.

—Ya vivo contigo. —Me pone una mano en la frente—. ¿Estás bien, cielo?

Dejo el coche en la plaza de garaje y apago el motor. Me quito el cinturón de seguridad porque me ahoga y me giro hacia ella. Atrapo su cara entre mis manos, pego su boca a la mía y no me separo hasta que me falta el puto aire de nuevo.

—En otra casa, honey . Dios, quiero que vivamos en una casa más grande, familiar.

Se queda muda, imagino que pensando en lo que le propongo o buscando el significado real de mis palabras.

—¿Me estás… me estás pidiendo que tengamos una casa donde podría caber una familia? —Se desabrocha, captando el mensaje, con los ojos muy abiertos. Voy a decirle que es justo eso lo que quiero, pero salta sobre mí—. ¡Sí, sí, sí!

Suspiro, aliviado. Solo me falta otro sí.