A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Ha llegado el día. Tengo que contarle a Zeus que planeo buscar a William.

Marga me está ayudando mucho con todo esto e incluso me ofreció una antigua dirección.

Aunque no sea seguro que esté en ese sitio, iré allí primero, quizá siga donde dice ella.

Ojalá pudiera hablarlo con mis padres, pero, a pesar de llamarlos todos los días, soy incapaz de decirles lo que he descubierto.

Quizá porque no quiero escuchar sus disculpas por no habérmelo contado antes.

Supongo que lo dejaré para más tarde. Creo que estrechar lazos con mi abuela y encontrar a mi abuelo es suficiente carga emocional por ahora.

Inspiro hondo, suelto el aire y salgo del dormitorio rumbo a la cocina, donde Zeus me espera para desayunar, como cada mañana en que coincidimos al salir temprano de casa.

Me acerco despacio, pensando en todo lo que quiero decirle, y rodeo su espalda, cubierta por una camisa que le queda como un guante.

—Buenos días, cariño.

—Buenos días, honey .

Zeus se gira en mis brazos y me besa. Luego, coge dos tazas llenas de café y me da una.

No dejo de mirarlo mientras le da un sorbo y sus ojos negros se clavan en los míos, recordándome lo que hemos hecho antes de salir de la cama.

Cuando siento que se me empiezan a confundir los pensamientos, lo suelto:

—Tenemos que hablar.

En realidad, es bastante sorprendente que la cara se le desencaje tanto y que le cambie varias veces de expresión, pero es así. Deja la taza en la encimera como si no creyese lo que está escuchando, y podría jurar que no respira durante un momento. ¡Si no le he dicho aún lo que voy a decirle!

—¿De qué? Nosotros estamos bien, no tenemos que hablar de nada.

Ah, ahora lo entiendo. Dios, va a darle algo.

—No tiene que ver con nosotros. —Le cojo las manos en un intento de que se relaje—. Bueno sí, pero no con nuestra relación.

—¿Qué quieres decirme entonces? —pregunta, y pienso muy bien cómo hacerlo porque…—. ¿ Honey ?

«Vamos, Ava, suéltalo que te va a apoyar», me digo tomando aire. Allá voy.

—Quiero encontrar al padre de Ana y necesito hacerlo contigo.

No puedo dejar de mirarlo, otra vez vuelve a pasar por varias emociones distintas y ninguna me gusta en absoluto. Su rostro se tensa y se le estira la cicatriz del ojo. Voy a acercarme para ver si ahora sí ha dejado de respirar cuando se pasa una mano por la cara y se aleja un poco.

—No puedo.

—¿Qué no puedes?

—No puedo dejar que lo hagas. No quiero participar en la búsqueda de alguien que no se ha preocupado en buscarte antes, no quiero ver cómo te rechaza.

Siento como si me desgarraran por dentro y dejo escapar un jadeo de sorpresa al oírle.

Maldita sea, sabía que no debía decirle nada.

El pulso se me dispara. Intenta cogerme la cara entre las manos, pero me aparto de un movimiento brusco.

Me inunda una mezcla de tristeza, enfado y desolación.

Incapaz de mirarlo, voy directa a por el bolso para irme al estudio cuanto antes. Necesito alejarme ahora mismo .

Doy media vuelta y me detiene justo cuando me cuelgo el bolso.

Me obliga a mirarlo, pero estoy tan enfadada que lo empujo en el pecho.

Joder, duele mucho que la persona a la que quieres esté convencida de que tu familia te va a rechazar incluso sin conocerte.

Yo ya sé que es una probabilidad bastante alta, pero aun así tenía la esperanza.

Aspiro por la nariz y me doy cuenta de que estoy llorando.

Maldita sea. El abandono de Ana me atraviesa la piel con más fuerza que nunca, más que en todos estos años.

Aprieto los labios, furiosa, consciente de que vuelve a sujetarme la cara, y me aparto otra vez, pero ahora me voy directa al ascensor exterior.

Zeus me sigue y me impide entrar, por lo que las puertas se cierran en mis narices.

Insiste en acercarse, así que giro la cara cuando va a apoyar la frente en la mía y escucho cómo maldice.

Clavo el dedo en el botón.

—No puedo —repito de mala gana sus palabras cuando las puertas vuelven a abrirse.

—¿A qué te refieres? —pregunta, y el tono ahogado de su voz hace que alce la vista.

Cuando consigo acceder al cubículo, Zeus entra conmigo, pero lo empujo de nuevo con todas mis fuerzas para sacarlo fuera, mientras algunas lágrimas caen por mis mejillas.

—Déjame sola. Nos veremos después.

— Honey , por favor, yo…

Las puertas se cierran, impidiéndole que diga nada más.

Me apoyo en la pared de espejo que hay detrás, en un lateral del ascensor, y observo mi reflejo en la que está frente a mí.

Me miro con desprecio: tan arreglada y preparada para ir al trabajo, pero tan rota por dentro.

Me fijo en el collar y pienso en mi tía, imaginando que me acaricia el pelo, como siempre cuando estaba triste, a la vez que me repite cuánto me quiere.

Sus palabras de aliento eran las que siempre me animaban en un mal día, y no sentir nada más que miedo y soledad me rompe un poco más.

Cuando las puertas se abren en el garaje, me olvido de todo e intento ser la Ava de siempre. Camino todo lo segura que puedo sentirme en este momento hasta el todoterreno donde Marc me saluda al verme, pero yo no respondo.

—Llévame ya al trabajo, por favor, Marc.

Sé que se ha dado cuenta de mis ojos llorosos y mejillas rojas.

—Iba a llevaros a los dos. Zeus…

La ira me recorre entera, furiosa con ese cirujano idiota.

—¡Que Zeus se vaya en su coche, joder! —chillo, y se le tensa un momento el rostro, pero me disculpo en voz baja y me abrazo a mí misma—. Llévame, por favor.

Cuando veo que asiente, pulso el botón y el cristal se eleva, separándonos.

Conforme el trayecto avanza, las ganas de disculparme con Marc se intensifican, pero no tengo ánimo de hablar. Me siento tan mal que creo que voy a seguir llorando si hablo. No puedo dejar de darle vueltas a las palabras de Zeus, me martirizan. No tendría que haber contado con él.

Unos minutos después, el coche se detiene y me doy cuenta de que hemos llegado. Tengo ganas de bajarme para evadirme en mi estudio, pero Marc abre la puerta de atrás, deteniéndome en el proceso.

—¿Estás bien? —pregunta serio, aguantando la puerta. Asiento sin decir nada—. No lo parece.

Lo observo desde dentro, con esos ojos color avellana que me escanean sin disimulo, y decido que ya tengo suficiente con la intensidad de Zeus como para soportar también la de Marc.

Salgo, hago un gesto para que se eche a un lado y, en vez de dirigirme hacia el edificio, lo abrazo rápidamente porque me siento fatal por cómo lo he hablado. Luego, doy un paso atrás.

—Solo estoy cansada.

No espero a que diga nada más y cruzo el callejón para entrar en el vestíbulo.

Saludo a Maddie, que me sonríe desde el mostrador, y reparo en que aún sigue usando la lámpara que le regalé.

Antes de subir, ya que tengo tiempo de sobra, me pongo a su lado y se lo cuento todo.

Suelta el boli para prestarme atención y después me abraza y me consuela.

—Entiéndele, no sabe a qué te enfrentas. Creo que es normal que tenga miedo por ti.

Tras dedicarle una pequeña sonrisa, me levanto y pongo fin a la conversación con la excusa de que tengo que preparar cosas en el estudio.

En cuanto entro, enciendo las luces y la radio, y subo las persianas.

Sobre mi escritorio, que está donde antes se encontraba el televisor y el sofá, tengo un calendario de Jayden.

Hace dos días le envié todas las muestras por correo y me quedé con una copia, como siempre hago con mis trabajos, para que los clientes puedan verla.

Me suena un mensaje en el teléfono en cuanto enciendo el ordenador y lo cojo rápido por si es Zeus. Odio que discutamos. Pero no es él, sino Jayden.

Jayden: ¡Buenos días! Quería

decirte que a los clientes

les están encantando los

calendarios. Gracias por tu

trabajo. Nos vemos.

Suelto el móvil sobre la mesa, sin ganas, y me siento en mi silla para comprobar si tengo correos. Estoy tan sumida en mis pensamientos que no oigo a Amber entrar hasta que habla.

—Buenos días.

—Buenos días. —Me levanto y la abrazo antes de mirarla con una sonrisa. Por fin ha accedido a venir algunos días al estudio para poner en práctica sus conocimientos, aunque todavía cree que es una carga—. ¿Tienes ganas de trabajar?

—Siempre.

—¡Pues manos a la obra!

Nos ponemos a preparar un decorado para unos niños mientras hablamos de sus pequeños.

También me cuenta cómo es Malcolm con ella e incluso me confiesa que le costó un poco presentarle a sus hijos.

No quiere que ellos piensen que está buscándoles un padre, ya que ninguno llegó a conocer al suyo porque murió cuando eran muy pequeños.

En mi posición, sin ser madre, le aconsejo lo mejor que puedo.

También me desahogo con ella sobre lo de esta mañana, aunque sea la hermana de Zeus, la considero mi amiga y quiero apoyarme en ella.

Espero que pueda ser objetiva y comprenda mi posición.

Para mi sorpresa, lo hace. Me entiende y cree que es normal que quiera conocer esa parte de mi familia con la que podría tener relación.

Pero también me comenta que comparte la postura de su hermano y sus palabras se parecen mucho a las de Maddie.

Así que me paso las siguientes horas pensando que quizás él solo quiso ser sincero, la noticia lo pilló por sorpresa y que yo no he actuado de la mejor forma. Cuando nos tomamos un descanso, cojo el teléfono y le escribo un mensaje.

Ava: ¿Estás enfadado?

Sé que en el hospital no puede usar el móvil cuando quiera, así que lo dejo sobre el escritorio y charlo con Amber un rato antes de ponernos a trabajar.

***

—Y esta piruleta verde para ti, que te has portado superbién.

Sonrío al ver al niño reírse con la chuche que le da Amber mientras hablo con su padre.

Le muestro las mejores fotos, hablamos del álbum y quedamos dentro de una semana para que venga a recogerlo.

Tras despedirme, reviso el teléfono, pero no hay nada.

Dios, he sido una idiota. No tendría que haberme ido, no después de todo lo que hemos pasado.

Empiezo a recoger mis cosas porque no tenemos más sesiones por hoy y Amber me da un abrazo antes de salir por la puerta.

Al quedarme sola, miro de nuevo la pantalla del móvil; ya es tarde, debería haberme dicho algo.

Hoy los dos trabajábamos hasta casi la noche y, viendo la hora, Zeus ya habrá salido del hospital.

Suelto todo el aire de mis pulmones y bajo las persianas.

Nada más darme la vuelta para marcharme, me quedo congelada en el sitio.

Me da un vuelco el corazón cuando me lo encuentro apoyado en el marco de la puerta, mirándome, con los tobillos cruzados y las manos en los bolsillos. Es tan guapo.

Al ver que no digo ni hago nada, se acerca despacio.

La ansiedad se apodera de mí, llevamos todo el día sin hablar después de haber discutido y de que yo me largara de esa manera.

Y, aun así, está aquí. Siento las lágrimas quemándome y, al levantar un poco la barbilla para verlo mejor, tengo la imagen empañada.

Sus manos rozan mi cuello y me hacen cerrar los ojos por el alivio de sentirlo .

—Nunca podría enfadarme contigo —dice, besándome la frente—.

Mis palabras no han sido las acertadas, pero sabes que siempre te apoyaré.

Debes entender que también te protegeré de todo lo que considere una posible amenaza para ti porque te quiero.

—Noto que se me derraman algunas lágrimas cuando me besa los pómulos, despacio—.

Siento haberte hecho daño. No quiero que nadie te haga daño.

—Deposita un beso a cada lado de la mandíbula y se detiene delante de mi boca, así que abro los ojos—.

No vuelvas a irte de mi lado nunca más, honey .

Pelea, empújame, grita, pero… no vuelvas a marcharte así.

Asiento, con las lágrimas entre nuestras bocas mientras nos besamos. El calor me abrasa por dentro, su amor es un combustible que me hace arder en llamas todo el tiempo. Me hace sentir viva, necesitada, amada.

—No merezco que hayas venido a buscarme. Tendrías que haberte ido a casa y dejarme sola. Abandonarme como yo lo he hecho contigo, seguro que lo llevo en los genes.

Zeus me estrecha entre sus brazos, tensos por lo que he dicho, pero sin dejar de susurrarme cuánto me ama, tan bajo que me eriza la piel. Nunca había expresado mis pensamientos en voz alta y suenan horribles dichos así.

—Mírame —pide, poniendo un dedo en mi barbilla—.

Jamás voy a abandonarte. No me importan las consecuencias de nada, lo mal que se pongan las cosas o lo que tenga que hacer por ti.

No me importa nada, solo tú. ¿Es que todavía no entiendes lo enamorado que estoy de ti?

Si te perdiera, no me quedaría nada, honey .

—Me besa de nuevo, esta vez despacio—. Nada.

Con el corazón a mil, me hundo en su pecho, me deshago contra su cuerpo, mientras todo lo feo que me persigue se desvanece con cada segundo que pasamos abrazados.