Capítulo 29
—He estado observando a tu mujercita y puedo llegar a entender por qué te tiene tan cogido por los huevos.
Se me revuelve el estómago al imaginar a Donald vigilando a Ava. ¿Cuándo lo ha hecho? ¿Es que se ha vuelto loco? ¿La está espiando? El calor se expande por todo mi cuerpo, provocando que me entren ganas de levantarme y darle un puñetazo. En cambio, me obligo a mantenerme sentado.
—No vuelvas a hacer algo parecido si quieres seguir viendo la luz del día —amenazo sin moverme de mi silla, porque sé que lo único que quiere es que monte un escándalo.
—¿Por qué? Es bastante entretenido verla llegar, tan guapa cada mañana, a ese estropajoso edificio para trabajar.
Cegado por la rabia y olvidándome de guardar la compostura, me levanto al oír eso y pego mi frente a la suya con brusquedad, consiguiendo que suelte un quejido, pero sin que se separe.
Esta misma tarde, mis abogados empezarán a contactar con los medios para exponer todo su pasado.
No pienso aguantar ni un minuto más a este despojo humano vagando por mi hospital.
—No te acerques a ella, Donald. Os dije que haría cualquier cosa si la dejabais tranquila y así lo haré, pero si no… estás muy jodido.
No pienso hacer nada por ellos, solo quiero que la dejen en paz; sin embargo, no me importa fingir que le suplico para que su ego se infle un poco, quiero cogerlo con las defensas bajas. Pero entonces suelta una carcajada y consigue que lo empuje para quitármelo de la vista .
—La mayoría de los días, su madre viene conmigo —suelta de sopetón y me quedo paralizado—.
Suelo utilizar ese momento para irritarla y cargarla de ira.
Solo tengo que recordarle cuánto tiene su hija a su corta edad y lo poco que tiene ella.
—No puedo reaccionar porque temo cómo lo voy a hacer y Donald se toma mi silencio como una invitación a que continúe—.
Ana, creo que me ha dicho que se llama. Es una yonqui asquerosa, ni siquiera sé cómo sigue viva, aunque lleva tantos años en la calle que es como un animal rabioso.
Está enfadada con el mundo y no le importaría ensañarse con su hija.
Doy dos zancadas, lo cojo del cuello, aplastándolo y golpeándolo con la puerta.
Mis dedos se clavan en su piel con ganas de cerrarle las vías respiratorias.
Pero, cuando soy consciente de que esto es lo que quiere, empiezo a aflojar el agarre.
El viejo tose, se acaricia la zona dañada y me mira con el semblante rojo por el enfado y la falta de aire.
Después, me señala con un dedo y escupe al hablar, por la ansiedad que le provoca la situación.
—Voy a hacerte daño, niñato, voy a arruinarte, ya sea económicamente o haciéndole daño a tu puta española.
Voy a perseguirla, a seguir envenenando a su madre y a pagarle lo que haga falta a ese viejo de William hasta conseguir que no quiera ver a su nieta ni en pintura.
—Me contengo para no soltarle lo que pienso hacer con él—.
Estás equivocado si crees que te has quitado de encima a mi hija. No pienso dejar que eso suceda.
Abre la puerta de forma brusca y la cierra con un portazo al salir, que provoca un sonido sordo a mi alrededor.
Mi pecho sube y baja sin ritmo alguno, y me obligo a tranquilizarme por miedo a perder los papeles.
Saco el teléfono del bolsillo de mi bata y marco el número de otro de mis nuevos abogados, cortesía de Dan.
Cuando me cogen la llamada, aprieto el móvil con fuerza.
—Empezad ahora mismo.
***
Unas horas después —igual de cabreado, aunque algo más aplacado— decido salir de la consulta para tomar un café.
Por el pasillo voy leyendo los mensajes que Dan me ha ido enviando sobre lo que va a pasar en cuanto los medios nos den una respuesta, cuando me detengo de bruces en el pasillo al encontrarme con Ava girándose hacia Crystal.
Me guardo el móvil en el bolsillo, dispuesto a separarla de ella, y oigo a Ava hablar.
—No quiero enfrentarme ni a ti ni a nadie, solo he venido a ver a Zeus.
—Por la cara de Crystal, que es la que tengo delante aunque intento hacer que no me vea, me doy cuenta de que no es lo que creía que escucharía—.
Lo siento, siento muchísimo cómo ha pasado todo —continúa Ava, y eso hace que Crystal tense el rostro y yo sienta un puño atravesándome el estómago.
No quiero que se disculpe—. Lo hice muy mal, lo hicimos muy mal.
Pero ambas sabemos que tu relación ya estaba muerta, tú misma te encargaste de ello cuando engañaste a Zeus con su mejor amigo.
Crystal la mira pasmada, bajando los brazos con cuidado, como si sus palabras le hubieran afectado de verdad.
Pero ¿a quién quiero mentir? No creo que nada ni nadie logre hacer que Crystal se arrepienta de sus acciones.
Aun así, admiro a mi chica por plantarle cara.
Algunos compañeros me ven cómo intento esconderme en la esquina, pero me da igual. No pienso quitarles el ojo de encima.
—No hay ganadora. —Agudizo el oído cuando suena de nuevo la voz de Ava—.
Zeus no es ningún premio y su fortuna tampoco.
Sé que lo quieres, intentas camuflarlo, pero se te nota a leguas.
Y bien sabe Dios que te odio más por eso que por tu infidelidad, porque no te mereces quererlo ni un poco.
—Sus palabras se me clavan en el pecho; joder, estoy loco por ella—.
Lo que te voy a decir puede parecer una idiotez, pero, aun después de toda esta guerra, no quiero seguir así.
En el fondo creo que actúas sin pensar. —Hace una pausa sin moverse ni un milímetro—.
No espero que seas mi amiga, pero tampoco quiero odiarte más, Crystal.
Solo deseo tenerte fuera de mi vida y de la de Zeus, y que nosotros podamos salir de la tuya.
Sé que eres una gran profesional y, además, guapísima, aunque decir esto me vaya a traer represalias contigo.
¿Por qué no empiezas a quererte un poco más y dejas de jodernos a todos?
Con la mirada fija en ella, Crystal aprieta las manos en un puño y ahora sí creo que tendré que ir a separarlas, pero no.
La mujer que un día fue mi prometida agacha la cabeza, asiente en silencio y se dirige a los ascensores.
Me toma un momento procesar lo que esto puede significar, y estoy justo pensando en ello cuando me fijo en que Ava va a darse la vuelta para venir hacia aquí, así que no me queda otra que regresar a mi consulta.
Al entrar, cierro y me siento en la silla para disimular.
Segundos después, la puerta se abre y mi preciosa novia asoma la cabeza.
Creo que va a saludarme con su sonrisa encantadora, pero frunzo el ceño al ver que mira a su alrededor, entra en silencio, echa el pestillo y tira el bolso a un lado.
La observo mientras se aproxima a mí con los ojos encendidos y se deshace de la camiseta.
El pantalón me presiona contra la inminente erección que me ha provocado en décimas de segundo.
—He tenido unas palabras con tu exprometida —dice, abriéndose el botón del vaquero y asiento mientras trago saliva—. Necesito destensarme, cielo.
Oh, joder. Me levanto de un salto y voy a por ella; la tumbo en la mesa del escritorio cuando me quedo sin ropa, a excepción de la bata —por petición de mi salvaje mujer—, y le abro las piernas.
Miro su desnudez, llevo la punta de mi miembro a su entrada y me clavo en su interior con un gruñido grave.
***
Cuando Ava se fue, después de nuestro erótico encuentro y de que comiéramos juntos, he pasado el resto de la jornada mucho mejor.
Estaré encantado de recibirla así siempre.
Se me forma una sonrisa mientras salgo del hospital y me dirijo al coche.
Hoy, Marc, después de lo que me dijo Donald esta mañana, no se ha movido del lado de Ava.
Él y Dan son los únicos que saben que ese hijo de puta la está siguiendo.
Me subo al Porsche y, en vez de dirigirme a mi ático, voy a una de las cafeterías que tengo en Brooklyn y decido que mi padre me acompañe. Desde que se jubiló, pasa mucho tiempo en el club con otros empresarios jubilados, así que no le vendrá mal salir un rato conmigo.
Cuando llego, él ya me está esperando en la puerta. Me acerco y le doy un abrazo al saludarlo.
—¿Dónde está mi nuera favorita? —pregunta haciéndome sonreír.
—Tenía trabajo, pero oye, yo también me alegro de verte, ¿sabes?
Mi padre suelta una carcajada, pues es consciente de que bromeo. Me encanta que quiera tanto a Ava. Antes de cruzar la puerta del local, me palmea la espalda.
—Siempre fuiste un crío muy celoso.
Niego con la cabeza sin ocultar una sonrisa y entro detrás de él.
El interior es igual que en las otras, techos altos, paredes clásicas, mobiliario sofisticado y tranquilo, música ambiental y decoración con plantas de hojas verdes.
Mi padre y yo ocupamos la mesa que está al fondo.
No tengo nada que hacer aquí, pero Dan me envió unas fotos de Ana y su padre —que le había conseguido un contacto— y solo quería comprobar si vienen por esta zona alguna vez, aunque las probabilidades son muy bajas.
Pero no me importará volver mañana, ni pasado mañana, ni…
—Buenas tardes. ¿Qué desean tomar?
Un camarero joven me saca de mis pensamientos.
Le echo un vistazo, comprobando que tiene buena presencia, y pido mi consumición mientras lo observo trabajar.
Cuando nos ponen las bebidas, mi padre y yo nos sumergimos en una conversación sobre el hospital, sus clases de gimnasia con el entrenador personal, mis negocios con las cafeterías, y es inevitable que salga Ava de nuevo.
Lo escucho contándome lo fantástica que es y lo feliz que está por nosotros, y el pensamiento que llevaba rondándome días vuelve a mi mente como un rayo.
Desde que la idea de formar una familia con Ava se me pasó por la cabeza, también se me ocurrió la de mudarnos a otro sitio, y me estoy volviendo loco por no hablarlo con nadie.
Dan está muy ocupado con los clubs, el restaurante y lo mío; a Marc ya casi no lo veo porque prefiero que esté con Ava, y bueno, a ella no voy a decírselo aún. Mejor esperar un poco.
—¿Puedo pedirte opinión sobre algo?
—Por supuesto, ¿qué ocurre?
—Bien —digo, buscando las palabras—. Ava y yo llevamos apenas unos meses juntos y puede que pienses que me estoy precipitando, teniendo en cuenta lo que está pasando con Crystal, pero…
—¿Pero…?
—Me gustaría mudarme con ella.
—¿No vivís ya juntos? —pregunta sorprendido.
Me paso una mano por el pelo, algo nervioso. Nunca había tenido que hablar de esto, pues, si he querido hacer algo, simplemente lo he hecho. Pero con Ava quiero actuar bien y tomar las decisiones correctas.
—Quiero comprar una casa.
Mi padre levanta las cejas y, después de un silencio, le da un sorbo a su té.
—Vale. Pasé por esta conversación con tu hermana, pero no contigo. Supongo que tenerla ahora que tienes treinta y cuatro años tiene la misma importancia que si lo hubiera hecho hace diez. Pero, si te soy sincero, hijo, no sé cómo mantenerla contigo. Nunca has necesitado que nadie te aconseje.
Asiento, lleva razón, pero supongo que las cosas están cambiando.
—Necesito que seas sincero —digo, y él sonríe.
—¿La quieres, Zeus?
—Por supuesto que sí.
—¿Te has arrepentido de hacer algo con ella en este tiempo?
—En absoluto.
Mi padre se reclina en su asiento mientras no dejo de mirarlo.
—¿Crees que te arrepentirías de algo?
—Nunca me replanteo nada que tenga que ver con ella.
Mi padre sonríe de nuevo y pone una mano en el hombro.
—Te dije que algún día una mujer te haría perder la cabeza. —Asiento, recordando esa conversación en el quincuagésimo aniversario del hospital—. Si quieres a esa mujer, ve a por todas como yo hice con tu madre.
Me tomo un momento para pensar en ella y en lo contenta que estaría por Ava y por mí. Mi madre era una persona muy emocional y empática. Era maravillosa. Sintiéndola más que nunca, miro a mi padre.
—Había pensado en Pelham Manor.
Me fijo en cómo la espalda de mi padre se tensa al escuchar ese nombre. Sus manos dejan de mover la bolsa de té y se toma un instante antes de girar la cabeza y mirarme. Noto cómo el recuerdo y la añoranza lo invaden, y casi me arrepiento de habérselo dicho.
—Es donde tu madre creció —comenta emocionado.
—Sí, lo sé —respondo, aunque no era una pregunta, y no puedo evitar sentir el dolor en el pecho.
Con su mirada clavada en la mía, evalúa la situación y veo cómo divaga por los recuerdos en el cambio de expresión de su rostro.
Pelham Manor fue mi primera idea de hogar cuando pensé en ofrecerle a Ava comprar una casa; solo espero que ella acepte.
Mi padre me abraza, tomándome por sorpresa, y le devuelvo el abrazo.
—Vais a ser muy felices, hijo —asegura sin soltarme, con la emoción en la voz.