A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 27
63%

Capítulo 27

No llegamos muy tarde de los Hamptons porque esta noche me toca guardia, por eso ahora estoy preparando algunas cosas para llevarme al hospital.

Ava, ya con el pijama puesto, me mira desde la cama.

Desde que vivimos juntos he intentado evitar estos turnos pasándoselos a otros, pero no puedo seguir haciéndolo, y me mata tener que marcharme.

Es la primera vez en todos mis años de carrera que detesto irme al turno de noche. Cuando Crystal vivía aquí, solía hacer muchos.

—¿En qué piensas? —pregunta y evito mirarla, pero me conoce demasiado—. Vamos, dímelo.

Suelto aire por la nariz, diciéndome una y otra vez que tampoco pasa nada si no quiero que esté sola. Cualquier novio se preocuparía por ello, ¿no?

—Que tengo turno de noche, honey . No me gusta irme y dejarte en casa.

Cierro la cremallera de la bolsa y me acerco a la cama para sentarme con ella. Me rodea con los brazos y se sienta sobre mi regazo.

—Se pasará volando. Cenaré algo, puede que vea la tele y me vendré a dormir. Cuando abra los ojos, estarás aquí de vuelta.

Sigue sin gustarme la idea, por mucho que reparta besos por toda mi cara, me abrace y tire del lóbulo de mi oreja, juguetona.

Estoy a punto de besarla cuando me suena el teléfono.

Me estiro hacia la mesita de noche, aún con Ava sobre mí, y lo cojo.

Frunzo el ceño al ver que es mi hermana y voy a saludarla cuando…

—Zeus, mi hermano favorito.

Entrecierro los ojos al oírla.

—¿Qué necesitas, Amber?

Ava se acerca más al móvil para oír lo que sea que vaya a decirme. Le muerdo la mejilla al tenerla tan cerca, haciéndola reír por lo bajo.

—Que te quedes con tus sobrinos.

Eso me pone en alerta, Amber no suele pedir ese tipo de cosas por mucho que mi padre y yo nos ofrezcamos. No quiere ser dependiente o, al menos, eso es lo que siempre dice.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Tengo una cita.

De repente, no pienso. ¿Una cita? ¿Desde cuándo las tiene? ¿Dónde lo ha conocido? ¡Si dice que no tiene tiempo!

—¿Que tienes una cita? —pregunto incorporándome de golpe y Ava me observa, sorprendida—. ¿Desde cuándo tienes citas? ¿Con quién?

Escucho lo que me dice Amber, que si ella es la mayor, que si no la interrogue… pero insisto en saber algo más, aparte de sus quejas, y consigo que resople.

—Relájate, Zeus. Hace semanas conocí a un hombre, pero ese no es el caso, lo importante es que…

—Perdona, ¿qué? ¿Semanas? —Estoy alucinando. Miro a Ava para ver si ha escuchado algo y la pillo sonriendo—. ¿Por qué parece que soy el único que no lo sabe? ¿Por qué se está Ava riendo?

Escucho a mis sobrinos hablar por detrás, mientras Amber suelta un bufido.

—Porque fueron las chicas las que programaron la cita a ciegas la noche que salimos todos.

Al recordar esa noche, la miro de nuevo, vaya vaya con mi chica. Reprimo una sonrisa porque, en su cara, veo que está disfrutando demasiado con esto.

—Zeus —me llama mi hermana—, ¿vas a poder quedarte con los niños? Siento llamarte de manera tan precipitada, pero no he tenido ni un momento tranquilo hoy. Los recogeré pronto, te lo prometo.

Lo pienso; en realidad, no está tan mal. Los niños y Ava se caen muy bien, seguro que disfrutarán juntos. Además, así Ava no estará sola por la noche y mi hermana podrá salir tranquila.

—Sí, claro. Le pediré a Marc que los recoja.

—No es necesario, Malcolm nos llevará a tu apartamento en un rato.

—¿Estás segura de esto? —pregunto preocupado por los sentimientos de mi hermana. No quiero que se ilusione y algún capullo le haga daño.

—Sabes cómo soy, Zeus; si no estuviera segura, no seguiría viéndole. Ahora voy a preparar a estos diablillos para soltarlos en tu casa.

—Está bien, pero yo tengo guardia. Voy a preguntarle a Ava. —Cuando me giro hacia ella para hacerlo, está sonriendo y con los pulgares hacia arriba. Niego con la cabeza, divertido, adora a mis sobrinos y ellos a ella, sabía que aceptaría—. Está bien, Amber.

Sin escuchar lo último, me cuelga y dejo el teléfono sobre la cama. Ava me mira desde el otro lado del colchón, esperando mi reacción. La agarro del tobillo, la arrastro hasta mi cuerpo y la subo a mi regazo de nuevo.

—Así que vas de celestina, ¿no? —No estoy para nada molesto, al contrario, me encanta saber que mi hermana y mi novia se llevan tan bien.

—Al poco tiempo de conocernos, Amber me contó lo que le pasó al padre de los niños y también cuánto tiempo llevaba sin conocer a nadie por miedo a volver a sufrir. Jess hizo un perfil en Tinder y vimos a Malcolm. Nos gustó y decidimos…

—¿Cómo que os gustó? —Le muerdo la barbilla haciéndola reír.

—A las chicas, les gustó a las chicas, yo solo… —Se toca el colgante y se muerde el labio, señal de que mi preciosa celestina está mintiendo. Le hago cosquillas—. A mí también, pero para…

— Honey …—le advierto, metiendo la mano por debajo de la camiseta de su pijama—. ¿Cómo que a ti también? —De pronto, ya no me hace tanta gracia la broma.

—No me estás entendiendo, ¿vale? —Me mira recelosa, aunque escondiendo una sonrisa—. Me gustó para tu hermana. Yo soy más de tipos gruñones, sexis y de ojos oscuros.

—Vamos, nada que ver conmigo.

Me observa un instante y se parte de risa.

Joder, adoro cuando se ríe. Es tan dulce.

Le paso las manos por la cintura y la atraigo hacia mí para besarla.

Después me asegura que los niños dormirán en nuestra cama, pues teme que lloren si se quedan en la de invitados, y me cuenta las ganas que tiene de ver a mis sobrinos y lo adorables que son.

«Seguro que será una madre increíble». El pensamiento me cruza la cabeza tan rápido que no me da tiempo a procesarlo.

¿Madre? ¿A qué viene esto ahora? La atraigo y la beso para despejar la mente.

Ella me recibe encantada, pero cuando empezamos a acariciarnos por todas partes tengo que obligarme a parar, pues debo marcharme ya y no puedo demorarme.

Salgo del dormitorio con ella aferrada a mi cintura y la bolsa en la mano. Me detengo frente al ascensor. Tarda en soltarse para dejarse caer al suelo y a mí no me resulta fácil apartarme de ella. Le acaricio el pómulo con los nudillos.

—Nos vemos por la mañana, honey. No dudes ni un segundo en llamarme si pasa algo.

Cuando la acaricio, suelta un ruidito que me calienta la sangre y luego me mira a los ojos.

—No va a pasar nada. Los niños y yo nos iremos a dormir pronto, y estarás aquí enseguida.

Asiento, sin poder decir nada más, y entro en el ascensor pensando en lo que me ha atravesado como una flecha: «Los niños y yo». Aunque no sé qué temo más: si lo que he sentido ha sido miedo o todo lo contrario.

***

Cuando regreso al ático, la luz del amanecer empieza a colarse por las ventanas bañando de sombras y de un color anaranjado toda la estancia. Me descalzo, dejo las cosas y me voy directo al baño que está fuera del dormitorio. No quiero despertarlos con el ruido de la ducha.

Unos minutos después, entro en la habitación y me quedo petrificado al verlos.

Desde que me despedí anoche de ella, no he dejado de pensar en cómo sería formar una familia.

Dios, solo llevamos meses saliendo. Cierro los ojos intentando calmarme.

Cuanto más me acerco a la cama, más me apetece meterme, acurrucar a Ava y dormirme.

Ha sido una noche durísima: una operación programada y otra de urgencia.

Esta ha sido horrible, una rotura por varias zonas y demasiadas horas de quirófano.

Cuando me detengo al pie de la cama, observo a Ava encogida en un extremo del colchón y a los niños en el centro, ocupando todo el espacio libre.

Tendría que haberla advertido de que Seth es como una culebrilla durante la noche.

Aun así, no parece que Ava esté incómoda, pues duerme plácidamente.

Antes de acercarme más, entro de nuevo en el baño, aunque esta vez en el de nuestro dormitorio, y me cepillo los dientes.

Estoy guardando las cosas cuando escucho un ruido detrás de mí.

Me vuelvo despacio, temiendo haber hecho demasiado ruido y haberlos despertado.

Entonces me encuentro a Seth frente al inodoro, acciona la cisterna y tiene intención de marcharse, pero me adelanto a sus movimientos y, para que no se golpee con la puerta, coloco una mano en el marco a la altura de su cabeza.

Al chocar con el dorso de mi mano, aguanto la respiración, temiendo que se despierte del todo, pero sigue pareciendo adormilado, así lo cojo en brazos y lo llevo de vuelta a la cama.

Ava, que ya se había levantado, vuelve a sentarse en el colchón y me observa mientras dejo al niño a su lado.

—Te dije que volverías pronto —me saluda en un susurro y estira los brazos para que me acerque y la bese.

Sonrío. Dos operaciones largas y unas horas en la sala de descanso no es decir que se haya pasado rápido, pero no la contradigo.

—Sí, mi amor. —Vuelvo a besarla—. Sigue durmiendo.

Pero se incorpora y abre los ojos más.

—¿No te vas a tumbar a mi lado? Vamos, cielo, cabemos de sobra.

Tengo que reprimir una risa al ver de nuevo cómo Seth ha ocupado todo el espacio.

Miro el colchón de nuevo y, después, a la mujer de pelo despeinado que me suplica dormir con ella.

¿Cómo voy a negarme con esa cara tan preciosa?

Esbozo una sonrisa y me inclino para besarla en los labios, luego, voy al otro extremo de la cama y me tumbo boca arriba, dejando a los niños entre nosotros.

Por una milésima de segundo me permito imaginar cómo sería que mi propia familia me esperase en casa después del trabajo.

La observo con detenimiento por encima de los cuerpos dormidos de los niños, mientras lucha por no cerrar los ojos para mirarme también y, como puedo, paso el brazo por detrás de las cabezas de mis sobrinos y le acaricio el cabello, sintiendo cómo me gana el cansancio en cuanto su pelo me roza los dedos.