A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Cuando enciendo el ordenador en la consulta, entro en mis correos y veo que, por fin, está el que tanto tiempo llevo esperando.

Hace ya casi un mes desde que Lucas se fue y, aunque hemos estado en contacto, no habíamos adelantado nada hasta ahora.

Leo lo que me dice y sonrío con satisfacción. Ya te tengo, Donald de los cojones.

Me río alucinando mientras leo todos los contratos que Lucas ha estado redactando para los diversos medios de prensa a los que vamos a entregar la información recabada.

El tipo que conoce Dan ha encontrado más basura sobre ese indeseable, incluyendo pruebas e imágenes.

Joder, ¿cómo ha podido estar esto enterrado tantos años? Décadas, maldita sea.

Al terminar de verlo todo, le doy las gracias a Lucas con otro correo y apago el ordenador.

Aunque no me quito de la cabeza lo que ha hecho Donald, me paso toda la jornada sintiéndome más ligero después de la noticia de Lucas.

La sensación me acompaña mientras salgo del hospital y hasta el coche, porque en cuanto veo un mensaje en el móvil, algo oscuro se apodera de mi mente.

Ava: Jayden quiere que trabaje

en su empresa para hacer un

calendario de empleados,

¡que emoción!

Puto crío de los cojones. Estoy al límite de mi paciencia y me importa una mierda que sea el primo de Dan, voy a dejarle bien claro —a mi manera— que debe mantenerse alejado de ella.

Aprieto el móvil con fuerza y subo a la parte de atrás del todoterreno de Marc, que me espera a un lado del aparcamiento.

Intento calmarme y empiezo a escribir una respuesta, pero otro mensaje de ella llega antes.

Ava: Zeus, por favor. Alégrate

por mí, es un trabajo que estará a la mano de todo el mundo. Habrá miles de personas que verán esas fotos y podrían requerir mis servicios. ¿¡No es genial!?

Joder, por supuesto que lo es, y me alegro muchísimo por ella. Además, en el fondo sé que, aunque también lo hace por estar con ella, Jayden va a conseguir darle un buen empujón al negocio de Ava. Resoplo cuando el coche empieza a moverse y tecleo una respuesta.

***

A la mañana siguiente, como es sábado y no tengo ninguna operación ni hago noche hasta el domingo, decido llevarme a Ava a una casa que alquilé anoche mientras se daba una ducha.

En cuanto se durmió, hice una maleta rápida con ropa interior, un par de bikinis, el vestido rojo que le sienta tan bien y las sandalias de tacón que le quedan tan sexys . También metí ropa para mí, claro.

Sé que tiene trabajo hoy hasta casi las doce de la mañana, por eso he esperado a esa hora para sorprenderla en el estudio .

—Hola.

Maddison levanta la cabeza de un libro de estudios y me sonríe. Con el movimiento, el moño en el que lleva recogido su pelo rubio y azul se mueve. Deja el bolígrafo y se pone en pie para darme un abrazo.

—Hola, Zeus. ¿Qué tal?

—Muy bien, vengo a recoger a Ava —respondo y señalo los libros con la cabeza—. ¿Cómo te va?

—Algo agobiada, estudiar plantas no es tan fácil como parece. —Compartimos una sonrisa y ella mira la puerta—. Pensaba que Marc siempre la recogía.

Quizás Ava sí lleva razón y estos dos se gustan.

—Ya, pero voy a llevar a Ava a los Hamptons. —Al ver su cara de felicidad, le pido discreción.

—Le va a encantar.

—Eso espero. —Doy una palmadita en el mostrador y me despido—. Voy a buscarla.

De camino al estudio, decido pasar por casa de Marga y darle tiempo a Ava.

Sé que la anciana sabe que me contó todo, pero no he podido hablar con ella al respecto.

No podría guardarle rencor ni aunque me esforzara, es una mujer muy cariñosa y nos ha tratado siempre bien a todos.

Solo quiero que me cuente su versión de la historia a solas y, tal vez, responderme a algunas preguntas sobre William.

Pero cuando llamo, no responde nadie. Entonces pulso el botón del ascensor para ir hasta la planta de Ava.

Desde el vestíbulo veo la puerta abierta; llega música y se oyen algunas voces provenientes del interior.

Justo cuando voy a entrar, una familia sale, todos tienen una gran sonrisa y el niño lleva una piruleta en la mano.

Y yo, como un imbécil enamorado, sonrío al contemplar la escena.

Me apoyo en el marco de la puerta y me quedo observándola.

Hoy se ha puesto un vestido rosa claro, atado al cuello y con la espalda descubierta, lo que deja claro que no lleva sujetador.

A veces, al moverse, se le asoman las puntas de los pies bajo la tela y veo sus uñas pintadas de blanco.

Ava empieza a recoger el decorado que ha utilizado hoy: cojines grandes de algodón que han simulado ser nubes, piruletas enormes y globos de colores.

Guarda dos cámaras de fotos en sus respectivas fundas y, cuando va a colocar en su sitio un trípode, empiezo a caminar hacia ella.

Conforme me acerco, me doy cuenta de la sonrisa que tiene en los labios y la pillo mirándome de reojo: sabía que yo estaba aquí.

Avanzo rápido y la atrapo entre mis brazos, haciéndola gritar y reír.

—Hola —me saluda pasando los dedos por mi pelo.

—Tengo una sorpresa para ti —comento con muchas ganas de llevarla a nuestro destino.

Me da un beso fugaz y se separa de mí, apaga las luces, baja las persianas y me espera en la puerta para que salga con ella. Después conecta la alarma de seguridad y nos dirigimos al ascensor cogidos de la mano.

—¿No me preguntas dónde iremos?

Me mira y niega con la cabeza, sonriente. Luego se acurruca contra mí.

—¿Para qué? —pregunta cuando las puertas se están abriendo—. Si vas tú, voy donde haga falta.

Sale del ascensor como si nada y tengo que dar un paso hacia adelante para no quedarme atrás. La veo saludar a Maddie y le cuenta que le he preparado una sorpresa, pero que aún no sabe qué es. Al despedirnos de ella, esta me sonríe cómplice, pero no dice nada.

—Me encanta conocer el mundo contigo, mi amor.

Esta vez la detengo, me da igual que sea en medio del callejón, pero lo hago. No puede decirme esas cosas y esperar que no la bese, la abrace o me meta dentro de ella, joder. Le paso el pulgar por el cartílago de la oreja y la beso cerrando los ojos, absorbiendo todo lo que me hace sentir.

***

Tres horas después estamos instalados y paseamos por la playa de Los Hamptons.

La brisa marina levanta el pelo de Ava con delicadeza y el sol va ocultándose poco a poco en el horizonte.

Me encanta cómo atesora estos momentos, cómo alucina con lugares y cosas que yo ya estoy harto de ver o tener. Me hace sentirme vivo constantemente.

—No puedo creer que me hayas traído aquí —comenta con la emoción en la voz, mirando a su alrededor—. He leído sobre esto en libros, incluso lo he visto en alguna película o serie americana, pero ¿estar aquí? Es una fantasía.

—Tú sí que eres una fantasía —digo tirando de su brazo cuando llegamos a los aparcamientos donde tengo el coche. Suelta una risita que me vibra por todas partes y la beso—. Vamos a buscar algún restaurante donde cenar, antes de que te coma a ti.

Entre besos y bromas conseguimos avanzar y seguimos paseando con tranquilidad por la zona. Es relajante ir por aquí con ella a mi lado, hablando sin parar y riendo por todo.

Tardamos un rato en decidir, pero al final entramos en un italiano.

Pedimos el mejor vino de la carta y nos bebemos lo que nos apetece hasta que elegimos pizza para cenar.

No era mi primera opción, pero a Ava le hace ilusión, y no tengo inconveniente en concederle todo lo que pida por esa boca que tantas ganas tengo de devorar.

Pasamos una hora y media hablando, riendo, soñando e incluyéndonos en el futuro a largo plazo del otro, con comentarios como: «Tengo muchas ganas de ver la cara que pones cuando te cuente qué firmas de ropa o calzado importante me contratan para desfiles o reportajes» o «El verano que viene tenemos que volver aquí» o «Los Hamptons son mucho más bonitos ahora que tú has venido».

Bien entrada la noche, llegamos a la acogedora y moderna casa que he alquilado.

Ni siquiera me da tiempo a detener el motor cuando ya estoy besándola y ella intenta desabrocharme el pantalón.

Tengo que detenerla porque todavía estamos en el coche.

Pero en cuanto cierro la puerta de la entrada detrás de ella, pego su espalda contra la madera y voy de cabeza al postre.

***

Noto cómo el colchón se hunde a mi alrededor, así que abro los ojos para ver qué ocurre.

La luz del amanecer baña la habitación porque la persiana no está del todo bajada y las cortinas blancas están descorridas.

Me encuentro con Ava de pie sobre la cama, vestida con una camiseta de manga corta mía que le llega hasta las rodillas; el pelo lo lleva suelto y hacia un lado.

Está preciosa. De pronto, una cámara de fotos le cubre el rostro.

—Buenos días, nena. —Mi voz es apenas un susurro cargado de lo que me provoca tenerla así.

—Buenos días. —Se aparta un poco la cámara y sonríe—. Me apetecía fotografiarte mientras duermes.

Parpadeo varias veces y también sonrío. Es la primera vez que me despierto con una mujer casi desnuda haciéndome fotos, y podría repetir esto todos los días, encantado.

Estiro los brazos por debajo de la almohada, disfrutando de las vistas y de la maravillosa sensación que supone hacer cosas tan normales con ella.

Sigue en su labor, colocándose ahora sobre mí, con un pie a cada lado de mis caderas.

Una posición peligrosa y tentadora. De inmediato me apoyo en los codos y casi se me cae la baba.

—¿Podrías dar unos pasos más hacia mí?

Ava da un paso cortísimo y sonríe dejando el brazo caer con la cámara en la mano.

—¿Está bien así? —pregunta jugueteando con sus labios.

Niego con la cabeza, mirándola de arriba abajo y deteniéndome en sus piernas desnudas, que se pierden debajo de mi camiseta. Ava da dos pasitos más, quedando a la altura de mis pectorales. Quiero meter la cabeza debajo de la ropa, pero me contengo, soltando aire por la nariz.

—Un poco más, nena —digo entre dientes, con la respiración acelerada.

Hace lo que le pido y se coloca justo donde deseo.

Lo que tengo encima eclipsa todo a su alrededor y atrae toda mi atención.

Me inclino más, escondo la cabeza entre sus piernas y devoro el desayuno.

Cuando se agita, la sujeto con fuerza con una mano y con la otra me apoyo en el colchón.

Lamo, chupo y muerdo con el cuello estirado.

—¡Ah! Sí —jadea ella, empezando a sentarse sobre mi cara. Enseguida suelta la cámara y se agarra al cabecero.

Me la como entera. Paso la lengua por su entrada varias veces hasta que empieza a gritar y a retorcerse. Se me hincha la polla con una palpitación casi dolorosa al notar cómo mueve las caderas y se restriega contra mi cara.

—Quítate la camiseta —ordeno con su clítoris entre mis dientes al notar que me da en la cara y no tarda en hacerlo.

Absorbo ese jodido botoncito que siempre tiene tan activo, sensible y eléctrico. Abro la boca y rodeo su sexo, empapándome la barbilla; después, introduzco un dedo y otro más. Ava se retuerce, gime, me tira del pelo y se mueve enloquecida. Estoy en el puto paraíso.

—Joder, voy a follarte muy fuerte, nena —digo cuando se ha separado un poco, viendo cómo mis dedos entran y salen de ella.

—Sí… Sí, sí, sí… —Cierra las piernas a mi alrededor, absorbiéndome el índice y el corazón, presionándome la cabeza con los muslos—. ¡Madre mía, Zeus! ¡Sí!

Cuando se relaja, escucho su respiración y la risa de satisfacción. Me muevo y la tumbo en la cama, abro sus piernas y me hundo en ella. Listo para seguir todo el día.