Capítulo 24
Estamos a mediados de agosto y, aunque hace casi quince días que Ava me contó lo que pasó con Jayden, me ha costado mucho dejar de pensar en ello.
No es que a ella le dijera una cosa y en el fondo pensara otra; lo que le dije era verdad.
Sé que nuestro comienzo ha sido una puta mierda: nos mentimos, ocultamos verdades y desconfiamos por todo lo que arrastrábamos cada uno, pero ambos sabemos que eso se terminó.
No lo llamará más para que la consuele. Eso se acabó.
Unos toques en la puerta de mi consulta me sacan de mis pensamientos. Cuando no estoy en quirófano, estoy aquí, donde suelo reunirme con los especialistas antes de las operaciones. Levanto la mirada.
—Adelante.
El traumatólogo entra y se sienta frente a mí tras saludarme.
Después, me da los informes de una mujer de cincuenta años; al parecer, lleva semanas con un dolor persistente en la rodilla izquierda.
Mi compañero me cuenta que la rigidez de la zona afectada y la inflamación apuntaban a una posible rotura de menisco.
Tras realizarle las pruebas pertinentes, se ha confirmado la rotura, provocada por una lesión ósea severa.
Cuando se producen este tipo de fracturas, el paciente puede seguir su vida con normalidad si el dolor es leve, ya que no requiere intervención.
Sin embargo, en el caso de esta mujer, sí ha sido necesario, pues han tenido que sacarle líquido de la rodilla.
Hablamos de los riesgos de la operación y concretamos la fecha.
Después, nos despedimos y salimos juntos de la consulta, aunque en direcciones diferentes.
Bajo a por algo de picar a la sala de descanso y regreso a mi consulta.
Apenas me he sentado con la idea de llamar a Ava y preguntarle cómo va su día, cuando la puerta se abre y aparece Crystal ante mí.
Me la quedo mirando, me levanto de la silla y tengo intención de echarla hasta que la muy… me da un manotazo.
—¿De verdad quieres que hable de tu puta aquí fuera? —pregunta con soberbia. Me acerco más a ella, iracundo, y antes de perder los papeles la empujo dentro y cierro con el pestillo—. Me lo suponía.
Suelta una risa, pero a mí no me hace ni puta gracia.
La miro mientras se atreve a sentarse e incluso a morder la manzana que acabo de subir y he dejado sobre el escritorio.
Mastica y clava sus ojos claros en mí. Lucas ya está trabajando en los procesos legales respecto a los Lewis, y no veo la hora de que salga el tema por todas partes y los destruya.
—¿Qué cojones quieres, Crystal?
—Joderte el día.
—Felicidades, lo has conseguido en cuanto has entrado.
Se levanta, estira los labios en una sonrisa y me pone una mano en el pecho, pero me aparto con un gruñido.
—No, qué va. Esto es mucho mejor.
—Dilo de una puta vez —bramo y veo como intenta disimular que le afecta.
—Nos he conseguido algo para los dos.
Me quedo estático.
—¿De qué hablas?
—Shhh —dice demasiado cerca de mi cara—. Solo ten paciencia, ya llegará.
Abro los ojos, pero no hago nada cuando sale de la consulta.
***
Me paso todo el día pensando, dándole vueltas, con el cuerpo en tensión porque la sensación de que algo terrible está al acecho me oprime los pulmones y solo consigo respirar cuando, horas después, entro en el ático y veo a Ava preparar la cena.
Necesito tenerla entre mis brazos, estrecharla, como si al soltarla pudiera desvanecerse.
Camino hacia ella despacio y ahoga un grito que se convierte en risa cuando la alzo en volandas y la siento sobre la encimera.
El corazón me va muy rápido, como siempre que está cerca.
Me acomodo entre sus piernas, ella se mueve y algunos objetos que estaba utilizando caen al suelo, pero nos da igual.
Su necesidad es tan evidente como la mía.
Los dos estábamos desesperados por estar en los brazos del otro.
—Me urge estar dentro de ti, nena —confieso en su cuello.
Ava asiente con la boca entreabierta, ya tiene las mejillas rojas de excitación y empieza a deshacerse de mi chaqueta.
Rompo los tirantes de su camiseta de lycra negra y la deslizo hasta que le queda a la altura del ombligo.
Devoro sus pechos y gime cuando me los meto en la boca, cuando los muerdo y chupo hasta que le duelen. Joder.
—Tómame, cariño —suplica mientras me quita la camisa, haciendo que los botones caigan al suelo.
Le quito los pantalones cortos que lleva y ella me desabrocha el cinturón con prisa para bajar la cremallera del pantalón de mi traje.
Ahoga una exclamación cuando le arranco el tanga y su culo toca el frío del mármol.
Echa la cabeza hacia atrás al poner la mano en su sexo caliente y veo cómo las puntas de su pelo barren la encimera.
Lo quiero todo para mí. No quiero que nada ni nadie más la toque.
Me quito toda la ropa que me queda, la levanto de la encimera y me rodea el torso con las rodillas mientras la sostengo en medio de la cocina.
Rugimos cuando mi polla toca su entrada y no sé si es un suspiro o un gruñido —o ambas cosas mezcladas— lo que sale de su boca cuando entro hasta el fondo sin avisarla, pero suena delicioso y me hace palpitar la erección.
La follo aquí en medio, sin apoyarla, sin sujetarla contra algo, ni tumbarla en la cama o el sofá.
Jadea, me besa, me muerde y me presiona en su interior, mientras no puedo hacer más que mirarla y tenerla solo para mí.
Nadie más. No quiero que corra hacia nadie que no sea yo.
Muevo las caderas y la embisto con fuerza mientras la aguanto por la nuca cuando arquea la espalda y flexiono más las rodillas.
Ni el puto Jayden, ni su madre biológica, ni ese abuelo que está por ahí, ni los Lewis…
Ava grita mi nombre y me envía el placer por todas partes como descargas. Siento el orgasmo y me hundo con más fuerza, corriéndome con ella a la vez, sin importarme si hemos estado mucho tiempo haciéndolo o poco. Ha sido increíble, y no puedo dejar que nada me la arrebate.
Respiro agitado, con su cuerpo en mis brazos rodeándome con su desnudez. Apoyo la frente en la suya y nuestras respiraciones cálidas se unen. No, joder, no puedo vivir sin esto… sin ella.