Capítulo 23
Hoy es el último día en la casa de la familia de Zeus. Solo hemos podido venir tres días, y mañana saldremos temprano.
Cuando termino de recoger mis cosas y las de Zeus, me siento en el borde de la cama y miro a mi alrededor.
Ha sido todo tan bonito… sin problemas, sin miedos y sin preocupaciones.
No sé si estoy lista para volver a Manhattan, despedirme de Lucas y de Hugo, decidir si quiero encontrar a William, seguir estrechando lazos con Marga y esperar a que el plan de Zeus, sea cual sea, funcione.
Incluso me inquieta volver a ver a Jayden, con quien no he vuelto a hablar desde lo que pasó.
—Hola. —Levanto la mirada y veo a Lucas en la puerta, observándome en silencio. Tras unos segundos, la cierra con cuidado, se acerca y se agacha frente a mí. Cuando coge mis manos, me muerdo las mejillas para no llorar—. Quita esa cara triste, aunque así, estás todavía más guapa.
Termino soltando una risa y algunas lágrimas aparecen, pero me las quito con el dorso de la mano. Lo abrazo fuerte y me siento reconfortada con su cercanía. Quién iba a decirme que conectaría tanto con un abogado suplente. Meto la cara en el hueco de su cuello y sollozo sin poder evitarlo.
—Os voy a echar de menos.
—No pasa nada, cariño. Volveremos.
Asiento sin moverme, cierro los ojos e intento olvidarme de las ganas de llorar, de gritar, de arañar y de hacer desaparecer todo lo que me espera fuera de esta finca tan bonita y familiar para dañarme.
—He estado hablando con Zeus —comenta y me separo despacio.
—¿De qué?
Me cuenta por encima lo que se dijeron en esta misma habitación, aunque no me da detalles de lo que Zeus le entregó en una carpeta. Ambos están de acuerdo en mantenerme al margen. Y los odio y los quiero por eso. Aunque, si soy sincera, no me gusta seguir al margen.
—Tienes que confiar en el proceso. En él. —Me coge la cara para que lo mire—. Te quiere, Ava, y está dispuesto a lo que sea.
Me da un beso en la frente y se levanta para salir de la habitación, dejándome sola. «Está dispuesto a lo que sea», me repito en bucle mientras el ruido de la planta de abajo llega a mis oídos y un estremecimiento me recorre la columna. ¿A qué está dispuesto a llegar Zeus por mí?
Con esa pregunta rondándome todo el tiempo, paso el día con mis amigos. Reímos, bebemos, charlamos, nos bañamos en la piscina por última vez, tomamos el sol hasta que se esconde y me ducho con Zeus cuando ya todos lo han hecho y están preparando la cena de despedida.
Han decorado el jardín con bombillitas por encima de la mesa.
Hay flores en el centro por cortesía de Maddie, y también comida, fruta y música de fondo.
Miro a mis amigos sentados alrededor de la mesa: unos hablan y otros ríen, y los niños corren de allí para allá mientras su abuelo los observa con un cariño infinito.
La voz de Alex Warren, cantando Headlights , me encoge el pecho mientras tomo asiento junto al hombre que amo y mi nueva familia.
No quiero irme.
***
El viaje de regreso a Manhattan se me ha pasado muy rápido.
Tenía la esperanza de que las horas se alargasen tanto como fuera posible, pero, cuando me he dado cuenta, ya estábamos en el aeropuerto.
Cuando los chicos llegaron, pensé que haríamos esto solos, que vendríamos los cuatro aquí para despedirnos, en un gesto íntimo en el que solo debíamos estar nosotros, porque íbamos a llorar, abrazarnos y prometernos vernos cuanto antes.
Pero ser once personas despidiéndonos de dos, que ahora también forman parte de la familia que Jess y yo hemos encontrado aquí, es lo más bonito del mundo.
Lloro desconsolada, como si un trozo de mí volviera a desprenderse de la piel cuando los veo embarcar y, poco después, su avión despega. También sonrío por haberlos tenido aquí, aunque me gustaría que el avión diera media vuelta y los escupiera de nuevo.
Llegado el momento de irnos, vamos al hangar, donde han estado guardados los coches todos estos días y donde ahora se encuentra aparcado el jet de Zeus.
Una vez dentro del Panamera, tras despedirnos de los demás, Zeus arranca y sale del aeropuerto.
Bajo un poco la ventanilla para que el viento seque mis lágrimas y noto que los dedos de mi hombre perfecto me aprietan el muslo.
Lo miro, enamorada, y sé que no se merece que siga guardándole lo que pasó cuando me tropecé con Ana.
Marc me vio con Jayden, odio la sensación de traición que me atenaza el corazón. No se lo merece en absoluto.
***
Cuando por fin llegamos a Midtown, decido hablar con él. Dijimos que esperaríamos a que las vacaciones acabasen, pero no puedo aguantarlo ni un segundo más. Ya han terminado .
—¿Recuerdas la última vez que fui a correr? —Zeus asiente y sigue sacando la ropa. El corazón me va a mil por hora. Bien, tengo que seguir—. Ana apareció.
Cierro los ojos cuando su cuerpo se detiene. Está un poco encorvado sobre la cama, donde tiene la maleta abierta, pero se pone derecho y se gira hacia mí. No articula palabra ni se mueve de su sitio, solo me mira.
—Me tropecé con ella como hubiese pasado con cualquier otra persona.
—Retuerzo los dedos y cojo aire, Dios, no hay suficiente espacio en mis pulmones para todo lo que necesito.
Tengo miedo, no quiero perderlo ni que sienta que lo he engañado.
De repente, estoy llorando, desconsolada, como no he llorado en semanas de tensión y agonía, y me odio por la incertidumbre que eso crea en mis ojos preferidos en el mundo—.
No te llamé cuando estuve asustada, Zeus.
No quería preocuparte y decepcionarte con toda la mierda que viene desde hace muchos años conmigo. Yo…
Deja la ropa y camina hacia mí; me agarra por la muñeca y me envuelve en sus brazos.
Siento su respiración agitada y su corazón contra mi oído mientras lloro en su pecho, pero sus manos me acarician como si no se estuviera desatando algo en su interior.
Me pone un dedo debajo de la barbilla para levantarme la cabeza y hace que lo mire.
—No vuelvas a llamarlo a él —pide con sus ojos clavados en los míos y me quedo sin aire por lo fácil que le ha supuesto averiguarlo.
Me siento asqueada e intento apartar la mirada, pero él me lo impide.
Toma mi cara entre sus manos y me acaricia las cejas con los pulgares—.
No vuelvas a dudar en que dejaría todo por ti, lo haría sin pensar ni un segundo en las consecuencias, sin juzgarte.
No me asusta tu pasado ni tus miedos, pero sí que no me quieras a tu lado en cualquier circunstancia.
—Lo siento, lo siento… —digo entre sollozos.
Zeus mira mis labios, mojados por las lágrimas, y no duda un segundo en atraparlos en un beso salado y cargado de ternura que me calienta desde dentro. No deja de besarme, abrazarme y tocarme las mejillas con la yema de sus pulgares hasta que vuelvo a alzar la mirada.
—Haré lo que sea por ti, vida mía. —Sus ojos se mueven rápido por mi rostro—. Absolutamente todo.