Capítulo 22
Hace un calor infernal y, por eso, después del almuerzo nos hemos metido en la piscina.
El agua está un poco fría al principio, pero el cuerpo se acostumbra enseguida.
Zeus juega con sus sobrinos a la pelota con una red para jugar al voleibol que han colocado, y me regala unas vistas impresionantes: el pelo mojado y revuelto, el bañador pegado a sus caderas por el peso del agua, su cuerpo fibroso, esa uve que se le pierde bajo la tela…
y, sobre todo, cómo se deja ganar por los niños todo el tiempo para arrancarles gritos de victoria y carcajadas preciosas…
Estoy segura de que será un papá muy sexy .
Un calor se apodera de mi piel al pensar en eso, pero no puedo evitar sonreír al imaginármelo.
Paseo por el borde de la piscina y le saco la lengua a mi adonis cuando se gira para mirarme de arriba abajo con este bikini rosa que me he puesto hoy.
Intento que no me flaqueen las rodillas por el repaso que me da, hasta que me dejo caer en una tumbona con las demás.
Me ajusto las gafas de sol en dirección a Zeus y él suelta una carcajada que le hace vibrar la garganta.
Dios, ver cómo le cae el agua por la nuez es todo lo que necesitaba para excitarme.
—¿Cómo vas con el curso de fotografía? —escucho que le pregunta Jess a Amber.
Aún con el pulso a mil, desvío la mirada hacia mi alocada mejor amiga, que tiene la cabeza tapada con una camiseta.
—Genial, Malcolm me ayuda a hacer resúmenes y a mejorar la forma de estudio .
El tonito de ilusión no pasa desapercibido para ninguna de nosotras, e incluso Jessica, por unos segundos, se levanta la camiseta para mirarla.
Bueno, la única que no presta atención es Maddison, que tiene la vista puesta en el otro lado de la piscina, donde Marc está sentado en el borde, con su cuerpo grande y definido, brillando por el sol y el agua.
A su lado, Daniel conversa con él, se echa el pelo mojado hacia atrás y veo cómo el oro de su sello reluce con fuerza en el meñique.
También tiene un físico bien trabajado. De pronto, escucho un silbido y, después, cómo ellos se ríen.
Al volverme, veo a Jess con la cabeza descubierta, lanzándole un beso a su chico. Es tremenda.
Todavía riéndome, recorro con la mirada el jardín y me encuentro a Lucas y Hugo en un mesa, preparando cócteles entre charlas y carcajadas.
Lucas canta a pleno pulmón el estribillo de Am I wrong , de Nico y Vinz , que suena por los altavoces.
Los demás se ríen al oírlo e incluso veo que Zeus también lo hace, antes de lanzarle la pelota a Marc, que se ha zambullido en el agua y forma equipo con los niños.
Al girarme de nuevo, veo la sonrisa que la peque intenta ocultar al ver a Marc interactuar y me siento mal por ella, se nota que le gusta. Para animarla, llamo a Hugo y, desde la distancia, le pido una bebida de la que están preparando para cada una.
—No hace falta que te repita que puedes trabajar conmigo para coger experiencia —le recuerdo a Amber cuando vuelvo a integrarme en la conversación. Ya habíamos hablado de esto en otra ocasión.
—Me lo pensaré, te lo prometo. No quiero que tengas que perder el tiempo para que yo perfeccione mis habilidades.
Aunque me apetece insistir, no lo hago, tendrá más ocasiones hasta que se saque el curso.
Al cabo de un rato, Lucas les deja unas copas a los chicos en el borde de la piscina y Hugo viene hacia nosotras cargado con otras cuantas.
Le sonrío cuando me besa la frente al entregarme la mía; lleva el pelo todavía húmedo del baño de antes y el torso empieza a cogerle color por el sol.
Es tan guapo y bueno que siento un apretoncito en el corazón por tenerlo aquí.
Tras sonreír, mi amigo se sienta a los pies de Maddison, que dobla un poco las piernas para hacerle sitio. Después, se inclina hacia él para cogerle la copa y Hugo le guiña un ojo cuando se la deja en las manos.
—Un vodka Gimlet bien cargado para la pequeña del grupo.
Maddison lo mira un momento, sonríe y vuelve a tumbarse, sujetando la bebida con el brazo estirado hacia un lado.
Mientras Jess y Amber hablan, soy consciente de cómo Hugo repasa su cuerpo, apenas cubierto con un bikini de brillo negro que le queda de infarto y que, además, resalta su piel y su pelo suelto en ondas muy bonitas.
Sin saber por qué, dirijo mi vista hacia la piscina y allí, mientras todos juegan, me encuentro a Marc mirándolos.
Sus ojos color avellana se mueven hacia mí cuando se da cuenta de que lo observo, y me levanto las gafas un poco solo para que vea cómo le guiño el ojo, divertida por la situación.
Consigo que sonría y niega con la cabeza, aunque sigo viendo en sus facciones tensas lo poquito que le gusta cómo Hugo hace reír a Maddie.
—¿Cómo va la reforma del restaurante? —La voz de Amber interrumpe mis pensamientos y me giro de nuevo hacia ellas.
Jessica suelta un suspiro cansado, de sobra sé que las obras están siendo muy pesadas.
—Ya nos han cambiado el suelo, han tirado los tabiques que no queríamos, han cambiado los azulejos antiguos por otros más modernos y ahora están con los ventanales. No veo la hora de que terminen de una vez.
Maddison deja la copa de cristal en el suelo con cuidado y se sienta como los indios para estar más cerca .
—Todavía recuerdo cuando mi hermano compró su casa y tuvo que…
—¿¡Disculpa!? —la interrumpe Jess—. ¿Tienes hermanos?
Amber y yo miramos a la rubia también algo sorprendidas, es la primera vez que Maddison habla de su vida personal. Cuando está a punto de hablar, Hugo se levanta y se disculpa porque Lucas lo llama. Maddison le sonríe al recibir un apretoncito en la rodilla antes de alejarse.
—¡Joder! —escucho que gritan desde la piscina y enseguida veo que se trata de Dan dirigiéndose a Marc—. ¡Presta atención!
Parpadeo, si a Marc le ha afectado el gesto de Hugo hacia Maddison, ¿por qué se cohíbe a la hora de estar con ella?
—Somos tres, yo soy la pequeña —nos cuenta—. Mi hermana y yo vivimos con él desde hace años.
—¿Podemos saber por qué? —pregunta Amber con delicadeza y Maddison coge aire.
—No éramos suficiente para mi padre y mi madre creyó que era mejor morirse de la pena por el abandono de su marido que luchar por sus tres hijos.
Un silencio escalofriante se hace entre nosotras mientras cada una intenta asimilar la durísima confesión de nuestra amiga. No sabemos cómo decirle que lo sentimos sin que perciba la lástima que nos despiertan sus palabras; por suerte, Lucas interrumpe el momento.
—¡Atended a vuestras mujeres! —exclama sentándose a los pies de Amber y mirando a la piscina—. ¡Beben demasiado y necesito descansar!
Escucho cómo ríen todos y, poco después, noto a Zeus detrás de mí.
Me levanta como si no pesara nada y me acomoda entre sus piernas.
Me relajo y apoyo el cuerpo contra su pecho, todavía fresco por el agua.
Daniel viene al rato, nos rellena las bebidas y coge a Jess para ponerla en su regazo.
Ella lo recibe encantada y le da un beso.
Hugo vuelve a sentarse junto a Maddison y Marc se queda en una de las tumbonas libres, al lado de Zeus.
Seguimos charlando, solo que esta vez cambiamos de tema.
Jessica y Dan debaten cómo debería ser la inauguración del restaurante, y Maddie le habla a Hugo de sus estudios, mientras Marc los vigila como si fuese un puto guardaespaldas.
Amber y Lucas ríen por algo que no alcanzo a oír; y yo noto, cada vez con más intensidad, los dedos de Zeus haciéndome círculos en las caderas.
—¿No quieres darte un baño? —me susurra al oído, provocándome escalofríos.
Sus dedos suben por mis costados, se detienen en la tira de la parte superior de mi bikini y vuelven a bajar.
Su respiración me besa la piel del cuello y del hombro, y trago saliva cuando su dureza presiona mi espalda.
Casi jadeo. Aunque no lo hago, sí me muevo con cuidado para que lo note y me da un pellizquito en las costillas.
—Así que quieres jugar… —gruñe en mi oído—. Yo llevo con ganas desde que te vi con este bikini.
Sonrío porque sabía que le iba a gustar. Desliza un dedo a lo largo de mi columna mientras mantengo los ojos fijos en los demás, intentando disimular por si alguien nos observa. Otro escalofrío me altera la sangre cuando se resbala un poco más en el asiento y… lo noto todo.
—¿Confías en mí, honey ? —me pregunta desde atrás, besándome con cariño el cuello. Trago saliva, pero asiento—. Vamos.
Nos levanta de un movimiento rápido; algunos nos miran, pero al ver que vamos a bañarnos no nos prestan demasiada atención.
Por suerte, los niños están con su abuelo dentro de la casa.
Dejo que Zeus me lleve a la piscina y entro con él.
Apoyo la espalda en el borde, en la parte que más cubre, y nos quedamos alejados de los demás.
Zeus no tarda en acorralarme con su cuerpo y coloca los brazos a cada lado de mi cabeza.
Me mira un momento antes de besarme con ganas, y gimo en sus labios cuando mete la lengua para recorrer la mía, mis dientes y cada hueco que puede.
Me roba el aliento hasta que se separa unos milímetros.
—Rodéame con las piernas —me pide, y observo a mi alrededor por si alguien puede vernos. En un movimiento rápido, me coge de la barbilla y pega nuestras bocas de nuevo, mientras no puedo evitar rozarme despacio contra él—. Joder, me tienes así todo el tiempo.
Sonrío cuando me da una pequeña embestida.
Me aseguro una vez más de que nadie pueda vernos, pero, en realidad, sé que, desde donde están sentados y al darnos la espalda, solo pueden distinguir nuestras cabezas y parece que estamos hablando.
El miedo a que nos descubran se mezcla con el deseo de que no se detenga.
Rodeo con más fuerza su cuerpo y me recreo en cada línea que dibujan sus músculos, en las ondas de su pelo mojado y en sus manos aferradas a mis nalgas con posesividad.
Me besa de nuevo, lento, abrasador. Luego, deja los labios en mi mejilla, en la barbilla…
y ahogo un gemido cuando una de sus manos se desliza entre nosotros.
—Nos van… —empiezo a hablar, pero me quedo sin aire cuando uno de sus dedos se cuela en mi interior.
Tenso los músculos y él gruñe al moverlo.
Abro los párpados sin ser consciente de que los tenía cerrados y sus ojos negros me transportan a una dimensión en la que solo estamos nosotros.
Me olvido por completo de todo lo demás y arqueo un poco la espalda cuando añade un dedo más—.
¿Y si nos ven? —consigo decir cuando su pulgar presiona mi clítoris.
—No van a ver nada —masculla con los dientes apretados ante lo que sea que esté sintiendo en este momento.
Sus movimientos aumentan y endurece la mandíbula, seguro que por la necesidad de deshacerse de nuestra ropa y follarme aquí mismo.
Lo sé porque es justo lo que yo necesito.
Llevada por un impulso, rodeo su cuello con los brazos y hago como si lo estuviese abrazando, apoyando la barbilla en su hombro para poder acercar los labios a su oreja.
—Te necesito dentro —gimoteo excitada, con la piel de mis pezones sensibles por rozar la tela del bikini.
Su espalda se pone dura como el acero por lo que le digo.
Me aparto y vuelvo a mi postura inicial; entonces clava los dedos en mi interior y los dobla para llegar a ese punto que hace que me muerda los labios para no gritar.
La piel me arde, ni siquiera el agua fría es capaz de bajar mi temperatura.
Dios, tener su mirada clavada en mí cuando está a punto de hacer que me corra, con todo el mundo al otro lado del jardín, es una sensación tan vertiginosa que me estremece.
Me besa y me muerde los labios mientras rodea el clítoris con el dedo, lo presiona y lo estimula hasta que siento calambres por todo el cuerpo. Entra y sale, entra y sale, y suelto un ruidito desesperado entre sus labios.
—No sé si es una locura o no —murmura a la vez que cierra un poco los ojos, disfrutando de cómo me toca.
Sin poder evitarlo, muevo las caderas despacio para poder crear fricción contra su mano y su erección. La necesito.
—¿El qué? —pregunto mirándolo a los ojos.
—Que me hagas perder la cabeza de este modo. Me encanta volverme loco por ti, nena.
Cojo aire y me corro. Madre mía, mi cuerpo se deshace en sus dedos, que no paran de asaltarme.
Mis músculos se tensan y siento que me falta el aire.
Sus confesiones y sus muestras de amor siempre consiguen llevarme al límite, porque tener a Zeus vulnerable, diciéndome de mil formas diferentes cuánto me ama es una de las mejores sensaciones del mundo .
Sigue con los dedos dentro de mí hasta que consigo relajarme un poco. Después, me sujeta de las caderas, mientras sigue robándome besos e intenta controlar también su respiración.
—Maldita sea —dice cuando se separa, mirándome con intensidad—, cuánto te quiero, nena.
Estoy a punto de responderle cuando el agua nos salpica de repente, Zeus se gira y vemos a todos saltando al agua.
Nos reímos felices y me separo de él tras darle un beso para reunirme con mis amigas.
Los hombres forman dos equipos y empiezan a jugar a la pelota.
Mientras nosotras charlamos, mi mirada y la de Zeus se encuentran de vez en cuando, y siento en sus ojos la ardiente promesa de lo que nos espera esta noche cuando estemos solos en nuestra habitación.