Capítulo 21
Abro los ojos al sentir los rayos del sol sobre mi cabeza.
Tengo el brazo izquierdo estirado, con un peso encima que me lo adormece, por lo que parpadeo varias veces y me giro un poco, encontrándome a Ava dormida con ese pijamita suyo tan sugerente.
No me muevo demasiado por miedo a despertarla y romper el sueño tan placentero que su rostro, muy relajado, me indica que está teniendo.
Ladeo la cabeza para mirar a través de la ventana y me encuentro con el cielo azul.
Extiendo el brazo libre, cojo mi móvil de la mesita y veo que aún es temprano.
Después vuelvo a dejarlo donde estaba y me acomodo junto a la preciosa mujer que tengo a mi lado.
Cuando se despierta un poco, le aparto unos mechones que se han caído sobre sus ojos.
Lo hago despacio, empapándome de cada gesto suyo y disfrutando de las caricias que le doy, pero, de pronto, empieza a gruñir. Se agita a mi lado y se estira. Segundos después, abre los ojos y me mira con ternura.
—Buenos días, cielo —me saluda soñolienta.
—Están a punto de mejorar.
Me acerco a ella, la beso en los labios y dibujo círculos en su piel con el dedo índice.
Sin separarme, llevo la mano a su espalda y la pego a mi cuerpo.
Después, coloca una pierna sobre mi cintura y aprovecho para tumbarla sobre mí.
Ronronea con mi lengua entre sus dientes y aspiro su aroma a la vez que le empiezo a subir la camiseta del pijama.
Estoy ansioso por desnudarla. Se sienta sobre mí y levanta un poco los brazos para que le quite la prenda.
Ya puedo ver la mitad de sus turgentes te…
—¡Campeón!
La voz de Seth me deja pasmado y es Ava quien reacciona primero: se aparta, se sienta en la cama y se tapa con las sábanas por inercia, aunque está vestida.
Abro los ojos como platos al ver la cama invadida por mis sobrinos.
Miro cómo mi chica sonríe y se recompone de la intrusión.
Sus pupilas se clavan en mí y sube los hombros para quitarle importancia al asunto, luego se mete un mechón de pelo tras la oreja y les presta atención.
—Buenos días, chicos.
Los abraza y Seth empieza a saltar en el colchón mientras Samantha deja que Ava le recoja el pelo en una trenza. No llevan pijama, mi sobrina se ha puesto un vestido veraniego y Seth una camiseta y unas bermudas.
—¿Dónde vais? —pregunto apoyando la espalda en el cabecero, mientras observo cómo Ava se comporta con ellos, y algo tiembla en mi pecho.
—Pues a donde dijiste ayer —responde mi sobrino.
Ava me mira y alza las cejas. Se me ha pasado contarle que hoy visitaríamos el pueblo y haríamos unas compras también.
—Lo siento, no te lo he dicho. Vamos a pasar la mañana en el pueblo. ¿Te apetece?
—¡Por supuesto! Voy a vestirme, no tardo.
Tiene intención de levantarse, pero la agarro de la muñeca para detenerla, la acerco a mí y la beso en los labios escuchando de fondo un «puaj » de los niños. Ambos sonreímos y, antes de dejarla salir de la cama, le muerdo el labio inferior.
—Ya, ahora mucho asco, pero…
—¡Zeus! —me interrumpe mi chica al intuir qué podría haber dicho.
Salgo de la cama y los niños nos miran a punto de reír. Hago un movimiento como si fuera a por ellos y los tres corren por el pasillo. Ríen a carcajadas, me contagian la risa, y Ava intenta meterlos en una habitación para que se escondan.
—¿¡Niños!? ¿Por qué corréis? ¿Ava? —Mi padre la mira sorprendido antes de que yo pase por delante de él—. ¿Zeus?
Al final, entran en uno de los baños y se encierran.
Me apoyo en la puerta, sin poder evitar una sonrisa de oreja a oreja, al escuchar a mi sobrino hablar todo lo bajito que puede, mientras las chicas le piden que no hagan ruido.
Cuando Dan pasa por mi lado y me ve con la ropa de dormir pegado a la puerta del baño, me mira raro, jamás me ha visto en tal situación, en realidad, ni él ni nadie.
Antes de conocer a Ava, yo no reía tanto, ni demostraba a todo el mundo cuánto era capaz de amar, ni jugaba así con mis sobrinos.
Antes de ella, simplemente no era tan feliz.
Continúo escuchando, ahora embelesado, y reflexiono sobre la situación.
Jamás me hubiera imaginado corriendo por la casa tras la mujer a la que amo, mucho menos con niños muertos de risa.
Aunque son mis sobrinos, por un segundo he imaginado cómo sería una familia formada con Ava y un puñado de críos. Todos los que ella quisiera tener.
Joder, el sentimiento cálido que se me expande en el pecho me roba el aliento. Una familia, nuestra. Sería un sueño hecho realidad.
Sigo pensando en ello cuando la puerta se abre y mis sobrinos gritan al verme, pero me he quedado inmóvil atrapado por este nuevo anhelo que acabo de descubrir.
Ellos se escabullen bajo mis brazos y miro a Ava, con el pecho agitado de la risa.
¡Está tan guapa! Me acerco a ella sin pensarlo y la rodeo con una sonrisa hambrienta en los labios.
—Quiero terminar lo que hemos empezado —murmuro en su oído y ella jadea.
La llevo a nuestra habitación y esta vez cierro con llave.
***
Ava se viste y baja con los demás mientras yo me preparo. Cuando meto la cabeza por el borde del polo, me encuentro con Lucas en el marco de la puerta, mirándome. Por un momento, no me muevo, aunque no creo que haya venido a pelear, Ava es demasiado importante para él como para seguir jodiéndola.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Le toma un instante reaccionar, pero entra en el dormitorio de mis padres y cierra la puerta. Lo estudio sin saber muy bien qué esperar.
—Me ha contado lo que pasa —suelta y maldigo para mis adentros, entendiendo muchas cosas ahora, pero no digo nada y él vuelve a hablar—. No quiero que tus problemas la salpiquen, ella ya tiene los suyos.
—¿Qué problemas? —pregunto dando un paso hacia él aunque ya sé de qué habla... o eso creo.
Lucas hace un sonido de incredulidad.
—Por supuesto que no te lo ha contado, joder. Menuda cabezota.
—¿Qué te ha dicho? —insisto, menos tranquilo.
—Creo que no es de mi incumbencia darte detalles, pero intenta hablar con ella y que te lo cuente todo.
Y una puta mierda. Me acerco más a él y reprimo las ganas de cogerlo por la camiseta.
—Dime cómo ayudar a mi mujer.
Me estudia, calibrando si mi humor en este momento es el adecuado para soltar lo que sea que sepa y, por su bien, decide elegir la opción correcta.
—Sonia no es su madre y…
—Sí, eso lo sé —lo corto—. Su madre biológica es de Estados Unidos y tiene un abuelo por Brooklyn, aunque no estoy muy seguro de si ese en realidad es su paradero.
Ha encontrado a su abuela materna, que resulta ser la mujer que se hacía pasar por la amiga de su tía.
Pero sé que hay más que no me cuenta y necesito saber qué es.
Lucas parpadea, atónito, repasando una y otra vez lo que le digo. Por un instante, incluso creo que no tenía ni idea de lo que le acabo de contar, hasta que suspira y dice lo que esperaba que nunca hubiera ocurrido, pero que me deja clavado en el sitio con el corazón a mil.
—Se ha encontrado con su madre ya dos veces desde que está viviendo aquí.
¿Qué? Cierro los ojos e intento apaciguar la rabia que ya noto burbujeándome en las venas mientras repito esas palabras en mi mente.
¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? Abro los ojos, los clavo en su amigo y pienso que esto tiene que ser obra de Crystal.
Como haya sido capaz de pagar a esa yonqui para acosar a Ava…
El cerebro empieza a funcionarme a mil por hora y doy vueltas por la habitación hasta que una idea se instala en mi cabeza.
—Eres abogado, ¿no? —Lucas asiente, intentando descifrar qué pasa—. Bien, dime cuánto cobras y trabaja para mí.
—¿Qué?
Lo miro un momento mientras saco de una carpeta las copias de la documentación sobre lo de Donald. Me lo he traído todo para que, cuando Dan y yo estuviésemos solos, pudiéramos hablar y empezar a trabajar en ello. Se la doy y no tarda en cogerla.
—Échale un ojo a todo eso. Es del padre de mi exprometida, y hemos descubierto cosas muy turbias sobre él con las que quiero destruirlo.
Mi idea es filtrarlo a la prensa, hacer que todo el puto estado se entere de lo que ha hecho, hasta que su nombre solo recuerde a una escoria con la que todo el mundo se pueda ensañar.
El nombre de un hombre que va a pudrirse en la cárcel y que encontrará cerradas todas y cada una de las puertas a su alrededor.
Necesito buenos abogados, ¿vas a ser uno de ellos?
Nos miramos a los ojos mientras sostiene en las manos décadas de corrupción, deudas y muertes condensadas en un puñado de folios.
Espero que acepte, necesito que lo haga.
Siempre es mejor trabajar con alguien que de verdad quiere ayudarte, pero en este caso sé que Lucas solo lo haría por ella, y eso me deja incluso mucho más tranquilo.
Aunque me joda reconocerlo, desde que llegó no ha dejado de demostrarme que haría cualquier cosa por ella.
Tras unos segundos, sonrío al ver cómo mi nuevo abogado asiente con la venganza brillándole en los ojos.
Bajamos al vestíbulo, donde algunos charlan, y salgo en busca de Ava.
Al verla sonreír con mi hermana, me acerco, le rodeo la cintura con un brazo y me coloco detrás de ella.
Mientras las escucho hablar de fotografía, imagino lo que debió sentir al ver a su madre e intento reprimir lo que me arde por dentro al pensar que no me llamó para buscar consuelo.
Aun así, trato de calmarme, solo quedan unos días para poder poner todas las cartas sobre la mesa.
—¡Bueno! ¿Ya estamos todos? —pregunta mi padre desde el porche y beso a Ava en la cabeza cuando se gira en su dirección.
—¡Sí! —gritan los niños y corren hacia el coche.
Los demás se montan en los suyos y, por un momento, creo que al final iremos solos, pero entonces Maddie se acerca y nos pide acompañarnos.
Asiento sin pensarlo y veo cómo sube a la parte trasera.
Antes de montarme también, busco a Marc y lo encuentro mirando en dirección a mi coche, con el rostro serio y la mandíbula tensa, y hasta noto cómo se le contraen los músculos.
***
Una hora después, tras parar varias veces para que Ava haga fotos del paisaje, estamos paseando por el pueblo en el que tantos veranos pasé con mi familia cuando era adolescente.
Observo a los demás: Amber charla con sus hijos; mi padre saluda a algunas personas; Dan rodea con un brazo los hombros de Jess y la hace reír por algo; Maddie se detiene en las floristerías, seguida de cerca por Marc, y eso llama mi atención; Hugo y Lucas caminan con calma, incorporándose a las distintas conversaciones.
Entonces, Ava se para frente a una tienda que conozco demasiado bien.
Me da un vuelco al corazón cuando me mira poniéndose de puntillas para susurrarme sobre los labios.
—¿Entramos ahí?
Por un instante, al creer que nadie la ha escuchado, pienso en decirle que lo dejemos para otra ocasión; con suerte, no entraremos nunca. Pero mi hermana sí se ha enterado.
—¡Sí! Entremos, son amigos de la familia.
Fuerzo una sonrisa al ver la felicidad en la cara de Ava, pero, en cuanto se gira, cojo aire.
Lo último que necesito es entrar en esa pastelería donde pasé tantas tardes durante mi adolescencia.
Sin embargo, la campanita que lleva ahí varias generaciones suena cuando pasamos y el olor a dulce recién hecho me envuelve.
Sujeto con fuerza la mano de Ava mientras se acerca a echar un vistazo a las vitrinas.
—Qué pitanza tienen. Parecen de revista —murmura Jess.
Dan, que está junto a ella, ya me ha mirado dos malditas veces y siento un nudo en la garganta que no me deja detener mis ojos más de un par de segundos en todos los pasteles que rebosan en el expositor.
—¿Desean algo?
Me giro hacia la voz y me encuentro con una vieja amiga. Ella dirige su mirada hacia mí y, luego, a Ava.
Justo después, aparece Quintina. Mi hermana, al verla, se acerca para saludarla y, aunque al principio toma por sorpresa a la anciana, después acaba reconociéndola cuando ya la tiene en sus brazos.
Veo a mi padre sonreír mientras se aproxima a ellas y sé que debo hacerlo también, pero intento retrasarlo todo lo que puedo .
Ava sigue con los demás pidiendo dulces, y me fijo en que Amanda me mira algunas veces mientras despacha. Dan lo ve, me observa y giro la cabeza, dirigiéndome a Quintina para salir cuanto antes de aquí.
—¡Cielo santo! —exclama la anciana con su acento colombiano bastante notorio y me abraza cuando me agacho para estar a su altura. Al repasar mi cara, abre mucho los ojos—. ¿¡Qué te ha pasado!?
Me tenso un momento y le respondo al saludo.
—Han pasado muchos años —es lo único que digo y sus iris de color chocolate se desvían hacia mí cuando noto que Ava me coge de la mano.
—Ya veo —dice Quintina, y saluda a Ava de pasada antes de ir a relevar a su hija, que sale y viene hacia nosotros.
—Amanda, estás preciosa —la saluda mi padre y Amber la abraza.
En cuanto ellos se van con los demás y nos quedamos los tres a un lado, Amanda echa un vistazo rápido a mi mano entrelazada con la de Ava. Enseguida saluda a mi chica, que se presenta de forma encantadora; luego decide que es buena idea dejarme a solas con una amiga de la infancia. Joder.
—Hola, Zeus.
Llevo los ojos a los de Amanda, tan marrones como los de su madre, con el pelo tan largo y castaño como siempre. Sus rasgos colombianos están por todas partes, no ha cambiado nada. Me tenso al recordarnos en esta misma pastelería veinte años atrás y acabo saludándola sin acercarme.
—Cuánto tiempo, ¿cómo estás?
Amanda me pone un poco al día de forma rápida, porque ambos estamos igual de incómodos a pesar de los años.
Cuando empieza a contarme que se quedará la pastelería, Seth se acerca a nosotros y me coge la mano mientras devora un dulce.
Sonrío y, al apartar mis ojos de él, me encuentro con la mirada fija de Amanda.
—¿Es tu hijo? —pregunta en un susurro.
—No, es mi sobrino .
Nos quedamos en un silencio que no me gusta tanto como cuando tenía catorce años, y mi padre se aproxima con la intención de que reanudemos la excursión antes de que se nos echen encima las horas de mucho calor.
Casi suelto el aire, aliviado. Me despido de Quintina y su hija, cojo la mano de Ava antes de salir de la pastelería y camino con mis amigos y mi familia sin mirar atrás, como hice aquel día.