Capítulo 19
Pensé que el viaje sería en coche, pero cogimos el jet de Zeus, de esta manera ganamos cuatro horas.
Mis amigos y yo alucinamos en cuanto lo vimos en la zona de despegue con la puerta abierta, la escalera hasta el suelo y el piloto esperándonos con un traje oscuro.
Jamás me hubiera imaginado vivir una situación parecida.
Zeus nos comentó que no suele utilizarlo, a no ser que haya una urgencia y se necesite de su presencia como cirujano en otra ciudad o incluso en otro país.
Hice tantas preguntas y admiré tanto las cosas que Daniel y Zeus veían a diario que me tuve que obligar a callar si no quería parecer una rarita con tanto abrir la boca y mirar a todas partes.
Mantuve la compostura, pero por dentro gritaba como una cría.
Eso fue hace horas, ahora volvemos a estar en un coche, uno que ha alquilado Zeus.
Dan alquiló otro y, para mi asombro, Marc también.
No sabía que Zeus le pagase tanto, aunque, en realidad, tampoco lo sé porque nunca se lo he preguntado, pero tendrá que ser así porque parece uno de ellos.
Estoy encantada de que hayamos podido venir todos, incluido Marc, que no ha dejado de unirse al grupo desde que empecé a insistirle tanto.
Echo un vistazo a su coche, que va delante del nuestro, con él viajan Maddie y Hugo.
Sonrío, sí, estoy segura de que Marc sale tanto con nosotros porque no le doy tregua.
—¿De qué te ríes? —pregunta Zeus, mirándome antes de concentrarse de nuevo en la carretera.
—De nada, solo estoy emocionada por venir a un lugar tan bonito como Saranac Lake.
Él sonríe y no dice nada más. No puedo contarle que creo que hay algo entre Maddison y Marc, quizá solo sea un rollo y no quiero hablar más de la cuenta. Me giro en mi asiento, mirando a los niños dormidos, y le sonrío a Amber cuando me mira. Está como más reluciente desde que se ve con Malcolm.
Todo va genial.
—Ya estamos llegando.
La voz de Zeus me hace girarme hacia la ventanilla, donde el paisaje brilla bajo un sol intenso.
Circulamos por una carretera rodeada de hierba y arena, que parece preparada para los huertos que distingo en algunas fincas valladas.
A ratos se alzan árboles en línea que duran en nuestro campo de visión menos de cinco minutos; luego, el paisaje vuelve a despejarse, mostrando un horizonte con un cielo azul, claro y precioso, salpicado de nubecillas que se desplazan sin prisa.
Como si el tiempo no corriese en nuestra contra siempre, como si, cuando avanzásemos, no estuviéramos llegando a alguna especie de final.
Me centro en detalles como el sonido que se filtra desde fuera a pesar de tener las ventanas subidas, la radio está muy bajita porque los niños duermen y escucho el suave roce de las uñas de Amber al pulsar la pantalla al escribir.
Mi mente viaja a lugares en los que no quiero pensar y a situaciones en las que no debería estar dándole vueltas, cuando me dirijo a una casa en la que pasaré unos días increíbles con personas que ya forman parte de mi vida.
Mi cabeza debería estar despejada en este momento, no recordando cómo Ana ha vuelto a huir de mí veinticinco años más tarde.
No debería estar martirizándome con la futura decepción que Zeus sentirá al enterarse de que fue a Jayden a quien llamé y no a él.
No quiero estar fantaseando con cómo sería que mi madre biológica cogiera un taxi para venir a visitarme, porque hace días que no nos vemos.
No quiero imaginar cómo sería que ella fuera una madre normal, que apoyara y cuidara a su hija por encima de todo.
No debería estar sintiendo este desprecio hacia mí misma solo por pensar en cómo habría sido mi vida si ella no nos hubiera abandonado, sobre todo cuando ya tengo una madre que me adora.
Ni siquiera debería estar pensando en William, con quien mis dudas se incrementan aún más que con el tema de mi madre.
No dejo de preguntarme si él sabe de mi existencia y, de ser así, ¿por qué nunca ha intentado ponerse en contacto conmigo?
Esto hace que me replantee mis ganas irrefrenables de presentarme en su casa y llamar a la puerta para explicarle que tiene una nieta con la que podrá tener una relación bonita porque, a pesar del tiempo que hemos pasado sin conocernos, quizá todavía estemos a tiempo de formar parte de la vida del otro.
Cierro los ojos unos instantes; necesito espantar de mi cabeza los traumas que me persiguen, ahora de forma más aterradora, desde hace unas semanas.
He sentido mi corazón desbocarse infinidad de veces a lo largo de mi vida, pero ninguna se compara con cómo se revuelve en mi interior cuando pienso en Ana, en mi familia materna o en el dolor en los ojos de Zeus cuando todo nos reviente en la cara.
Porque estoy segura de que pasará, y siento que toco ese desastre con la punta de los dedos conforme van pasando los minutos.
—Ya hemos llegado. —Me giro a mi izquierda y me encuentro con la oscuridad de los iris de Zeus clavados en mí, como si pudieran adivinar lo que estoy pensando.
Miro al frente y aprecio una puerta negra de hierro forjado, seguida de una valla del mismo color y material, rematada en puntas de lanza.
Detrás, se alarga un camino rodeado de campo, flores y árboles; y, a lo lejos, una casa que, a pesar de la distancia, se alza majestuosa en lo alto de una colina verde.
El estómago me hormiguea ante tanta preciosidad junta.
Cuando la verja se abre y avanzamos —con los dos coches detrás—, sin importarme el calor que pueda entrar al hacerlo, bajo la ventanilla y saco la cabeza para aspirar el aire puro.
El olor a naturaleza, a sol, a verano. Cierro los ojos para sentir el aire que choca con mi cara y observo a unos pájaros que vuelan sobre nosotros de árbol en árbol, como si nos acompañaran.
Después, dirijo la vista hacia la hierba, que se mueve de manera casi imperceptible por la brisa que corre pese al calor que hace.
Está todo muy verde y cuidado, como dijo Zeus.
Avanzamos por el camino terroso hasta que nos detenemos delante de una casa de dos plantas, al más puro estilo americano: blanca, alta, con ventanas enormes de madera, un porche sostenido por columnas que rodean la construcción y, por supuesto, familiar.
En el tejado hay una pequeña terminación con un gran ventanal que me chiva que también hay un desván. Alucinante.
Nos bajamos del coche y sacamos nuestras maletas.
Los chicos se adelantan hacia la casa cargando el equipaje y nosotras nos entretenemos en admirar el paisaje mientras escuchamos a Amber contarnos alguna anécdota con Zeus aquí.
Cuando lo nombra, miro hacia él; está sonriendo por algo que le dice Marc y tiene un pie apoyado en el primer escalón.
Como si notase que lo observo, gira la cabeza y me hace señas para que vaya.
—Mi hombre me reclama —bromeo con las chicas y voy hacia él encantada.
—¿Te apetece que veamos la casa?
Asiento y subimos los dos escalones hasta el porche.
Hay un columpio en la parte izquierda, acompañado de una mesa pequeña y dos sillones, todo de mimbre y con cojines en tonos azul y crema.
La puerta principal también es de madera, aunque más oscura y con detalles en hierro negro.
Cuando Zeus abre y entramos, seguidos por los demás, me quedo con la boca abierta al ver el interior.
Huele a limpio. El suelo brilla y se nota que está bien cuidado.
El vestíbulo es amplio, con dos tramos de escalera individuales que conducen a un pequeño balcón, desde donde se ven varias puertas que imagino serán las habitaciones.
Las paredes son blancas y altísimas. En el salón hay varios sillones, una mesa enorme, un televisor grande y, al fondo, una chimenea.
A la derecha se sitúa la cocina y no tardamos en entrar, alertados por el grito de Jess al verla.
Me quedo maravillada. Es grande, espaciosa y con muebles antiguos de madera muy bien conservados.
En el centro hay una isla y, al otro lado, una mesa junto a una puerta que no tardo en descubrir que da a una despensa acristalada, ahora vacía porque ya no viene nadie como antes, aunque imagino que antaño estaría a rebosar.
—Si yo tuviera una casa como esta, no me iba de aquí jamás —comenta Hugo y silba, entrando en la cocina.
—Cariñín, mira qué cocina más grande y bonita —dice Jess a Dan, que va hacia ella y la besa en la cabeza—. Necesito una. Después de ver esta no puedo conformarme con cualquiera.
Todos reímos por su comentario. Mientras la escucho parlotear, paso las manos por la encimera brillante y pulida.
Los fogones son antiguos y están justo delante de una ventana rectangular que abarca toda la encimera.
Un rato después, Zeus nos invita a seguir con el tour.
Al salir para ir a las escaleras, Seth y Sam pasan corriendo por delante de nosotros, llenando el espacio de risas y gritos.
—Hay cinco habitaciones que podéis elegir a vuestro gusto —informa Zeus, mientras subimos en grupo—, excepto la mía, que ya la han escogido los niños, y la del final a la izquierda, que era la de mis padres.
Ahí dormiremos Ava y yo. —Estira un brazo que todos seguimos y tira de una cuerda de donde cae una escalera—.
Por aquí está la buhardilla, está preparada para usarla como dormitorio también.
—Hace años que no vengo, pero no ha cambiado nada. Está igual que cuando Sarah vivía—comenta Dan y le da un apretón en el hombro a su amigo.
Zeus me mira antes de asentir y sonreír con cariño.
Lo cojo de la mano y le pido que me enseñe cuál será nuestro dormitorio.
Al entrar en el último, una sensación nerviosa me invade.
Es como si, de alguna forma, quisiera sentir que merezco estar aquí.
Zeus deja las maletas en el suelo y sube las persianas.
Los muebles de madera oscura contrastan con las paredes blancas, igual que la colcha clara de flores.
Ojalá su madre estuviese viva y pudiera seguir disfrutando de ella. Me habría gustado conocer esa parte de su vida. Me acerco despacio y lo miro, sintiéndome llena de amor por él; después, lo rodeo por la espalda estrechando toda su anchura entre mis brazos. Apoyo la cabeza y respiro tranquila.
No conoceré esa parte de él que, seguro, se fue con su madre, pero he conocido una versión preciosa de la que no quiero separarme nunca.
—Me siento afortunada por estar aquí. —Le beso la columna—. Quiero pensar que tu madre nos está viendo juntos y me acepta.
Noto cómo toma aire y, luego, lo suelta, me coge las manos y gira entre mis brazos. Fija sus ojos en mí, mete una de sus manos en mi pelo y me levanta la cara.
— Honey . —Su voz es solo un susurro, pero sale cargada de un romanticismo que me hace palpitar el corazón—. Estoy seguro de que le habrías encantado, eres la mujer perfecta para mí.
Tras abrazarme, me levanta con cuidado y me deja en la cama.
Después, cierra el pestillo y vuelve a tumbarse sobre mí.
Se hace hueco entre mis piernas, acaricia la piel desnuda que deja mi ropa, roza mi pelo y me besa con una tranquilidad y una armonía, que se me cuelan por cada poro de mi cuerpo.
Y puede que el reloj vaya en nuestra contra —conforme avanza—, llevándonos a ese final que todos esperamos, pero que nadie quiere, y que todo estalle algún día.
Puede que no seamos dueños del tiempo, pero si algo tengo claro aquí, sintiendo sus labios, es que nuestro reloj es infinito y nuestro amor durará incluso después de que las agujas se paren.