A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Han pasado dos días desde que Dan me pasó la información de Donald y, prácticamente, cuando no he estado haciendo cosas con los demás, los he pasado encerrado en el despacho.

Esta noche no es diferente, necesito que no quede ningún cabo suelto cuando todo salga a la luz.

Odio estar aquí encerrado mientras Ava ve algo en la tele, descansando de nuestro día de excursión con sus amigos.

Salimos a pasear por Broadway y me encantó su cara al descubrir la zona y cómo se fascinaba cuando Dan y yo les contábamos un poco de la historia del famoso Haughwout Building.

Lo hemos pasado muy bien, aunque el imbécil de Lucas me mira mucho peor que al principio y, para colmo, se le ha unido Hugo. No tengo ni idea de por qué, pero pienso averiguarlo.

Bajo la vista a los papeles que tengo delante y miro la foto que está apoyada en el pie de la pantalla de mi ordenador. Es una que nos hizo Jess, en la esquina de Broome Street con Broadway; estamos sonriendo, le rodeo la cintura con el brazo a Ava y ella me mira con una mano en mi pecho.

Suspiro. Quiero tumbarme con ella en el sofá en vez de releer una y otra vez el nombre de todas las pastillas con las que ha traficado Donald.

Suelto los folios, asqueado, y empujo un poco el vaso con los restos del brandy que he bebido, con la intención de ir con ella.

Pero unos toquecitos en la puerta me detienen en el sitio y, unos segundos después, esta se abre y la veo.

La miro de arriba abajo, el pijama que lleva le queda increíble.

La camiseta de tirantes que se ajusta a sus pechos, dejando entrever sus pezones, y ese pantalón tan corto me provocan una tensión peligrosa en la entrepierna.

La sigo con la mirada mientras cruza el despacho y rodea la mesa hasta colocarse a mi lado, con el pelo cayendo por su hombro izquierdo y la clavícula derecha al descubierto, tentándome.

Sin mediar palabra, se sienta en el escritorio frente a mí y no puedo evitar poner las manos sobre sus muslos.

El modo en que sus pezones se endurecen bajo mi tacto me vuelve loco, y se los beso mirándola desde abajo.

Ava enreda los dedos en mi pelo y abre la boca para dejar escapar un suspiro.

Cuando me separo un poco, sus ojos brillan de deseo.

Pero, por muy cerca que estemos, sé que no ha venido solo por esto.

—¿Está pasando algo? —se atreve a decir después de un rato en silencio.

Hago círculos en su hombro, no quiero mentirle, así que se lo cuento sin detener mis caricias.

—Hemos encontrado algo que puede perjudicar bastante a Donald.

—¿Hemos? —pregunta y se olvida de mis atenciones—. ¿Puedes buscarte problemas con ese hemos ? —Lo pienso, puede que sí, pero espero que no. Ava lo lee en mi cara y se tensa—. Zeus, dime que no.

Voy a besarla, pero me aparta la cara y la miro molesto. No se achanta; por supuesto que no, joder. Me desafía con la mirada hasta que no puedo hacer otra cosa que hablar.

—Es complicado, pero no te preocupes. Tendré cuidado y nos quitaremos de encima a Donald.

Ava bufa y se mueve para bajarse de la mesa, pero la sujeto por la cintura.

—Prométeme que no te pasará nada, que no nos afectará.

La contemplo un momento. Me pide algo muy difícil, pero quiero darle todo lo que desee, y si tengo que salir ileso de esto, lo haré como sea. Intento destensar un poco el ambiente acercándome a ella y le beso la clavícula.

—¿Crees que podrás deshacerte de mí con tanta facilidad? —murmuro contra su piel, pero me coge la cara y me levanta la cabeza.

—No es lo que quiero. —Veo la furia en sus iris y cómo aprieta los labios—. Prométemelo —me suplica mientras le paso la lengua por encima de uno de sus pezones duros, mojándole la tela.

—Te lo prometo, nena. —Bajo el cuello de su camiseta y me llevo a la boca el otro pezón, haciéndola gemir.

Después de mi promesa, Ava se resbala desde la mesa, cae sobre mi erección y me hace ver las estrellas con la fricción.

Mueve las caderas con suavidad, dándose placer y arrancándose gemidos.

Me quedo quieto viendo cómo se lleva al límite ella sola y, sin pensármelo, le quito la camiseta.

Se detiene cuando está a punto de correrse y yo siento que no aguantaré mucho más.

Me incorporo de un salto y la tumbo sobre el escritorio, deshaciéndome del resto de su ropa mientras me ayuda a quitarme la mía.

La necesito con urgencia. Cuando por fin estamos desnudos, le abro las piernas y me agacho a la altura de su sexo.

A tan solo unos centímetros de mi objetivo, Ava tira de mi pelo para obligarme a mirarla. Dios, cómo me pone.

—No me has besado cuando he dicho tu nombre —me sermonea y suelto aire por la nariz reprimiendo una risa.

La miro un momento más antes de inclinarme y besar justo lo que tengo delante.

Saco la lengua y la deslizo por toda su abertura, recorriendo primero un labio y luego el otro; después entro un poco.

Todo sin dejar de mirarla. Cuando la retiro, absorbo su clítoris —hinchadísimo por el jueguecito de antes— y consigo que se arquee y grite.

Paso la mano por mi erección, al límite, mientras sigo devorándola.

Ella sigue cada uno de mis movimientos y empieza a jugar con sus pechos. Suficiente.

Me levanto y me pego a su cuerpo con una fuerza no muy controlada. La provoco introduciendo dos dedos de un tirón porque está muy mojada ya.

—¿Te vale con ese beso?

Ava clava los ojos en mí.

—Quiero, mi beso —exige en un tono tan autoritario y poco usual en ella que casi me corro del gusto.

La penetro con fuerza con los dedos varias veces más antes de besarla por fin, abriéndole los labios para meterle la lengua con la misma intención que he tenido en otra zona momentos antes.

Dejo que se saboree y, después, retiro los dedos para hundir mi polla en su cuerpo.

Echo la cabeza hacia atrás, consumido por el placer, y me muevo con fuerza.

Ava se agarra al borde del escritorio con una mano y pasa el otro brazo por mi cuello, recibiendo mis severas acometidas mientras, sin ningún miramiento, mordisqueo sus pezones erguidos.

Su collar se balancea al ritmo de mis empujes, y acerco su cara hasta mí para besarla.

—No volveré a dejarte sin tu beso —digo entre gruñidos y embistes—. No estaba pensando con claridad, honey .

Noto cómo se tensa a cada embestida que doy, haciendo que un latigazo de placer me suba por la espalda.

Joder, voy a correrme. Miro extasiado el punto en que nuestros cuerpos se conectan cuando Ava clava sus uñas en mis hombros.

Alzo la vista, veo cómo se muerde el labio y el deseo desatado asoma en su mirada.

—En el único momento que quiero que pierdas la cabeza es cuando estés entre mis piernas, Zeus.

Ay, joder… La agarro por la barbilla y la beso mientras nos corremos a la vez, en un remolino de gruñidos, suspiros y jadeos.

***

A la mañana siguiente, todavía desnudo, observo desde la cama como Ava se prepara porque hemos quedado para ir a visitar el SoHo.

—Sal de la cama ya —pide mientras se trenza el pelo de su coleta, pero no me muevo.

—¿Por qué no vuelves tú a la cama? —la provoco y sonríe.

—No voy a caer en la trampa. —Aun así, se muerde el labio al mirarme y coloca las manos en las caderas, por encima de la cintura de la falda vaquera que se ha puesto—. Vamos, no quiero que nos esperen.

—Dame un beso y saldré.

Me conoce, pero vuelve a sonreír y empieza a caminar despacio hacia mí, negando con la cabeza.

—Siempre caigo —dice inclinándose sobre el colchón y tiro de ella hasta que está tumbada y le hago gritar.

—Y si lo sabes, ¿por qué has venido?

Me mira un momento a los ojos; está guapísima hoy. El color marrón de su top de tirantes le queda increíble. Miro sus labios estirarse de nuevo en una sonrisa mientras se encoge de hombros acomodándose en mis brazos.

—No puedo resistirme a ti.

La observo con detenimiento, acercándome de nuevo a su boca.

—Ya, me pasa igual. —Le muerdo la barbilla haciéndola reír y consigue escapar de mis brazos.

—¡Venga! Si no, me voy sin ti.

Entrecierro los ojos mientras salgo de la cama y Ava, encantada, mira mi desnudez. Cuando levanta la vista y ve mi sonrisa felina y orgullosa, alza los brazos al aire, haciéndose la exasperada.

—Te lo tienes muy creído —bromea, sacándome la lengua antes de salir del dormitorio.

Voy al vestidor, que está dividido entre su ropa y la mía, y me visto sin poder borrar la sonrisa de mis labios.

Cuando termino, Ava casi me arrastra hasta la calle, donde los demás nos están esperando.

Enseguida echo de menos a mi hermana y a mis sobrinos, que no han podido venir.

Cuando los miro, lo primero que recibo es el ceño fruncido del abogado.

—¡Hola! —saludamos.

Dan nos levanta la mano desde la puerta de su coche y Jess, que va sentada de copiloto, saca medio cuerpo por la ventana para saludarnos.

Maddison hace lo mismo y sube con ellos al coche, acompañada de Hugo.

Al girarme para entrar en mi coche, me fijo en que Marc, a quien Ava ha insistido en que invitemos porque le cae genial y cree que necesita amigos, está mirando a la más joven del grupo.

Levanto una ceja, sorprendido, y él me mira un momento antes de apartar la mirada de forma brusca.

—¿Por qué está ese coche aquí? —pregunta Ava a Marc cuando ve el todoterreno que siempre conduce cuando hace de chófer.

—Porque me habéis invitado, ¿no?

Ava me mira alucinada y me es imposible reprimir la risa. Marc, al que ya conozco desde hace años, también me mira sin entender. Me coloco las gafas de sol sin dejar de divertirme con la escena.

—Marc, te he invitado como uno más del grupo… —Ava hace un gesto hacia mí para que diga algo.

—¿Qué? —pregunto, aguantándome la risa.

Ava bufa y se dirige al coche.

—Conduce tú, Zeus. Marc, sube al coche con Lucas —nos ordena.

El abogado va detrás de ella como un maldito perro faldero y yo me giro hacia mi colega, que todavía no sabe qué ha pasado ni de dónde ha sacado Ava el carácter. Me acerco a él y le doy un par de palmadas en la espalda.

—Bienvenido, tío —le digo antes de subirme al coche.

***

Unas horas después, tras visitar algunas tiendas, almorzar en un restaurante y volver a ver más tiendas, estamos en la galería de arte más conocida del Soho, admirando el trabajo de un fotógrafo famoso que expone hoy.

Por cómo Ava alucina, presta atención y se maravilla con todo lo que hay a su alrededor, sé que he hecho bien en programar esta actividad.

En realidad, en la galería solo ha disfrutado ella.

Los demás la hemos acompañado y debo admitir que me siento orgulloso de cómo todos han aguantado tres horas por ella.

He visto cómo Jess ha bostezado demasiadas veces hasta que Dan se rio al verla; cómo Maddie tuvo que ir a echarle un ojo a las plantas que decoran el local para no aburrirse; Hugo probó casi todos los asientos de la galería; Marc salió con la excusa de fumar alguna que otra vez; y Lucas, aunque solo sabe mirarme mal, me ha estado estudiando con detenimiento mientras yo no podía quitarle los ojos de encima a mi chica.

—Estoy agotada —se queja Jess, apoyándose en el brazo de Hugo cuando salimos de la galería.

—¡Ha sido alucinante! —exclama Ava, haciendo que los demás la miren con desacuerdo, pero sin expresarlo en voz alta.

—Me alegra que te haya gustado, honey .

Mientras guarda en su bolso todos los folletos que ha cogido, le paso un brazo por los hombros y empezamos a caminar unos pasos por delante de los demás.

—Gracias por sacrificar a todo el grupo solo para que yo sea feliz. —Cojo aire y el corazón se me acelera de repente porque ha descubierto el único objetivo de mi plan. Me besa el pecho y sonríe—. Te quiero, romanticón.

Antes de que pueda decirle nada, se separa y se acerca al grupo para charlar con ellos. Veo cómo Ava suelta una carcajada cuando Jess finge quedarse dormida de pie al oír que Hugo propone tomar una copa antes de irnos a descansar. Me río yo también.

«Por supuesto que sacrifico a todo el grupo por una de sus sonrisas», me digo en silencio.