Capítulo 13
Cuando le dije a Ava esta mañana que tenía una reunión importante, no le mentía del todo.
Solo le he ocultado información que no necesita saber ahora, no quiero que se preocupe sin necesidad.
Dan me llamó bien temprano para que pudiéramos hablar sobre lo que el tipo que contrató había encontrado.
No podía creer lo que estaba oyendo cuando me explicó por encima que Donald ha traficado con sus fármacos durante décadas y que mucha gente lo quiere muerto.
Luego, dejó caer un puñado de papeles sobre la mesa para que pudiera verlo con mis propios ojos.
Ha vendido medicamentos sin recetas a personas enfermas, ha traficado al por mayor y, aunque lleva diez años sin hacerlo, sigue metido hasta el cuello con una banda a la que le debe una fortuna.
Me pellizco el puente de la nariz. No hace falta que lo lea en ningún sitio, ni que nadie me lo confirme, pero estoy seguro de que ese cabrón utilizaría mi hospital para saldar la deuda.
Por eso quiere que me case con su hija, para pedirle a ella que lo ayude. ¿Sabrá Crystal esto?
Apoyo el codo sobre la mesa en la que nos hemos reunido en el hospital y tengo a Donald delante de mí.
Mi padre y Crystal también están presentes.
En cuanto supe lo que el hombre de Daniel había descubierto, solo quise terminar con el problema de forma física, pero ahora que veo cómo Donald se pavonea por el hospital que quiere quedarse, mi cabeza no deja de idear planes para deshacerme de él sin mancharme las manos.
En estos momentos sería capaz de coger la mesa y lanzársela.
A pesar de que hay varias personas —además de mí— deseando vengarse, tiene los cojones de amenazarme de nuevo con la información que conoce sobre Ava.
El muy demente me ha dicho que la venderá a las cadenas de televisión…
Debe de estar perdiendo la puta cabeza. Pero sé que no está loco, sabe bien lo que hace y que puede ganar dinero si ofrece algo morboso sobre mí.
Antes no entendía por qué quería llegar tan lejos, pero tras conocer la cifra que debe, comprendo que está buscando soluciones a toda costa.
—Olvídate de Ava, Donald —ordeno, intentando controlar mi temperamento—. Del hospital también. ¿Cuánto dinero necesitas?
Donald vacila al mirarme y, cuando me fijo en que algo ha encajado en ese diminuto cerebro que tiene, sujeta con fuerza el puñetero reloj de bolsillo que siempre lleva.
—Solo quiero que te cases con mi hija.
Aprieto los puños con tanta fuerza que me imagino estrangulándolo.
—Todo menos eso, Lewis. Jamás estaría con alguien como tu hija. —Arrastro la lengua, sintiéndome venenoso con él delante, justo cuando percibo la mirada de Crystal sobre mí.
—No hay nada más que hablar entonces. No creerás que por decir que la has dejado, y por haberla echado de tu apartamento, la boda va a cancelarse, ¿no?
—Estás loco, Donald —interviene mi padre, que sabe lo que pasa desde que, en un ataque de pánico, acudí a él cuando Crystal me amenazó con hacer daño a Ava—. Ya tienes tu parte del hospital, deja a nuestros hijos en paz.
Lewis mira a mi padre, echando fuego por los ojos y parece que quiere tirársele encima. Entonces da un paso hacia él, amenazante, pero mi padre no se achanta; aun así, me levanto a la espera de tener que intervenir.
—¡Basta! —aúlla Crystal, con el rostro compungido.
La miro atónito, ¿qué hace?
—Hija, ¿qué ocurre? —pregunta Donald entre dientes, no muy contento de que ella haya tomado el control por una vez .
Crystal clava sus ojos en los míos desde el otro lado de la mesa de reuniones.
Por un instante, creo ver a la mujer que conocí años atrás, a la que un día besé y acaricié con amor.
Elimino ese pensamiento de mi cabeza al recordar lo ruin que es, y la mirada de ella también cambia.
De repente, camina con rapidez hacia mí y, cuando parece que va a decir algo, me abofetea con todas sus fuerzas.
No me muevo ni un milímetro, pero despierta en mí un infierno al que deseo arrastrarla y condenarla.
—Eres un hijo de puta. —Ladea la cabeza y se muerde los labios para destilar su rabia—.
No voy a casarme contigo, Zeus. —Un silencio sepulcral invade la sala.
Hay tanta tensión que se puede cortar con un cuchillo.
Mi padre me mira asombrado sin saber qué decir.
Yo tampoco tengo palabras, pero me invade una paz interior tan esperada, tan deseada, que solo puedo observarla mientras vuelve a hablar—.
No habrá boda, pero, a partir de ahora, vas a vivir atento a todos mis movimientos porque pienso cobrarme lo que me habéis hecho.
Voy a separarte de ella, Zeus, te alejaré tanto que nunca volverás a verla.
Con esa amenaza tan aterradora, sale de la sala y Donald va tras ella, dejándonos a mi padre y a mí solos. Sé que encontraremos una salida y haré lo que haga falta. Aun así… Me dejo caer en la silla de nuevo y me desmorono por completo. Mi padre se acerca a mí y me pasa un brazo por los hombros.
—Buscaremos una solución, hijo.
La presión me oprime el pecho y, por primera vez en años, siento un terror imparable recorrerme el cuerpo.
—La van a destruir, papá. —Me revuelvo el pelo con desesperación—. Saben cosas de ella que pueden hacerle mucho daño y yo no sé qué haré si la veo sufrir tanto.
Mi padre me mira preocupado.
—Deja de intentar protegerme, Zeus. El padre aquí soy yo y me toca velar por mis hijos y sus familias —comenta con firmeza—. Dime de una vez qué peligro acecha a esa chica.
Me tiembla el cuerpo de impotencia por no poder hacer nada.
Asiento un par de veces y le cuento todo lo que sé.
El problema no es la familia de Ava, pues no son gente con nombre.
El verdadero problema es que esa familia, formada por una yonqui y un viejo que ha preferido el dinero a su nieta desconocida, es de mi novia.
—Tranquilo, hijo —dice cuando me quedo callado al terminar—. No dejaremos que le hagan daño.
Estamos en silencio un buen rato hasta que él decide dejarme solo. Cuando la puerta se cierra, me descontrolo sin poder evitarlo y tiro lo que hay sobre la mesa. Respiro con fuerza y, aunque sé que a esta planta nadie puede subir, miro a mi alrededor al ser consciente de lo que ha pasado.
Cuando logro calmar mi respiración, saco el teléfono y llamo a alguien para que venga a arreglar todo este desastre. Sin esperar respuesta, salgo del hospital para irme a casa. Agradezco no haber venido en mi coche y haber pedido a Marc que me esperase fuera.
***
Subo en el ascensor mientras intento relajarme pensando en las ganas que tengo de ver a Ava y de saber cómo le ha ido el día. Pero la idea de esperar a que sus amigos se vayan y tener que estar casi dos semanas sufriendo en silencio por la amenaza de Crystal me carcome por dentro.
Cuando entro en el ático tengo las manos apretadas. No tardo en ver su cabeza al otro lado del salón, está tumbada en el sofá y la única luz de la estancia es la del televisor. En cuanto me oye, se coloca boca abajo y me mira con una sonrisa. Maldita sea, vivo para esa sonrisa.
—Hola —digo sin moverme, aún intranquilo.
Ella frunce el ceño un poco, pero mantiene la increíble sonrisa que siempre se le dibuja en los labios al verme, consiguiendo que me olvide de todo lo que nos rodea.
—Hola, cariño. ¿Qué tal el día?
Por un momento, pensaba encerrarme en el despacho para estar a solas y poner en orden el plan antes de organizarlo con Dan.
Pero tenerla en el sofá esperándome solo hace que necesite acercarme a ella.
Así que dejo caer el maletín en el suelo, consiguiendo que Ava se incorpore, extrañada, y me arrodillo frente a ella para abrazarla.
—¿Qué pasa, mi amor? —Niego con la cabeza apoyada en su estómago y noto sus dedos moverse por mi pelo—. ¿Zeus?
La miro a los ojos, sintiendo el fuego que provoca en mis venas cada vez que escucho cómo dice mi nombre, y me aproximo a su boca para arrasarla con un beso cargado de tensión, amor y miedo… mucho miedo.
—Ha sido un día de mierda, nena.
Tras un silencio, se escurre del sofá, haciendo que nos sentemos en el suelo, y se acurruca entre mis brazos.
—¿No era una reunión de trabajo, verdad? —pregunta con los labios pegados a la piel de mi cuello.
Niego de nuevo sin mirarla, no puedo hacerlo.
Me abraza con fuerza. Quiero contarle lo que voy a hacer con Donald, lo que Crystal ha dicho hoy, pero decido darnos una tregua como habíamos acordado, aunque eso no sea más que engañarnos a nosotros mismos mientras el caos se desata a nuestro alrededor.
Le levanto la cara para que me mire, y el corazón se me acelera por tener su boca tan cerca de la mía.
—Lo solucionaremos cuando se vayan.
Cuando Ava asiente, la beso con devoción.
Al principio intento contenerme, pero mis manos viajan por todo su cuerpo, adorándola.
Gime cuando atrapo uno de sus pechos por encima de la ropa y se sienta a horcajadas sobre mí, contoneando las caderas con delicadeza y abrasándome de placer.
Le aparto el pelo de la cara y beso su cuello mientras se deshace de mi americana.
—Juntos hasta el fin del mundo, Zeus.
La miro a los ojos, absorbiendo su declaración, y estoy convencido de que no puedo tener nada mejor que esto. Sujeto su cara con las manos, abro un poco su boca y asiento en silencio antes de sellar nuestro compromiso con un ardiente beso.