Capítulo 9 #2
—William y yo nos conocimos cuando él viajó a España con unos amigos.
Ellos estaban en la plaza y tu tía y yo habíamos salido a hacer unos recados.
Me fijé en él en cuanto lo vi y, al parecer, a él le pasó lo mismo conmigo.
Solo iban a estar tres semanas en Madrid...
—Aparta la mirada un instante y veo el dolor del recuerdo en ella—.
Fueron los días más maravillosos de mi vida.
Pero llegó el día de marcharse, así que lo acepté y nos despedimos.
Me prometió volver al año siguiente por la misma fecha y decidí esperarlo.
—¿Un año? —pregunto sorprendida y ella sonríe con cariño.
—Era maravilloso y no tenía nada que perder, así que, después de doce meses, lo esperé en la plaza. Cuando volvimos a vernos, los dos habíamos cambiado mucho, él se había alistado en el ejército y yo acababa de perder a mi único apoyo en casa: mi hermana.
—Se enamoró de Teodoro y se vino aquí a vivir.
Marga asiente, sumida por completo en el pasado.
—Desde que María se marchó, mi casa se volvió un caos, pues mis padres discutían todos los días.
Mi padre bebía cada vez más y mi madre cayó en una depresión horrible; a pesar de haber ayudado a su hija a salir de aquel infierno al que llamaban hogar, aquello la terminó destrozando.
Y a mí, cada día, iba superándome más y más, hasta que llegó el primer golpe.
Mi padre ya no tenía suficiente con mi madre, así que…
—Se le quiebra la voz y me llevo una mano a la boca, imaginando el suplicio que debieron soportar.
Suspira y continúa—: Cuando no pude más, le pedí a mi hermana que me acogiese, y ella y su recién prometido no lo dudaron.
Al oírla, se me viene algo a la cabeza.
—Entonces, esa hermana y su hijo del que nos has hablado ¿no existen? —Niega con la cabeza y caigo en lo peor—. ¿Estás sola?
Rompe en llanto y se oculta la cara hasta que se tranquiliza un poco.
—Llevo sola en este edificio desde hace más de treinta años.
Tu tía se marchó cuando Teo murió, y yo, que ya tenía aquí a mi William, no quería irme sin él.
Luego formamos una familia preciosa, pero cuando las niñas crecieron me convertí en mi propia madre.
Solo que William jamás nos puso una mano encima.
Ana y Sandra se fueron a España con tu tía; las niñas querían disfrutar del último verano antes de que Sandra terminara la universidad, pero lo que iban a ser unas vacaciones sin más para nosotros fue, para ellas, un descubrimiento.
Sandra vino soñando con la posibilidad de volver cuando apenas había regresado, y Ana se pasaba el día suspirando por un joven al que había conocido en Madrid.
Abro los ojos.
—Mi padre —susurro.
—Sí, Jorge vino aquí meses después de las vacaciones de mis hijas.
A William y a mí nos pareció encantador.
Cuando tuvo que volver, Ana se vino abajo, lo pasó muy mal y, cuando pasaron seis meses, nos suplicó que la dejáramos ir a visitarlo.
Al principio yo no quería, pues estaba aterrada, Sandra ya se había ido a España a trabajar y solo nos quedaba Ana.
Pero no podía retenerlas, ellas querían volar.
Así que las dejé. Fue la última vez que vi a mis hijas.
Ninguna regresó ni llamó. —Ahogo un gemido doloroso, ¿cómo pudieron hacer eso?
Marga se pasa una mano por los ojos—. Tu tía quería que hiciera algo, me decía una y otra vez que debía tener mano dura, pero…
¿cómo? Ellas no querían estar con nosotros, no se puede obligar a permanecer a quien no quiere estar.
Así que ella también perdió el contacto con mis niñas hasta que Jorge la encontró para contarle que su sobrina los había abandonado a él y su hija pequeña.
Me siento tan aturdida, tan dolida. Las lágrimas me recorren la cara, ¿cómo pueden las personas hacer tanto daño?
—¿Por qué no fuiste a conocerme? ¿Por qué no fuiste a ayudar a mi padre?
Marga coge mis manos y las aprieta con afecto, las tiene heladas y un sentimiento de pena por ella me atraviesa el pecho.
—Lo intentamos, pero cuando llegamos a Madrid tu padre no quiso vernos. No quería que su hija tuviese más contacto que el de mi hermana. Quería que te alejaras de esta vida para siempre y, la verdad, mi niña, lo entiendo. En su situación yo habría hecho lo mismo.
—Pero ¡eso no es justo! —me quejo, dirigiendo mi rabia a mi padre por prohibir que nos conociéramos—. Mi padre actuó de forma egoísta e injusta contigo.
—Tú no lo comprendes porque no eres madre, pero algún día lo serás y entenderás a tu padre. Ahora puedes creer que fue el malo por actuar así, pero solo quiso proteger a su hija de la familia de la mujer que los había abandonado.
Marga sigue hablándome de su pasado, de cómo la situación rompió su matrimonio, a pesar de estar muy enamorados el uno del otro, y eso la llevó a vivir sola en el piso donde hacía tantísimos años había sido feliz, con la esperanza de serlo de nuevo.
Mientras la escucho, menos odio le tengo, no podría.
Ella solo es una madre que perdió a sus hijas, una mujer abandonada con la pena de su historia en un edificio solitario.
—Te perdono, Marga —digo, haciendo que deje de hablar de forma tan abrupta—.
Te ganaste mi corazón en cuanto llegué y no es justo que ahora quiera arrebatártelo.
Tengo muchas cosas que aclarar, muchos sentimientos que apaciguar, pero no quiero perderte.
Eres una mujer encantadora que quiero que siga estando en mi vida.
Con los ojos cargados de lágrimas, asiente y volvemos a abrazarnos.
Mientras la sostengo y le ofrezco consuelo, cierro una parte de este desastroso episodio de mi vida.
Acabo de recuperar un pedazo de mí que llevaba anhelando tener desde pequeña y solo quiero disfrutarlo.
Estrecho a Marga contra mí un poquito más, a la vez que nos prometo algo a las dos: encontrar a William.