A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

A medio camino, le pido a Marc que cambie el rumbo y terminamos delante del edificio de Marga. Le pido que entre conmigo, pues me ha dicho que me esperará fuera sin importar cuánto pienso demorarme. Pero se ha negado rotundamente.

Entro en el edificio y me encuentro a Maddie mimando una de las plantas que ha traído para darle algo de vida y color al rellano.

Hoy no lleva nada negro puesto, todo lo contrario, en realidad.

Su top de tirantes es fucsia y lleva unos vaqueros blancos de talle alto que realzan sus curvas.

El pelo le cae en ondulaciones rubias y azulonas por los hombros y…

¿le falta el piercing de la nariz? ¡Guau!

—Estás preciosa —comento y levanta la mirada de la maceta al oírme—. ¿Y este cambio?

Ella se encoge de hombros y coloca la planta sobre la repisa en la que estaba; luego, se acerca a mí rodeando el mostrador de la recepción, donde tiene varios libros y apuntes.

—Supongo que ya era hora. Me identifica demasiado con mi antiguo yo.

Aunque antes la respetaba, porque soy su amiga y la apoyaré en todo lo que le haga feliz mientras no salga herida, su imagen actual me gusta muchísimo más. Es como si estuviese conociendo a la verdadera Maddison.

—Pues estás fenomenal.

—Gracias. —Ríe encantada y se le ilumina el rostro.

—Oye, vengo a ver a Marga. ¿Ha salido?

Maddie niega con la cabeza, se sienta en su silla y se pone a ordenar papeles.

—No, me ha dicho literalmente: «Maddison, voy a hacer dulces. Luego te bajo alguno». Después, me ha guiñado un ojo y ha subido de nuevo. —Soltamos una risa.

—Está bien, voy a verla —digo dirigiéndome al ascensor, pero me detengo cuando algo cruza mi mente y me acerco de nuevo a ella—. Por cierto, no sé cuánto tardaré. Marc va a esperar fuera. ¿Puedes pedirle que entre y me espere aquí? Así os hacéis compañía.

Maddie me mira sorprendida por completo. Veo que suelta el labret —una argolla plateada— de su labio y niega varias veces.

—Voy a estar estudiando, se va a aburrir.

Esta vez la que rechaza su idea soy yo, sonriendo. Creo que Marc no se aburriría en absoluto observándola, porque por cómo la miraba en el coche la vez que la llevó a casa, algo me dice que se va a entretener de lo lindo. Pero no digo eso, claro.

—Venga, va. Hazlo por mí.

—Jo, Ava… —Hace como la que lloriquea, pero se levanta.

Antes de ir a la puerta me mira pensativa. ¿Está nerviosa? Al darse cuenta de que estoy empezando a preguntarme cosas, suelta un bufido y sale a la calle. Es entonces cuando voy al ascensor y entro.

Delante de la puerta de Marga, pienso en mi tía.

Ahora mismo estaría desahogándome con ella, contándole lo que ha pasado.

Pero ella ya no está y Marga es lo más parecido a mi tía que tengo.

A veces, creo que el destino ha querido dejarme a esta mujer para que siga a mi lado por ella.

Hago sonar una vez el timbre y la puerta se abre, dejando salir un olor a dulce horneándose que se cuela enseguida por mi nariz.

—Hola, mi niña. Qué alegría verte.

Es su cariño, su magnífico trato hacia nosotras, hacia mí, lo que hace que me rompa. Esta mujer conoce mucho más de mi familia que yo, me ha enseñado fotos antiguas, me habló de William… Marga es parte de mi familia ahora y me derrumbo en sus brazos como habría hecho con mi tía.

—He visto a mi madre —digo en medio del llanto y la reacción de su cuerpo al oírme es innegable.

Silencio. Ni una palabra mientras lloro. Me arropo contra su consuelo desinteresado y noto cómo me pasa las manos por el pelo. Estamos así un ratito más hasta que me levanta la cara y me da un suave beso en la frente.

—Entremos, tesoro.

Dejo que me guíe y escucho cómo cierra la puerta mientras observo las fotos enmarcadas que descansan sobre un mueble en el que no había reparado.

Me acerco para verlas mejor y algo llama mi atención.

Cuatro personas sonríen mirando a la cámara y reconozco a las dos niñas de otras fotos que Marga me ha enseñado antes, pero esta es distinta.

En esta no hay nadie más alrededor, es una fotografía familiar y un frío helado me recorre la columna.

Se me eriza la nuca y me llevo una mano a la boca.

Cojo el marco con una mano temblorosa, tomo aire unos segundos antes de apartar la mano de mi boca y recorro los rostros uno a uno con mis dedos.

Primero repaso la figura del hombre con bañador, se está riendo y en sus piernas sonríe una niña con el pelo recogido en un moño mal hecho; al lado de esta, hay otra más pequeña sentada en la arena.

Sé que son Ana y Sandra. Por lo que, si no me equivoco, ese hombre es William, su padre.

El corazón se me dispara al ver esta foto tan bonita, pero lo que de verdad me ha provocado esta sensación de desconcierto es la mujer.

Paso el dedo por su cuerpo cubierto con un bañador negro y me detengo en su rostro.

Aunque la foto tiene mucho más de cuarenta años, soy capaz de reconocerla a la perfección.

Sin soltar la foto, me giro despacio hasta toparme con el futuro de esa fotografía.

Marga se limpia las lágrimas de sus mejillas, sollozando cuando la realidad nos golpea de manera dolorosa a las dos. A mí por descubrir quién es y a ella porque lo haya hecho.

—Lo siento, tesoro. Lo siento tanto...

En medio del dolor y la rabia, algo cruza por mi aturdida cabeza.

—¿Desde cuándo lo sabes? —Entonces abro los ojos con más sorpresa al darme cuenta de algo—. ¿Lo has sabido todo este tiempo?

Marga se agita con mi pregunta y se tapa la cara con las manos cuando se quita las gafas. Tomo aire, esperando el golpe.

—Queríamos que te instalaras —dice entre lágrimas y se me parte el alma al verla así—, que te recuperases de la muerte de mi querida hermana para poder contártelo…

Me estremezco cuando oigo llamarla hermana.

—¿Quiénes, Marga?

—Tu tía y yo. Cuando supo que le quedaba poco tiempo, me llamó.

Llevaba mandándome fotos tuyas toda tu vida, he visto cómo crecías a través de vídeos y fotos, lejos de ti.

Cuando por fin te vi en persona quería abrazarte y contártelo, pero entonces nos conocimos como amigas; me hablaste de tu pasado y al descubrir lo dolida, asustada y destrozada que la indeseable de mi hija te dejó, temí contarte que yo también había mantenido distancias contigo. Aunque por razones muy diferentes.

La cabeza me da vueltas.

—Pero, tú me hablaste de William. ¿Ibas a dejar que le conociera sin decirme quién eras?

Cierra los ojos, presa del llanto y, por más que quiero odiarla por estas mentiras, solo veo a mi adorada Marga. A la mujer que nos ha arropado todo este tiempo, la que nos ha acogido a todas con un amor infinito. La miro, sin poder apartar la vista de ella, mientras todo empieza a encajar.

—Tenía miedo de que te marcharas. —Llora desconsolada—. Tenía la estúpida esperanza de que Will te contara la verdad. —Aparto la mirada un instante al escuchar el tono anhelante que utiliza al decir su nombre de esa forma tan cariñosa—. Lo siento tanto...

Se me escapa un sollozo al oír el desgarrador quejido que sale de su garganta.

El martirio que habrá pasado… Cierro los ojos de nuevo, solo quiero abrirlos y que nada de esto esté pasando.

Pero, al hacerlo, solo vuelvo a tener a la mujer que me ha cautivado como persona mucho antes de saber que en realidad es mi abuela materna.

Y lo entiendo, por fin y gracias a ella, lo entiendo.

No más rencor, no más rabia, ni venganza, ni reproches. No puedo seguir odiando.

Me acerco a ella y la rodeo con mis brazos, igual que ella ha hecho conmigo un momento antes.

Igual que Jayden hizo cuando vino a rescatarme, sin saber siquiera que lo estaba haciendo.

Miro su pelo casi blanco, pensando en cuánto sufrimiento habrá pasado y, simplemente, le doy la bienvenida a mi vida.

Nos quedamos así un buen rato hasta que decide apartarse. Cuando me mira, veo a Ana en sus ojos. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? La guio para que se siente en el sofá cuando un olor me llama la atención.

—¿No te huele a quemado?

Su cara se pone pálida, se levanta deprisa del sofá y corre hacia la cocina.

Al abrir el horno, agita una mano para apartar el humo que sale.

Me quedo mirándola sin poder creer lo que acabo de descubrir: es la madre de Ana, es mi…

es mi abuela. ¿Por qué mi tía nunca me lo contó?

¿Lo sabrán mis padres? Tendré que llamarlos y preguntarles.

Ya no soy una cría, soy una mujer adulta y tengo derecho a conocer mi pasado.

Mientras le doy vueltas en la ca beza, Marga se planta frente a mí, con cara de atormentada y los ojos llorosos, y veo que lleva en la mano un plato con las galletas que ha podido salvar.

—¿Y si solo somos Marga y Ava? —murmura, mirando las galletas y evito un mohín antes de hablar.

—No, Marga —digo, dando golpecitos a mi lado en el sofá para que se siente y, aunque mis palabras la dejan paralizada, lo hace.

Le quito el plato de las manos y lo dejo sobre la mesa que tengo delante—.

No me apetece que finjamos como si nada.

Quiero escucharte, entenderte, perdonarte y empezar de cero.

—Le seco una lágrima que rueda por su mejilla, con un cariño que me desgarra—. ¿Por qué?

Ella coge aire y yo aguanto las ganas de volver a romperme. Ni una vez más. Creo que ya he llorado suficiente. Marga no necesita que le aclare mi pregunta, sabe que necesito que me responda todos los porqués. Y es lo que hace.