A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Siento que estoy en el mejor momento de mi vida.

A pesar de los inconvenientes por los que estamos pasando Zeus y yo en nuestra relación, a pesar de lo que he descubierto sobre mi propia vida, a pesar de que eso involucre a mis padres…

¿A eso se refería mi padre cuando dijo que ojalá nada cambiara al mudarme?

Quizás. Todavía me quedan muchas cosas por descubrir y arreglar.

Soy feliz, el trabajo me va fenomenal, casi hemos terminado de remodelar el estudio y, en muy poco tiempo, podré pasar el trabajo allí.

Zeus es increíble y a las chicas les está yendo genial.

Pero, a veces, aunque me siento de maravilla, tengo el presentimiento de que esto solo es el sol que sale entre las nubes cuando una tormenta se toma un descanso antes de volver a descargar su furia sobre nosotros.

Ojalá me equivoque, pero me es imposible quitarme esa sensación de la cabeza.

Niego con un gesto frente al espejo del cuarto de baño y me seco la cara con la toalla que tengo a mi lado; después, me recojo el pelo en una coleta alta y salgo de casa. Zeus se fue temprano al trabajo y yo no tengo las próximas sesiones hasta la tarde, así que voy a hacer algo de deporte.

Una vez en la calle, decido estirar un poco, lo último que necesito ahora es lesionarme por haberme apetecido ser fitness después de semanas sin tiempo para ello.

—Buenos días .

Me giro al oír esa voz y me encuentro a Marc fuera del coche, observándome desde su posición.

Como siempre, viste un pantalón oscuro y una camisa remangada que se ajusta a sus músculos.

El pelo rubio le brilla con el sol y lleva unas gafas que le quedan muy bien.

Le sonrío y vuelvo a mi lo que estaba haciendo.

—¿Qué tal, Marc? ¿Qué haces aquí? Voy a correr un poco —digo mientras agarro el pie para estirar la pierna—. No necesito que me lleves.

Arruga la frente antes de acercarse a mí y cruzarse de brazos.

—¿Acaso sabes dónde ir? —bromea.

Me encojo de hombros; no tengo ni idea, pero si me pierdo, usaré Google o llamaré a Zeus. Marc niega con la cabeza, disgustado por mi despreocupación.

—Ten el móvil operativo por si acaso —intento tranquilizarlo, recordando de pronto que Zeus me dio el teléfono de su chófer.

Al ver que va a decirme algo, empiezo la marcha hacia la izquierda y, cuando creo que llevo varios metros alejada de él, noto que me observa desde lejos hasta que giro una esquina y lo pierdo de vista. Qué intensos son estos neoyorquinos.

Me sumerjo enseguida en mi carrera, disfrutando del trayecto y de la gente.

Cuando llevo apenas cinco minutos y casi me choco con media ciudad, me detengo.

¡Qué suplicio! Esto ha sido una mala idea.

Cambio de rumbo y me dirijo al único sitio que sé dónde está.

Intento no bajar el ritmo del trote, a pesar de tener que sortear a muchas personas, y continúo la marcha quince minutos más hasta llegar a Central Park.

El paisaje cambia de forma radical aquí dentro y, como siempre, sigo alucinando.

Atrás han quedados los edificios altos de Midtown, donde vivimos Zeus y yo.

Ahora solo hay vegetación. No es algo que conozca mucho, pero conforme avanzo reconozco los olmos que se alzan sobre mí.

Respiro hondo y sonrío. ¿Quién me lo diría?

De buscar un local en Madrid para fundar mi primer estudio fotográfico a tenerlo en Times Square —el símbolo cosmopolita de Nueva York— y poder hacer ejercicio en Central Park mientras el chico de mis sueños está trabajando.

Cuando las piernas empiezan a cederme, me detengo a un lado y recobro el aliento.

Poco después, suena una notificación del calendario, recordándome que esta tarde tengo trabajo, aunque nunca se me olvidaría.

Estiro el cuello un poco, sonriendo al pensar que estos dos trabajos serán los últimos que haré en la calle.

Como el próximo es dentro de dos días —pues todavía estoy haciéndome un hueco en el mundillo— y hoy el estudio estará listo, he citado a mis clientes allí. ¡Estoy emocionadísima!

Salgo del parque caminando y me mezclo entre la gente hasta que llego a una plaza.

No sé dónde estoy, pero la zona es bonita: hay cafeterías, tiendecillas y puestos de comida ambulante.

Me quedo tan ensimismada observando a uno de los vendedores, que está haciendo algodones de azúcar con forma de dibujos animados, que no me percato de que alguien viene corriendo y choca de lleno conmigo.

Me golpea en las costillas y casi me caigo de no ser porque también me tropiezo con otra persona que hay detrás.

Al levantar la mirada para buscar a la persona causante del infortunio, voy recorriéndola con la vista y me fijo en varios detalles.

Primero en sus zapatos sucios y rotos, luego en los pantalones manchados, la camiseta grande y, por último, en su rostro delgado.

Tiene el pelo castaño, suelto y enmarañado.

La mujer —imagino que es vagabunda por sus pintas— me mira mal, como si yo hubiese tenido la culpa y, por un momento, pienso en disculparme y dar media vuelta. Sin embargo, algo llama mi atención.

No se mueve, permanece ahí plantada observándome como si yo fuese un bicho raro.

Y eso que soy yo quien está en mejores condiciones físicas.

Frunzo el ceño y me empiezo a asustar por si tiene intención de agredirme.

Pero entonces, hace un gesto que me deja sin aliento: arruga la frente, parpadea, se muerde la mejilla por dentro frunciendo los labios a un lado y se sujeta los dedos de una mano con la otra.

Dios mío… Reconocería ese rostro en cualquier parte, he estudiado sus fotografías durante muchos años intentando encontrar una explicación.

Año tras año, he repasado álbumes que mi padre seguía teniendo escondidos en casa. He visto ese perfil miles de veces.

No puedo respirar. El pecho me duele tanto que solo quiero tumbarme y llorar.

—Ana… —murmuro a duras penas, haciéndola reaccionar y confirmando mi terror. Al oírme, abre los ojos y sale corriendo en dirección contraria.

No puedo moverme ni un centímetro. Con el corazón latiendo a mil por hora, miro hacia todos lados.

No sé dónde estoy y solo quiero irme a casa.

¿Cómo…? ¿Cuáles eran las malditas probabilidades?

Empiezo a notar cómo el pecho se me cierra y me doblo sobre mí misma, cogiendo aire poco a poco.

Asustada, saco el teléfono y llamo a la única persona ajena a todo esto.

No puedo llamar a Zeus, no sabe nada de esto y no quiero que se entere así. Tampoco puedo llamar a Marc o Daniel en este estado, ellos informarían a Zeus de inmediato. Así que solo me queda una persona.

***

Estoy sentada en un banco, con la mente trabajando sin descanso, cuando aparece frente a mí.

No le he contado qué ha pasado, solo que necesitaba ayuda y no se lo ha pensado, ni siquiera me ha preguntado nada.

Le he enviado la ubicación al móvil y ha venido enseguida.

Me levanto conforme se va acercando y, necesitada del contacto de Zeus que yo misma me estoy privando al ocultarle esto, me sumerjo en el abrazo de Jayden.

No puedo controlar la forma en la que mi cuerpo se agita con el llanto por el dolor y la rabia de todos estos años de abandono. Por la ira al descubrir que prefirió la calle a su familia. Noto las manos de Jayden en mi espalda y cómo sus brazos me rodean con fuerza.

—Estoy aquí —me dice bajito y, cuando levanto la cara, me lo encuentro muy cerca.

Parpadeo un instante antes de separarme un poco, poniendo las manos en su pecho. Tuerzo la boca con disgusto al darme cuenta de que he mojado su camiseta.

—Lo siento, yo…

Jayden me hace callar negando con la cabeza y, después, me acaricia el contorno de la mandíbula con los nudillos.

No puedo evitar apartarme de nuevo y veo cómo sus ojos verdes me observan con una intensidad abrumadora.

Sé que es un hombre maravilloso y que ha dejado lo que sea que estuviese haciendo solo para venir a ayudarme…

Sin embargo, no es Zeus. Aunque me rompa el corazón decirlo, Jayden siempre será el ojalá en mis peores momentos, pero al que nunca elegiré.

Me libero de sus brazos y él asiente despacio, entendiéndolo.

—Odio que lo hayas elegido a él —comienza diciendo con tono suave, a pesar de que sus facciones se tensan—. Odio que me hayas llamado como última opción. —Sus palabras me desgarran por dentro, pues me duele que lo tenga tan claro, pero…—. Aun así, estoy aquí para ti.

Da un paso adelante, intentando acercarse y siento que no puedo más. Cierro los ojos.

—Jayden, por favor, no sigas.

—¿Por qué? Te habría hecho feliz, todavía quiero hacerlo.

Me fijé en ti nada más verte aquel día en tu apartamento y mis sentimientos no hacen más que crecer cuanto más tiempo paso contigo.

—El corazón me llora en el pecho—. Con toda la mierda que hay entre Zeus y Crystal, aun así, lo prefieres a él.

Yo te habría elegido la primera opción sin dudarlo ni un segundo.

Las lágrimas me recorren las mejillas y arden al tocar mi piel.

Mi intención no es hacerle daño, solo quiero mantener a mi lado a la gente a la que he conocido aquí, a quienes tengo ya tanto cariño, y ser feliz con ellos.

No puedo forzar ni a mi corazón ni a mi cuerpo.

No tengo, ni tendré jamás, un espacio en mi ser para ningún otro hombre que no sea Zeus. Ya no puedo ser de nadie más.

Solo lo quiero a él.

—Estoy enamorada de Zeus y eso no va a cambiar —digo y no me disculpo, jamás lo haría por amarlo como lo amo—. Pero tú y yo podemos ser amigos, creí que lo éramos.

Veo el dolor reflejado en su rostro y vacila un momento antes de soltar aire por la nariz.

—Tu amor por él no va a cambiar, pero ¿yo sí tengo que dejar de intentarlo? ¿Acaso crees que para mí no sería más fácil dejar de sentir esto que siento por ti?

—Quiero tenerte a mi lado —balbuceo ahogándome en el llanto—, quiero que sigas conmigo, pero por favor...

—Me abrazo, sumida en un tormento por lo que ha ocurrido antes con Ana y lo que está pasando ahora, intentando consolarme sin resultado alguno—.

Por favor, no me pidas que te quiera de ese modo.

—¿Por qué? —pregunta y esta vez noto cómo se le rompe la voz.

—Porque jamás amaré a nadie como lo amo a él.

Con eso siento cómo un pedacito de mí se rompe y cae al suelo.

No me gustaría perderle. Es un tío increíble, divertido, cariñoso, soñador.

De verdad deseo que siga a mi lado, pero si necesita que elija entre ellos, mi elección siempre será Zeus.

Jayden inspira hondo y suelta el aire en medio de un silencio en el que he visto cómo su cara ha cambiado a medida que los pensamientos cruzaban su mente.

Me mira de arriba abajo, estudiándome con detenimiento.

Espero que no decida poner fin a nuestra amistad, ojalá pueda entenderme.

—Te llevaré a casa —dice al fin, pero detengo sus próximos movimientos negando con la cabeza. No puedo permitir que, después de confesarme sus sentimientos, me deje en la puerta del edificio donde vivo con Zeus. No se lo merece.

—Llamaré al chófer de Zeus.

Igual que cuando lo he llamado antes, no me pregunta —ni vuelve a hablar— durante el rato que pasa desde que contacto con Marc hasta que lo esperamos en una zona donde pueda verme al llegar.

Sí noto cómo me mira a veces, pero nada más.

Permanece a mi lado todo el tiempo, sin moverse, hasta que el coche aparece frente a nosotros.

La ventanilla del conductor se baja y Marc nos lanza una mirada atenta.

Me giro hacia Jayden para despedirme, pero él solo asiente con la cabeza y se marcha. Dolida, subo al coche y clavo la mirada en el espejo retrovisor mientras el vehículo se mueve. Cuando los ojos de Marc se encuentran con los míos, todo el peso de lo ocurrido se me viene encima.

—No es lo que parece. En absoluto.

—No he dicho nada. —Dirige la vista hacia la carretera.

No lo dice, pero lo piensa. Cualquiera habría reconocido la decepción y el dolor en la cara de Jayden, la expresión de un hombre rechazado que tendrá que conformarse con el nada que puedo darle.

Un hombre que sé que no se alejará con tal de seguir teniéndome cerca.

Un hombre al que he hecho daño y que no curará con tanta facilidad.