A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Han pasado casi tres semanas desde que empezaron las obras en el apartamento de Ava, ahora están terminadas y hace unos días empezaron a organizar el mobiliario. En unos días, todo estará listo para que mi chica pueda inaugurar su estudio fotográfico. Julio ha empezado de maravilla.

Le echo un vistazo mientras habla con sus amigos de Madrid por teléfono y les cuenta que los llevará a visitar un montón de sitios.

Está preciosa con ese vestido veraniego que se ha puesto hoy.

Sus gestos son de felicidad pura y una sacudida me atraviesa el pecho.

¿Y si algún día necesita volver a Madrid para estar cerca de los suyos?

Sería capaz de seguirla al fin del mundo.

A veces me pregunto cómo serán esos tipos, espero que la traten tan bien como imagino.

Siempre se la ve feliz cuando habla de ellos o con ellos.

Sin poder evitarlo, me pregunto si sabrán de la existencia de su familia en Brooklyn, si la han aconsejado y apoyado en algo que yo todavía no sé —o que, en teoría, se supone que no sé—.

¿Les habrá contado algo Ava antes que a mí?

He llegado a plantearme contratar a un detective privado para que encuentre a su madre y al padre de esta, pero no quiero que ella se entere.

Necesito que confíe en mí y me lo cuente por voluntad propia. Así que no queda otra cosa que esperar.

—No sabes cómo echo de menos tenerte cerca, cariño.

Alzo las cejas al oír eso, molesto. Me hormiguean los dedos de las manos y las aprieto. ¿Quién coño de los dos será?

—Eres como un niño pequeño —bromea Ava y escucho al tipo reírse.

—Tu niño pequeño.

Pero ¿qué cojones? Estoy a punto de echar humo por la cabeza, cuando otro habla.

—Lucas, corta el rollo. Tus bromas no harán gracia a su novio.

Este debe ser Hugo, el otro amigo, el sensato de los dos, al parecer.

Ava me mira en cuanto escucha sus palabras y me regala una sonrisa encantadora.

Soy consciente de que ella no tiene culpa de que su otro amigo sea un bocazas.

Sin embargo, me pone celoso —muy celoso— y, con ganas de dejar las cosas claras, me acerco a ella y le doy un beso en los labios sin importarme nada.

Nunca he sido así, pero hemos pasado por tanto y nos ocultamos tanto, que la maldita sensación de que se vuelva a ir me está haciendo perder la cabeza.

Cuando me separo y vuelvo a alejarme puedo escuchar al sensato hablar:

—¿Ves? Ha marcado terreno. Ahora va a pensar que somos una amenaza.

Me voy a la cocina con la voz de Ava de fondo.

Al cabo de un rato, reconozco también a Jessica en la conversación.

Me giro al escuchar una carcajada de Ava, está tumbada en el sofá con la cabeza apoyada en los cojines.

Hacía un buen rato que ya había dejado de prestarle atención a lo que decían, pero una frase de Jessica me llama la atención y me deja congelado.

—¿Ya se lo has contado?

Con disimulo, dejo de trocear las verduras, agudizo el oído y aprovecho que está tumbada para ponerme detrás de ella.

—Es difícil, Jess. Ya te dije que no necesita más problemas; además, no quiero que sienta lástima por mí.

No puedo creer lo que estoy escuchando. Una sensación de frío me sube hasta la nuca y me agarro fuerte a la encimera. Jamás sentiría lástima por ella, ¿ por qué piensa eso? Imagino que estarán hablando del tema de su madre.

Aunque no quiero que se sienta cohibida a la hora de confiarme sus miedos, empiezo a cansarme de esta maldita situación.

Llevamos meses de tiras y aflojas, con secretos e historias.

Que no sea capaz de contarme algo tan importante para ella y de darme la oportunidad de apoyarla o protegerla no hace más que acrecentar mi cabreo.

Solo quiero estar para ella, que me necesite, que me cuente lo que le ocurre o se le pase por la cabeza; me da igual cuál sea la importancia que tenga, deseo saberlo todo sobre ella.

Quiero conocerla mejor que nadie, saber qué la atormenta y qué le hace feliz.

Y no me está dejando hacer ninguna de esas cosas.

Qué puta mierda.

Tengo que saber qué pasa. Aunque debo reconocer que, si viniera diciéndome que necesita conocer a su abuelo, no sabría cómo reaccionar.

No podría permitirlo porque sé que ese viejo la rechazaría, pues tiene el bolsillo lleno de billetes de Crystal, y estoy seguro de que acabaríamos discutiendo por mi negativa.

De nuevo estamos en una espiral de amenazas.

Me aterra que Ava descubra algo que no debería y que eso la destroce.

No puedo permitir que eso ocurra. Entonces, ¿debo evitar que conozca al padre de su madre biológica?

Me doy cuenta de que no he vuelto a coger el cuchillo cuando la escucho despedirse de sus amigos. Molesto porque todos saben del tema menos yo, me quito el delantal, no me apetece cocinar. Odio no estar siendo partícipe en esto. Soy su novio, joder.

Consciente de que necesito tomar el aire y de que ella, dadas las circunstancias, también, me acerco cuando se levanta del sofá y la rodeo con mis brazos, deseoso de su contacto.

Sus dedos se clavan en mis costados cuando me abraza, es una sensación increíble la que siento siempre que estamos juntos .

Antes de conocerla pensaba que estaba tan jodido que no podría abrirme a nadie más, que ninguna otra persona —aparte de Crystal— querría estar conmigo.

Pero entonces llegó ella. Ha soportado muchas adversidades solo por estar conmigo; me quiere y me lo hace saber a cada segundo que pasamos juntos.

Y yo la quiero a ella. Desde que la besé la primera vez, se me grabó en la mente; pero, cuando volví a verla en el club de Dan, joder, ahí supe que no podía dejarla escapar, tenía que ser mía.

Pongo mis manos sobre las suyas y las aprieto contra mi cuerpo, quiero tenerla a mi lado todo el tiempo, besarla, tocarla, complacerla…

—¿Qué te parece si salimos? Podemos dar un paseo y comer un helado después.

Asiente con la barbilla apoyada en mi pecho y una sonrisa en los labios. Miro esos ojos tan bonitos que tiene y la beso en la frente.

—¿Sabes que eres preciosa? —digo acercándome a su boca y enredo los dedos en su largo pelo negro.

—Tú qué vas a decir, se supone que te gusto.

Suelta una risilla que se me antoja deliciosa y le doy un tironcito en el pelo para que me mire. Necesito que le quede muy claro.

—No solo me gustas, me encantas. Me haces sentir muy bien, como si contigo a mi lado pudiera con todo. —Rozo sus labios con los míos—. Te quiero, nena.

Me abraza con más fuerza y se pone de puntillas para alcanzarme mejor. Es un beso juguetón que me hace sentir una vibración por todo el cuerpo.

—Yo también te quiero, Zeus.

Dios, cómo me gusta. Vuelvo a besarla y le doy un pellizco en el culo al separarme.

—Me apetece muchísimo pasear. —Se ríe mientras coge unas sandalias. Mientras se las ata, me mira desde abajo—. Me gustaría cenar en una de esas terrazas de ensueño que siempre veo en Internet.

Me acerco y le tiendo la mano para ayudarla a levantarse del suelo; después, le doy una vuelta para admirar lo perfecta que es y la pego a mi cuerpo cuando ha girado del todo.

—Cumpliré cada uno de tus deseos, honey .

***

Ya en la calle, el aire fresco nos da en la cara, así que le paso un brazo por los hombros.

No muy lejos de aquí hay algunas terrazas como las que ha mencionado, así que le doy la noche libre a Marc.

Ava se acerca más a mí y caminamos despacio, con sus dedos entrelazados con los míos en la mano que descansa sobre su hombro.

Disfruto de la sensación de pasear así con ella.

Siempre me he movido en coche, ya sea con Marc o sin él, pero desde que la conozco estoy descubriendo cosas que antes jamás me habría parado a observar.

Hacía muchísimo que no disfrutaba de un paseo.

—¿Sabes, Zeus? —La miro, es una seductora nata. Me inclino sobre ella para besarla—. Cuando llegamos, no pensábamos estar más de un año. Lo más probable era que nos volviésemos en Navidad.

Hay un silencio entre nosotros, incómodo por mi parte, pues una sensación horrible se ha instalado en mi cuerpo.

La miro desde mi altura, intentando camuflar el terror que me ha provocado su confesión, y la estrecho con fuerza, como si eso pudiera retenerla a mi lado el resto de nuestras vidas.

Al segundo, noto su mano acariciar mi espalda antes de hablar.

—Tranquilo, no voy a irme. —La miro de nuevo, pendiente de cada uno de sus movimientos y lo que veo en su mirada me detiene el corazón—. Siento que este es mi sitio. Quiero estar aquí, contigo.

Su imagen se clava en mi mente, justo en este preciso momento, bajo el cielo nocturno de Manhattan.

Las luces de los edificios iluminan su rostro, perfilando con sombras el contorno de sus labios, de su nariz recta y delineando esos ojos grandes, rodeados de unas pestañas negras que me vuelven loco.

Aparto su larga melena hacia atrás, tan negra y brillante como una bonita obsidiana.

—No quiero que estés en ninguna otra parte que no sea a mi lado, vida mía.

Sus ojos recorren mi rostro con viveza, hasta volverse brillantes y cargados de amor.

De uno puro, profundo, como el que solo he encontrado con ella.

Ava agarra mi camisa con fuerza y tira de mí para sellar nuestra promesa silenciosa con un beso que me roba el aliento.

Un beso lento y pasional entre la agitación cotidiana de Manhattan que fluye a nuestro alrededor.