A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Voy a casa de Jess para enseñarle un diseño del arquitecto al que Zeus ha contratado.

Lo llevo enrollado y cerrado con una goma del pelo para que no se estropee.

Por la ventanilla trasera del todoterreno, disfruto de la conducción tranquila de Marc que, desde que Zeus le pidió llevarme a los reportajes, me ha añadido a su agenda y me acerca a cualquier parte siempre que se lo pido.

Aunque suelo hacerlo poco porque no quiero abusar de sus s ervicios y bastante tendrá él con seguir el horario disfuncional del cirujano mandón.

—Gracias de nuevo por traerme, Marc. No es necesario.

—No es un problema y, aunque lo fuera, tendría que hacerlo. Zeus me lo ha pedido.

Vuelvo los ojos y lo miro desde atrás. Es joven, pero mayor que yo, al igual que Zeus, de quien me enteré de su edad una noche, viendo una película, en uno de esos momentos en los que me encontraba falta de información y le pregunté.

—¿Cuántos años tienes, veintinueve? —investigué, acostumbrada a haber salido con hombres máximo un par de años mayor.

Él se limitó a negar con la cabeza y sonrió.

—¿Treinta? —insistí y, como su sonrisa se amplió, pensé que había acertado—. Dos años mayor que yo, está bien.

Entonces me miró de inmediato tan serio e intenso que me intimidó.

—¿Acaso sería un problema que fuesen más ?

Negué, a sabiendas de que no lo sería en absoluto, pero no me daba la sensación de que tuviera muchos más de treinta.

—¿Treinta y uno?

Subió una ceja sin dejar de mirarme.

—¿Treinta y dos? —Esa pregunta la susurré un poco porque, Dios, ¿cuántos más me iba a decir?—. Vamos, di. ¿Es que tienes cuarenta y pico y te conservas de puta madre o qué?

Soltó una carcajada y me dio un beso en los labios.

—No, solo tengo treinta y cuatro.

Sonrío al recordar cómo me burlé de él diciéndole que era un madurito y cómo se lanzó sobre mí y me habló con voz grave: «Ven, nena, que este madurito va a hacerte lo que tanto te gusta».

Noto un pellizco en el estómago, como siempre que pienso en él, y, para no ponerme roja, intento entablar una conversación.

—Oye, Marc. —Me mira por el espejo retrovisor y me fijo en cómo la luz del sol le da de lleno en sus ojos, que son color moca—. ¿Desde cuándo lo conoces?

Vuelve la vista al frente, se detiene en un semáforo en rojo al mismo tiempo que me llega un mensaje del grupo de amigos.

Hugo: ¿Cómo están mis preciosidades?

Jess: Esperando a la señoritinga fotógrafa.

Hugo: ¿Qué vais a hacer?

—Desde hace cuatro años —responde y decido responder más tarde, así que levanto la mirada del móvil.

—Entonces, os llevareis muy bien, ¿no?

Gira a la derecha y asiente. La verdad es que es un hombre muy guapo.

—Bueno, O’Donnell es complicado. No tenemos mala relación, pero solo hablamos y reímos cuando a él le apetece. Para ser sincero, desde que usted ha llegado su carácter es diferente.

Su formalismo me choca, lo más seguro es que tenga la edad de Zeus por lo que estamos en la misma onda.

—Llámame Ava.

—Mi trabajo no me lo permite.

Otro giro y nos adentramos en la calle del edificio en el que vivía con Jessica. Clavo los ojos en Marc, pero él sigue pendiente de la carretera.

—¿El trabajo o tu jefe?

—Ambos.

Empiezo a recoger mis cosas cuando nos acercamos a mi destino y guardo el plano en el bolso. Luego, me echo hacia adelante y me agarro al respaldo del sillón del conductor. Marc me mira de reojo; si este hombre mira así a las mujeres, las tendrá a todas mojando las bragas.

—Quiero que me llames Ava, ese es mi nombre. Espero que nos conozcamos más e incluso seamos amigos. Así que ve acostumbrándote...

Mi nuevo chófer —nuevo y primero— me sonríe encantado y estaciona.

Apaga el motor y sale del coche, dejándome sin respuesta.

Segundos después, me abre la puerta. Cuando salgo, lo miro desde abajo; no sé si yo soy demasiado bajita o es que estos hombres son demasiado altos.

Justo cuando voy a hablar de nuevo, veo que Maddison pasa por detrás de él y levanto la mano para saludarla.

Al hacerlo, Marc se vuelve y hace un gesto con la cabeza para saludar.

—Ve a casa de Jess, voy a enseñaros una cosa —comento, pero ella no dice nada, solo asiente y continúa su camino.

Vuelvo la vista hacia Marc, pero este está mirando hacia la entrada del callejón por donde ha desaparecido la rubia —sí, ahora le ha dado por llevar el pelo rubio con mechas azules, cada poco tiempo se tiñe de otro color.

Y, además, ya no va siempre con la ropa tan oscura—.

Mmm, vaya, vaya. Carraspeo para que me preste atención y cuadra los hombros al mirarme.

—Es muy mona, debajo de ese negro.

—¿Qué? —Disimula él y me río en su cara porque parece haber salido de un trance—. ¿De qué te ríes?

—¡Me has tuteado!

Suelto un gritito, emocionada, y él sonríe. Como tenemos que irnos, cierra la puerta detrás de mí, se inclina un poco y veo diversión en sus ojos.

—Ava, avísame cuando tenga que recogerte.

Se sube al coche, arranca y se despide con un movimiento de la mano antes de meterla en el interior.

¿Qué hará en sus ratos libres? ¿Tiene ratos libres?

Miro al frente y me dirijo al edificio, repitiéndome las preguntas varias veces más.

Cuando entro, la recepción está vacía, por lo que voy directa al ascensor, me paso por el piso de Marga y juntas subimos al de Jess.

El olor a café y a dulce recién hecho, cortesía de Marga, envuelve todo el comedor.

Jessica ha puesto la mesa con cuatro tazas y servilletas.

Toda una reunión de chicas. Me acomodo en el sofá y le doy un sorbo al café.

—Buenos días, guapas.

Daniel hace acto de presencia, vestido con un vaquero azul, un polo negro, chaqueta de cuero y el pelo hacia atrás.

Solo tiene ojos para Jess, a la que le da un beso en los labios antes de coger una magdalena.

Después, tras saludar a Maddison y a Marga, se fija en mí y me sonríe.

No puedo obviar lo que le hizo a Zeus, pero tampoco puedo cambiar mi forma de ser con él después de lo bien que se ha portado con mi amiga y conmigo .

—Un pajarito me ha dicho que planeas reformar tu casa —dice, y asiento. Seguro que ha sido Jessica, pero me sorprende con lo que dice después—: Zeus está muy emocionado, no deja de hablarme de tu futuro estudio.

No puedo reprimir la sonrisa de enamorada que se me dibuja en los labios.

—Está como loco, en menos de dos días me ha conseguido los planos. He venido a enseñárselos a las chicas, ¿quieres verlos?

—Me encantaría, pero tengo que ir al club y, después, al restaurante. —Hago un mohín y él se ríe. Al marcharse, se acerca a mi lado y me acaricia el pelo—. No te preocupes, en cuanto pueda me paso por casa y me lo enseñas. Me tengo que ir, chicas.

Nos despedimos de él y, en cuanto Maddison se sienta, comienza la tertulia.

No dejamos de hablar ni un solo segundo.

Jessica nos pone al día sobre el curso de chef y nos cuenta cuándo planean empezar las reformas en el restaurante que quieren abrir juntos.

¿Es una locura? Probablemente. ¿Estamos vivas y tenemos que disfrutar la vida como si fuera el último día?

Pues también. Así que, ¿qué importa si ella quiere hacerlo con este hombre con el que parece irle muy bien?

Marga nos habla de una hermana y un sobrino que la visitan siempre que pueden.

No tiene más familia, bueno, no tenía, ahora estamos nosotros.

Nos adora a todos pero, sobre todo, se le ve el plumero con Zeus y Dan.

Por su parte, Maddie nos cuenta que está progresando mucho en los estudios y nos ha regalado una planta para cada una.

A mí, una buganvilla para colocarla en el estudio, porque uno de sus significados es la bienvenida y cree que hará sentir bien a quienes lleguen por primera vez.

A Jessica le ha dado unos narcisos porque representan el renacimiento y los nuevos comienzos.

Y a Marga, una maceta de hortensias, símbolo de gratitud y abundancia, porque ella siempre da todo lo que tiene sin pedir nada a cambio.

La miro orgullosa, le he cogido mucho cariño a nuestra peque.

Así la llamamos en confianza porque es la menor de todas.

Además, es adorable cuando la conoces. Aunque se las da de rebelde y algo chulita, voy descubriendo que tiene un corazón de oro.

Todavía no sé por qué es así, creo que le ha tenido que pasar algo en casa porque nunca habla de su familia.

No sé, no digo que vaya por ahí abriendo su ficha personal, pero ya hace cerca de cinco meses que nos conocemos... No sería raro saber algo más de ella.

—En cuanto el estudio esté terminado, coloco la flor. Quedará genial en la entrada.

Maddie niega con una sonrisa en los labios y me quita la planta de las manos. Se levanta y la coloca en el alféizar de la ventana.

—Si quieres que esta flor sea preciosa y crezca en condiciones, tiene que darle al menos ocho horas de luz y regarla una vez a la semana.

«Tiene más responsabilidades que un perro», pienso alzando las cejas.

—Bonita, ¿no podías haberme comprado un jersey o un dulcecito mismo? —Suelto una risa por lo que dice Jess—. Voy a tener que hacerle más caso a esto que a mí misma.

Maddison pone los ojos en blanco y Marga menea la cabeza, disgustada.

—Se nota que la juventud no quiere responsabilidad alguna. ¿Qué te supone sacarla a la ventana y echarle agua? —Mira a la peque y suspira—. Si voy a ser yo la que se las quede, ya lo verás.

Soltamos una carcajada al unísono y continuamos con la cháchara. Con ganas de enseñarles ya el proyecto, me pongo de pie con las manos sobre la mesa y abro el papel. Todas miramos el plano azul de líneas blancas en el que se supone que está mi piso.

—Yo no estoy entendiendo nada, la verdad. Pero si tú dices que va a quedar bonito, será por algo.