A pesar de todo, tú (Sempiterno 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

En el momento que, iluso de mí, creo voy a pasar el tiempo trabajando, entra la peor decisión de toda mi vida. Alta, vestida de blanco, con una coleta y una sonrisa asesina.

—Buenos días, cielo.

«Empezamos mal», pienso y noto cómo me empieza a subir la mala hostia.

—No me llames así. ¿Qué quieres? —Solo oír su voz me encabrona.

—Es verdad, ahora es tu putita la que te llama así.

Aprieto los labios y echo fuego por los ojos. Sin miramientos, me levanto de la silla y la cojo del brazo para llevarla a la puerta. Esta mujer me saca de mis casillas.

—¿Qué haces, animal? —pregunta entre asustada y enfadada.

Acerco mi cara a la suya, amenazante, por su forma de dirigirse a Ava.

—Vete de una maldita vez, Crystal, y no te cruces por mi camino. No vuelvas a hablar de ella, ni te atrevas a pronunciar su nombre.

Me mira soltándose de mala manera.

—Vete despidiendo de ella porque seguro que, cuando la prensa se enfoque en su desastrosa vida, volverá a Madrid.

La ira que empieza a hervirme por dentro me quema.

Abro la puerta de un solo movimiento y la echo de la consulta.

Sin dejar que vuelva a hablar, cierro de un portazo y echo la llave.

Imaginar que Ava pudiera abandonarme por no haber sabido protegerla me supera.

Con la rabia en las venas, cojo el teléfono, marco el número de mi abogado y espero, impaciente, a que descuelgue.

Estoy tan furioso que podría partir cualquier cosa de un puñetazo.

—Buenos días, Zeus. ¿Cómo estás?

Suelto aire por la nariz y bramo:

—Demasiado enfadado, Gustavo. Olvídate del asunto por ahora, ya me encargaré yo.

Sin dejarlo decir nada más, cuelgo la llamada y miro la puerta por donde se ha ido mi mayor pesadilla. Donald, voy a ir a por ti, cabronazo.

***

Durante todo el día no he pensado en otra cosa que en volver a casa y cenar con Ava mientras charlamos y escucho cómo le ha ido en el trabajo.

Cuando termina mi turno, es bastante tarde, por lo que, suponiendo que ya habrá cenado, mi idea de una cena tranquila se esfuma.

Me apetecía mucho relajarme con ella en el sofá, pero bueno, otra noche será.

Veo a los familiares de los pacientes marcharse, algunos compañeros suben a sus coches y, en la entrada, me espera el todoterreno negro que me recoge.

Marc se pone en un lado y baja la ventanilla sacando el brazo por ella.

—¿Qué pasa, Zeus? ¿Un día duro, no? —pregunta contento, a pesar de tener un trabajo algo estresante.

—Muy cansado, necesito llegar a casa.

Me acerco al coche y, cuando voy a abrir la puerta, está cerrada con llave.

Miro a Marc y este sube las cejas, dándose cuenta del error, antes de abrir lo seguros.

Me llevo una enorme sorpresa cuando veo a mi chica esperándome dentro, pero la felicidad solo me dura un segundo al pensar que algo haya podido pasar.

—¿Por qué estás aquí? ¿Ha ocurrido algo?

Me subo enseguida, cerrando detrás de mí, dejo las cosas en el suelo y la inspecciono sin saber por qué. Ava ríe ante mi insistencia y mi escaneo, aunque creo que también porque Marc nos observa divertido. Haciéndome el ofendido, le doy al botón para accionar la mampara que nos separa de él.

—Ponte a conducir —mascullo mientras su cara y sus carcajadas van desapareciendo al ir subiendo el cristal.

Veo a Ava sonreír por la escena, después, se inclina sobre mí y me besa.

—No vuelvas a subirte al coche y me dejes sin mi beso.

Niego con la cabeza, mostrando una sonrisa ante su advertencia.

Pongo las manos alrededor de su cuello y la beso.

Es imposible tocarla sin que me encienda.

Sin darme cuenta, estoy casi echado sobre ella, y suspira cada vez que nuestras bocas se despegan para respirar.

De un movimiento sutil, Ava se abre de piernas y me invita a que me coloque entre ellas.

Muevo las caderas sobre su dulce entrepierna, endureciéndome más a cada segundo.

Deslizo una mano por debajo de su ropa hasta colarla en el sujetador y le pellizco el pezón derecho; ella me responde mordiéndome el labio.

—Nena, quiero estar dentro de ti.

Mira a su alrededor y luego a mí, como si estuviera loco por completo.

Pero bueno, cuando se trata de ella, lo estoy, y no me importa.

Me encojo de hombros y la sujeto por los costados, guiándola hasta que queda sentada sobre mí.

Desde ahí, se ve imperiosa. Le quito el pelo de la cara y le devuelvo el beso que me da en cuanto la tiene despejada.

Siento su lengua enredarse con la mía, su saliva en mi boca y sus labios abriendo y cerrando los míos.

Rectifico: no lo quiero, necesito estar dentro de ella.

Por eso me acerco al cristal opaco que nos separa de la parte delantera del coche y digo en voz alta:

—Marc, necesito veinte minutos para llegar a casa.

—¿Pero estás...? —empieza diciendo Ava, pero no la dejo continuar y le quito el jersey que lleva.

—¿Loco? —termino yo por ella mientras meto la cabeza entre sus tetas.

Me sujeta la cabeza con ambas manos y me hace mirarla a los ojos. Solo puedo sonreír. El tiempo que ella tarda en hablar lo aprovecho para desabrocharle el sujetador.

—De remate. —Su contestación mezclada con un gemido cuando le chupo los pezones me hace sentir más presión en los pantalones.

—Solo por tus huesos, honey .

Ava empieza a moverse sobre mí, a besarme con pasión y a tocarme por donde se le antoja.

Le aprieto el culo y la atraigo hacia mí para que sienta lo que me provoca.

En cuanto nota mi dura erección, me desabrocha el pantalón y me baja los calzoncillos, dejándola expuesta.

La mira con tanto deseo que me inflo de orgullo.

Me encantaría estar desnudo delante de ella el tiempo que necesite mirarme, pero no puedo dejar de tocarla, de besarla y de moverme, consumido por las ansias de poseerla.

Pero parece que mi chica tiene otros planes para nosotros.

—Esta canción viene perfecta para lo que va a pasar. —Ni siquiera me había percatado de la música, pero, aunque agudice el oído, no sé cuál es. Ava, que no deja de saborearme con los ojos, me aclara la duda—. Se llama Museo , de Rauw Alejandro.

Asiento. Intentaré escucharla, aunque no creo que pueda prestarle atención a algo más que no sea ella. Solo tengo ojos para ella

Se mueve y, sorprendido y encantado con sus movimientos, intuyo que va a hacer algo que he deseado desde que miré sus labios por primera vez en aquella tienda del aeropuerto.

Con toda la majestuosidad que solo ella posee, aparta su negra melena hacia un hombro y se desliza hasta el suelo del coche.

Se arrodilla sobre la alfombrilla, me baja los pantalones hasta las rodillas y empieza a tocarme con detenimiento.

—¿Sabes cuánto llevo esperando esto? —digo entre dientes, sintiendo su piel acariciar la mía.

Me mira desde abajo. Es preciosa. Tiene los labios húmedos de tanto pasarse la lengua al contemplar mi erección, como si estuviera hambrienta.

Sus pezones duros rozan el sillón del coche, y me pone aún más cachondo pensar que ese contacto le guste.

Con la mano, esparce mi líquido preseminal para lubricarse y facilitar el movimiento.

Sus dedos me rodean e intensifican la fricción de arriba abajo cada vez que suspiro de placer.

—¿Por qué no me lo has pedido? —pregunta con voz sensual.

—Pensé que eso debería salir de ti... —Suspiro, joder, no quiero correrme, no todavía—. Debe apetecerte.

—¿Acaso crees que ahora no me apetece?