A Nanny for the CEO (Papás Solteros de Seattle nº 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Alex

Mia me despertó el viernes por la mañana a las seis y doce, dándome dos palmadas con la mano abierta en la frente y anunciando que había un gato en la ventana.

No había ningún gato. Nunca había habido ningún gato.

En Belltown no aparecen gatos en las ventanas del piso veinte.

Habíamos tenido esa conversación, en una forma u otra, tres de cada cinco mañanas desde la tercera semana de abril, cuando ella había descubierto el valor estratégico de los animales salvajes imaginarios como pretexto para meterse en la cama de papá antes del amanecer.

—¿Qué gato?

—Uno naranja.

—¿Grande o pequeño?

—Mediano.

—¿Dónde?

—Fuera.

—¿Cómo, ratoncita? Estamos en el piso veinte. ¿Cómo llega un gato hasta la parte exterior de una ventana aquí arriba?

—En la ventana.

—Ratoncita. No hay ningún gato en la ventana.

—A lo mejor sí.

Sus pies fríos se colaron bajo el edredón hasta mis espinillas, que era de lo que se trataba realmente.

Apretó la cara contra la almohada junto a la mía, olisqueó mi aliento y me comunicó con tristeza que olía a espaguetis.

Justificado. La noche anterior había habido espaguetis recalentados, comidos de pie en la isla de la cocina a las once y cuarto, después de dos horas en el sofá en las que no había abierto un mensaje que no había enviado.

El móvil estaba boca abajo en la mesilla de noche. Llevaba así desde que había entrado, una disciplina que me había impuesto la noche anterior en un bordillo del Capitol Hill y que desde entonces había mantenido. David había cogido el teléfono al primer tono.

—No me cuentes nada. Dime solo que está bien.

—Está bien.

—De acuerdo.

Había colgado. Eso había sido toda la llamada.

—Papá.

—Ratoncita.

—¿Por qué sonríes?

—No estoy sonriendo.

—Le estás sonriendo al edredón. El edredón no ha hecho nada.

—Duerme un poco más.

—Ya es de mañana.

—Son las seis.

—A las seis es de mañana.

El reloj de la mesilla marcaba las seis y catorce. Ella había decidido que estaba despierta; con eso, toda la casa estaba despierta. Se puso boca abajo, apoyó la barbilla en las manos y me miró fijamente hasta que me rendí y me levanté.

A las seis y veintiséis estábamos en la cocina, la cafetera italiana de espresso emitía un cálido suspiro y Mia estaba sentada en el taburete comiendo rodaja tras rodaja de melón cuando el móvil sobre la encimera empezó a sonar.

Era Susan.

—Alexander.

—Susan.

—Siento llamar tan temprano.

—Ya estamos despiertos.

—Mark y yo hemos estado pensando. Nos encantaría tener a Mia con nosotros este fin de semana. Desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde. Han pasado tres meses.

La rodaja de melón se detuvo frente a la boca de Mia. Había oído su nombre. Estaba calculando si la conversación le concernía.

—Un fin de semana largo.

—Lo sé. Lo resolveríamos. Mark la recogería. Respetaríamos su rutina.

—Tiene la rutina del inhalador.

—Conozco la rutina del inhalador.

—Patel dijo: misma rutina, mismas personas.

—Somos sus personas, Alexander.

Había un tono en su voz. No cálido. Se acercaba más a la versión de Susan que me había preguntado en un café de Madison hacía cuatro años dónde estaba registrada Claire para el baby shower, con esa misma acritud que decía: Por favor, no me hagas preguntarlo dos veces.

—Usa el humidificador nuevo todas las noches.

—Tengo uno. Mark lo compró.

—Por supuesto.

—Alexander.

—Sí.

—Mia es nuestra nieta. Te lo pido.

—Sí.

La línea se quedó tan en silencio que al otro lado pude oír arrancar un cortacésped.

—Susan.

—Sí.

—Gracias.

Contuvo el aliento durante tanto tiempo que me quedó claro que había oído el gracias y estaba decidiendo qué hacer con él. Lo que hizo fue un «Mm-hmm».

—La veré el viernes.

—El viernes.

Ella colgó primero.

En la cocina quedó aquel silencio suave y posterior que una llamada de Susan dejaba en una habitación.

—Papá.

—Sí, ratoncita.

—¿Era la abuela?

—Sí.

—¿Qué quería?

—A ti. Te quiere a ti. Para el fin de semana.

Mia masticaba su melón. Tenía tres años. No tenía opinión sobre los fines de semana largos; tenía opiniones sobre si su vaso tenía pajita, si Lily estaría hoy en la guardería y si el gato seguía en la ventana.

—¿Lena también va a estar?

—¿En casa de la abuela? No, ratoncita. Solo la abuela y el abuelo Mark.

—¿Papá también va a estar?

—No. Papá se quedará en casa.

—¿Papá va a estar triste?

Lo preguntó igual que preguntaba si sus calcetines hacían juego. Una pregunta logística.

—Papá se las apañará.

—¿Vendrá Lena a ver a papá?

—Esa es una buena pregunta.

—Debería.

—Mm.

—No hagas Mm, papá. Eso solo lo hace Lena.

Se terminó la melón, pidió una galleta —la redonda, no la larga— y mientras comía me informó de que Lena debería pasarse, porque papá iba a estar triste. Lo dijo con toda la calma del mundo, sin ninguna preocupación. Era como un simple parte meteorológico.

El día transcurrió como transcurren los días cuando has decidido de antemano no estar del todo presente en ellos.

Llegada a la guardería a las ocho y cuarto.

Oficina a las nueve. Una llamada con el consejo.

Una revisión de ingeniería. Una reunión larga con el director financiero sobre los últimos pasos hasta el cierre de la ronda que financiaría la empresa, sin que ninguno de los dos tuviéramos que fingir gratitud.

La comida fue un sándwich que nadie había traído y que Sara no habría aprobado.

Recogida a las tres y treinta y siete. Mia en la sillita con la bolsa para pernoctar, Dave el oso y un dibujo para la abuela que había hecho en la mesa de manualidades.

La tarde del viernes trajo el tiempo que Seattle ofrece a veces a principios de mayo: despejado, templado, del color de una cuchara limpia.

Mia habló durante todo el trayecto por la 90 sobre una rana que había dibujado y sobre la diferencia entre el fin de semana largo y el fin de semana corto, que consideraba dos países distintos.

—La casa de la abuela tiene una magnolia.

—Sí.

—Magnolia significa blanco o rosa.

—Magnolia significa los dos.

—Entonces significa los dos.

—Sí.

—Papá.

—Sí.

—¿Voy a estar de vuelta el domingo?

—Sí.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

—Vale.

Giramos hacia la entrada de los Whitman a las tres y cincuenta y uno.

La magnolia era, como Mia había observado, tanto rosa como blanca, y el césped había sido cortado esa mañana.

Mark estaba en el porche con las mangas del jersey subidas hasta los codos.

Susan estaba detrás de él en el marco de la puerta, con una blusa azul marino y una mano en el marco.

—Pero si es mi niña.

—¡Abuelo Mark!

Bajó del porche, se arrodilló en el camino, y Mia corrió hacia él con esa velocidad que reserva para las cosas de las que está segura. La levantó en brazos. No la había levantado en tres meses por culpa de su espalda. Hoy la espalda había recibido claramente la orden de callarse.

—Hola, Alex.

—Hola, Mark.

—¿Estás bien, chico? Desde Pascua tienes un aspecto un poco demacrado.

—Estoy bien.

—¿Cómo va la empresa? Linda dijo que habíais cerrado algo esta semana.

—La ronda está firmada. Lo que queda es papeleo.

—Bien. Bien. ¿Ha llamado Linda?

—El fin de semana pasado.

—Dale recuerdos de parte de Susan y mía. Le debemos una llamada.

—Se los daré.

Susan bajó del porche con la bolsa del inhalador. La había etiquetado, empaquetado y comprobado dos veces. Ella la examinó sin mirarla realmente. Pasó el pulgar por la cremallera.

—El azul es el spray de emergencia.

—El azul es el spray de emergencia.

—Dos veces por la mañana, dos veces por la noche, aunque se encuentre bien.

—Aunque se encuentre bien.

—Has etiquetado sus calcetines.

—El mes pasado se perdieron tres pares en la guardería. He etiquetado los que he metido en la bolsa.

—Mm.

—Susan.

—Sí.

—El domingo a las tres y cuarenta y cinco es la hora de recogida.

—El domingo a las tres y cuarenta y cinco.

Puso una mano sobre el pelo de Mia y no me miró. Mia tenía la cara enterrada en el cuello de Mark y le estaba contando lo de la magnolia y lo de una rana llamada Frank.

—Adiós, ratoncita.

—Adiós, papá.

—Adiós.

El trayecto de vuelta por la 90 no llegó a media hora.

El ático era un lugar en el que no había estado solo desde hacía casi dos meses.

El piano del salón, en el que nadie tocaba, emitía su suave tictac, ese sonido que hace cuando la habitación está vacía y el aire acondicionado se apaga.

Marcus me había saludado con un gesto de cabeza al entrar, ese gesto específico que hacía cuando algo estaba en el aire.

En el gancho junto a la puerta colgaban dos llaves.

Puse el móvil boca arriba sobre la isla de la cocina. Mi dedo se deslizó hasta su nombre.

Descolgó al segundo tono.

—Hola.

—Hola.

—¿Está Mia con los Whitman?

—Acabo de dejarla. Mark ya bajaba del porche antes de que yo saliera del coche.

—Vale.

—¿Estás pintando?

—Estaba. Acabo de parar.

—¿Por qué?

—Porque has llamado.

Una pausa breve. Los dos la dejamos estar.

—Elena.

—¿Sí?

—¿Vienes?

—¿A trabajar?

—No.

—¿Al piso?

—Sí. Te lo estoy pidiendo. Solo esta noche. Si quieres.

—¿Solo esta noche?

—Esta noche es lo que te pido. Mañana es otro día.

Guardó silencio un momento. Esperar era algo que había aprendido a hacer mejor en los últimos dos meses.

—Sí —dijo—. Sí. Dame una hora.

—Una hora.

—Paso antes un momento por mi piso.

—De acuerdo.

—Alex.

—¿Sí?

—¿Has tomado ya café?

—Dos veces.

—No tomes más. Que voy.

—De acuerdo.

Ella colgó primero.

Subió a las dieciocho y seis. La bolsa de viaje azul oscuro le colgaba del hombro; la bolsa de tela con los pinceles iba engancha debajo, aunque yo no le había pedido que trajera pinceles.

Dejó ambas cosas sobre la isla de la cocina, me miró un segundo más de lo necesario y fue hacia la cafetera sin quitarse el abrigo.

—El abrigo.

—Ahora. Primero el café.

—¿Haces café con el abrigo puesto?

—Hago café con el abrigo puesto.

Sacó un espresso largo, dos tercios del tamaño de las tazas de Heather, y lo deslizó por la isla de la cocina. Me senté en el taburete. Rodeé la taza con las dos manos. Nadie declaró que aquello fuera un día normal.