A medio salto Entre brillos y alas
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Entre brillos y alas

Ya ha llegado el último partido del trimestre.

Último de Val aquí.

Último antes de Navidad.

Mientras me hago la coleta frente al espejo del lavabo, mi madre aparece de repente tras la puerta y doy un brinco.

—Joder, mamá, ¡qué susto!

Ríe.

—¿Tan fea soy? —me guiña un ojo—. ¿Nerviosa?

—Un poco, la verdad.

—Pues mírame. —Pone sus manos en mis mejillas—. Lía, ya has visto que puedes volver a ser tú. Solo tienes que creértelo.

Cierro los ojos un instante. Inspiro.

—Sí.

Me da un beso en la frente.

—Nos vemos allí. Y recuerda: disfruta.

Cuando entro al pabellón, el ruido me golpea como una ola.

Gradas llenas. Música alta. El eco de los botes de los balones.

Y un nudo en mi estómago que vibra como si tuviera alas queriendo salir.

Localizo a Val enseguida. Habla con Patri, seria, tensa, pero con ese brillo competitivo que nunca pierde.

Cuando me ve, me hace una seña con la mano.

Me acerco.

—Lía —dice Val, cruzándose de brazos—. Patri y yo hemos pensado en cederte algunos remates. Te quedarás en tu sitio, pero queremos sorprenderlas.

—¿Me estás dando permiso para volar, Val? —pregunto con una sonrisa ladeada.

Patri abre los ojos, sorprendida.

Val alza una ceja.

—No te flipes. No voy a quedarme bajo tus alas. Este es mi último partido y quiero brillar.

—Lo entiendo —asiento—. Brilla todo lo que quieras. Pero recuerda que esto lo ganamos juntas. No va de quién luce más.

Aprieta los labios.

—Está bien —dice—. Ni tú ni yo chuparemos balón. Ganamos o nada.

Perfecto.

Rivalidad pura, pero sin veneno.

Busco a Axel entre la multitud. Y ahí está, entrando con su equipo. Cuando me ve, sonríe y me estrecha en sus brazos.

—¿Cómo estás? —pregunta, y me besa suavemente en los labios.

—Nerviosa. ¿Y tú?

—Perfectamente. —Me aparta un mechón de la cara—. Cuando acabe el partido, nos vamos a comer por ahí. Tú y yo solos.

Alzo la mirada. Esos ojos oscuros me desarman. Me hacen olvidar el murmullo del pabellón y la presión del partido.

—Vale —susurro.

Nos separamos porque él debe jugar primero. Lo veo correr hacia su equipo con una energía brutal, contagiosa.

Miro el suelo de la cancha.

Mi mente intenta traerme el miedo: charcos, resbalones, dolor.

Pero no, hoy no.

La Lía que saltaba sin miedo está aquí y pienso dejarla salir.

El partido de Axel está reñido, pero ganan.

Cuando viene hacia mí, con la toalla colgada del cuello y la piel aún brillante de sudor, algo se me aprieta en el pecho. No puedo evitar admirarlo.

—Has estado increíble —le digo.

Él se encoge de hombros, pero sonríe.

—Ahora te toca a ti. —Me toma por la nuca y me acerca—. Demuestra lo que vales.

Me da un beso firme, decidido, casi como una bendición de guerra.

—Lo intentaré —susurro.

«No, Lía. Lo harás», me digo.

Una vez nos separamos, me dirijo a mi equipo.

Sofía nos reúne. Tiene los ojos brillosos.

—Chicas, que este último partido de Val sea digno de recordar. Dadlo todo. ¡Vamos!

—¡Sí! —respondemos.

Camino a mi posición, Clara pasa por mi lado.

—¿Todo bien? Te veo distinta —dice, con una sonrisa.

—Todo bien. Tenemos que ganar.

Le aprieto suavemente del brazo.

Ella sonríe, y asiente.

—Vamos —responde, antes de irse a su sitio.

Me coloco y siento cómo mis piernas vibran, pero están listas.

Mi corazón late fuertemente, pero no por ansiedad o miedo, sino por emoción.

Miro a Val. Ella junta las manos tras la espalda y me hace la señal:

Primero ella. Luego yo.

Empieza el partido.

El balón viene directo hacia mí. Lo recepciono sin problemas, y Clara le hace un pase limpio a Val.

Ella corre y pega un salto, haciendo ondear su larga trenza.

Arquea el brazo y golpea con una fuerza que hace que el balón rebote en el suelo rival sin opción a que el equipo contrario pueda evitarlo.

Está claro que se va a dejar hoy la piel.

Alzo la vista a las gradas. Mi madre me da ánimos desde allí.

Cuando Clara hace la colocación que parece que va a ser para Patri, esta se aparta a un lado y corro hacia el balón.

Un, dos… ¡tres!

Mis piernas me impulsan con tanta fuerza que me siento ligera. Le doy a la pelota con todas mis fuerzas.

¡Puuum!

Golpea justo entre dos jugadoras rivales que se quedan desconcertadas.

Aterrizo firme.

Sin dolor.

Sin miedo.

—¡Muy buena! —grita Clara golpeándome la espalda.

Val se acerca un paso y me lanza una sonrisa torcida.

—No está mal, golondrina. Pero si quieres seguir volando, tendrás que mover más esas alitas.

—Tranquila —le respondo—. No pienso darte el gusto de verme caer.

Vuelvo a mi sitio y respiro hondo.

El miedo ya no me persigue y la confianza ha vuelto.

Estoy lista para seguir saltando. Para luchar cada punto.

Para ganar este partido con ellas. Porque, por fin, somos un equipo.

Levanto la vista hacia las gradas y encuentro a mi madre aplaudiendo.

Más abajo está Axel. Me dedica una sonrisa y levanta el pulgar. Noto el pecho encenderse, una mezcla de orgullo, alivio y algo que no sé nombrar.

Juego.

Corro.

Recibo.

Remato.

Y mientras lo hago, me doy cuenta de que mi nueva vida me gusta.

Me llena.

La Lía de antes está aquí otra vez.

Y si algo he aprendido, es que la vida sigue su curso: unas personas se quedan, otras se van… pero lo único que importa es no detenerse.

Yo sigo adelante.

Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, lo hago volando.