EPÍLOGO
Mi móvil vibra.
Dejo de secarme el pelo con la toalla y la tiro en la cama, sin cuidado.
Joder. Hugo.
Cada mes me manda un audio para preguntarme cómo estoy, si me va bien aquí, si entreno, si echo de menos el equipo.
Le digo que sí, que todo perfecto.
Mentira.
No estoy mal, pero le echo muchísimo de menos.
Más de lo que debería.
Más de lo que me permito admitir.
Elegí empezar de cero aquí, lejos de mis amigos, de mi equipo, de él…
Londres es enorme, caótica, llena de oportunidades que me moría por coger. Y aun así, hay días en los que siento que lo dejé todo atrás demasiado rápido. Así que cada vez soy más fría con Hugo. Más cortante. Quiero que se canse. Que deje de intentarlo. Solo así, quizá, pueda olvidarme de él.
—¡Val! —grita mi madre desde abajo—. Tenéis que salir ya.
—¡Ya voy! —respondo.
Axel y Lía vienen unos días.
Navidad, paz y amor, bla bla bla.
El padre de Lía quiere verla, supongo que para seguir intentando arreglar años de meter la pata.
Fue un capullo, pero bueno, ahora está arrepentido. Y a mi madre la trata como si fuera la reina de Inglaterra.
Al principio me ponía enferma pensar en vivir aquí con ellos, en plan familia feliz. Pero la verdad es que me dejan a mi aire. Entre las clases y los entrenos, casi no paro por casa. Además, la casa es enorme. Si quiero, puedo no cruzármelos en todo el día.
Pero hoy… hoy quiero ver a Axel.
Necesito algo familiar, algo de mi vida que dejé atrás.
En cuanto a Lía… bueno. Es buena tía. A veces me saca de quicio, pero yo tampoco soy precisamente la dulzura andante.
Bajo las escaleras y Martín —el padre de Lía— ya está bien abrigado, esperándome junto a la puerta.
—¿Vamos? —pregunta.
—Sí.
Salimos a la calle helada. Hay restos de nieve y el suelo resbala.
De dónde vengo apenas nevaba. Esto es nuevo para mí, pero no me desagrada. Siempre he preferido el frío.
En cuanto entro al coche, pongo música. No me apetece conversación. Si le das pie, Martín se pone a cascar y no para.
Mientras suenan los Red Hot Chili Peppers, observo la ciudad tras la ventana: gente andando deprisa y abrigados hasta las cejas.
Unos salen del metro, otros entran en oficinas enormes.
Me imagino dentro de unos años siendo una de ellos. Viviendo aquí, en un piso grande, con un buen trabajo.
Sin Hugo.
Será por peces en el mar, ¿no? Como el capullo de Tyler.
Lo que tiene de guapo, lo tiene de insoportable.
Aún no sé si me vuelve loca por atracción u odio. Se creía el más listo de la clase, hasta que llegué yo.
—Ya llegamos —dice Martín.
La terminal aparece frente a nosotros.
Aparcamos y salgo enseguida. El frío me azota la cara mientras Martín enciende un cigarro.
Alzo la vista justo cuando un avión despega.
«¿A dónde irá?», pienso.
De pequeña siempre me quedaba embobada mirando los aviones.
Y entonces oigo ruedas de maletas acercándose.
Levanto la cabeza.
Axel. Mi mejor amigo.
Nos sonreímos. Me lanzo a sus brazos y me abraza fuerte.
Huele a casa. A todo lo que dejé atrás.
—Te veo bien —dice, separándose un poco. Sonríe como siempre.
—Lo estoy. Y ahora, mejor —respondo.
Miro a Lía, que acaba de saludar a su padre. Está incómoda, normal.
—¿Qué tal, pequeña golondrina? —le pregunto, ladeando la cabeza—. ¿Me has echado de menos?
Ella sonríe, se acerca y me da dos besos.
—Lo creas o no, se nota que no estás —responde.
—Normal —respondo, encogiéndome de hombros—. Si no estoy yo, pierde nivel.
Axel se ríe. Lía también.
Y por primera vez desde que llegué a Londres, siento algo parecido a calor en el pecho.
—Venga, va —digo, metiendo las manos en los bolsillos—. Vamos a casa antes de que me congele.
Guardan las maletas en el maletero y subimos al coche.
Me alegra que estén aquí.
Mucho más de lo que imaginaba.