A medio salto De la cancha al campo
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De la cancha al campo

—Cariño. —Mi madre se acerca a mí nada más me ve salir del cuarto con la mochila del entreno—. A las siete estaré en la puerta. Ya he avisado a tus abuelos que llegaremos para cenar. ¿Necesitas que te coja algo?

—Vale. No, solo la mochila que está junto a la puerta. Gracias. Y perdona por hacerte ir al pueblo.

—Tranquila, me apetece también cambiar de aires, aunque sea unas pocas horas.

Me da un beso en la frente.

Asiento con la cabeza y me dirijo a la parada de autobús.

Cuando entro en el vestuario, quedan apenas dos chicas terminando de cambiarse y Val. Está sentada en el banco, inmóvil, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo. Casi parece una estatua.

—¿Todo bien? —pregunto, dejando mi mochila en el banco.

Ella alza la vista y apoya la cabeza en la pared.

—Hoy voy a anunciar que es mi último entreno.

—Oh... —Me siento a su lado—. Tiene que ser duro comunicar algo así después de tanto tiempo.

—Lo es. Es como dejar una parte de mí aquí. —Aprieta las manos—. Aunque supongo que a algunas os haré un favor.

Lo dice por mí, pero si lo hace por provocar, no voy a entrar a trapo.

—Sigue entrenando en Londres. No lo dejes —respondo.

Ella me mira, como calibrando si lo digo de verdad o solo para quedar bien.

—No lo haré. —Se levanta, da dos pasos y se gira hacia mí—. Espero que el domingo vueles. Tenemos que ganar.

Se queda en silencio unos instantes antes de añadir:

—Eso sí: que sepas que no pienso quedarme debajo de tus alas.

Y se marcha sin esperar respuesta.

Me sorprende que, aun con esa puya final, algo dentro de mí sonría. Es rivalidad, sí, pero una rivalidad que pica justo donde motiva.

—Antes de empezar el entreno, Val nos tiene que decir algo. Adelante —anuncia Sofía.

Val da un paso. Tiene los ojos vidriosos, pero la barbilla firme. Es una mezcla de orgullo y dolor.

—Hoy será mi último entreno. El trimestre que viene me voy a Londres. —Traga saliva—. Daré lo mejor de mí el domingo y que sepáis que… os echaré de menos.

Se oyen murmullos, incluso algún sollozo. Patri corre a ella y la abraza. Poco a poco se van acercando las demás, formando un gran pelotón. Clara me mira sorprendida.

Cuando todo se calma, Sofía carraspea.

—Es una lástima que Val nos abandone, pero seguiremos siendo un equipo fuerte. A ella le irá genial y a nosotras también. —Tras una pausa, sigue hablando—. Hoy haremos partidos contra los chicos. Como si fuese uno de verdad. ¡Vamos!

Mientras camino a la cancha, paso cerca de Val. Me detengo.

—Te cedo el primer remate —susurro.

Ella me mira con una expresión casi divertida.

—Vaya, gracias. El segundo es tuyo. Pero los demás tendrás que ganártelos —responde ladeando la cabeza—. No pienso dejártelos en bandeja.

—Créeme, lo haré.

Al otro lado de la red, Axel se prepara para sacar. Un saque potente retumba en el pabellón.

Sara lo salva tirándose al suelo. Clara levanta un pase perfecto. Val corre, salta y remata. Directo a los pies de Bruno.

Al aterrizar, me mira y me lanza un guiño.

Desafío aceptado.

La siguiente colocación va hacia mí. Corro. Me impulso. Veo a Axel listo para recibir.

¡Puuum!

El balón cae justo a sus pies. Intenta salvarlo, pero no llega. Sale despedido hacia atrás.

Le sonrío al aterrizar. Axel entrecierra los ojos y me devuelve la sonrisa.

—Buena, golondrina —dice Val al pasar a mi lado—. Pero si quieres volver a volar, antes tendrás que pelear por el balón.

Y por primera vez, siento un entreno sin toxicidad.

No somos amigas. Y tampoco hace falta.

Somos rivales. Rivales que, por fin, se reconocen.

Y eso es mucho más divertido.

El viaje al pueblo comienza casi sin darme cuenta. Pero a medida que nos alejamos de la ciudad, siento cómo algo dentro de mí afloja. Es curioso que un simple lugar pueda hacerte sentir tanto.

El paisaje cambia de edificios y farolas a campos.

Ese olor a tierra fría que se cuela incluso por la ventanilla me eriza la piel.

«Ya estamos cerca», pienso, en cuanto pasamos los primeros baches de la carretera.

Al poco, puedo distinguir la luz exterior de la casa y dos siluetas en la puerta a pesar del frío.

Nada más bajar del coche, el olor a chimenea y tierra húmeda me hace volver a mi infancia. Aquí siento que vuelvo a respirar de verdad.

—¡Mi niña! Ya te echaba de menos. —Mi abuela me envuelve en un fuerte abrazo—. Me alegro de esta visita exprés.

Mi abuelo me estrecha entre sus brazos.

Subo a mi habitación, dejo la mochila y le escribo a Axel que ya he llegado. Ya le echo de menos, aunque sé que necesitaba venir aquí. Respirar.

La cena transcurre tranquila. Mi madre y yo contamos novedades, mis abuelos sueltan chismes del pueblo: que si la panadera se ha vuelto a pelear con la alcaldesa, que si el primo de no sé quién ha abierto un bar nuevo...

Es reconfortante un pedazo de normalidad sin tensión.

—Esta noche, en la plaza central, hay un pequeño concierto —dice mi abuela—. Toca el primo de tu amiga.

Me acuerdo de esos conciertos improvisados en la plaza.

De cuando todo era sencillo.

De cuando saltar no dolía.

—¿No te apetece ir? —pregunta mi madre.

Me quedo unos segundos en silencio.

—Sí, creo que me acercaré un rato.

Voy a asearme y salgo por la puerta con mis llaves.

Mi vieja bicicleta sigue en el garaje, cubierta de polvo. La monto y empiezo a pedalear por el camino oscuro. El cielo está despejado. La noche es fría y clara, como las de antes. Pedaleo cuesta abajo hacia la plaza, con el aire cortándome la cara y los recuerdos mezclándose en mi cabeza.

Cuando llego, la música ya retumba entre las paredes de piedra.

Dejo la bici a un lado y busco a Chloe entre la gente. Enseguida la localizo: está bailando con Martina y Adonai.

Siento una pequeña punzada de envidia.

Hasta hace poco, Martina era yo. La casa de ella, su amiga, su posición en el equipo… Todo eso era mío. Su novio era lo que quería y no tuve. Pero me viene a la mente Axel, Clara, Val… No han reemplazado nada, son personas nuevas que se han cruzado en mi camino.

Me acerco, le doy un toque a Chloe en la espalda, y ella se gira dando un respingo.

—¡Lía! Pensaba que te vería mañana. ¡Qué alegría!

Me abraza con fuerza y, por un momento, siento que nada ha cambiado.

Adonai y Martina me saludan también.

—Veo que no os aburrís por aquí —les digo, señalando el escenario.

—Aquí siempre hay excusa para montarnos una fiesta —dice Adonai, tras una pequeña carcajada.

Me coloco junto a Chloe y empezamos a saltar al ritmo de la música.

La plaza vibra. La gente canta. Las luces tiemblan.

Y por primera vez en mucho tiempo, me siento ligera.

Como si la Lía que saltaba sin miedo siguiera dentro de mí, esperando el momento para volver.

Ojalá el domingo, en la cancha, también aparezca.

Ojalá siga recordando cómo se vuela.