A medio salto Cuando la magia me da un respiro
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Cuando la magia me da un respiro

Justo estoy poniendo el candado a la bicicleta cuando oigo unos pasos detrás de mí. No necesito girarme para saber quién es, pero aun así, alzo la vista.

Axel me sonríe con esa calma que a veces me tranquiliza y otras me inquieta más.

—Hola —digo.

—¿Qué tal?

—Bien, ¿y tú?

—Mejor. Estuve hablando con Val anoche.

El estómago se me encoge como si me hubieran apretado desde dentro.

—Ah… —trago saliva—. ¿Y qué tal?

—Bien. Me contó sus planes, dónde va a estudiar y todo eso.

Asiento, pero mi pecho se va tensando.

—Ajá… ¿y ya está? ¿Solo te contó eso?

«Genial, Lía. Muy sutil», me digo.

Axel frunce el ceño.

—Sí, ¿qué más iba a decirme?

Me obligo a sonreír.

—Nada, curiosidad.

Axel me observa unos segundos, como intentando descifrar algo, pero no insiste.

—¿Te apetece hacer algo esta tarde?

—Vale.

—Paso a buscarte luego.

Me da un beso rápido y me coge de la mano. Caminamos hacia el instituto y yo intento no pensar, pero lo hago.

Intento no temer perderlo, pero lo temo…

Ya perdí cosas que me importaban, y ahora vivo con la sensación de que lo bueno siempre tiene fecha de caducidad.

En el descanso, Axel ha ido a por un bocadillo. Al ver a Val en el bar, se ha quedado con ella.

—Te noto rayada —dice Clara, sentándose a mi lado—. Más que de costumbre.

Aparto la mirada.

—Son tonterías.

—Para ser tonterías, te están destruyendo viva.

Suelto un suspiro.

—¿Qué haces cuando te persiguen los “y si”?

Clara deja de masticar y me mira muy seria.

—Les digo “hola, ¿qué tal?”, y luego los mando a tomar por saco.

Río, pero no se me va el nudo.

—Los “y si” solo sirven para amargarte antes de tiempo —añade.

—El problema es que cuando ya sabes lo que es perder dejan de ser imaginarios.

Clara suaviza la mirada y apoya una mano en mi rodilla.

—Es normal tener miedo. Pero si solo piensas en lo que podrías perder, nunca disfrutas lo que tienes ahora.

—Lo sé. Ese es el problema. Vivo en un miedo constante.

—Eso significa que te importa. Cuando no te importa, no te da miedo perderlo.

Me quedo unos instantes en silencio.

—Este viernes iré a mi pueblo —le digo al fin—. Necesito desconectar. Entre el partido, mi padre… —Me callo a tiempo. No puedo mencionar Londres.

—Haces bien. Respira, desconecta y carga pilas. Te vendrá genial.

Nos miramos unos instantes. Me guiña un ojo y justo, suena el timbre dando fin al descanso.

Por la tarde, al salir del portal, veo a Axel en la moto.

Tiene el casco en la mano y el cabello un poco despeinado por el viento. Mi corazón, traicionero, se acelera.

—Perdona, ¿llevas mucho?

—No, acabo de llegar —sonríe.

—¿A dónde iremos?

—A un sitio mágico.

Suelto una carcajada.

—¿Mágico? ¿En serio?

—Muy en serio —dice, con esa media sonrisa que me derrite—.

Vamos.

Estamos en pleno centro de la ciudad. A esta hora, la gente sale de trabajar y todo parece un caos: coches pitando, motos acelerando… Axel serpentea entre los vehículos con esa facilidad que siempre me sorprende.

Cuando aparca, me bajo y miro a mi alrededor sin entender nada.

—Nunca me habría imaginado algo mágico aquí —digo.

—No subestimes los rincones de una gran ciudad —responde con una sonrisa misteriosa—. Siempre guardan secretos.

Le sigo entre callejuelas estrechas y antiguas. El ruido queda atrás poco a poco, como si entráramos en otro mundo. Cuando giramos, aparece un pequeño callejón con un portón enorme y un rótulo luminoso:

EL BOSQUE DE LAS HADAS

—¿Qué es esto? —le agarro del brazo, sorprendida.

—Un local increíble. Árboles, luces, setas… Un bosque mágico donde sirven bebidas.

Se me escapa una sonrisa. Me muero por entrar ahí.

—¿Te apetece?

—¿Bebidas y un bosque encantado? Ya estamos tardando.

Ríe y abre la puerta.

Un hombre de mediana edad nos sonríe. Está detrás de un pequeño atril.

—Buenas tardes —saluda—. Podéis pasar.

—Gracias —contesta Axel.

Corre una cortina y una estampa de cuento mágico aparece ante nosotros.

Todo es tenue, solo iluminado por luces cálidas que cuelgan de los árboles.

Se ve claramente que no son de verdad, pero se ven muy reales.

Las mesas son redondas, así como los taburetes.

Todos de tonos pastel. Hay caminos dibujados por el suelo.

Se pueden ver setas de varios colores y hadas que cuelgan del alto techo.

Incluso alguna fuente de agua. Es espectacular.

Hay gente sentada bebiendo en unos vasos con formas variopintas.

A saber qué cuesta cada bebida, pero ya solo el lugar, merece la pena.

—Es precioso —susurro.

—Sabía que te gustaría.

Nos sentamos en una mesa apartada, junto a una fuente que hace un ruido tranquilizador. Nos sirven dos bebidas en cuencos rarísimos.

Bebo un sorbo y casi se me salen los ojos.

—¡Uau! Está buenísimo.

—Te lo dije.

Sigo bebiendo hasta que noto que Axel no deja de observarme.

—¿Qué pasa? —le pregunto alzando la vista.

—Nada —dice suavemente—. Me gusta verte disfrutar.

Menos mal que la luz es tenue, porque debo estar roja como un tomate.

Intento cambiar de tema.

—¿Qué tal está Val?

No es que me importe mucho su estado de ánimo, la verdad, me importa más cómo está él.

—Bien. Al principio le chocó mucho que su madre quisiera cambiar de ciudad, pero terminó viéndolo como una oportunidad también para ella.

—Ya veo — digo, girando el cuenco entre mis manos—. ¿Y tú?

Axel suspira.

—Me jodió. Sé que allí le irá bien, pero llevamos toda la vida juntos… Es como perder a un pedazo de mi familia.

Mi pecho se aprieta.

—¿Tú te irías con ella? —pregunto sin pensar. Otra vez hablo sin pensar.

Axel arquea una ceja.

—¿Yo? ¿A Londres? ¿Por qué iba a irme?

—Eh… porque escuché que ella te dijo que siempre tendrás un hueco allí.

Él se ríe.

—En serio, Lía. Para ser tan bajita tienes una antena parabólica increíble.

—¡Oye! —le doy un empujón en el brazo, avergonzada.

—No me voy con ella —dice—. Me gusta mi vida aquí.

Un alivio cálido me recorre entera. Siento que mis hombros bajan sin yo darme cuenta.

—Mañana me voy al pueblo —le digo.

—¿Al pueblo? ¿Por qué?

—Estaba saturada. Entre el partido, el instituto… necesitaba aire.

Axel ladea la cabeza, mirándome como si quisiera leerme la mente.

—¿Pero estás bien?

Clavo mi mirada en él, y sin poder evitarlo, sonrío.

—Sí. Mejor que nunca.

Él respira hondo y me coge la mano sobre la mesa, despacio.

Su tacto me provoca un hormigueo que me sube por el brazo.

Axel acerca mi mano a sus labios y me da un beso lento, suave, con una ternura que me deshace por dentro.

Aquí, rodeada de luces cálidas, setas gigantes y hadas, todo lo que me daba miedo hace solo unas horas se desvanece.

Por primera vez en días, respiro.

Me permito creer que quizá, esta vez, todo sí puede salir bien.