A medio salto Miedos
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Miedos

—Bueno chicas, este domingo es el último partido del trimestre —dice Sofía—. Así que hoy haremos mini equipos de tres.

Miro de reojo a Val. Tiene la vista perdida en algún punto del suelo. A ella no solo se le acaba el trimestre.

Hacemos los equipos. Esta vez estoy con Clara y Patri.

Cuando nos toca jugar, el equipo contrario es el de Val.

Nos ponemos en posición. Lanzo un saque limpio, directo a Val. Ella lo recibe sin vacilar. Sara coloca y Eva remata. Patri intenta salvar el balón, pero este sale disparado hacia un lado.

—La pequeña golondrina haciendo de las suyas para no dejarme brillar. —Val apoya una mano en su cintura y se echa hacia atrás su larga trenza mientras me mira.

—Solo quería ver cómo vas de reflejos —le contesto.

Puedo ver una pequeña sonrisa antes de que se gire.

Ahora saca ella. La pelota viene con fuerza a mí. No me sorprende. Le doy como puedo, pero, al venir con tanta potencia, al echar un pie hacia atrás, tropiezo y caigo al suelo. El coxis me irradia de dolor.

Val me guiña un ojo.

—¿Estás bien? —Clara se acerca y me tiende la mano.

—Sí, gracias.

En la siguiente jugada, Patri salva milagrosamente el balón. Clara me la coloca muy arriba.

Un, dos… tres.

Salto. Siento el aire pegándome en la cara. Noto mi coleta volar conmigo.

Golpeo con fuerza.

El balón cae a los pies de Val.

—Parece que tus reflejos también fallan —le digo, devolviéndole su gesto.

Y sí. Me estoy divirtiendo.

Este tipo de guerra con Val es como adrenalina pura: me pica, me desafía, me obliga a volar más alto.

Una vez finaliza el entreno, busco a Axel con la mirada. Ahí está.

Hablando con Val. Demasiado cerca. Demasiado concentrados el uno en el otro.

Algo frío me recorre el pecho.

Sé que no hay nada entre ellos, pero la complicidad… Dios. Esa complicidad me atraviesa.

—Lía. —Sofía se acerca, sacándome de mis pensamientos—. Has mejorado muchísimo. No sabía que podías saltar tanto.

Sonríe. Su mirada baja un segundo a mis piernas cortas.

—Me ha costado coger el ritmo —respondo—, pero creo que estoy recuperando la confianza.

—Pues sigue así.

Cuando se va, vuelvo a mirar a Val y Axel.

Vienen hacia mí. Riendo.

Mi estómago se me contrae.

Para disimular, me voy al banquillo y empiezo a guardar cosas que no necesitan ser guardadas.

Entonces escucho algo.

Una frase que me paraliza.

—…podrías venirte. —La voz baja de Val—. Sabes que siempre tendrás allí un hueco.

Siento el golpe como si me hubieran rematado directo al pecho.

Axel tarda en responder. Tarda demasiado.

—No sé yo —dice, riendo un poco.

¿Ríe?

¿Se lo está planteando?

¿Piensa marcharse?

¿Con ella?

Mi visión tiembla un instante.

—Tú piénsalo. ¡Hasta ahora! —dice Val en voz alta, como si no acabara de partirme por dentro.

Unos segundos después, unos brazos me rodean por detrás.

Me sobresalto.

—¿Qué tal? —Axel me da un beso en la mejilla.

—Bien —respondo.

«Bien mal», pienso.

—He quedado con Val para cenar —añade.

Mi corazón da un vuelco.

—Vale —contesto.

—Ya que le queda poco aquí… —dice él, como si eso lo arreglara.

—Claro. Lo entiendo.

Él me mira más atento.

—¿Seguro que no te importa?

Niego, y me da que él teme insistir más.

—¿Estás bien? —pregunta al ver que me quedo demasiado quieta.

—Sí. Solo estoy cansada.

Me besa. Un beso corto, firme y echa a andar hacia el vestuario.

Recojo mis cosas sin ganas. Y mientras salgo del gimnasio, una sola idea me golpea una y otra vez:

¿Y si Londres no se lleva solo a Val?

¿Y si también se lo lleva a él?

Estas preguntas entran en bucle en mi cabeza durante todo el camino a casa, como un eco que no sé cómo apagar.

—¿Dónde es el siguiente partido? —pregunta mi madre.

—En nuestro instituto.

—¡Genial! Así no tengo que desplazarme.

Justo entonces suena mi móvil. Un latido se me acelera. ¿Será Axel? Corro a mirarlo, pero no, es mi padre.

Trago saliva antes de contestar.

—Hola, Lía. ¿Estás bien?

—Sí —respondo—. ¿Y tú qué tal por allí?

—Con frío, como siempre —ríe, pero su risa suena forzada—. Pero bien.

No digo nada. Me quedo escuchando su respiración al otro lado.

—Algún día tendrías que venir —dice—. En Navidad está precioso. Creo que te gustaría.

Me imagino Londres iluminado, calles llenas de luces, nieve… pero también me lo imagino a él paseando con la madre de Val.

No sé cómo me hace sentir eso.

—Debe ser bonito —contesto, sin saber qué más decir.

—Lo es.

Vuelve el silencio incómodo.

—Bueno… —dice él—. Solo quería saber de ti.

—Gracias por llamar —digo, porque sé que es lo que espera escuchar, pero no estoy segura de sentirlo.

—Voy a intentar hacerlo más seguido. No… no quiero repetir errores.

Aprieto los labios. Esa frase me golpea fuerte, pero no quiero hablar de todo eso ahora.

—Te quiero, Lía. Cuídate.

—Igualmente —respondo bajito. No me sale nada más.

Cuando cuelgo, dejo el teléfono sobre la mesa como si quemara.

Mi madre, nada más ver mi cara, se arrima a mí, me pasa su brazo por los hombros y coge el mando de la televisión.

—¿Comedia romántica o postapocalíptica?

—Postapocalíptica, por favor —digo sin dudar. Necesito ver zombis comiéndose gente.

Ponemos una película y me recuesto en su hombro, intentando pensar en cualquier cosa que no sea Londres, ni Axel, ni Val, ni mi padre.

Antes de dormir, miro la pantalla. Ni un mensaje de Axel.

Nada.

Observo la foto de mis antiguas compañeras de voleibol. Esa época era todo tan fácil y tan feliz…

Apago la luz. Cierro los ojos. Intento coger la posición para dormir, pero no puedo. Me ronda algo en la mente. Necesito hacer algo.

Cojo el móvil con decisión y escribo un mensaje a la persona que me viene a la cabeza:

Lía:

Hola, Chloe. ¿Qué tal?

Te echo de menos.

¿Este sábado por la mañana tienes algo?

Dejo el teléfono en la cama. No puedo evitar morderme la uña.

Vibra.

Chloe:

¡Lía! Qué alegría saber de ti.

No, no tengo nada. ¿Vas a venir?

Lía:

Sí.

Si mi madre no puede llevarme, me iré en autocar.

Pero tengo que ir.

Tengo que respirar.

Tengo que salir de aquí, aunque sea un día.