Latidos compartidos
—Veo que has sobrevivido a la cena. —La voz de Axel me atraviesa y casi se me cae el candado de la bicicleta.
—Joder, qué susto. —Le doy un beso rápido.
Axel sonríe, pero noto algo raro en su mirada. Cansancio, quizá.
—¿Entonces fue mejor de lo que pensabas? —pregunta mientras me coge de la mano y caminamos hacia clase.
—Sí. Al principio fue un desastre, pero no acabó mal. —Dudo un segundo—. ¿Has hablado con Val?
—No. —Se rasca la nuca, incómodo—. Aunque me ha escrito para quedar esta tarde. —Me mira de reojo, como esperando que yo explote.
—Vale —respondo, intentando parecer neutral.
Él frunce ligeramente el ceño, como si no entendiera si estoy bien o simplemente lo estoy fingiendo. No pregunta más. Yo tampoco.
Cuando llegamos al aula, Clara ya está en su sitio.
—¡Buenas! —saluda—. ¿Haces algo esta tarde?
—No —contesto.
—¿Te apetece ir de compras? Necesito unas zapatillas nuevas.
—Claro.
Un par de horas después, ya estamos en el centro comercial. Intento concentrarme en las zapatillas que Clara va probándose, pero mis ojos van directos al móvil cada dos minutos.
Axel estará con Val. ¿Ya se lo habrá dicho? ¿Cómo se lo habrá tomado?
Siento un pinchazo en el estómago.
—¿Qué ocurre? —pregunta Clara de repente.
Me sobresalto. Ella deja la zapatilla a medio atar y me mira con el ceño fruncido.
—Nada —respondo demasiado rápido. Me guardo el móvil, casi escondiéndolo.
Clara entrecierra los ojos.
—Eso no ha sonado nada convincente.
Trago saliva.
—De verdad, no pasa nada. —Intento sonreír, pero ni yo me lo creo.
Clara se levanta, se coloca frente a mí y se cruza los brazos igual que una madre cuando va a sermonear.
—Estás rallada. ¿Es por Axel? ¿Ha pasado algo entre vosotros?
Miro el móvil otra vez. Cero mensajes.
—Está con Val —me sale sin pensar.
Los ojos de Clara se abren.
—Ah. Vale… Eso ya lo explica.
—No es por eso —murmuro—. Bueno, un poco sí. Ella iba a decirle algo importante y estoy nerviosa.
Clara me agarra del brazo y me arrastra fuera de la tienda.
—Venga. Vamos a tomar un matcha y me cuentas. No puedes estar en modo zombie todo el rato.
Mientras caminamos, noto la garganta cerrada.
Nos sentamos en la cafetería. El olor del matcha lo llena todo, pero yo solo pienso en el móvil que tengo en la mano.
—Val tiene que contarle algo. No puedo decirte qué es, y no sé cómo se lo tomará Axel.
—Vaya… —Clara abre más los ojos—. ¿Tan fuerte es? ¿Y tú cómo sabes lo que le pasa a Val? Perdona, pero si os lleváis como el perro y el gato…
Suspiro.
—Porque mi padre y la madre de Val están liados.
—¡No me jodas! —Se lleva una mano a la boca—. Hostia puta. Esto es de telenovela total.
—Lo que no me pase a mí…
Clara me pone una mano en el brazo.
—Todo sea eso.
Justo entonces aparece una notificación. Mi corazón se dispara, pero solo es publicidad del centro comercial.
Clara me da un golpecito en la muñeca.
—Deja el móvil ya. Si Axel no ha escrito, será porque siguen hablando. Tómatelo. —Empuja el matcha hacia mí—. Que se enfría.
Llego a casa y sigo sin noticias de Axel, así que decido enviarle un mensaje:
Lía:
Hola, Axel. ¿Qué tal estás?
Dejo el móvil en la mesa y me voy directa a la ducha. El agua caliente cae sobre mí, pero mi cabeza solo reproduce versiones alternativas de su conversación con Val.
¿Y si se da cuenta de que realmente la quiere?
¿Y si yo solo soy algo pasajero?
«Joder, Lía. deja de montarte películas», me digo.
Cuando salgo del baño, todavía con la toalla liada en el pelo, voy corriendo a mirar el teléfono. Me ha contestado.
Axel:
Hola.
Estoy. Supongo que ya lo sabías.
Joder, mierda. Me da que se ha tomado mal que no le dijera nada.
Lía:
Quiero hablar contigo. ¿Quedamos?
Axel:
¿Ahora?
Lía:
Porfa…
Axel:
Te paso a buscar en media hora.
Exhalo el aire que tenía contenido y me visto deprisa.
—¿A dónde vas? —pregunta mi madre al verme arreglada.
—He quedado con Axel.
—¿A estas horas? —Frunce el ceño.
Le explico brevemente lo de Val.
—Entiendo… Pero no quiero que vuelvas sola.
—No te preocupes, me acompañará.
Cuando bajo, Axel está sentado en la moto, con el casco puesto y la mirada perdida en algún punto del asfalto.
Se le ve roto.
Y duele.
Me acerco y lo abrazo.
—¿Dónde quieres ir? —pregunta, sin rodeos.
—A algún sitio tranquilo.
Subo a la moto. Cuando me agarro a él, noto que su cuerpo está tenso.
Tras una media hora de trayecto, acabamos en una pequeña villa. Al ver las calles, me viene a la mente mi pueblo. La vida que dejé atrás.
—¿Dónde estamos? —pregunto al quitarme el casco.
—Fuente León. De pequeño venía mucho con mis abuelos.
Inspiro hondo. Huele a tierra húmeda, a campo. A infancia.
—Hay un pequeño restaurante donde hacen unas pizzas muy buenas —dice.
—Perfecto.
Caminamos por calles empinadas y casi vacías. En la pequeña plaza, una fuente humea agua caliente. En una esquina, El Rincón, con su puerta de madera y un cartel negro iluminado por una bombilla tenue.
Dentro, una mujer nos recibe con una sonrisa y nos acompaña a una mesa pequeña junto a un ventanal. El ambiente es cálido. Huele a masa recién hecha.
Pedimos pizza: pepperoni para mí, barbacoa para Axel.
Cuando nos sirven las bebidas, Axel carraspea.
Me preparo para lo que va a decir.
—No me lo esperaba —dice por fin—. Fue como un jarro de agua fría.
Dejo el vaso y le cojo la mano.
—Es normal que te duela. Sois como familia.
Asiente, mirando la mesa.
—Lo peor es que sé que nos distanciaremos. Que perderemos el contacto. Que la voy a perder.
Su voz se quiebra apenas un segundo.
—No la pierdes —susurro—. Solo cambia la forma de tenerla en tu vida.
Pienso en Adonai, en Chloe, en todo lo que dejé atrás.
Voy hablando con ellos de vez en cuando, pero es como si estuvieran en un mundo diferente. Sin mí. Al principio duele mucho, luego descubres nuevas formas de querer desde la distancia.
Él levanta la mirada y me observa unos segundos.
—Parece que vosotras dos ya os lleváis mejor —dice.
—Bueno… —sonrío—. Más que llevarnos mejor, diría que hemos firmado una tregua temporal. Nos soportamos un poco.
—Algo es algo —responde con una media sonrisa cansada.
Hace una pausa, mira su vaso, y añade:
—Hay algo que no te dije. Lo del colgante… la idea fue de Val.
Me quedo inmóvil. Casi no parpadeo.
—¿Ella? —pregunto, sin ocultar la sorpresa.
Axel asiente despacio.
Un calor extraño me sube por el pecho. No es ternura. Tampoco rabia. Es desconcierto puro.
—Vaya… —murmuro, bajando la mirada hacia el colgante—. No me lo esperaba.
Paso el dedo por la golondrina, suave, casi sin pensarlo.
—Sí. Yo quería regalarte algo especial, pero soy un desastre para estas cosas. Ella dijo que una golondrina… que te encajaba. Que tenía sentido.
—Supongo que tiene buen ojo para estas cosas —añado.
Me sorprende. Y me toca en el corazón un poquito.
Pero no lo voy a admitir en voz alta.
Las pizzas llegan y el aroma lo llena todo. Finas, crujientes por los bordes, irresistibles.
Por un momento, el silencio entre nosotros no duele. Es necesario.
Una vez terminamos de cenar, paseamos por las calles estrechas. Axel me toma de la mano; su pulgar acaricia el mío sin darse cuenta. Y aunque su sonrisa sigue apagada, noto que está un poco más ligero.
Acabamos en un mirador enorme. De noche apenas se ve nada, solo pequeñas luces dispersas entre las montañas. La brisa es fría y se me eriza la piel.
Me apoyo en la barandilla.
Axel se coloca detrás de mí.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Sus brazos me rodean la cintura, fuertes, seguros. Su pecho se pega a mi espalda, y el calor de su cuerpo me sube por la piel como si me encendiera desde dentro.
Su perfume me envuelve: madera, humo, algo dulce…
Cierro los ojos un instante.
Su mejilla roza la mía y un cosquilleo me recorre la columna entera.
—Lía… —susurra, casi sin voz.
Trago saliva, pero la garganta me arde. Me doy la vuelta y Axel me arrincona contra la barandilla con un movimiento lento, contenido, pero cargado de algo que me deja sin aliento.
Sus ojos oscuros me devoran.
Su boca roza la mía. Apenas un milímetro, pero lo justo para hacerme temblar.
El beso empieza lento, suave, pero dura apenas un segundo así.
De repente, me besa con hambre. Con urgencia. Con una intensidad que me dobla las rodillas. Sus manos me agarran de la cintura, firme, como si quisiera fundirme contra su cuerpo. Y yo le agarro de la chaqueta, tirando de él con una necesidad que no intento disimular.
Su cuerpo presiona contra el mío.
Quiero más.
Un escalofrío me recorre entera.
Sus labios bajan un poco, luego vuelven a subir. Nos besamos sin aire, sin pausa.
El mundo desaparece: solo existimos Axel y yo.