No es mi amiga, pero…
Oigo de fondo la voz de la profesora de filosofía, pero mi mente y mirada se centran en Val y Axel. De vez en cuando hablan, pero están algo decaídos.
En el descanso, Axel solo me ha saludado y me ha hecho compañía unos diez minutos. No me ha explicado cómo le fue con Val, pero tampoco le he querido preguntar.
—Bueno, nos vemos esta tarde. —Clara empuja la silla para levantarse—. Oye… ¿todo bien?
—Sí. —Mi voz sale apagada.
Clara vuelve a sentarse, apoyando los codos sobre la mesa, dejando claro que no piensa irse hasta que le diga algo.
—¿Es por Axel? Ayer estabais genial.
Miro de reojo a Axel que está sentado aún en su sitio. Val está jugueteando con un bolígrafo.
—Todo bien. Como siempre —miento, tragándome el nudo que me sube por la garganta.
No voy a hablar de lo que no es mío. Val tiene sus propios dramas, aunque ahora empiezan a mezclarse demasiado con los míos.
—Bueno… —Clara suspira, resignada—. Nos vemos luego en el entreno.
—Hasta luego.
Una vez Clara sale por la puerta y la clase está casi vacía, decido ir hacia Axel.
—¿Puedo hablar contigo? —pregunto en voz baja.
—Claro. —Mira un instante hacia Val, que en ese momento se cuelga la mochila y sale sin decir nada. Ni siquiera nos mira.
Cuando la puerta se cierra detrás de ella, doy un paso más hacia Axel.
—Es por su madre, ¿verdad?
Axel suelta un largo suspiro.
—Sí. Su madre en unos meses se marcha a Londres…
—Con mi padre —completo la frase.
Él asiente.
—¿Te lo dijo él? —pregunta Axel.
Suelto el aire acumulado en mis pulmones.
—Sí. Anoche estaba en casa cuando llegué. Y… quiere que vaya a cenar hoy a casa de la madre de Val. —Mi pulso se acelera solo de pensarlo—. No sé qué hacer.
—Lía… —Axel se rasca la nuca, incómodo—. No quiero meterme, pero creo que deberías ir.
—¿En serio? Val me odia.
—No creo que sea odio.
Frunzo el ceño.
—¿Ah, no? ¿Quieres que te haga una lista?
—Pienso que os iría bien a las dos. —Su voz suena seria—. Tenéis más en común de lo que imaginas. Su madre se va lejos y con un hombre que Val apenas conoce. Está tan perdida como tú.
Eso me deja helada. Porque tiene razón.
Y porque duele.
—Bueno —trago saliva, incómoda—. Ya veré.
Me cuelgo la mochila, pero noto su mirada pegada a mí. Como si quisiera decirme algo más o temiera lo que pueda pasar esta noche.
Tras comer algo ligero en casa, me dirijo al pabellón con la cabeza hecha un lío.
Para mi sorpresa, Val no aparece en el entreno.
Realmente le debe afectar lo de su madre.
Sin querer, me viene a la mente el día que mi padre dijo que se marchaba: esa mezcla horrible de abandono, vacío y rabia contenida.
Sé exactamente qué se siente cuando un padre decide vivir su vida sin pensar en ti.
Terminamos de entrenar y, justo estoy guardando las cosas, Axel aparece tras de mí.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta en voz baja.
Me giro hacia él. Su expresión lo dice todo: está preocupado por Val.
—Iré —respondo al fin.
Su alivio es evidente. Sonríe y me da un beso suave.
—Me alegro.
—Pues yo no tanto —admito, haciendo una mueca—. Voy a pasarlo fatal.
Axel me aprieta el hombro con cariño.
—No será tan catastrófico como piensas. Dales una oportunidad. —Se acerca un poco más—. Luego me cuentas.
Me roba otro beso antes de marcharse.
Cuando se aleja, me quedo mirando mis manos, que tiemblan un poco.
Solo de imaginarme entrando en esa casa, con mi padre, con la madre de Val y con la mismísima Val probablemente a punto de explotar… Me entra un nudo en el pecho.
Esta cena puede salir muy mal.
—Sigo sin entender por qué debería ir. ¡No pinto nada! —le digo a mi madre mientras me pongo el abrigo a tirones.
—Es importante para tu padre. Solo es una cena —responde, observándome con los brazos cruzados.
—Nunca entenderé sus prioridades —mascullo, ajustándome la cremallera.
—Te quiere mucho —insiste ella, bajando un poco la voz—. Aunque a veces tenga… una forma poco acertada de demostrarlo.
Ruedo los ojos. En ese momento, suena el timbre y doy un respingo. Mi madre contesta por el interfono.
—Pues me voy —digo—. Nos vemos luego, si sobrevivo.
—Ya verás como irá bien. —Me da un abrazo.
Ojalá tuviera su optimismo.
Cuando salgo del portal, mi padre ya está esperando junto a un taxi, con las manos metidas en los bolsillos y esa sonrisa incómoda que pone cuando no sabe cómo actuar.
—Te agradezco el esfuerzo —dice una vez dentro.
No respondo.
—¿Y… cómo te va en el instituto? —pregunta, esforzándose por sonar casual.
Me encojo de hombros.
—Va.
—¿Con Val mejor? Vi que en el partido os compenetrasteis mucho.
—No tuvimos más remedio.
Mi padre asiente, incómodo.
—Para ella va a haber muchos cambios también.
Suelto una risa irónica.
—Pues que tenga suerte. Sé lo que se siente que tu padre se vaya a otro país.
Su mandíbula se tensa. Sé que he sido borde, pero no me arrepiento.
Cuando el taxi se detiene, miro por la ventanilla y se me escapa un susurro:
—Hostia… Parece que a tu nueva novia le va muy bien en los negocios.
Tras una gran puerta vallada, aparece una casa enorme, acristalada, de dos plantas. Minimalista, moderna, perfecta. Me siento pequeña solo con mirarla.
Seguimos el caminito de adoquines y la madre de Val nos abre con una sonrisa perfecta.
—¡Hola, Lía! Me alegro de verte.
Sonrío por educación, pero no me sale natural.
Dejamos los abrigos en un perchero que me da la impresión de que es más caro que el televisor de mi casa. El comedor es muy amplio, con grandes ventanales que dan al jardín. La casa del pueblo para mí era la más bonita de todas, pero esta es espectacular.
—¡Val! Tu amiga está aquí.
¿Amiga? Esta señora no sabe absolutamente nada.
Val baja las escaleras. Cuando nos cruzamos la mirada, hay incomodidad. Se detiene un segundo observando a mi padre, como si se le atragantara.
—Hola. —Su tono de voz es seco.
—Hola —respondo igual.
—¿Qué tal, Val? —pregunta mi padre.
Ella frunce el ceño.
—Podría estar mejor —murmura.
Mi padre le entrega a la madre de Val una botella de vino y ella le da las gracias con un beso.
Esto está siendo muy intenso. Quien me manda a mí a meterme en este berenjenal.
Nos sentamos en una amplia mesa, que ya está servida con una gran variedad de piezas de sushi . El atún tiene un tono rojizo que hace que mi boca empiece a salivar. También hay gyozas enormes. Mi estómago empieza a rugir.
—Podéis serviros.
—Gracias, Mirta —contesta mi padre.
Comienzo a llenarme el plato.
—Ante todo, gracias por venir, Lía. Tenía ganas de conocerte. —Mirta me lanza una sonrisa.
La verdad que parece más simpática que su hija. Echo un vistazo a Val, la cual está jugando con los palillos y mirando con cara de aburrimiento la comida.
—Jugasteis muy bien el otro día. —Mirta intenta suavizar el ambiente.
Val la mira de reojo.
—Ah, ¿pero viste algo del partido? —le suelta.
Casi me atraganto con un maki .
—¡Claro que sí! —contesta Mirta. Intenta sonreír, pero se ve a leguas que está descolocada.
—Pues para uno que viniste, estabas más dándole al palique que viéndome jugar.
Silencio.
Mirta pone las manos en la mesa y baja la vista a su plato.
—Eso no es cierto. —Su voz suena algo quebrada.
Mi padre se aclara la garganta.
—Estábamos atentos, Val —dice, intentando sonar seguro.
Ella lo mira con rabia.
—Lía —me suelta de repente, girando la cabeza hacia mí—. ¿Tú qué crees? ¿Estaban atentos?
Se me seca la boca.
Trago en seco.
Y entonces… lo que llevo días guardándome explota.
—¿De verdad crees que me importa si estaban atentos o no?
Val parpadea, sorprendida. No esperaba que yo respondiera así.
Me inclino un poco hacia delante.
—He pasado por una lesión, por una operación y he estado cojeando durante meses —mi voz tiembla, pero no se rompe—.
Y ¿sabes cuántas veces vino mi padre a verme?
Cero. Ni una puta vez. Así que perdona si no me afecta demasiado que alguien no mire un partido —añado, más baja, pero firme—. Eso es lo de menos. Créeme.
Se hace un silencio espeso en la mesa.
Mi padre baja la cabeza. Mirta aprieta los labios, incómoda. Y Val me mira con los ojos como platos.
Siento la garganta arder.
Tiro la servilleta sobre la mesa.
—Voy a tomar un poco de aire —murmuro, sin mirar a nadie.
Me levanto y camino hacia el jardín. La puerta corredera se desliza con un suave clic mientras salgo al exterior. El aire frío me golpea la cara.
Encuentro una hamaca con una manta y me dejo caer en ella.
Suspiro.
Quizás me he pasado un poco, pero estaba harta. Harta del drama, harta del reproche constante.
La puerta vuelve a abrirse.
No miro, pero escucho pasos.
—Oye —dice Val desde detrás.
Su voz suena cansada.
Se acerca, deja caer otra manta en la hamaca de al lado y se sienta.
—No te vayas a creer que he salido a consolarte —murmura.
Ahí está. La Val de siempre.
Pero algo en su tono es distinto. No hay veneno. No del todo.
—Tranquila —respondo—. No esperaba nada.
Ambas miramos al cielo un momento.
Ella inspira hondo.
—No sabía… —dice de pronto—. Lo de tu padre.
Y por primera vez, parece que no está interpretando un papel.
—Como ves, cada uno tiene lo suyo —susurro.
Val aprieta la manta entre los dedos.
—Yo también me voy a Londres —suelta.
Me quedo helada.
—¿Qué? —pregunto, incorporándome de la hamaca.
Ella tiene la mirada fija en el cielo.
—Lo decidí hace poco.
—¿Axel lo sabe?
Parpadea.
—No —susurra.
Respiro hondo. Eso va a doler.
—Le importas mucho.
—Ya lo sé —dice ella, no con chulería, sino con una tristeza que no esperaba—. Pero yo no voy a quedarme aquí por nadie.
—Lo pasará mal, te tiene mucho aprecio.
—Estás tú para consolarle.
Bajo la mirada al suelo.
—¿Y Hugo?
Ella cierra los ojos un instante.
—Eso ya terminó.
Asiento.
—Os vi la noche antes del partido juntos —digo, en tono bajo.
Ella me mira y aprieta los labios.
—Eso fue antes de que decidiera irme.
Silencio otra vez.
—¿Estás segura de irte? —pregunto.
—Lo estoy. Londres me brindará muchas oportunidades. Cuestión de priorizar, supongo.
La miro a los ojos.
—No me mires así —dice—. Al fin y al cabo, soy como nuestros padres. Priorizo siempre lo que más me conviene.
—¿Y lo que te hace más feliz?
—Eso es lo que me hace feliz. No quiero quedarme estancada por nadie.
Me echo en la tumbona.
—No le conté a nadie lo tuyo con Hugo.
Ella gira la cabeza, sorprendida.
—Gracias. Si se hubiera sabido habría sido un problema para él.
—Lo sé.
—Lía…
—Dime —contesto, sin apartar la vista de las pocas estrellas.
—Prométeme que cuidarás a Axel. Es muy buen tío.
Me vuelvo hacia ella.
—Tenlo por seguro. Soy un poco desastre, pero intentaré ser buena novia.
Val suelta una pequeña carcajada.
—Por cierto, ¿nunca habéis tenido nada? —pregunto.
Ella me observa. Yo trago saliva temiendo la respuesta.
—Es como un primo para mí. Sé que está buenísimo, es listo, con carácter… pero habríamos chocado mucho como pareja.
—Lo mismo por su parte sí que habría querido —digo, sin pensar.
—Eh, él está loco por ti. Lo sé. Soy la que mejor le conoce.
Me echo de nuevo en la tumbona. Me viene a la mente otra pregunta.
—¿Por qué me odias tanto?
—No es odio —dice, despacio—. Es… que no puedo contigo.
Se me escapa una carcajada.
—¿Y no es lo mismo?
Ella ríe.
—No. El odio te da energía. Tú me das incomodidad. Me sacas de quicio. Y no me gusta sentirme fuera de control.
Hace una pausa y ladea la cabeza.
—Puede que empiece a soportarte un poco, pero no te equivoques —añade, con una media sonrisa—. Aún queda un partido. Y si tú quieres volar, yo voy a querer brillar más.
—¿Es una amenaza?
—Una promesa.
Y, por primera vez, no suena cruel.
Suena a respeto.
De rival a rival.
Como si la guerra entre nosotras hubiera cambiado de forma. Ya no peleamos para derribarnos, sino para ver quién vuela más alto.