Cuando todo parecía perfecto…
Cuando salgo del portal, Axel está apoyado en la moto, al otro lado de la acera. En cuanto me ve, sonríe.
Una vez a su lado, me abraza y me besa. Joder, qué bien huele.
—Vamos —dice, entregándome el casco.
Subimos a la moto y me aferro a él. El aire es frío, y sentir el calor de su cuerpo hace que sea un momento de lo más agradable y placentero.
En media hora llegamos a un parque enorme, lleno de árboles rojizos y amarillos.
—No sabía que esto era tan grande —comento, mirando alrededor.
—De pequeño venía siempre. Para mí era como otro mundo.
Al pasar por una pequeña fuente, me llega un aroma tentador a castañas asadas. Son mi perdición. Compro un cono mediano para los dos y, mientras paseamos, nos las vamos comiendo.
—Lo mejor del otoño —digo.
—¿Las castañas? —Se ríe.
—¡Claro! —Me llevo una a la boca—. Son adictivas. Y así calentitas con este frío…
Seguimos caminando hasta un gran lago con barquitas de madera.
—¿Te apetece dar un paseo? —pregunta.
—¡Sí! —contesto, emocionada.
Axel se sube el primero y me tiende su mano para ayudarme. Cuando pongo los dos pies en la barca, esta se balancea un poco.
—Joder, como nos caigamos… —digo, mirando el agua.
—No nos vamos a caer, tranquila.
No muy convencida, me siento despacio. Axel empieza a remar. Me quedo observándolo. No me puedo creer la suerte que tengo de poder estar con él. Se me escapa una sonrisa.
Él deja de remar.
—¿Qué? —pregunta, divertido.
—Nada. —Me encojo de hombros—. Solo pensaba en la suerte que tengo.
Axel se inclina hacia mí.
—No eres la única con suerte —susurra.
Sus palabras me provocan un cosquilleo por todo el cuerpo. Él se inclina más hacia mí. Su aroma me invade.
Antes de darme cuenta, sus labios rozan los míos. Cierro los ojos. El roce suave se va volviendo más intenso. Acaricio su mejilla, su nuca… Solo deseo que este momento no acabe nunca. Hasta que un leve balanceo hace que me separe de él y mi vista se vuelva hacia el agua.
—¿Quieres probar ahora tú?
—Bueno, aunque no lo he hecho nunca.
—No es complicado.
Me entrega los remos y empiezo a remar. Enseguida le pillo el tranquillo.
Regresamos al muelle ya con las farolas encendidas, el aire oliendo a tierra húmeda y hojas frías. Es mágico. De película. De los que te hacen creer un poco en todo.
Hasta que su móvil vibra.
Axel lo mira y su expresión cambia.
—¿Pasa algo? —pregunto, intrigada.
—Es Val. Dice que necesita verme.
Siento como si me echaran un cubo de agua fría encima.
Alzo la mirada al cielo oscuro y observo cómo se balancean las hojas rojizas iluminadas de los árboles. Se me empieza a formar un nudo en la garganta. Mi momento romántico, mi cita... se ha acabado.
Ya en el portal de mi casa, intento mantenerme entera.
—Me lo he pasado muy bien —dice él.
—Yo también.
«Hasta el dichoso mensaje».
—Siento tener que irme así.
—No pasa nada. Ve con ella. —Mentira, sí que pasa, pero no pienso admitirlo.
Le beso antes de que monte en la moto. Un beso rápido, necesario.
Cuando se marcha, lo sigo con la mirada hasta que desaparece.
«¿Qué mierda necesitará Val?», me pregunto mientras subo por las escaleras.
Abro la puerta y escucho una voz que no debería estar ahí.
—Lía. —Mi padre se levanta del sofá.
Mi madre baja la mirada.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto.
—Tenemos que hablar.
Genial. Justo lo que necesitaba hoy.
Cierro la puerta de mala gana. Dejo el bolso y el abrigo en el perchero. Doy unos pasos hacia él.
—Pues dime. —Me cruzo de brazos.
—En dos días me vuelvo a Londres —dice.
—Vale. ¿Y?
—Y… alguien vendrá conmigo a vivir allí dentro de unos meses.
Mi corazón da un vuelco.
—¿Quién?
—La madre de Val. Estamos juntos desde hace unos meses.
Lo sabía. Joder, lo sabía.
—Pues muy bien —suelto sin pensarlo.
Él traga saliva.
—Mañana quisiera que vinieras a cenar a su casa. Los cuatro. Antes de irme quiero que… estemos bien.
— ¿Yo? ¿Cenar con Val? ¿Contigo? —Me río sin humor—. No pinto absolutamente nada ahí.
—Lía, solo quiero que te lleves bien con ellas. Que las conozcas mejor.
—Si hubieras estado aquí —mi voz se quiebra un poco—, si hubieras preguntado cómo cojones me va en esta ciudad, en este instituto, con esta gente… sabrías perfectamente por qué no quiero ir.
Sus ojos brillan. A mí se me nubla la vista, pero me niego a llorar.
—Sabes que me arrepiento… y que me avergüenzo por ello —dice en voz baja—. Te lo pido por favor. Solo una cena. Los cuatro.
Cierro un momento los ojos. Ahora entiendo por qué Val escribió a Axel. ¿Estará enfadada con su madre?
Y, otra vez, estoy en medio de un lío que me sobrepasa. Y no tengo ni idea de qué hacer.