A medio salto Rematar o caer
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Rematar o caer

Cuando llegamos al pabellón, la tensión se palpa en el aire. Los chicos ya calientan, las zapatillas retumban en la pista y el eco del balón rebota por las paredes.

Localizo enseguida a Axel. Corre, salta, mueve los hombros con esa concentración que me pone el corazón en un puño. Me quedo mirándolo… hasta que alguien se planta justo delante.

—Hola pelirroja.

El chico de gafas me guiña un ojo. Pongo los ojos en blanco.

—¿Ni un hola? —Finge herirse, llevándose la mano al pecho.

—¿Vienes a incordiar? —pregunto sin ganas.

—Me ofendes, señorita. —Inclina la cabeza—. Por cierto, me llamo Thiago.

—¿Algún problema? —Axel aparece a mi lado.

—Ninguno —respondo yo, y le doy un beso.

—Vaya, ya vino el caballero andante —se burla Thiago.

Axel ni parpadea.

—¿No tienes que entrenar?

—Ya he entrenado suficiente. —Nos lanza una sonrisa y se aleja.

—¿Nervioso? —le pregunto, intentando cambiar de tema.

—Para nada. —Me abraza.

Le deseo suerte y me da una palmada en el trasero. Mis mejillas se sonrojan. Él se aleja como si nada.

Levanto la vista hacia la grada. Mi madre me saluda desde su asiento. Dos filas más atrás, lo veo: mi padre, sentado junto a la madre de Val.

Siento un golpe seco en el estómago. Él levanta los pulgares. Yo le devuelvo una sonrisa tensa.

—Qué bonita estampa.

Es la voz de Val detrás de mí. Me giro hacia ella.

—Ni que lo digas —respondo.

Entrecierra los ojos. Parece que va a decir algo más, pero aprieta la mandíbula y se aleja.

Estoy deseando que acabe el día, y no ha hecho más que empezar.

Inicia el partido de los chicos. Axel está preparado para sacar, Thiago está junto a la red. Percibo cómo cruzan las miradas unos instantes.

La tensión entre ellos va en aumento.

Axel hace su saque potente.

¡Pum!

Un jugador contrario intenta recibirlo, pero la bola sale despedida hacia atrás.

Punto.

Le siguen varias jugadas en que la pelota va pasando de un campo a otro, hasta que Bruno hace un pase perfecto a Axel y este, tras un gran salto, remata. Pero Thiago está listo en la red, se impulsa y lo bloquea. El balón cae en el campo de Axel. Y toca el suelo.

—¿Es todo lo que puedes hacer, Axel? —le suelta, con una sonrisa insolente.

Axel aprieta la mandíbula. Cierra su puño un instante. No contesta. Se recoloca para otra jugada, pero sus ojos oscuros, prometen una revancha.

El partido sigue. Axel está tenso, más brusco en los movimientos. Thiago lo sabe y disfruta.

En una jugada rápida, Thiago remata y la pelota va directa al hombro de Axel. El golpe resuena.

—Uy, perdón, ha sido sin querer —dice.

Suena falso, claro. Axel le clava la mirada.

Tras jugadas muy buenas, y gracias a una finta de Erik, nuestro instituto gana este set.

Ya en los últimos puntos del partido, Axel está más tranquilo.

El balón vuela. Bruno levanta una colocada perfecta, alta, justo donde Axel la espera.

Salta con una potencia brutal y Thiago, que lo ve venir, se eleva para bloquearlo.

Pero Axel, en el aire, cambia el gesto en el último segundo: manda la pelota cruzada.

La bola se estrella en la esquina libre del campo contrario.

Punto.

El pabellón estalla en aplausos. Axel aterriza, sin apenas sonreír y sosteniéndole la mirada.

—Esto es lo que puedo hacer —dice.

Thiago gira la cara, apretando los dientes.

Y yo no puedo apartar los ojos de Axel.

Ahora salimos nosotras a la pista. Los nervios empiezan a apoderarse de mí.

Mi padre, rematar… demasiada presión hoy. El pulso se me dispara. «Tranquila, Lía», me digo.

—Lo harás bien. —Axel me pone una mano en el hombro.

—Tú has estado genial. —Le sonrío.

—Bueno… Ha sido bastante difícil —suelta.

Nos damos un abrazo y se despide.

Me pongo al lado de Clara. Al verme, se me acerca.

—Vamos, Lía. Demuestra lo buena que eres.

Chocamos las manos y nos ponemos en posición. Val me echa una mirada de reojo, pero no dice nada.

Empieza el partido. Saca el equipo contrario. Sara recibe la pelota y se la pasa a Clara.

—¡A mí! —grita Val.

Clara se la lanza y ella remata. Directo al suelo rival.

Punto.

Val está imparable. Quiere dejar claro que es la líder. Busca todos los balones, reclama colocadas para ella… incluso protesta cuando Clara me pasa alguna. Yo, en cambio, apenas he rematado un par de veces, y solo he conseguido un miserable punto.

—¡Lía! —grita Sofía—. ¡Vamos, muévete!

Siento que se me revuelve el estómago. Estoy siendo un lastre.

—Venga, el próximo para ti —dice Clara.

En la siguiente jugada, Helena salva el balón por los pelos, y Clara a duras penas consigue elevarlo, va muy cerca de la red y centrado. Corro hacia él, pero Val aparece de repente, le golpea con fuerza y yo choco contra su espalda. Acabo en el suelo.

—¡Joder! —exclamo.

Val me mira con aire de superioridad.

—Has de ser más rápida. Si no, haberla pedido.

Aprieto los puños.

Clara se acerca y me ayuda a levantarme.

—Vamos, no pasa nada —dice.

Pero sí, sí que pasa.

A partir de entonces, todo va a peor. Val y yo no dejamos de ir a por la misma pelota y chocamos varias veces. Al final, esta falta de coordinación acaba haciéndonos perder el set.

—Chicas, si no jugáis como un equipo, no hay nada que hacer. —Sofía nos observa seriamente—. De hecho, voy a hacer unos cambios. Val, Lía, al banquillo.

Siento que la sangre se me congela.

—¿Qué? —Val está blanca.

—Si no jugáis como un equipo, no jugáis. Eva y Marta, vosotras a la cancha.

Me dejo caer en el banco.

Val se sienta a mi lado soltando un bufido.

Echo un ojo a la grada: mi madre me manda un gesto de ánimo; mi padre ríe con la madre de Val como si estuvieran en una cena romántica en lugar de en mi partido.

Genial. Todo maravilloso.

—Sí, parece que les interesa más su conversación que nuestro partido —dice Val, sin apartar la vista de la pista.

—No me extraña —murmuro.

Durante unos segundos, ninguna habla. Las chicas en pista empiezan a remontar; Eva y Marta se entienden sorprendentemente bien.

De repente, Val entrelaza los dedos y se inclina hacia delante, como si estuviera planeando algo.

—Primero yo, luego tú —suelta de golpe.

—¿Qué? —parpadeo, sin comprender.

Val rueda los ojos. Esta vez no la veo furiosa. La veo molesta, sí, pero con un brillo calculador en la mirada.

—Que en la siguiente, remato yo. En la otra, rematas tú. Y así seguimos. Si quieres volver a la pista sin hacer el ridículo, claro.

Me quedo muda. No sé si me está ayudando o insultando. Probablemente las dos cosas.

—¿En serio? —pregunto, desconfiando.

No es propio de ella. No de la Val que conozco.

—Sí, en serio. —Aprieta los dientes—. Si queremos ganar, necesitamos sorprenderlas. Yo llevo todo el partido robándote los balones y tú no has podido hacer una mierda. Así no vamos a ninguna parte.

Me pincha, pero no le falta razón.

—Tuve una lesión —empiezo a decir—. Por eso no salto como antes.

No quiero dar más detalles. Cruzo los brazos.

Val gira la cabeza hacia mí, seria.

—Así que por eso te quedas a medio salto.

Me muerdo el labio.

Ella suspira hondo, como si le costara admitir lo siguiente:

—Tienes miedo. Eso es todo. Y el miedo no gana partidos. —Su tono baja apenas un poco—. ¿Te duele?

Niego.

—Pues entonces el freno está aquí —dice, tocándose la sien—, no en tu rodilla. —Se queda unos segundos mirándome, como si me analizara pieza por pieza—. Y no pienso perder por tu bloqueo mental. Así que espabila.

Sus palabras me golpean más fuerte que cualquier remate suyo. No intento responderle. No sabría qué decir.

Val mira de nuevo a la pista y murmura:

—Esto es un pacto, nada más. No lo confundas. Sigo sin aguantarte.

—Tranquila, lo sé —contesto, mirando el frente.

Ella ni sonríe.

—Pero si no saltas como en esos vídeos, te arrastro de la camiseta yo misma.

El silbato corta la conversación.

Sofía se gira hacia nosotras, con los brazos cruzados.

—Val, Lía. ¿Listas para volver o queréis seguir calentando banquillo?

Val se pone de pie.

—Yo estoy lista. Pregúntale a ella —me señala con la cabeza.

Siento un latigazo de adrenalina subir desde mis pies hasta la garganta. Me levanto despacio, apretando los puños.

—Estoy lista —digo, elevando la barbilla—. Lista para volar.