A medio salto Luces y sombras
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Luces y sombras

Nada más entrar al restaurante, una mezcla de aromas de todo tipo me envuelve. Un enorme buffet lleno de comida variada me hace dudar por dónde empezar. Me ruge el estómago.

Nos sentamos con Clara, Bruno y Erik. Apenas apoyo las manos en la mesa cuando Erik suelta:

—Tu padre sabe cómo montárselo.

Doy un respingo y miro de reojo a Axel. Su mano se queda suspendida sobre el tenedor. La mandíbula, tensa.

—La de pasta que se ha ahorrado el equipo… Esto es un lujo —añade Erik.

Axel deja el tenedor sobre el plato.

—Prefiero no hablar de ese tema.

El comentario queda flotando en el aire, incómodo.

No me gusta nada adónde va esto.

—Me muero de hambre —intervengo—. Axel, ¿me acompañas a coger algo?

—Claro —responde él.

Vamos directos a la zona de canapés. ¡Madre mía! Son tan bonitos que dan pena comérselos. Cojo varios.

—A eso me refería —dice Axel de repente.

—¿A qué? —pregunto, con el plato a rebosar.

—A lo de Erik.

—Ah —resoplo—. No le hagas caso. Es un bocas. No te lo tomes en serio.

Axel mira mi plato con una media sonrisa cansada.

—¿Solo vas a comer canapés?

—Es que tienen una pinta…

—Pues luego prueba el sushi. Mi padre tiene un chef asiático buenísimo.

—Hecho.

El resto de la cena sigue sin ninguna incomodidad más.

Tras acabar con el sushi, voy directa a los postres, y me hago con varios pastelitos. Me estoy poniendo las botas.

Una vez terminamos, decidimos ir a un bar musical que está en el paseo, cerca del hotel.

Al salir a la calle, el aire frío me hace encogerme y abrazarme a mí misma. Axel, que camina a mi lado, pasa su brazo por mis hombros, estrechándome suavemente contra él. Siento cómo el calor de su cuerpo me alcanza y me olvido del frío.

A pocos metros del local, la música ya nos envuelve. Hay cola. Chicos y chicas de nuestra edad charlan, ríen, esperan.

Axel mira hacia delante y frunce ligeramente el ceño.

—Están los del equipo contrario.

—Sí, he visto a alguna chica del Morientes —dice Clara.

Entramos. El local es enorme: barra en el centro, luces moradas, gente moviéndose como si la pista vibrara bajo sus pies.

Clara y yo dejamos los abrigos y nos vamos directas a bailar. Empieza Levitating de Dua Lipa y Clara ya está dejándose llevar. Yo la sigo, moviéndome, sin soltar mi vaso. Bruno, Axel y Erik están más atrás hablando, aunque con esa música dudo que se estén oyendo.

Cada vez que miro a Axel, él ya lo estaba haciendo primero. Su mirada es distinta… más intensa. Esa media sonrisa suya me da un vuelco en el pecho. Le lanzo alguna sonrisa mientras bailo con Clara, y él ladea la cabeza con ese gesto que me derrite.

Entonces, dos chicos se acercan. Uno de ellos, rubio, con gafas naranjas, y una sonrisa de listillo.

—¿Necesitáis compañía? —pregunta.

—Estamos bien acompañadas, gracias —responde Clara, sin perder el ritmo.

—¿Eso es cierto, pelirroja? —me dice a mí.

—Sí.

Pero él da un paso más. Demasiado cerca. El olor a colonia fuerte me invade. Me pongo tensa.

—¿Puedes darme más espacio, por favor? —le digo firme.

—No me seas rancia.

—No soy rancia. Estoy siendo educada.

Él ríe, levanta las manos.

—Tranquila, bonita.

—No, no estoy tranquila con tu paquete tan cerca de mi culo.

Deja de reírse y entrecierra los ojos. Se acerca y me susurra al oído:

—Ya te gustaría sentirlo bien de cerca.

Sin pensarlo, lo empujo. Él retrocede, sorprendido. Y de repente, Axel está delante de mí.

No sé desde dónde ha aparecido, pero parece un muro.

—¿Algún problema? —Su voz suena firme.

—Vaya, vaya… El gran Axel. —Hace un gesto con las manos hacia arriba—. No deberías buscar pelea, puede peligrar tu fuerte mano y afectar a tus potentes saques.

—No busco ninguna pelea, solo quiero que la dejes en paz.

El rubio ladea la cabeza, me mira un segundo, luego vuelve a Axel.

—¿Es tu novia?

Mi corazón se descontrola.

—A ti no te incumbe. Lárgate —le suelta.

—Eh, cuidado —replica él, dando un paso.

Se forma un corrillo a nuestro alrededor.

Mierda.

—Si le has faltado al respeto, pídele disculpas —dice Axel, apretando los puños.

Me pongo frente a él y le agarro del bíceps.

—Vámonos. Por favor.

Él sigue mirando al chico. Su pecho sube y baja rápido.

—Axel —insisto, tirando más fuerte.

Después de unos segundos eternos, Axel cede. Me deja guiarlo hacia atrás.

El chico ríe antes de gritar:

—¡Hasta mañana, Axel!

Axel ni se gira.

Clara abre los ojos como platos, pero yo solo consigo decir:

—Nos vemos luego.

—Menudo capullo —dice Axel nada más salir.

—Lo es, pero mejor pasar de él.

—¿Qué te dijo? —Axel se pega un poco más a mí con semblante serio.

—Nada, una tontería… —contesto—. ¿Así que es del equipo contrario? —añado, cambiando de tema.

—Sí. Mañana nos tocará verlo. Es muy buen bloqueador. Un porculero dentro y fuera de la cancha.

Cuando estamos cerca del hotel, Axel se detiene de repente.

—Igual hace frío, pero… ¿te gustaría ir un rato a la orilla?

—Claro —respondo.

Axel me da un beso rápido y se va a por unas mantas.

Mientras lo espero, camino hacia la playa. El sonido del mar me calma. Hasta que unas risas rompen la paz. Veo a una pareja levantarse de la arena. Se acercan por el caminito iluminado.

Entrecierro los ojos.

Oh, no.

Val y… ¿Hugo?

Me escondo tras una palmera, agachándome como si estuviera jugando al escondite. Qué ridícula. Pero no pienso enfrentarme a Val saliendo de una cita secreta con el entrenador.

—Tengo que irme. Si alguien nos ve… no quiero más líos —dice Val.

—Descansa. Ve tirando tú —responde Hugo.

El corazón empieza a latirme con fuerza. ¿Otra vez juntos? ¡Vaya dos!

Oigo los pasos apresurados de Val. Yo sigo quieta. Sin moverme.

Ahora se oye un mechero encenderse.

Joder.

—¿Lía?

Es la voz de Axel a unos metros.

Mierda. Mierda.

Hugo da unos pasos y se detiene de nuevo.

—¡¿Lía?! —Vuelve a llamarme.

—Axel… —dice Hugo.

—Hola. ¿Qué haces aquí? ¿Has visto a Lía? —pregunta.

—Estaba tomando el fresco. Y no, no he visto a nadie por aquí.

Cierro los ojos y me llevo las manos a la cabeza.

Hostia puta.

—Joder. Voy a llamarla.

¡No! Intentando hacer el menos ruido posible, silencio el móvil justo un par de segundos antes de que me entre la llamada de Axel.

—Qué raro… No lo coge —dice Axel.

—Tranquilo, no ha de estar lejos. ¿Te ayudo a buscarla?

—Iré a la orilla, a ver si se ha adentrado, pero no parece que haya nadie.

—Vamos a ver.

Echan a andar. Dejo salir el aire que tenía retenido en mis pulmones.

Poco más y me da algo.

Cuando por fin se alejan hacia la orilla, corro hacia el hotel y lo llamo.

—¿Dónde estás? Estaba preocupado —dice, nada más descolgar.

—Fui a dar un paseo mientras volvías —contesto.

—Estoy con Hugo en la orilla. Vamos hacia allí. —Cuelga.

Enseguida llegan. Axel lleva dos mantas bajo el brazo.

—Bueno, yo me marcho. —Hugo se despide nada más llegar.

—Lo siento —empiezo a decir una vez Hugo se ha ido—. Sin darme cuenta me alejé.

—Tranquila. Vamos.

Le cojo una manta y nos adentramos en la playa. Cada vez se oyen más fuertes las olas y puedo sentir cómo el viento marino azota mi rostro. El olor a mar nos envuelve.

Axel tiende la manta en la arena y se sienta. Yo me dejo caer entre sus piernas, apoyando la espalda en su pecho. Él pasa la manta por encima de los dos, como si quisiera encerrarme allí, con él, lejos del mundo.

Su respiración me roza el cuello.

Siento cómo sus manos se apoyan en mis caderas. Firmes. Seguras. Me acercan aún más a él.

Axel desliza una mano por mi costado, lenta, como si quisiera memorizar cada línea de mi cuerpo. Mi respiración se engancha en la garganta. Su nariz roza mi sien, luego mi mejilla, y finalmente mi cuello.

Ahí me derrito.

—Axel… —susurro, aunque no sé si es una advertencia o una súplica.

—Dime si quieres que pare —murmura.

No digo nada.

Me gira con suavidad hasta dejarme de frente a él.

Axel me mira con deseo. Esto me aviva aún más.

—Joder, Lía… —respira, y su voz me recorre entera.

Me coge la cara entre las manos. Sus pulgares acarician mis mejillas. Me acerco más. Él también. Y cuando nuestros labios por fin se encuentran, ya no es un beso dulce ni tímido.

Es un beso apasionado.

Él me sostiene de la cintura, me atrae hacia su cuerpo, y yo me agarro a su chaqueta como si el mundo pudiera desaparecer bajo nuestros pies.

El oleaje se oye detrás.

Sus labios bajan un poco, rozan mi mandíbula, mi cuello. Paso mis manos por su nuca, luego por su espalda, y él me acerca aún más.

Me tumba suavemente sobre la manta, con delicadeza, pero sus manos arden. Su cuerpo queda encima del mío, cálido, firme, y un escalofrío me recorre entero. Sus dedos se deslizan por mi cintura y mi piel estalla en calor.

Se me escapa un leve gemido.

Lo miro a los ojos.

—Dime si quieres que pare —repite. En su voz percibo el deseo.

No respondo con palabras. Solo niego.

Soy consciente de lo que estoy aceptando.

Su mirada cambia y algo en él se desata.

Un segundo después, su boca cae sobre la mía con una urgencia que me incendia. Ya no es un beso dulce. Es necesidad.

No hay espacio entre nosotros, ni quiero que lo haya. Siento su respiración acelerada rozando mi mejilla, su pecho subiendo y bajando apresurado.

Y entonces, lo noto: la dureza contra mi cuerpo.

Un latigazo me atraviesa entera.

Axel aprieta los dientes.

—Lía… —murmura.

—No pares… —digo, con voz ronca.

Me besa el cuello. Despacio al principio. Después, más fuerte.

Su mano sube por mi costado, por mi cintura, por mi pecho. Se detiene unos instantes. Lo aferra, suavemente, pero lo justo para que se me escape otro gemido.

Mi espalda se arquea y Axel suspira contra mi clavícula.

Ese sonido me derrite.

Sus labios vuelven a encontrar los míos.

Le agarro del pelo, tirando suavemente, guiándolo hacia mí.

Él gime.

Mis piernas se tensan.

Un estremecimiento me arranca un gemido que él ahoga con otro beso. Cuando por fin recupero el aliento, sigo aún envuelta en la manta, con las piernas temblando. Axel me acaricia lentamente la espalda.

Seguimos así unos segundos eternos, pegados.

—Deberíamos volver al hotel —murmura.

Asiento lentamente.

Caminamos hacia el hotel despacio, en silencio, con los dedos entrelazados y el pulso aún desbocado.