Brisa helada
—¿Llevas todo? —mi madre sostiene una taza de café con las dos manos, como si fuera un amuleto contra el estrés.
—Mmmm… —reviso la mochila—. Diría que sí.
—¿Nerviosa?
Me conoce demasiado bien. Solo con mirarme ya sabe cómo estoy.
—Mucho —admito.
Deja la taza, me toma de los hombros y me da esa media sonrisa que siempre me estabiliza un poco.
—Escúchame: disfrútalo. Hasta donde puedas. Te has demostrado mil veces que puedes volver a jugar. Ya eres otra desde que entraste en el equipo.
Asiento, pero noto ese pinchazo de miedo clavado en el pecho.
—Mañana estaremos allí —añade.
—¿Estaremos? —pregunto, aunque en el fondo ya lo sospechaba.
Ella respira hondo.
—Tu padre también quiere venir.
Y ahí está ese nudo en el estómago que aparece siempre que lo mencionan.
—Me voy ya —murmuro, porque no quiero seguir hablando de él.
Cuando estoy llegando al instituto, es a Clara a la primera que localizo. Está hablando con Bruno y Erik.
—Hola —les saludo.
—¡Muy buenas! —responde Clara, dándome un pequeño abrazo.
Entramos en una breve conversación sobre dónde vamos. Están eufóricos. No entiendo tanta euforia por un simple hotel junto a la playa.
—¿Aún no sabes qué hotel es? —pregunta Erik. No me gusta el tonito con que lo dice.
—Pues no —respondo, intentando sonar indiferente.
Clara abre mucho los ojos.
—¿Axel no te ha dicho nada?
Bruno y Erik intercambian una mirada y me hierven las mejillas.
—¿Decirme el qué? —pregunto.
Clara baja la voz:
—Es el hotel del padre de Axel. El mismo del año pasado. El hotelazo.
Me quedo helada.
¿Por qué no me lo dijo?
Lo busco con la mirada a mi alrededor. Nada.
Subo al autocar con la cabeza hecha un lío y me siento en uno de los asientos del final, junto a la ventanilla. Apoyo la frente en el cristal frío, intentando ordenar mis pensamientos.
Al poco, alguien se sienta a mi lado. Me giro. Es Axel.
—Hola —digo, y mi voz suena más seca de lo que pretendía.
—¿Qué te pasa? —pregunta de inmediato. Siempre detecta mis cambios de humor.
—Nada.
—Lía…
Respiro hondo. No quiero sonar infantil, pero tampoco quiero fingir.
—Acabo de enterarme de que el hotel es de tu padre. Y todos lo sabían menos yo.
Axel se queda quieto. Se pasa la mano por la nuca, ese gesto suyo que aparece cuando algo le incomoda.
—Pensé que ya lo sabías… —dice al fin, sin mirarme—. No es algo que me guste ir contando. Y evitar la conversación siempre es más fácil.
Entonces entiendo la mezcla de vergüenza y tensión en su expresión.
Y sí… me siento un poco idiota por haber imaginado lo peor.
—Vale —murmuro al final.
Pero no es como antes. El autocar arranca y, aunque seguimos sentados uno al lado del otro, algo se ha enfriado entre nosotros.
Él se pone los cascos; yo me reclino el asiento y cierro los ojos. Se me va a hacer muy largo este viaje.
Cuando llegamos, miro por la ventanilla y me quedo anonadada viendo el hotel.
Es espectacular. Todo blanco y nuevo. La fachada está llena de balcones con barandillas de cristal.
En la entrada hay un enorme jardín con un camino de piedras y unas palmeras perfectas.
La playa está justo al lado, pegada al hotel.
—Joder… Es precioso —suelto sin pensar.
Siento cómo Axel se mueve de su asiento.
—Sí.
Le observo. Se le ve algo incómodo, como si no supiera dónde meterse. Quizá he sido demasiado fría por una tontería.
—Me lo enseñarás al menos, ¿no?
Le tiembla un poco la comisura de los labios cuando sonríe.
—Claro.
Bajamos del autocar y Sofía y Hugo nos reúnen frente a la entrada.
—Chicos, chicas —empieza Hugo—. La cena es a las nueve en punto. Antes y después, vía libre.
—Pero recordad —añade Sofía, arqueando una ceja—, mañana a las diez es el partido. Cabezas frías, ¿vale?
Nos dispersamos enseguida.
—Lía —Axel me roza el brazo suavemente—. ¿Te apetece pasear antes de cenar?
Un calorcillo me recorre por dentro.
—Sí, claro.
Me da un beso rápido en la frente antes de dirigirse al hotel. Me quedo un segundo en el sitio, con el pulso a mil.
—¿Qué te parece el hotelazo? —pregunta Clara a mi lado.
—Una pasada.
—Y acceso directo a la playa. Qué envidia me das. ¡La de escapadas románticas que podéis hacer aquí!
Su comentario me pincha un poco. Si ni siquiera me dijo lo del hotel, quizá no tiene muy claro lo de “nosotros”. Intento sacudirme ese pensamiento. Hoy no quiero rayarme.
—Voy a dejar las cosas. He quedado con Axel.
La habitación es enorme, toda en tonos claros, acogedora y moderna. Las camas son enormes. El lavabo es inmenso. Pero lo mejor son las vistas: un balcón pequeño, dos sillas, una mesita… y el mar ahí mismo, casi al alcance de la mano.
—¡Dios! Amo este hotel —dice Clara tirándose en la cama.
—Es impresionante.
Me arreglo un poco y salgo hacia el hall.
Al doblar el pasillo, me cruzo con Val. Ropa deportiva, moño tirante, mirada afilada.
Me observa un segundo como si yo fuera una piedra mal colocada en su camino.
Pero entonces sus ojos se detienen un instante en mi colgante.
No dice nada y sigue. Bien. Prefiero su silencio a sus puñales.
Cuando bajo al hall, encuentro a Axel hablando con la recepcionista. Ella ríe por algo que él ha dicho. No sé por qué, pero me molesta un poco. Carraspeo y los dos se giran.
—¿Vamos? —dice Axel enseguida.
—Sí.
La recepcionista me mira de arriba abajo antes de sonreírme. Yo le devuelvo la sonrisa, pero Axel ya me ha cogido de la mano y me guía hacia afuera. Automáticamente, me relajo.
—Quería explicarte lo del hotel —empieza—. Entiendo que te sentara mal. De verdad pensé que lo sabías. No me gusta ir fardando de lo que hace mi padre.
Ahora lo entiendo.
—No te preocupes.
—Muchos creen que tengo privilegios en el equipo solo porque el instituto no paga nada por alojarnos aquí —dice, bajando la voz—. Y odio esa idea. Prefiero que piensen que soy un borde antes que un niño mimado.
Me acerco y le tomo la mejilla con la mano. Siento su piel cálida bajo mis dedos.
—Que les den. Eres el mejor jugador que he visto. Si no lo ven, es porque tienen envidia. Punto.
Él baja la mirada un segundo, como si mis palabras lo desarmaran. Cuando vuelve a alzarla, tiene esa media sonrisa que me derrite.
—¿Sabes? Me vuelves loco, Lía.
Me sube un fuego suave por la cara.
—Y tú a mí, Axel.
Doy un paso más y él hace lo mismo. Nuestros labios se encuentran en un beso lento, suave, que enseguida se vuelve más profundo, más hambriento. El aire frío del mar nos rodea, pero yo solo siento calor.