A medio salto Cuando estalla la tormenta
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Cuando estalla la tormenta

Hoy toca el último entreno antes del partido de este fin de semana. Y cuando llego al pabellón, siento cómo todo mi cuerpo se pone en tensión.

Val está haciendo recepciones con un balón. Cuando me ve, se detiene, y con la pelota agarrada bajo el brazo, se acerca a mí.

—Te lo tenías bien calladito —escupe—. Ya sabía yo que no eras de fiar. Si ya es suficiente tenerte aquí, ahora encima tengo que aguantar a tu padre metido en mi vida.

Su mirada no puede ser más fría y llena de odio.

Trago saliva, pero no me callo:

—Si te sirve de consuelo, para mí también fue una sorpresa.

—¿Sabes? Gracias a tu papaíto, mi madre se olvidó de que tenía una hija, y decidió vivir un romance en Londres. —Se acerca más, invadiendo mi espacio—. Se nota que sois familia. Sabéis cómo encandilar a la gente.

No le retiro la mirada. Esto me ha dolido.

—Mi padre no tiene la culpa. Si tu madre decidió pasar más tiempo allí que contigo, pregúntaselo a ella. El problema lo tienes tú, no…

No llego a terminar.

El tortazo estalla como un latigazo seco. El sonido resuena por todo el pabellón y, durante un segundo, solo oigo un zumbido. La cara me arde.

Se me enciende algo por dentro que llevaba tiempo acumulándose.

Le doy un empujón que la hace trastabillar. Ella suelta la pelota de golpe y se lanza contra mí. Me agarra de la camiseta, yo de su trenza. Las dos tiramos con una furia que llevaba demasiado tiempo contenida.

—¡Eh, eh, parad! —Axel aparece de la nada, intentando separarnos.

Clara me rodea por detrás y tira de mí, apartándome de Val.

—Chicas, esto ya se os va de las manos —dice.

—¡¿Qué cojones os pasa?! —El grito de Sofía retumba en el pabellón. Viene hacia nosotras echando chispas—. Venid conmigo. Las dos. ¡Ya!

—Lía. Tranquilízate. —Axel me acaricia la cabeza, como si temiera que explotara.

—¿Yo? —grito—. ¡Ha empezado ella!

Me zafo de él. Estoy ya harta de todo. Me alejo de ellos y sigo a Sofía mientras oigo los pasos de Val tras de mí.

Al llegar a la puerta, Sofía se detiene. Se gira y nos mira seriamente. Está muy cabreada.

—Esto ya pasa de castaño oscuro. No sé qué problema tenéis una con la otra, y si no queréis contármelo lo respeto, pero somos un equipo y aquí nos respetamos todos.

Val y yo guardamos silencio. La mandíbula me tiembla de la rabia.

—Lo siento —dice Val, tan falsa que casi me dan ganas de reír de lo absurdo que suena—. Me he extralimitado. No volverá a pasar.

Sofía me mira. Quiere una respuesta.

Si hablo ahora, exploto.

Asiento en silencio, respirando hondo

—Bueno, pues a la cancha. Si vuelvo a ver un acto como el de hoy, seréis expulsadas. —Se gira y echa a andar hacia el resto.

Sin ni siquiera mirar a Val, sigo a Sofía en silencio. Axel nos observa con cara de preocupación.

Una vez estamos todas, Sofía da las instrucciones del entrenamiento.

—Por parejas. Quiero que hagáis de todo por turnos. Recepciones, pases, remates… ¿De acuerdo? Vamos.

Clara viene a mi lado.

—Joder, tía. Vaya momento habéis tenido. ¿Estás bien?

—Podría estar mejor.

Me pone una mano en el hombro.

—Vamos a entrenar e intenta no pensar.

Poco a poco voy relajándome. Evito mirar a Val, para que así no me invada la rabia y me desconcentre.

El entreno sigue sin ninguna disputa más.

—Bien chicas. Recordad que mañana estará el autocar a las seis de la tarde. El partido es el domingo a las diez. Era en… Ah, sí. Santa Pola. Un pueblo costero. Descansad.

Voy directa a mi mochila. Cojo la toalla para secarme la cara y el cuello. Busco a Axel con la mirada. Está hablando con Val. Estupendo.

Suelto un bufido y meto las cosas con rabia en la bolsa.

—Ella lo ha pillado por banda para desahogarse. No te lo tomes a mal. —Clara me da una palmadita en la espalda—. Coge fuerzas para maña.

—Sí. Que descanses.

Al poco, Val se cuelga su bolsa, me lanza una mirada de desprecio y sale por la puerta.

Justo en ese momento, Axel aparece a mi lado.

—¿Cómo vas? —pregunta.

—Voy —respondo secamente.

—Así que ya sabe quién es tu padre.

—Sí. Otra excusa para odiarme. Como si le hicieran falta más.

Axel suspira.

—¿Tienes algo que hacer ahora? —pregunta.

—Aparte de tirarme en el sofá a amargarme más, no.

Él suelta una pequeña carcajada.

—Ven conmigo. Deja la bici. No le pasará nada.

—¿Adónde?

—A un sitio que creo que te gustará y te irá muy bien.

Dudo que algún lugar me ayude a sentirme mejor, pero me limito a asentir.

Cuando salgo del vestuario, él ya está esperándome en los bancos del vestíbulo.

Una vez subidos en la moto, nos adentramos en las calles iluminadas del centro.

Poco a poco van siendo más silenciosas y más oscuras.

Axel toma una calle empinada en que solo hay casas y vegetación.

Inspiro con fuerza. Olor a campo. Es tenue, pero se percibe.

Esto hace que mi cuerpo vaya entrando en un estado más tranquilo, con menos tensión.

Las casas van quedando atrás. Nos adentramos en la montaña.

La cuesta parece no acabar nunca, hasta que, al fin, la carretera se aplana.

Giro la cabeza y me quedo mirando las vistas.

Toda la ciudad se extiende iluminada desde aquí arriba, inmensa, casi irreal.

Las luces dibujan la ciudad a mis pies y los edificios más emblemáticos brillan contra el cielo oscuro.

Por un momento, todo parece pequeño… incluso mis problemas.

Nos detenemos.

—Ya hemos llegado —dice, quitándose el casco.

Una vez nos bajamos de la moto, voy directa al mirador. Solo se oyen mis pisadas en la tierra y el sonido de algún grillo en la lejanía. Me apoyo en la baranda de madera para poder contemplar mejor el paisaje.

—Es increíble —le digo.

—Sabía que te gustaría.

Se coloca a mi lado y me invade su olor a jabón y desodorante. Huele tan bien… Me giro hacia él.

—Gracias por traerme.

—No tienes que dármelas. —Busca algo en su chaqueta y me tiende una cajita envuelta—. Para ti.

Mi corazón se detiene un momento

Con las manos algo temblorosas, la tomo entre las mías. El papel morado con estrellitas doradas cruje al desenvolverlo, y al abrir la cajita azul me quedo sin palabras.

El colgante es precioso, pero es la figurita lo que hace que se me encoja el pecho.

Se me empañan los ojos.

—¿Te gusta? —pregunta—. Es una golondrina.

Asiento y me limpio una lágrima que me cae por la mejilla.

—Me encanta.

—Te ayudo a ponértelo.

Su mano aparta mi pelo despacio. Esto hace que un agradable cosquilleo recorra mi piel.

Cuando termina, la toco con los dedos.

—Es preciosa.

Se acerca más y puedo sentir su respiración chocando con la mía, caliente, acelerada. Me roza la mejilla con los dedos y mi corazón pega un salto. Su mano sube despacio hasta mi nuca y un escalofrío me sacude de arriba abajo. Me atrae hacia él, y entonces sus labios encuentran los míos.

Me besa.

El beso empieza suave, pero dura menos de un segundo así.

En cuanto respondo, él profundiza un poco más, y yo noto cómo todo a mi alrededor desaparece.

Me sujeta de la cintura con más firmeza, como si temiera que pudiera alejarme, y eso solo hace que me acerque más.

Mis manos suben por su pecho, por su cuello, buscándolo, queriendo más de esa sensación que me enciende entera.

Mi estatura no ayuda y maldigo tener las piernas tan cortas.

Pero entonces, él me eleva, con movimiento seguro y me sienta en la barandilla.

Yo cruzo mis piernas en su cintura. Me agarra una nalga.

Yo le agarro del pelo. No quiero separarme de él.

La temperatura de mi cuerpo no deja de subir.

Las manos de Axel recorren cada centímetro de mi cuerpo.

Yo hago lo mismo con él. El beso se vuelve más profundo, más urgente.

Hasta que, de repente, un trueno enorme estalla justo encima de nosotros, haciéndome pegar un respingo.

—¡Joder! —exclamo, separándome apenas un segundo de sus labios.

Axel mira al cielo y frunce el ceño.

—Mierda, va a caer una buena. Tenemos que volver.

Corremos hacia la moto. Las primeras gotas empiezan a golpear el suelo, liberando ese olor a tierra mojada que siempre me ha encantado, incluso ahora, con el corazón latiendo con fuerza por él y por la tormenta.

El descenso se hace rápido, silencioso, con la lluvia aumentando despacio.

Cuando llegamos a mi portal, solo está chispeando, pero el cielo amenaza con abrirse en cualquier momento.

—Ten cuidado al volver. Escríbeme cuando llegues —le digo.

Él sonríe con esa sonrisa que me desarma cada vez.

Me inclino y nos damos un beso largo, cálido, de esos que se quedan en el pecho minutos después.

Me estoy volviendo adicta a él.

—Buenas noches, Lía —susurra antes de ponerse el casco.

—Buenas noches —respondo, aún con el corazón en la garganta.

Lo veo alejarse. Las luces rojas de la moto se pierden calle abajo. Subo al ascensor y, justo cuando las puertas se cierran, cierro los ojos y sonrío como una idiota feliz.