A medio salto Cosas de que hablar
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Cosas de que hablar

Justo al salir del instituto con la bicicleta, visualizo una figura en la acera del frente que hace que se me revuelva el estómago.

Mi padre.

Está ahí plantado con un largo abrigo negro que dista mucho de los que llevaba en el pueblo. El agradable calor que sentía en mi cuerpo tras el abrazo largo de despedida con Axel se esfuma de repente.

Al verme, me hace una seña con la mano.

Me bajo de la bici y camino hacia él arrastrándola a mi lado.

—¿Qué quieres? —pregunto secamente—. Iba para casa.

—Veo que no te alegras mucho de verme. —Se mete las manos en los bolsillos, incómodo, como si no supiera dónde colocarse.

—Estoy liada.

—Te invito a comer. Algo rápido.

—No puedo.

—Lía, por favor. Tenemos cosas que hablar.

Cierro los ojos un segundo. Me pasa el recuerdo de la lesión, el hospital, el móvil sin mensajes.

—Está bien.

—Vamos a un restaurante de aquí cerca. Puedes venir con la bicicleta y la aparcas afuera.

Nos dirigimos hacia el restaurante en silencio, acompañados por el sonido de coches y autobuses en continuo movimiento.

El restaurante es enorme, decorado con cuadros de decenas de países. Todo tiene pinta de moderno y caro. Me siento fuera de lugar. Él, en cambio, no tanto.

En la carta puedo ver todo tipo de comida. Me decanto por las gyozas de pato Pekín y unas croquetas de chorizo y miel. Una mezcla rara, pero me apetece probarlo.

—¿Qué tal el instituto? —pregunta mientras mira la carta.

—Los estudios bien. No me puedo quejar.

—¿Y los compañeros?

Frunzo el ceño.

—A excepción de una compañera odiosa que me complica la vida, bien.

No sé si entiende la indirecta sobre su novia y su hija, pero no tengo ganas de explicárselo.

—Vaya… —murmura, incómodo.

La comida llega. Comemos casi sin hablar. Yo noto el pulso acelerado, como si cada bocado estuviera empujando hacia arriba todo lo que llevo meses tragándome.

Cuando estoy a punto de terminar, no aguanto más.

—Sé que fue idea tuya venir aquí —suelto, sin mirar—. Gracias por sacarme de todo lo que me gustaba.

Él me observa, sorprendido por el ataque.

—¿Y esto no te gusta?

Me viene Axel a la cabeza. Clara. El equipo.

Pero también me viene la mudanza forzada, el dolor, la soledad.

—Hay cosas que sí, pero no cambia cómo llegué aquí.

Mi padre apoya los codos en la mesa y se inclina hacia mí. Sus ojos buscan los míos.

—Tuve que hacerlo, Lía. Me fui del pueblo por necesidad.

—Ya me lo contó mamá. Conozco la historia.

Él traga saliva, sin saber por dónde continuar.

—Sé que hice mal en no ir a verte tras la lesión.

Un nudo me sube a la garganta y me aprieta fuerte. Ese tema me golpea donde más duele.

—Lo pasé muy mal —susurro.

Él estira las manos para coger las mías y, durante un segundo, me dejo. Un segundo solo.

—Quise ir. De verdad. Pero tenía mucho trabajo.

—Apenas me llamaste —me aparto de inmediato—. Ni eso.

—Porque me avergonzaba. Me sentía horrible. No sabía cómo mirarte a la cara.

—¡Pues yo me tuve que enfrentar a una operación! —la voz se me quiebra—. A caminar con muletas durante meses. A no saber si podría volver a jugar.

Respiro hondo, pero ya no puedo parar.

—A que mi padre ni siquiera me visitara después de la puta operación.

Me mira con los ojos brillantes, como si quisiera llorar pero no le saliera. Los míos también empiezan a picarme.

Cojo aire.

—Me voy.

Empujo la silla hacia atrás. Necesito huir antes de que el nudo reviente.

Él se levanta rápido.

—Lía…

Intenta cogerme del brazo, pero retrocedo.

—Papá, necesito tiempo. No puedo sentarme aquí a hablar como si nada hubiese pasado. Ya… ya si eso nos vemos otro día. Gracias por la comida.

Me pongo la mochila, salgo del restaurante y dejo que el aire frío me golpee la cara. Respiro hondo. Una, dos, tres veces.

Mientras pedaleo hacia casa, me siento partida. Una parte de mí quiere perdonarlo ya, abrazarlo, arreglarlo todo. La otra sigue llena de rabia, de heridas abiertas y de preguntas sin respuesta.

Al llegar a casa, encuentro mi madre con el ordenador en el comedor.

—¿Has plegado pronto hoy? —pregunto al cerrar la puerta.

—Sí, tengo reunión mañana y quería preparar algunas cosas aquí. —Me observa—. ¿Todo bien?

Me dejo caer en el sofá.

—Papá ha venido a buscarme al instituto.

—Oh… No sabía nada.

—Me ha llevado a comer para explicarme por qué se fue.

Ella asiente despacio.

—¿Y bien?

—Lo que me duele es el distanciamiento que tuvo. Por muy liado que estuviese.

Mi madre apoya una mano en mi rodilla, suave.

—Y se arrepiente por ello, te lo aseguro —dice.

—Necesito tiempo —digo.

Ella suspira y recoge sus cosas.

Se va a la habitación. Me quedo quieta, mirando un punto fijo.

Quizá debería llamarle otro día. Quizá.

Pero ahora mismo, aunque una parte de mí quiere darle esa oportunidad, la otra sigue gritando que no estoy lista.