Si tú supieras…
La mañana en el instituto se me hace eterna. No consigo concentrarme; cada vez que miro a Axel, siento un cosquilleo en el estómago, pero al mismo tiempo, ver a Val me produce un nudo que no me deja respirar del todo.
Suena el timbre que anuncia el final de las clases. Por fin.
—¿Estás bien? —pregunta Clara, frunciendo un poco el ceño—. Te veo algo decaída hoy.
Val sale escopeteada por la puerta, ignorándonos por completo. Resoplo y aprieto los labios.
—Mi padre está aquí.
—Oh. ¿Y eso es malo? —dice Clara, arrugando la frente—. Bueno, nunca antes lo has mencionado, así que…
—Digamos que nuestra relación no es buena —murmuro, con la voz tensa—. Se marchó a Londres a trabajar y no hemos tenido mucho contacto. Ni vino a verme cuando me lesioné.
—¡Ostras! Debió ser muy duro. Espero que podáis solucionarlo pronto.
Justo entonces, Axel aparece a mi lado. Mi corazón da un vuelco y siento que me tiemblan las manos.
—Nos vemos esta tarde en el entreno —dice, pasando su brazo por mis hombros y rozando la mía con suavidad. Me mira y me sonríe antes de besarme en la mejilla.
Mi cara arde instantáneamente. Trago saliva, incapaz de articular palabra.
Clara abre los ojos como platos y deja escapar un pequeño “¡ wow !”.
—Sí —consigo decir, soltando una risita nerviosa.
Él me devuelve la sonrisa, y un escalofrío recorre mi espalda al sentir su brazo apoyado cerca del mío. Luego se despide y se aleja, dejándome con el corazón acelerado y una mezcla de ilusión y nervios.
—¿Perdona? ¿Ya es oficial? —pregunta Clara.
Me muerdo el labio.
—Supongo que sí —respondo, sin poder evitar sonreír. Y mientras lo digo, siento que, por primera vez en mucho tiempo, algo en mi mundo parece encajar.
Cuando llego al pabellón, Val está hablando alterada con Axel. Él la mira con el ceño fruncido, pero ella no deja de hacer gestos con la mano.
—Lleva un rato así —dice Bruno detrás de mí, haciéndome saltar—. Desde que ha visto a Axel no para de soltarle la chapa.
Me giro, y él me sonríe como si supiera algún secreto que yo todavía no.
—Ya me ha contado Clara lo tuyo con Axel —añade.
Una oleada de calor me trepa por la cara.
—Ah…
Claro. La información corre más rápido en este instituto que el wifi.
Me dirijo hacia el grupo, pero Axel se mueve de golpe y me intercepta. Me toma del brazo con suavidad y me aparta, lo justo para que no nos oigan.
—Val está que trina. Dice que su madre ha invitado a cenar a su nueva pareja. Que es de Londres. Y que tiene un negocio con él.
Una sacudida me revuelve el estómago.
Hostia.
Mi padre.
—Ya sabía yo que estaban liados. Vaya mierda —susurro, sintiendo un nudo en la garganta.
Axel acerca su mano a mi mejilla y me da un beso rápido en la frente. El contacto me desarma entera.
Miro alrededor sin quererlo. ¿Alguien nos ha visto?
Erik está observándonos. Cuando nota que lo miro, aparta la vista con rapidez.
—¿Qué pasa? —pregunta Axel, notando mi tensión.
—Nada… Entonces, ¿Val sabe que es mi padre?
—Que yo sepa no —responde él—. Y si lo supiera, créeme, ya me lo habría dicho.
Tiene razón.
—Voy a intentar centrarme en el entreno —digo, aunque ni yo me lo creo.
—Hablamos luego —me dice antes de ir hacia su equipo. Su mano roza la mía por un instante, y ese contacto mínimo me recorre por completo.
Camino hacia Clara. Val me lanza una mirada cargada de veneno. Ni siquiera intenta disimularlo. Ella nunca lo hace.
Sofía anuncia el entreno:
—Hoy haremos un tres contra tres.
Por suerte, no me toca en el equipo de Val. Un milagro.
Cuando Sofía se acerca a nosotras, me quedo totalmente rígida.
—Lía, quiero que practiques remates. Clara te coloca y Sara recibe.
Joder.
¿Yo? ¿Rematando con Val enfrente observando cada fallo?
Clara me guiña un ojo.
—Tú dale. Yo te pongo una buena.
Val me mira desde la red, con una sonrisa torcida que me eriza la piel.
Ella lanza un saque fortísimo. Va directo a mis antebrazos. La potencia me hace retroceder y caigo sentada, torpemente. Clara consigue tocar el balón, pero Sara remata deprisa y Patri lo recibe con facilidad.
Helena coloca perfecto para Val. Val remata con potencia. El balón rebota en el suelo, junto a mis pies.
Me hierve la sangre.
—Lía —Clara se acerca—. Recíbela tú y yo te la coloco. Vamos a borrarle esa sonrisita entre las dos.
Asiento, tragando nervios.
Val se prepara para sacar de nuevo. Me mira. No al balón. A mí.
Como si su objetivo no fuera ganar el punto, sino aplastarme.
«Vamos, Lía. Solo una buena recepción. Un remate. Lo que sea.»
El balón viene rápido. Esta vez mis brazos están firmes. Recibo. Perfecto.
Clara coloca.
Un, dos, tres.
Salto. No mucho, pero lo suficiente. Mi mano golpea la pelota con fuerza.
¡Puuum!
La pelota cae justo a los pies de Val. No ha llegado a tiempo.
Punto.
—¡Buena! —grita Clara.
Mi corazón da un salto de orgullo.
Val me observa como si le hubiera escupido en la cara.
Le sonrío. Un poquito. Lo justo para joder.
—¡Cuidado! —gritan detrás.
Y entonces…
¡Puuum!
Recibo un balonazo en la cabeza.
—¡Joder! —Me llevo ambas manos al golpe.
—¡Perdona! —grita Erik desde el otro lado.
—Tranquilo, no pasa nada —digo. Aunque me palpita la sien.
—¿Estás bien? —grita Axel desde el otro lado.
—Sí.
Pero Axel se gira hacia Erik con una expresión seria.
—Tío, ten más cuidado —dice con un tono seco.
—Ha sido sin querer —responde Erik.
La tensión entre ellos es palpable. Solo de verlos así, me arde la piel.
Val murmura, cargada de veneno:
—Qué, ¿ahora tienes perro guardián?
Me giro hacia ella.
—Preocúpate de tu vida y deja la mía en paz.
Da un paso hacia mí.
—Cada día te soporto menos.
Clara se mete en medio como si evitara una explosión.
—Va, chicas. Entrenemos.
El resto del entreno va cargado de pequeñas puñaladas visuales de Val, pero sin más incidentes.
Cuando terminamos, me acerco a Axel.
—¿Estás bien? —pregunta, retirándome un mechón del rostro con una ternura que me derrite.
—Sí. Cansada. Y harta de tanta tensión.
—Ven —dice él—. Vamos a practicar saltos un momento.
Me rodea la cintura con una mano para moverme de posición. Todo mi cuerpo responde como si hubiera tocado un cable eléctrico.
Me cuesta respirar.
Joder, ¿cómo lo hace?
—Tres pasos, salto, golpe —me indica.
Hacemos varias repeticiones. Y aunque no salto alto, golpeo bien. Mejor que antes.
—Ahí está. —Axel me toca la sien suavemente—. Te falta confiar en ti. Tu cuerpo puede. Tu cabeza aún no.
No puedo evitar sonreírle.
Su voz.
Su mirada.
Me hacen sentir capaz de todo.
Tras media hora de ejercicios, vamos hacia la salida.
Axel espera en el vestíbulo.
—¿De verdad quieres irte sola? —pregunta.
—He venido en bici.
Él asiente y da un paso hacia mí.
Me pasa una mano por la nuca y mi corazón se desboca, descontrolado, sin freno.
Y entonces sus labios rozan los míos.
Un beso lento. Dulce. Largo. Cálido. De esos que te hacen sentir que, por un momento, todo está en su sitio.
Cuando nos separamos, siento su mano buscando la mía.
La entrelazo con la suya y salimos del pabellón cogidos de la mano.
Tengo el corazón acelerado y la sensación de que, en medio de este caos, Axel es lo único que, ahora mismo, evita que me derrumbe.