Dímelo todo
Subo en el ascensor con el dulce sabor de Axel aún en la boca. Al entrar en casa, mi madre está sentada en el sofá.
—Lía… —dice nada más ver mi cara.
Cierro la puerta y dejo el bolso en el perchero. Me cruzo de brazos, mirando con dureza. El pulso se me dispara, mezcla de nervios y enojo.
—¿Sabías que va a montar algo en la ciudad? —pregunto.
—Sí. Me lo comentó hace un mes.
—Me lo he encontrado en el centro comercial. Iba con la madre de Val —trago saliva—, mi odiosa compañera de clase y equipo de vóley.
Ella suspira, con los hombros caídos.
—Lo sé.
—¿Están liados? —Mi estómago se revuelve y un calor amargo sube por mi garganta.
—No lo sé. A saber —dice, llevándose las manos a la cabeza—. No te lo conté porque sabía que estabas enfadada con él.
—¿Y tú no? —la miro, casi desafiándola.
Alza la vista, y sus ojos vidriosos me cortan.
—Claro que me enfadé. Discutimos varias veces por teléfono. No le perdoné que no viniera ni un solo día a verte cuando te lesionaste.
—Ya claro, tenía otras prioridades. ¿Cómo conoció a la madre de Val? —digo, subiendo un tono de voz.
—No lo sé. Solo me dijo que conoció a una mujer que gestionaba un centro comercial y que mostró interés en su cocina.
—¿Solo su cocina? —Levanto una ceja.
—Quizás fue por ella también lo del colegio… —dice, y noto cómo mi corazón se encoge.
—¿Qué?
Mi madre inspira hondo y cierra los ojos unos segundos.
—Fue tu padre quien te matriculó aquí —continúa mi madre, y sus palabras me golpean—. Guardó los primeros beneficios de su restaurante para que pudieras estudiar aquí. Gracias a unos contactos, también conseguí mi nuevo trabajo.
Noto un nudo en el estómago.
—Así que… ¿lo de venir aquí… fue obra suya? —consigo articular.
Ella asiente.
—Lo hizo para ayudarnos. Sabes que en el pueblo yo llevaba mucho tiempo sin encontrar trabajo.
—¡Si tenía dinero, podríamos haber mantenido nuestra casa! —estallo, y mi sangre hierve.
—Lía, es más complicado. Ya me habría gustado quedarme allí —su voz se suaviza—. Pero llevábamos meses sin pagar la hipoteca. El bar de tu padre solo tenía pérdidas, por eso decidió irse a Londres. Y yo también necesitaba un cambio de aires, en cierto modo.
Siento que el mundo se me viene encima. Todo lo que creía saber se desmorona. Mis ojos se nublan.
—Necesito descansar. No puedo procesar todo esto —susurro, atrapada entre la ira y la confusión.
Mi madre aprieta los labios, en silencio.
Entro a mi cuarto y cierro la puerta de un portazo. Me dejo caer sobre la cama. ¿Por qué me ocultaron todo esto? Todo lo que sentí por su abandono, la ira, la tristeza… ahora se mezcla con algo que no sé cómo llamar: confusión, incredulidad, y un dolor que aprieta mi pecho como un puño.
Cierro la puerta de un portazo y me dejo caer sobre la cama. Todo me da vueltas. Cierro los ojos y al poco vibra el móvil. Es un audio de Axel:
—¿Cómo estás? Espero que más calmada. Quería decirte que… que he estado muy a gusto contigo. No soy de decir estas cosas, pero me gustas y quiero pasar más tiempo contigo.
Intento tragar, pero no puedo. El corazón se me desboca en el pecho. Por unos segundos, olvido el tema de mis padres. Me siento en la cama y me muerdo la uña, indecisa.
No sé qué decirle.
Finalmente, me levanto y aprieto el botón del audio:
—A pesar del momento del caos, estar contigo ha sido lo mejor del día. De nuevo, gracias por estar ahí. Gracias por no dejarme sola con mis desastres.
Al poco, me envía un emoticono sonriente. Una pequeña sonrisa se dibuja en mi cara.
Me tumbo otra vez, llevando una mano a la frente, y dejo que el corazón baje un poco el ritmo.
Parece que lo de Axel va bien. Pero, justo cuando cierro los ojos, un pensamiento me golpea: el partido de este fin de semana y mi padre rondando cerca.
Suspiro y me acomodo bajo la manta, tratando de concentrarme en lo positivo, aunque sé que no va a ser fácil.