A medio salto ¿Qué haces aquí?
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¿Qué haces aquí?

Cuando salgo al comedor, mi madre está escribiendo algo en el móvil. Al verme se lo guarda en el bolsillo trasero.

Levanto una ceja.

—¿Qué ocultas? —pregunto.

—¿Qué?

—Mamá, ya es la segunda vez que haces cosas raras con el móvil estando yo delante. —Me cruzo de brazos. Ella suspira y se sienta en el sofá—. ¿Pasa algo malo?

—No, no. Es que… tu padre está aquí.

—¿Aquí? —Echo un vistazo a mi alrededor.

—En la ciudad.

—¿Y a qué ha venido?

—Quiere verte. Y también tiene algún asunto que atender.

El aire se me corta. Mi mente viaja sola a aquella tarde en el hospital tras la operación: yo con la pierna vendada, mi madre agotada, medio dormida en una silla de plástico, y él…

nunca llegó. Recuerdo haber mirado el móvil una y otra vez.

Esperando que alguien que decía ser mi padre apareciera y simplemente no lo hizo.

Ni ese día ni los siguientes. Las lágrimas se me caían silenciosas.

Aquella sensación de que no importaba, de que yo no era prioridad para él… aún me cala hasta los huesos.

—Pues yo no quiero verlo.

—Lía, es tu padre.

—Hace tiempo que dejó de serlo. —Cojo mis cosas—. Me voy.

Las horas en clase se me hacen eternas. Cada vez que vibra un móvil, aunque no sea el mío, me da un vuelco el corazón.

Cuando salgo, mi teléfono vuelve a sonar. Es mi padre.

Le cuelgo sin pensarlo. No quiero hablar con él.

—Lía. —Axel aparece de repente frente a mí.

—Dime.

—¿Tienes plan para esta tarde? —pregunta.

—¿Eh? —Tardo en procesar lo que me ha dicho—. No…

—¿Te apetece ir a tomar algo?

Me quedo paralizada. Después del día que llevo, escucharlo a él es casi un alivio y un golpe directo al pecho.

—Ah, sí. Claro.

—¿Te paso a recoger sobre las cinco?

—Vale.

Se despide con la mano y camina hacia la moto.

Me quedo clavada.

¿Es una cita?

Ay, madre.

¡No me creo que vaya a quedar con Axel!

En casa no consigo relajarme. Me levanto, me siento, vuelvo a levantarme. No dejo de mirar el reloj, ansiando que llegue el momento de volver a verlo.

A las cinco en punto, bajo al portal. El motor de una moto retumba en la calle y, al segundo, Axel gira la esquina.

Se quita el casco y me dedica esa sonrisa que me deja sin aire. Mi cuerpo tarda unos segundos en reaccionar.

Agarrada a él, con mi pecho pegado a su espalda, recorremos varias calles. El viento frío me golpea las mejillas, pero no siento nada más que el calor de su cuerpo bajo mis manos.

Llegamos a un centro comercial.

—Me sorprende que me hayas propuesto quedar —digo, bajando de la moto. Mi voz suena más suave de lo que esperaba.

Él suelta una carcajada baja.

—¿Para bien o para mal?

—Para bien, supongo. —Sonrío sin poder evitarlo.

Subimos a los recreativos. La música, las luces y el ruido me dan un respiro: aquí nadie nos mira.

—¿Te gusta jugar? —pregunta.

—Sí.

—¿Y matar zombis?

—Lo que más.

Reímos, y esa risa me relaja más que cualquier respiración profunda.

Nos metemos en una cabina de shooter . Axel paga y me tiende una pistola.

—¿Lista para la batalla?

Asiento, algo más confiada.

La partida empieza. Disparamos a la vez. Vamos empatados. De repente, él se inclina hacia mí, muy cerca, demasiado cerca.

—También tienes buena puntería disparando —me susurra.

Su aliento caliente me roza la mejilla. Mi piel se eriza.

—No me desconcentres —murmuro sin apartar la vista de la pantalla.

—Vale, vale —responde riendo.

Nuestros brazos se rozan varias veces y cada vez me recorre una descarga eléctrica que me hace fallar un tiro. Al final, Axel gana por unos pocos puntos.

—¡Gané! —celebra.

Pongo morritos.

—Me has desconcentrado.

—En la próxima cita, me tomas la revancha. —Deja la pistola con una sonrisa. «¿Cita?» Mi cara empieza a arder. —¿Te apetece beber algo?

—Sí —respondo, todavía aturdida.

El local donde entramos tiene plantas colgantes y una luz tenue que me da la sensación de que estamos en nuestro propio mundo.

Sentada frente a él, mis nervios vuelven. Empiezo a mover la pierna.

Nos traen los frappuccinos . El mío de caramelo; el suyo de café.

—Me lo estoy pasando muy bien —digo, para romper el silencio.

—Yo también.

—Aunque no me lo esperaba.

—¿El qué? ¿Una cita conmigo?

Se me enciende la cara.

—¿Esto es una cita?

Me mira de reojo, con esa media sonrisa que no ayuda a que mis nervios se calmen.

—¿Quieres que lo sea?

Le miro a los ojos.

El mundo se detiene un segundo.

—¿Hace falta que conteste?

Axel se inclina un poco sobre la mesa.

—Sé sincera, por una vez.

Siento como si cientos de mariposas revolotearan en mi estómago.

—Pues claro que sí —respondo.

Sus ojos brillan. O eso quiero creer.

Se acerca más. Yo apoyo mis antebrazos en la mesa para acortar la distancia. Nuestros labios se encuentran en un beso suave, lento.

Su sabor a café se mezcla con mi caramelo. Su mano roza mi mejilla.

El mundo desaparece. No existe música, ni gente, ni problemas. Solo él.

Hasta que alguien carraspea a nuestro lado.

—¿Lía?

Abro los ojos de golpe. Me separo.

Mi padre está delante.

Mi padre.

Con su traje azul, su pelo pelirrojo… y una mujer a su lado.

Todo mi cuerpo se queda frío.

—Qué… ¿Qué haces aquí? —mi voz se quiebra.

—He venido por un negocio, abriré un restaurante aquí al lado. Ella es… una amiga. —Señala a la mujer, morena y esbelta, que me resulta vagamente familiar.

Ella saluda con la mano. Y lanza una sonrisa a Axel.

—¡Hola Axel! Te veo bien acompañado —le dice.

¿Qué? ¿Qué pasa aquí?

Axel la saluda, y me mira con cara de no entender nada.

—Soy la madre de Val. Es compañera tuya, ¿verdad? —pregunta la mujer.

Mi cuerpo se paraliza.

Me siento atrapada, confundida.

¿Qué conexión hay entre ellos? No puedo procesarlo.

—¿De qué os conocéis? —pregunto, agotada.

—Es una larga historia. ¿Quieres venir a cenar conmigo y te explico? —dice mi padre.

—¿Ahora tienes tiempo? —suelto, antes de ponerme en pie y coger mi bolso—. Lo siento, pero ahora soy yo la que no lo tiene. Tengo que irme.

Mi padre intenta sujetarme del brazo.

—Lía, por favor…

Echo a andar. Axel me sigue.

—¿Estás bien? —pregunta, con voz baja.

La garganta me arde y las lágrimas amenazan con salir.

—No. No estoy bien.

Me detengo de pronto, ya lejos de ellos, y me vuelvo hacia Axel.

—Mi padre, después de separarse de mi madre, se fue a Londres. El pueblo era poco para él, o eso decía. Tenía una gran idea con su mejor amigo: un restaurante español en medio de Londres.

Trago saliva.

—No vino a verme cuando me lesioné —añado—. Estaba ocupado con su vida… y ahora aparece, como si nada.

—Joder. Te entiendo.

Se acerca a mí y me abraza. Apoya la barbilla en mi cabeza. Su olor me calma un poco. Me seco una lágrima y levanto la mirada.

—¿En serio es la madre de Val?

—Sí. Ha estado también en Londres unos meses. Además, ella es dueña de este centro comercial.

—Y ella está separada, ¿no?

—Sí.

—Pues me da que no sólo tienen intereses laborales.

—No presupongas nada. Cuando estés más calmada, escucha lo que tenga que decirte.

Niego con la cabeza.

Él me acaricia el pelo y me da un beso en la frente.

—Te acerco a casa. Deberías descansar.

Mientras caminamos hacia la moto, repaso la tarde en mi cabeza: lo bien que empezó y cómo ha acabado. Mi corazón sigue agitado. El día ha dado un giro que no esperaba. Y sé que aún me queda hablar con mi madre. Ella sabe más de lo que cuenta. Pero ahora solo quiero llegar a casa y respirar.