A medio salto Por fin lunes
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Por fin lunes

Este fin de semana no he dejado de pensar en Axel. Me escribió un mensaje el sábado para ver cómo estaba. No he tenido resaca ni me he encontrado mal, pero he estado deseando que fuera lunes para verlo de nuevo.

Una vez llego al instituto, localizo su moto. Contenta, me dirijo al vestíbulo. Justo empiezo a subir las escaleras, veo a Val. Está parada en medio, escribiendo en el móvil. Mi cuerpo se pone en tensión. Voy a tener que pedirle que se aparte.

—Perdona… —empiezo a decir.

Ella da un respingo y se gira. Su rostro de sorpresa pasa a de fastidio.

—¿Qué quieres? —pregunta secamente.

—Subir.

Ella resopla y se echa a un lado.

Subo un par de escalones, y me detengo.

—¿Estás bien? No te vi en la fiesta.

Frunce el ceño.

—¿Y te importa? —Suena borde, pero sus ojos bajan al suelo un instante antes de que yo siga subiendo.

Cuando entro a clase, Axel ya está en su sitio. No puedo evitar sonreír.

Me acerco a él.

—Hola.

—Ey, ¿qué tal? —pregunta, devolviéndome la sonrisa.

—Bien.

Nos quedamos sin saber qué más decir. Aprieto la correa de la mochila, como si así me diera fuerzas para seguir hablando. Hasta que siento una presencia tras de mí.

—¿Todo bien, Val? —pregunta Axel.

Me echo a un lado.

—Pues no —responde—. Justo cuando estaba todo tranquilo en casa, mi madre viene con un regalito de Londres… —Al ver que estoy aún aquí, se calla—. ¿Te interesa la conversación? —me suelta.

—Val… —dice Axel.

—No. Tranquila, ya me voy —respondo secamente.

Echo a andar a mi sitio.

Londres. Ese lugar me trae el eco de su ausencia. Mis padres se separaron y él se fue a trabajar allí hace más de un año. Desde entonces, nuestros contactos han sido contados y vacíos. Siento la misma punzada que aquella tarde en el hospital, cuando miré a mi madre y entendí que no iba a aparecer.

Ahora, escuchar a Val hablar de un “regalito de Londres” me revuelve por dentro. No es solo que mencione la ciudad, es todo lo que representa: abandono, distancia y una sensación de que, a veces, quienes deberían estar, no están. Aprieto la correa de la mochila un poco más fuerte.

—Buuff, vaya resacón he tenido este fin de semana —dice Clara nada más verme, sacándome de mis pensamientos.

—Lo diste todo.

—Y tú no te quedaste corta. No veas el tonteo con Axel. ¿Cómo acabó? —Clara ladea la cabeza, expectante.

Me sonrojo y aparto la mirada un instante.

—Pues… Me acompañó a casa. Y ya.

—¿Ni un beso?

Niego con la cabeza, mordiendo el labio.

—¡Joder! Qué rancio.

—Después de lo que le dije, ya bastante bien nos fue —susurro.

La mañana transcurre tranquila. Solo he podido cruzar un par de frases con Axel. Empiezo a desinflarme un poco después de lo del viernes. Quizás lo de la fiesta fue simplemente un tonteo. Y me da que aún sigue algo molesto.

Cuando llego al pabellón, esta vez soy de las primeras. Directamente empiezo a calentar.

—Lía. —La voz de Sofía interrumpe mi concentración. Me giro hacia ella.

—Dime.

—Este fin de semana Patri no podrá jugar en el partido. ¿Puedo contar contigo en su puesto?

—¿Eh? —Se me seca la boca.

—Estás rematando muy bien cuando no estás en tu mundo. Creo que puedes hacerlo.

—Bueno…

—Me vale como un sí —responde con una sonrisa antes de marcharse.

Me quedo allí sentada, con las piernas estiradas y el corazón encogido.

¿Podré estar a la altura?

El resto del entrenamiento pasa sin incidentes. Val sigue rara, apagada, sin energía ni para incordiarme.

Estoy guardando mis cosas cuando escucho una voz.

—Te noto algo tensa. ¿Sigues con el miedo? —pregunta Axel, que se ha acercado al banquillo donde tengo la mochila.

—No. Es solo que… —Echo un vistazo alrededor, el pabellón está casi vacío—. Sofía quiere que juegue en el puesto de Patri el domingo.

Empiezo a morderme una uña.

—Eso es bueno —dice él.

—No sé yo.

—Tranquila. Tú solo juega como sabes hacerlo. Te necesitan. Val está por los suelos últimamente.

—Ya, no me extraña. —Mierda. Me callo de golpe.

Axel frunce el ceño.

—¿Qué no te extraña? ¿Sabes algo?

—Ah, no. Serán cosas suyas.

Él se queda pensativo unos segundos.

—Tuvo problemas familiares. Entre sus padres. Lo pasó mal —dice en voz baja—. Últimamente la veía mejor. Hasta hace unos días.

Aprieto la mandíbula.

—Estás rara —dice él, cruzándose de brazos.

—¿Qué? ¿Yo? —Parpadeo.

Da un paso hacia mí.

Automáticamente, me muerdo el labio.

Sus ojos bajan y se clavan en mi boca.

—Deja de hacer eso —murmura.

—¡Para ya! —respondo nerviosa, demasiado alto—. Para de decirme lo que tengo que hacer. Para de… de analizarme todo el rato.

Él se queda quieto, sorprendido. Una chispa divertida le cruza los ojos.

—Vaya boquita tienes —dice, dando otro paso hacia mí.

—Me estás poniendo nerviosa —susurro.

Está tan cerca que noto el calor de su pecho. Su sudor y su colonia mezclados me invaden. Me estoy acostumbrando demasiado a este olor.

—¿Y eso es bueno o malo? —susurra.

Retrocedo un paso. Choco con la pared. Mi corazón late tan fuerte que me vibra el pecho.

—Aún no lo sé —balbuceo.

Se le curva el labio. Se está divirtiendo. Le gusta ver cómo pierdo el control de mí misma.

—Pues el otro día en la fiesta no se te veía muy nerviosa, al contrario.

Lo tengo muy cerca, demasiado. El pabellón está en silencio. Solo oigo nuestras respiraciones. Y los latidos de mi corazón.

Puto Axel.

Pongo mis manos en su pecho. No sé si quiero apartarlo o atraerlo, pero mis manos deciden por mí: agarro su camiseta empapada y tiro de él hacia mí.

Él se sorprende apenas un segundo antes de agarrarme de la nuca y besarme.

Antes de que me dé cuenta, su lengua roza la mía y un escalofrío me recorre desde la nuca hasta las piernas.

Mi espalda golpea la pared. Estoy atrapada, y me encanta.

Mi respiración se acelera aún más. Él baja una mano a mi cintura, me aprieta más contra él. Yo le agarro la camiseta con los dedos temblando.

El beso del balcón fue tierno comparado con este. Aquí hay desesperación.

De repente, se separa.

Respira fuerte. Pasa una mano por su pelo, como intentando recomponerse.

—Nos vemos mañana —dice, sin mirarme más de un segundo.

Coge sus cosas y se marcha.

Me quedo allí, apoyada en la pared, con las piernas temblando.

Miro alrededor. No hay nadie. O eso espero.

Recojo mis cosas sin mirar a ningún sitio en concreto.

Cuando llego a casa, mi madre está preparando la cena.

—Hola vida, ¿cómo ha ido?

—Bien. Cansada ya. ¿Qué estás cocinando? Huele muy bien.

—Pollo a la salsa parmesana. Enseguida está.

Nos sentamos a la mesa, con la tele de fondo llenando el silencio. El móvil de mi madre se ilumina con un mensaje. Veo cómo frunce el ceño, apenas un segundo, pero suficiente.

—¿Qué pasa? ¿Quién es?

Ella aparta el teléfono, demasiado rápido.

—Nada, nadie. —Se lleva un trozo de pollo a la boca y me sonríe como si nada.

Disimula fatal. Alguien le ha tenido que decir algo que la ha descolocado. Pero hoy no tengo energías para insistirle.

Tras ver un rato la televisión juntas, siento que el sueño se apodera de mí.

—Me voy a dormir. No puedo más —le digo.

—Muy bien, descansa cariño. —Me da un beso en la frente.

En mi cuarto, miro el móvil. Lo dejé en silencio sobre el escritorio.

Ni un mensaje.

Me tumbo en la cama y me paso los dedos por los labios, como si pudiera traer de vuelta el calor de antes.

Deseo besarlo otra vez.

Pero… ¿y él a mí?

Se fue corriendo, como huyendo.

Un pequeño nudo me sube por la garganta mientras apago la luz.

Apago la luz y me doy la vuelta, intentando no pensar más.