Noche de fiesta, día de nervios
—¿Qué te vas a poner esta noche? —pregunta Clara.
Estamos en el descanso, en el banco de siempre. Hace frío, pero necesitamos salir a coger aire.
—Un vestido azul marino.
Clara abre mucho los ojos.
—¿El que vimos el otro día?
—¡Qué va! Uno más sencillo… y barato —respondo, bebiendo otro sorbo de mi zumo.
—Pues seguro que te queda genial. Yo aún no tengo ni idea. Igual falda y jersey —dice, echándose hacia atrás—. ¿Y con Axel qué tal? ¿Sigue sin hablarte?
—Apenas hablamos. Muchas miradas, pero poco más.
Desde mi caída tonta del otro día, no hemos vuelto a hablar, salvo un hola y un adiós. De ignorarme a saludarme, algo es.
—Ya se le pasará —dice Clara.
—Soy una bocazas.
—Estabas harta. Val te llevó al límite. A cualquiera le habría pasado.
—Pero dije algo feo de él. Y me arrepiento.
—Y es normal. Todos metemos la pata. Sabrá perdonarte. Solo necesita tiempo.
Sus palabras me alivian un poco.
Espero poder verlo esta noche y estar cerca de él. Quiero arreglarlo.
Ya en casa, no dejo de mirar el móvil por si me llega algún mensaje. Axel no me ha preguntado si voy a ir a la fiesta. Yo sé que él va, porque Clara me lo ha dicho: Bruno había hablado con él.
Aun así, cada vez que la pantalla se enciende, mi estómago hace un pequeño salto tonto.
Después de ducharme, me pongo el vestido y dejo el pelo suelto, con ondas suaves. Me maquillo lo justo: sombra azul a juego, un poco de rímel y brillo en los labios. Me calzo unos botines con tacón.
Me miro al espejo. No suelo ponerme así de arreglada, pero hoy quiero sentirme segura. Aunque sea solo un poquito.
Al salir al comedor, mi madre se queda mirándome con los ojos muy abiertos.
—¡Pero bueno! Estás preciosa.
Me sonrojo al instante.
—Gracias.
—No hace falta que te diga lo de siempre, ¿no?
—No llegaré tarde y tendré cuidado.
Asiente satisfecha.
A los pocos minutos, suena el timbre. Es Clara.
Me despido de mi madre y, al cerrar la puerta detrás de mí, noto un cosquilleo en el pecho.
La noche empieza ahora.
Cogemos el autobús, y en nada, estamos frente a la enorme casa de Pol, quien nos recibe tan alegre como siempre.
—¡Bienvenidas! Adelante, dadlo todo —dice, apartándose a un lado.
A pesar del frío, hay gente en el jardín. Música, risas y luces colgadas en los árboles.
—Qué envidia me da el cabrón —suelta Clara—. Quiero una casa así.
Río. Aunque es inmensa y lujosa, me viene a la mente mi antigua casa. Más pequeña, pero más cálida. Ahora Martina estará disfrutando de ella...
Antes de que me dé el bajón, decido centrarme en otra cosa.
—Voy a por algo de beber —le digo a Clara.
—Ve, ve. Yo voy a buscar a Bruno, a ver dónde diantres se ha metido.
Entro al salón y, solo ver tanta gente, me llega una punzada de agobio. Pero respiro hondo y avanzo. Localizo una mesa llena de bebidas y comida. Me sirvo un refresco de naranja y cojo unos mini tacos.
Nada más darle el primer mordisco, siento el fuego en la lengua.
—¡Ah! Joder, cómo pica —suelto, tragándome media bebida.
Aun así, están increíbles. Cojo otro.
—Veo que te va el picante.
Axel.
Me giro y sus ojos oscuros ya están sobre mí.
—Están muy buenos —respondo.
—Lo sé. Ya me he comido cuatro —dice, encogiéndose de hombros.
Voy a por el tercero, más por nervios que por hambre.
—No sabía si vendrías —comento, justo antes de darle otro mordisco.
Él observa mi boca unos instantes. Yo ya estoy con la cara colorada por el picante, así que le observo tranquila.
—No tenía muchas ganas —admite.
—Pues me alegro de que te animaras al final.
—¿Me habrías echado de menos?
—Claro.
—¿A pesar de ser un perro faldero?
Cierro los ojos un segundo. Resoplo.
—No quería decir eso. No estaba pensando. Estaba discutiendo con Val y… ya sabes cómo me pone. —Me paso una mano por la nuca—. Dije lo primero que me salió. Lo siento.
—Pero si lo dijiste es porque, en el fondo, lo piensas. —Cruza los brazos y levanta una ceja.
—Lo dije porque me da rabia que ella siempre sea el centro y tú siempre estés ahí detrás. No porque seas un perro faldero, sino porque sé cómo es ella y no la soporto.
—¿Entonces no eran celos?
Mi corazón da un vuelco. Me muerdo el labio y sostengo su mirada.
No quiero reconocerlo, así que opto por encoger los hombros e ir por otro taco.
—Te van a sentar mal —dice.
—¿El qué?
—Las dos cosas —responde, entre risas, antes de alejarse hacia el jardín.
Me sigue ardiendo la boca y ya me he acabado el refresco. Me acerco a la mesa de bebidas, donde un chico está preparando cócteles.
—¿Quieres probar? —pregunta con una sonrisa divertida, levantando una copa.
—¿Eso lleva alcohol?
—Muy poco.
Necesito apagar el ardor de mi lengua.
—Vale —acepto.
En un momento me sirve una bebida azulada. La observo arrugando la nariz.
—Para el picante es lo mejor. —Me guiña un ojo.
Doy un trago. Es dulce, raro… pero no sabe mal. Otro trago.
El picante empieza a bajar, al fin.
—¡Te encontré! Ven a bailar —Clara me coge de un brazo y me lleva a la pista improvisada en el gran salón. La música suena más elevada. Está sonando As It Was . Esto hace que mi cuerpo, junto al poquito alcohol que estoy tomando, empiece a soltarse.
Bailo con Clara sin dejar el vaso. Al principio me da algo de vergüenza, pero poco a poco me vengo más arriba y lo disfruto.
Damos vueltas, pequeños saltos y reímos mucho mientras cantamos.
Bruno se acerca contento junto a Pol, que está ya sin camiseta mostrando sus abdominales. Cada vez hay más gente bailando.
Ya llevo más de la mitad de mi bebida en el cuerpo. Me está sentando genial. Cuando me lo acabe, creo que iré a por otro.
La canción cambia, pero no perdemos el ritmo. Ahora suena Greedy. Ese tono más sensual hace que mis caderas empiecen a moverse sin control. En un giro, casi choco con Axel.
¡Joder!
Gracias a los tacones, por una vez no tengo que levantar tanto la cabeza para mirarlo.
Me mira con una intensidad que me atraviesa.
Algo en mí hace que me quede frente a él, sin separarme.
Me muevo al ritmo, lenta, provocadora, sin romper el contacto visual.
Él ríe por lo bajo y niega con la cabeza.
Paso una mano por mi melena y la dejo caer hacia un lado.
Veo cómo traga saliva. No me quita los ojos de encima.
Sí… le gusta.
—Baila conmigo —le susurro cerca de la oreja, poniéndome de puntillas.
—Apestas a alcohol. ¿Cuánto has bebido?
—Solo este vaso. No me seas aguafiestas.
Él alza una ceja.
—Por cómo te veo, dudo que sea poco.
Levanto el vaso, todavía moviéndome.
—El chico dijo que llevaba muy poquito. Está buenísimo. Como tú.
Río.
Axel aprieta los labios.
—No te creas todo lo que te dicen. ¿No lo viste prepararlo?
—Ha echado varias bebidas.
Él se pasa los dedos por el puente de la nariz.
—Lía… eso está cargadísimo.
—¿Y qué? No me seas rancio. ¡Es una fiesta! Espera aquí.
Corro a por otro vaso y vuelvo casi saltando hacia él. Se lo ofrezco.
—Pruébalo.
Suspira, pero lo coge y le da un trago. Frunce el ceño.
—Lo que te decía, esto lleva alcohol a cascoporro.
Se lo cojo y doy un largo trago.
—Pues a mí me sienta genial.
—Ya veremos mañana cuando te levantes.
La música cambia a Abracadabra , y una energía eléctrica me recorre.
Axel empieza a moverse, lento, casi sin querer, pero lo hace. Eso me enciende más. Me acerco a él y le agarro un bíceps.
Madre mía… cómo está.
Subo la mano por su hombro hasta su nuca, poniéndome otra vez de puntillas para llegar bien. Él me mira con los ojos entrecerrados. Su pecho, a la altura de mis ojos, sube y baja más rápido. Acabamos muy pegados. Puedo sentir el calor que desprende su cuerpo.
Él coloca su grande mano en mi cintura —me envuelve casi entera— y la otra en mi nuca, bajando un poco la cabeza para estar a mi altura. Se me eriza la piel al instante.
—¿Siempre bailas así o es por el alcohol? —murmura contra mi oreja.
—Me encanta bailar así. El alcohol solo me suelta un poquito.
—Pues estás haciendo que pierda el control —responde con voz grave.
Un escalofrío me baja por la espalda.
—Entonces me alegro —susurro—. Ya tocaba ver al misterioso Axel descontrolarse un poco.
Él aprieta mi cintura, acercándome más.
Sus labios rozan mi cuello en un gesto leve, apenas un toque, pero suficiente para encenderme entera.
Y entonces la habitación me da un giro.
Una náusea súbita.
Un mareo.
Mierda.
Me aparto de golpe y me tapo la boca.
—Creo que voy a vomitar. —Salgo corriendo.
No tengo tiempo de buscar el baño en esta enorme casa.
Y lo que necesito es aire. Dejo el vaso en la primera mesa que veo.
Abro el ventanal que da al jardín y el aire frío azota mi cara y siento un alivio momentáneo.
Veo un banco solitario entre unos árboles y, tambaleándome un poco, camino hacia él. Adiós desenfreno, hola borrachera.
Me dejo caer sobre la madera fría, suspirando, y me llevo las manos a la sien. La náusea parece ceder un poco, aunque la cabeza sigue embotada.
—Te ha pegado bien, ¿eh?
Alzo la vista. Axel está ahí, con las manos en los bolsillos, observándome.
—Muy gracioso. Me encuentro fatal ahora —respondo.
Se sienta a mi lado y me lanza una leve sonrisa.
—Ya te dije que era una bebida potente.
No digo nada. Solo necesito silencio. Estamos un rato callados, hasta que se levanta, entra en la casa. Al poco vuelve con una botella pequeña de agua fría.
—Toma, hidrátate.
Se la cojo y bebo media de golpe. Poco a poco, siento cómo vuelvo a respirar con normalidad y la cabeza deja de dar vueltas.
—Gracias.
—Al menos te lo has pasado bien, ¿no? —dice, y veo como la comisura de sus labios se curva.
—Tú tampoco te lo has pasado mal, ¿verdad? —contesto, recordando el pequeño tonteo que hemos tenido.
—No. —Alza la cabeza hacia el cielo—. ¿Te acompaño a casa?
—¿Eh? —digo, aunque lo he oído perfectamente.
—Que, si quieres, te acompaño a casa.
—¿Has venido en moto? ¿No has bebido?
—Solo he dado un trago a la mierda esa azul que tenías. Estoy en mis cabales.
—Oye, no estoy tan ida como crees.
Se ríe por lo bajo.
—Anda, vamos. Creo que la fiesta ya ha acabado para ti.
Se levanta y me tiende una mano. Se la cojo, y sin soltármela, echamos a andar a por los abrigos.
—Espera, tengo que avisar a Clara —digo.
—Vale, te acompaño.
Entramos dentro, donde la música sigue sonando. Clara está abrazada a Bruno, mientras se comen la boca. Le doy una pequeña palmada en el hombro. Ella se gira.
—Hola —dice con una gran sonrisa.
—Me marcho ya.
Ella, entrecierra los ojos y mira a Axel.
—¿Te acompaña?
—Sí. Pero tú…
—Tranquila, Bruno me acerca. —Le da un beso en la mejilla. Él asiente.
Cuando salimos de nuevo al jardín, me doy cuenta de que no nos hemos soltado de la mano. Siento las mejillas arder, y creo que me empieza a sudar la mano.
Al llegar a su moto, me da un casco.
Me ciño a él con fuerza.
—Agárrate bien —dice, antes de arrancar.
—Lo hago, no te preocupes —respondo, abrazándolo más fuerte.
Se le escapa una pequeña risa.
El trayecto se me hace demasiado corto. Estoy tan relajada que debo luchar por no quedarme dormida, la mezcla de alcohol y cercanía me adormece un poco, pero quiero quedarme así para siempre.
Una vez llegamos a mi portal, me ayuda a bajar de la moto.
—¿Podrás llegar sola a tu puerta?
—Sí, claro —digo, soltando una pequeña risa—. Pero si quieres, puedes acompañarme hasta la puerta.
Me tambaleo un poco por el mareo y el cansancio. Él se acerca y me sujeta suavemente del brazo.
—¿Está tu madre en casa? Como te vea así…
—Supongo que sí. Estoy bien, solo cansada.
—Vamos, te acompaño hasta la puerta.
Tras casi un minuto buscando mis llaves e intentando abrir, entramos en el ascensor.
—¿Has visto que viiintage ?
Me mira y ríe.
—Sí. Ya no se ven de estos.
—Es esta. —Señalo la puerta una vez salimos.
Él se queda esperando a que abra.
—Ya estoy sana y salva en casa.
—Cuando entres estaré más tranquilo.
Suspiro y voy hacia la puerta. Me cuesta meter la llave, y en ese momento, se abre. Mi madre aparece en bata.
—¿Lía? ¿Estás bien? —pregunta, observando mi rostro.
—Sí… estoy bien —respondo, intentando sonar más tranquila de lo que estoy.
Sus ojos se fijan en Axel.
—Hola… Soy Axel, la he acompañado a casa —dice él con educación.
Mi madre lo examina unos segundos, arqueando una ceja. Luego, clava sus ojos en mí.
—¿Has bebido algo? —me pregunta.
—Solo un poquito —respondo, sonrojada.
Ella resopla.
—Anda, entra en casa. —Se echa a un lado para dejarme pasar—. Gracias por traerla —dice mi madre, volviéndose hacia Axel.
—No hay de qué —responde él.
Cuando mi madre cierra la puerta, me mira seriamente.
—Es la primera vez que te veo así.
—Solo estoy contenta, no borracha.
—¿Y ese chico?
—Un compañero de clase y del equipo masculino. Se ha ofrecido a traerme a casa.
—Así te habrá visto.
—Es buen chico —digo, con una sonrisa tonta en la cara.
—Va, tira para la cama.
Me lavo la cara, los dientes y me pongo el pijama. Tardo como el doble en hacer todo. Una vez me tumbo en la cama, cojo el móvil y escribo un mensaje a Axel:
Lía:
Gracias por cuidar de mí. Soy un desastre.
Al poco, me llega su contestación:
Axel:
No tienes que dármelas. Además, parece ser que los
desastres me atraen.
Suelto el móvil y me llevo las manos a la cara, intentando no soltar un pequeño grito de emoción. Me acomodo, cierro los ojos y, con una sonrisa, poco a poco caigo en los brazos de Morfeo.