A medio salto Demasiado cerca, demasiado lejos
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Demasiado cerca, demasiado lejos

Cuando entro al pabellón percibo más tensión de la habitual. Val, con semblante serio, se muerde la uña. Patri, a su lado, la mira de reojo con preocupación. Sofía no deja de apuntar cosas en la libreta.

Me acerco a Clara.

—Respiro más tensión que de costumbre, y ya es decir —susurro.

—Hoy Val está de humor de perros —murmura ella.

Genial. Si ya eran tensos los entrenos, me da que hoy va a ser peor.

Busco a Axel. Está al fondo, junto a Pol y Bruno, riendo por algo que no alcanzo a oír. Aun así, su risa me pincha el pecho. Últimamente, todo lo que hace me afecta más de lo que debería.

Un empujón por detrás me saca de mis pensamientos. Me giro y me encuentro con los ojos fríos de Val.

—Al menos podrías pedir perdón —le suelto antes de pensarlo.

—¿Por estar en medio? —responde sin frenar el paso.

Me muerdo la lengua. No tengo energías para su veneno hoy.

—Chicas, hoy haremos mini partidos de tres. Con chicos incluidos —anuncia Sofía.

Hugo está a su lado con semblante serio. Mi vista va hacia Val: tiene su mirada clavada en sus pies, los que no deja de mover. Se le nota nerviosa.

Forman los equipos. Me toca con Patri y Sara. Respiro aliviada… hasta que veo con quién jugamos: Erik, Miguel y Axel.

Perfecto.

Axel me sostiene la mirada mientras se prepara para sacar. Mal augurio. Si sus saques son fuertes, ahora cabreado conmigo pueden ser mortales.

Me preparo para recibir el balón.

Él lo lanza y golpea con fuerza, pero no viene a mí, sino a Sara.

Ella lo recibe bien, aunque por el golpe que ha sonado, creo que le dolerán un buen rato los antebrazos. Me quedo quieta observando cómo Patri va directa a por él y lo coloca para mí.

Corro, salto y remato con todas mis fuerzas.

La pelota cae al lado de Erik. Este se queda parado y algo desconcertado.

—¡Buena, Lía! Veo que estás despertando —grita Sofía.

Esto hace que un agradable calorcillo abrigue mi corazón. Al menos, algo parece que me está saliendo bien.

Ahora me toca sacar a mí. Miro a Axel. Tiene el ceño fruncido. No pienso demasiado, apunto a él.

El balón va directo a sus antebrazos. Lo recibe sin pestañear. Erik la coloca, Axel corre y remata fuertemente. Esta vez, hacia mí.

¡Puuum!

El impacto me quema los antebrazos. Aprieto los dientes. Sara coloca, Patri remata, Miguel bloquea, Patri la salva. Y entonces, la bola sube, perfecta para mí.

Corro con rabia. Por todo lo que me sale mal, por todo lo que hago mal.

¡Puuuuuuum!

La pelota vuela hacia Axel. La recibe, pero se le escurre de las manos, le rebota y le da de lleno en la nariz. Él retrocede un paso y se lleva la mano a la cara.

«Muy bien Lía, ganando puntos», me digo. La sangre se me hiela.

—¿Estás bien? —Mi voz suena insegura.

Él se limpia la nariz y me lanza una mirada que me deja más helada todavía.

Aprieto los labios temiendo su contestación.

No dice nada. Solo me mira unos segundos, con esa mezcla de decepción y rabia que me hace sentir aún más pequeña. Luego se gira y se va hacia el banquillo.

—¡Siguientes equipos! —grita Hugo.

Clara se cruza conmigo.

—¡Muy buenas jugadas! —dice, intentando levantarme el ánimo al ver mi cara.

—Si tú lo dices…

—Lo de Axel no ha sido nada. Ya lo arreglaréis. —Me da una palmada en la espalda y corre a la cancha.

Val está en el mismo equipo que Clara. Tiene las manos en las caderas y no para de moverse, como si no pudiera estar quieta ni un segundo. Clara le pasa el balón para sacar.

Val lo atrapa, respira hondo —o eso intenta—, se coloca y golpea.

El balón sale con fuerza, pero se estrella directo contra la red.

—¡Joder! —escapa de su boca.

El pabellón se queda en un silencio extraño. Nadie dice nada, pero todo el mundo piensa lo mismo: eso no es normal en Val.

Ahora saca Pol, del otro equipo. Un saque fuerte, directo a Val. Ella, reacciona tarde, le da como puede. Clara corre hacia él para colocarlo y Helena hace una finta.

Punto para ellas.

Las siguientes jugadas, Val a duras penas salva los balones. Sus remates son inseguros. Solo ha conseguido tres puntos.

—¡Val! —la llama Sofía—. ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? —le pregunta preocupada.

Ella pone las manos en las rodillas, agachando la cabeza.

—No estoy en mi mejor momento.

Hugo la mira de reojo, tiene el rostro desencajado.

—Si necesitas descansar, dímelo.

—Creo que debería irme a casa.

Sofía la observa. Está estudiando su cara.

—Realmente no debes encontrarte bien para pedir salir del entreno. Vete y descansa. El próximo día te quiero al cien por cien. —Le da un apretón en el hombro y pide a otra compañera que la releve.

Val guarda las cosas en su mochila y, sin mirar atrás se dirige a la salida.

Mi vista vuelve hacia Hugo, que se está rascando la nuca.

Axel está en el banquillo, con el ceño fruncido y mirando en la dirección por donde se ha ido Val.

Nuestros ojos se cruzan unos segundos, hasta que él desvía la mirada.

No creo que sepa la historia de ellos dos.

Una vez acaba el entreno, Axel pasa por mi lado ya con la mochila colgada al hombro.

—Axel… —lo llamo. Se gira. Esa mirada fría me atraviesa—. Perdona.

—No ha sido culpa tuya —responde—. He recibido mal.

Su tono es tan seco que me deja clavada en el suelo. Se da la vuelta y sale por la puerta.

Dejo salir el aire por mi boca lentamente.

Esto no tiene arreglo. Se ha creado un muro que no hay forma de acercarme a él de nuevo.

Empiezo a guardar las cosas del entreno con rabia.

—¿Qué te han hecho la mochila y el agua? —Ríe Clara, tras de mí.

Me siento en el banquillo. Estoy agotada.

—Soy un desastre.

—Todos lo somos un poco. Pero creo que Val está peor que tú. Eso ha sido raro de cojones. No sé qué le habrá pasado —dice.

Me encojo de hombros.

—A saber. Ella también tendrá sus fantasmas, al fin y al cabo.

—Pues han de ser muchos o uno grandioso. Nunca la había visto así.

Me quedo pensando en Val. La odio, sí, pero siento una pequeñísima lástima por ella.

—Bueno, pues nos vemos mañana. Descansa y no te rayes. —Clara se despide con la mano y se marcha.

Cojo mi mochila y, antes de salir por la puerta, no puedo evitar mirar a Hugo. Está sentado en el banquillo garabateando algo en un cuaderno.

Cuando salgo a la fría calle, es tarde y la oscuridad lo cubre todo. Necesitaba estar bajo el chorro de agua unos instantes de más para relajarme.

Guardo la mochila en el cesto de la bici, quito el candado y empiezo a pedalear. A los pocos metros, me cruzo con Axel de nuevo, está de pie al lado de su moto, iluminado por la luz amarillenta de una farola mientras habla por teléfono. Levanta los ojos. Nos miramos.

Sus cejas se arquean apenas… y entonces la rueda de la bici pasa por encima de algo duro.

El manillar se me va. Freno demasiado tarde. El asfalto me golpea la rodilla y la bici cae encima de mí.

—Mierda —suelto.

Una raspada arde como fuego. Escucho pasos apresurados.

—¿Estás bien? —La voz de Axel me recorre la espalda.

Intento incorporarme, pero la bici pesa mucho. Él se agacha, la aparta con facilidad y me tiende la mano.

La tomo. Me levanta casi sin esfuerzo y quedo tan cerca que siento su respiración. Mi corazón se dispara.

—Gracias —consigo decir.

—Eres un imán para las desgracias —murmura, y esta vez hay una curva mínima en su labio.

Sonrío sin poder evitarlo.

—Pero tú siempre estás ahí para hacerlas más llevaderas.

Puedo ver como se le curva el labio. No quiere sonreír, pero no puede evitarlo. Sus ojos ya no me parecen tan fríos.

Se aparta despacio.

—Espero que llegues sana y salva a casa —dice, caminando hacia su moto.

—Lo intentaré —respondo.

Pedaleo otra vez, aunque la rodilla me arde y las manos me tiemblan.

Cuando echo la vista atrás, Axel ya está arrancando la moto.

Aún me queda mucho por hacer, pero ese muro que hemos construido, lo tengo que derribar, al precio que sea.